Black Mass

Dick Lehr · Capítulo 25 de 27

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Black Mass

20. Se acabó la fiesta

Capítulo veinte

 

Se acabó la fiesta

 

U na lluviosa mañana de invierno en Boston, el 6 de enero de 1998, por fin se inició el trabajo de excavación judicial en la arqueología de los vínculos del FBI con Bulger y Flemmi. «Estamos aquí hoy — ⁠ anunció el juez con formalidad en la sala de lo penal número 5 del tribunal del distrito de Estados Unidos⁠— para iniciar las vistas sobre las mociones destinadas a desestimar ciertas pruebas recabadas a partir de vigilancia electrónica y sobre la moción para desestimar al señor Flemmi como acusado basándonos en las supuestas promesas que se le hicieron».

Los abogados, puestos en pie, se presentaron: Fred Wyshak, Brian Kelly y Jamie Herbert en representación del Gobierno; Tony Cardinale, Ken Fishman, Martin Weinberg y Randolph Gioia en representación de los cuatro mafiosos. A la izquierda, bajo la mirada atenta de los policías federales, se encontraban sentados los acusados: primero, Frank Salemme, vestido de gris, con un traje de solapas cruzadas y corbata roja; a su lado, Bobby DeLuca, Stevie Flemmi y, por último, a la izquierda de Flemmi, el sicario Johnny Martorano. Permanecían sentados en silencio. Nadie —⁠ni los mafiosos, ni los abogados, ni el juez ni ningún periodista televisivo, radiofónico o de la prensa escrita, que ocupaban los bancos de las últimas filas⁠— tenía ni la más remota idea de lo que estaba a punto de ocurrir. Nunca antes, la cuestión sobre el FBI de Boston, Whitey Bulger y Stevie Flemmi había sido el grano para el molino de un procedimiento abierto en un tribunal federal.

Ya habían pasado siete meses desde que el Gobierno acatara la orden judicial, en junio, de identificar a Bulger como confidente del FBI. Sin embargo, desde ese momento crucial habían pasados semanas y hasta meses, durante los cuales el juez y los abogados se preparaban para las vistas y discutían sobre el alcance de sus investigaciones y los procedimientos básicos. El caso contra la actividad relacionada con el crimen organizado ya tenía casi tres años de antigüedad y seguía en su fase de vista preliminar. Sin embargo, a esas alturas, todas las partes se habían dado cuenta de que nada relativo al caso sería rápido jamás, puesto que el juez se movía con paso lento y decidido por el terreno legal: entre los bastidores del funcionamiento interno del FBI.

En los meses previos a ese instante, el Departamento de Justicia había entregado a los abogados de la defensa cientos de páginas de archivos de la Oficina Federal de Investigación secretos hasta la fecha que daban cuenta de la historia de Bulger y Flemmi con el FBI. Cardinale, Fishman y los demás letrados devoraron con avidez la documentación. «Empezamos a ser conscientes de que se revelaban toda clase de nuevos movimientos, incluida la mala praxis del mismo Gobierno —⁠dijo Cardinale⁠—. Empezamos a preguntarnos: “Si Flemmi fue confidente durante tantos años, ¿cómo va a ser algo positivo esta acusación?”».

Por su parte, Flemmi, tras haber decidido que no tenía nada más que perder, realizó más declaraciones juradas en las que daba cuenta de jugosos detalles sobre su doble vida. Era el equivalente legal al coqueteo, revelar, a cambio del favor del juez, ejemplos selectivos y sensacionalistas sobre la protección del FBI, que, según él, constituían el núcleo de la «defensa del confidente». Citando uno de esos ejemplos, Flemmi afirmaba que Morris les había prometido a Bulger y a él que podían cometer cualquier crimen «menos el de asesinato»; refiriéndose a otro, decía que el FBI solía facilitarles información de otras investigaciones, incluido el momento de 1995 en que iban a producirse las acusaciones contra actividades relacionadas con el crimen organizado a las que ahora se enfrentaba para que se libraran del juicio. A finales de año, Fishman había redefinido la defensa de Flemmi, arguyendo que Flemmi había sido «autorizado», sobre todo por Morris y Connolly, para cometer varios delitos de los que en ese momento se le acusaba. Puesto que el FBI había prometido «inmunidad» a Flemmi, no podía ser juzgado por dichos crímenes.

Wyshak, mientras tanto, se mantenía vigilante de la reacción del Gobierno a las diversas revelaciones de Flemmi que, en ese momento, ocupaban con frecuencia los titulares de primera plana de los rotativos de la ciudad. Las acciones de los «agentes deshonestos», Morris y Connolly, afirmaba Wyshak, no debían socavar el caso contra la actividad del crimen organizado; cualquier promesa de protección que hubieran podido hacer a Bulger y Flemmi era ilegal y, por tanto, no podían constituir nada similar a una «autorización» legal. Wyshak escribió: «La extensa revisión de los archivos (sobre el confidente del FBI), llevada a cabo por las partes así como por este tribunal, no han logrado desenterrar ni la más mínima prueba objetiva de que Bulger y Flemmi fueran autorizados a cometer los delitos que alega la acusación».

Se trataba de un argumento que se aguantaba por los pelos, puesto que los fiscales aspiraban a proteger las pruebas contra los mafiosos, pero, al mismo tiempo, reconocían la estomagante corrupción de los agentes del FBI. A continuación, a finales de año, concedieron la inmunidad a Morris, a cambio de que testificara para apuntalar el punto de vista del Gobierno; confesaría, por un lado, sus crímenes y la mala praxis del FBI, pero, por otro, también declararía que Bulger y Flemmi jamás habían gozado de inmunidad oficial.

Las dos posturas quedaron reflejadas en las observaciones preliminares de esa mañana de invierno en la que por fin se iniciaron las vistas de Wolf.

«Lo importante en este caso son las promesas hechas a mi cliente, Stephen Flemmi, por parte del FBI —⁠dijo Fishman al tribunal⁠—. A cambio de su colaboración especial y única, sería protegido y no sería acusado».

«Sandeces», fue la respuesta de Wyshak cuando llegó su turno. Bulger y Flemmi jamás habían hecho ningún pacto oficial que les garantizase que no serían imputados por sus crímenes. Los abogados de la defensa, dijo Wyshak, estaban retratando a un Flemmi como una especia de «hombre de gris novato» con licencia para matar.

«¡Qué ridiculez!», se burló Wyshak.

 

Aunque estaba claro que no era ninguna ridiculez.

En los meses siguientes, Fishman y Cardinale quizá no descubrieran la documentación necesaria para demostrar la existencia de una promesa formal de inmunidad, pero sí demostraron que el FBI de Boston era una casa de los horrores en lo tocante a su relación con Bulger y Flemmi; que los agentes habían consentido, conspirado y protegido a los gánsteres de un modo que, a efectos prácticos, les había dado licencia para matar.

Desde el principio, Wyshak y Wolf se habían caído mal, y la tensión entre el abogado de la defensa y el juez estallaba con regularidad cuando Wyshak se enfrentaba a Wolf por las preguntas formuladas por los abogados del Gobierno y la creciente cantidad de documentos gubernamentales que estaban revelándose. No se trataba de que Wyshak estuviera intentando encubrir la corrupción del FBI —⁠en ese momento supervisaba una investigación centrada en Connolly y otros agentes⁠—, sino que se oponía al enfoque de Wolf de nombrar una comisión de investigación que, en opinión de Wyshak, parecía no tener límites ni restricciones.

—¡Tendría que archivar todo el informe! — ⁠espetó Wyshak al juez cuando solo habían pasado dos días de vistas, el 8 de enero⁠—. ¿Por qué no archiva todo el informe?

—¿Por qué no se sienta, señor Wyshak? —⁠dijo Wolf.

Wyshak no obedeció, y siguió discutiendo contra el hecho de permitir que un nuevo pliego de archivos del FBI se hiciera público.

—Siéntese —lo interrumpió Wolf.

—¿Qué relevancia tiene?

—Siéntese.

Wyshak permaneció de pie.

—¿Quiere ser acusado de desacato? ¡Siéntese de una vez!

Las vistas se prolongaron durante casi todo el año 1998. El testimonio de cuarenta y seis testigos ocupó diecisiete mil páginas de transcripciones, y 276 documentos probatorios —⁠en su mayoría, largos informes internos del FBI⁠— se admitieron como pruebas. Tras subir al estrado y jurar decir la verdad y nada más que la verdad, declararon: un exgobernador de Massachusetts y fiscal de Estados Unidos (William Weld); un magistrado del Tribunal Supremo estadounidense y una expupila del abogado de la defensa Jeremiah T. O’Sullivan (Diane Kottmyer); los tres supervisores del FBI que habían dirigido la oficina de Boston durante los años de Bulger (Lawrence Sarhatt, James Greenleaf y James Ahearn); y una larga lista de agentes federales de la división de narcotráfico, otros supervisores del FBI y muchos de los agentes del FBI que habían trabajado con Connolly (Nick Gianturco, Ed Quinn y John Newton). Se trataba de un completo reparto de la clase dirigente de los cuerpos federales de seguridad del Estado, y todo tuvo un toque de surrealismo, puesto que los exagentes del FBI que declararon como testigos en ocasiones imitaban las tácticas que solían aplicar en el tribunal los gánsteres a los que perseguían.

El padrino de la Brigada Nacional contra el Crimen Organizado del FBI, Dennis Condon, el supervisor jubilado que por primera vez se había unido a Connolly, Bulger y Flemmi a mediados de la década de 1970, subió al estrado a principios de mayo y eludió el duro interrogatorio. Los abogados esperaban que arrojara alguna luz sobre los primeros años de la relación entre el FBI y Bulger, pero Condon afirmó no recordar nada. Estableció un patrón de respuesta: «No lo recuerdo». Incluso en el momento en que un abogado de la defensa le enseñó un documento del FBI que él mismo había redactado, Condon se encogió de hombros con indiferencia y dijo que no recordaba haberlo escrito, y que por ello no podía abundar en el tema. Cardinale y los demás abogados iban poniendo cara de circunstancias, cada vez más exasperados.

Jeremiah T. O’Sullivan se libró totalmente del interrogatorio agresivo. A finales de febrero, a la sazón de cincuenta y seis años, el exfiscal sufrió un infarto, fue hospitalizado, y tuvo una reacción anafiláctica a la medicación. Debía someterse a un largo periodo de recuperación, por lo que se le excusó del interrogatorio sobre el hecho de no haber incluido a Bulger y Flemmi entre los acusados de caso por las carreras hípicas amañadas del año 1979. O’Sullivan también habría sido puesto contra las cuerdas por unas declaraciones que había hecho públicamente y a los investigadores gubernamentales sobre el hecho de que tenía las manos limpias porque ni siquiera sabía que Bulger y Flemmi eran confidentes del FBI. Las pruebas que demostraban lo contrario eran contundentes, y los abogados de la defensa estaban impacientes por sentar a O’Sullivan en la picota.

El fiscal ausente no tardó en convertirse en objetivo del humor negro del tribunal. Abogados y periodistas no podían resistirse a sugerir que el infarto confirmaba una afirmación que muchos mafiosos habían sugerido: que era demasiado débil para declarar. De hecho, un enfurecido O’Sullivan, a mediados de la década de 1980, había criticado con agresividad el justificante médico del jefe de la mafia Larry Zannino en el que se afirmaba que estaba demasiado enfermo para acudir al juzgado. El fiscal obligó a Zannino a presentarse, aunque fuera con toda la parafernalia médica, postrado en una silla de ruedas y respirando gracias a una botella de oxígeno. En ese momento, la gente empezaba a comentar en tono jocoso que O’Sullivan se había «marcado un Zannino». Aunque al final de las vistas, O’Sullivan ya estaba recuperado y había retomado su trabajo como abogado particular en uno de los bufetes más prestigiosos e históricos de la ciudad, Choate, Hall & Stewart, el hombre que durante dieciséis años había luchado contra la mafia de Boston no subió ni una sola vez al estrado.

A Teresa Stanley le garantizaron la inmunidad y la citaron a declarar sobre su vida con Whitey Bulger y sobre su huida cuando se formuló la acusación en 1995. Con voz aterciopelada, la mujer de ojos azules y cincuenta y siete años, con el pelo de un blanco níveo y vestida con una camisa naranja de estampado floral y pantalones holgados de color negro, describió la relación que había mantenido con Whitey durante casi tres décadas. Ella preparaba la cena para Bulger en su casa de South Boston prácticamente todas las noches, y él pasaba casi todas las fiestas con la familia de ella. Stanley habló sobre sus misteriosos viajes a Europa. No preguntaba a Bulger por qué viajaban hasta allí, porque esa clase de preguntas siempre acababan en discusión. Recordaba cómo él conducía con agresividad a lo largo y ancho del país; fueron hasta Long Island, Nueva Orleans, donde pasaron la Nochevieja, a Graceland, en Memphis, y al Gran Cañón. Bulger hacía muchísimas llamadas desde cabinas públicas, pero ella no preguntaba con quién hablaba ni de qué había hablado. Stanley también declaró que Bulger al final la había dejado por una chica mucho más joven, Catherine Greig, con quien llevaba veinte años saliendo a escondidas.

«Vivía una doble vida mientras estaba conmigo — ⁠concluyó una rechazada Stanley⁠— y una doble vida con el FBI».

Durante el juicio se revelaron los informes del FBI donde se afirmaba que Flemmi había delatado a Salemme durante tres décadas. Flemmi era citado en uno de esos informes, en el que llamaba a Frank Salemme «imbécil». Tras oírlo, Frank Salemme se desplazó en su asiento, para asegurarse de que DeLuca quedaba sentado entre Flemmi y él. El afecto que sentía Frank Cadillac por Stevie se esfumó; de hecho, Salemme sentía «verdadero asco solo de mirarlo», concluyó Cardinale. Los informes del FBI también demostraron con toda claridad que Bulger y Flemmi habían informado sobre Howie Winter y otros gánsteres de la banda de Winter Hill, incluido Johnny Martorano, quien, al igual que Salemme, empezó a distanciarse de Flemmi mientras estaban en el tribunal.

Durante todo ese tiempo, Flemmi intentó mantener su cara de póquer, convencido de que su única esperanza de seguir en libertad era que todo aquello saliera a la luz con tal de demostrar que el FBI había prometido no acusarlo.

«Estar a diario en el juicio poniendo buena cara —⁠recordaba Cardinale⁠— era una locura. Es decir, un día llegué a decir al juez que ese tipo (Flemmi) era un asesino de mierda, y él me llamó luego. Creí que iba a decirme, ya sabe, algo en plan: “No vuelvas a decir esas cosas de mí en la vida”. Me llamó y me dijo: “Dios, está haciendo un trabajo maravilloso”. Y yo no daba crédito. Me quedé sin palabras. Ni siquiera está reflejado en estos documentos. Me había librado de una buena tras decir que él había asesinado a Halloran, que había cometido toda clase de crímenes horribles y diabólicos, y entonces pensaba “Oh, Dios, me he pasado”. Pero luego él va y dijo eso de: “Oiga, está haciendo un buen trabajo”».

 

La debacle resultante para el FBI tocó fondo cuando John Morris entró en la sala y empezó a testificar el 21 de abril. Durante los meses previos a las vistas, Morris había negociado su inmunidad con los fiscales por los delitos que había cometido. Durante los interrogatorios previos al juicio con agentes del FBI y los fiscales que siguieron esas negociaciones, llegó a llorar. Había tirado su carrera por la borda al intimar demasiado con Bulger, y lo sabía. En ese momento, sentado en el estrado de los testigos durante ocho agotadores días, un devastado Morris aspiraba a proyectar una imagen de compostura de un anciano monseñor mientras describía con tono prosaico su descenso de agente a mentiroso hasta llegar a convertirse en un criminal, mientras confesaba haber aceptado dinero de Bulger y haber obstruido a la justicia al advertir al gánster sobre diversas investigaciones.

Al remontarse a la década de 1970, cuando se forjó la impía alianza, Morris recordó un «periodo de tiempo» de «intensa presión ejercida sobre los agentes para que contactaran con posibles confidentes» para actuar contra la mafia. «Nos presionaban mucho», declaró. Contó que había formado equipo con John Connolly y que, juntos, habían elevado a Bulger y Flemmi hasta el estrellato de la oficina del FBI de Boston como actores centrales en la guerra contra la mafia, aunque, en verdad, el ascenso no había sido tal, sino más bien una caída en picado al infierno. Morris lamentaba el día en que se había unido profesionalmente a Bulger, Flemmi y Connolly y había acabado su vida profesional en Boston con miedo hacia Bulger y Connolly; temía a Whitey porque pudiera delatarlo por los siete mil dólares en sobornos que había aceptado de su bolsillo, y a Connolly por contar con una red de aliados políticos, de entre ellos, el más destacable, Billy Bulger.

A pesar del denodado esfuerzo de los abogados de la defensa por conseguir que Morris admitiera que había prometido a Bulger y Flemmi inmunidad para no ser imputados, Morris expresó su desacuerdo. Reconoció que había filtrado información sobre las investigaciones, pero eso difícilmente suponía garantía de inmunidad. Declaró que él no tenía la autoridad de un supervisor para conceder inmunidad a los gánsteres. «La inmunidad se obtenía mediante un procedimiento muy formal, y existe documentación para obtenerla», puntualizó. No había ninguna documentación al respecto con el nombre de Bulger.

Casi al final, Morris empezó a titubear. A renglón seguido de unas preguntas sobre otro ejemplo más de que su sospechosa actuación profesional con Bulger quizá hubiera costado la vida a un hombre, uno de los abogados defensores dejó, de forma abrupta, la tanda de preguntas. Se volvió hacia Morris, el abogado apuntó hacia un objetivo mucho más elevado, y exigió saber qué había estado pensando Morris durante todos esos años: ¿la cruzada del FBI contra la mafia justificaba todo el mal que provocaba Bulger? «¿Está de acuerdo en que su conducta como agente del FBI en relación con el señor Bulger y el señor Flemmi respondía a esa filosofía, la de que el fin justifica los medios?». Al ser pillado por sorpresa, Morris se tambaleó visiblemente, y se esforzó por recuperar su plácida actitud de monseñor anciano. Lanzó un suspiro y miró con tristeza hacia un lado.

«No estoy seguro», declaró en voz baja.

Al final, a Morris no le quedó otra que reconocer el papel que había desempeñado en todo lo que había salido mal. Conminado por los abogados de la defensa a que explicara «con más detalle para que lo entendamos» hasta qué punto estaba involucrado, Morris dijo que «había violado las normas, la integridad, las leyes y la normativa en general». ¿Había participado John Connolly en ese proceso que comprometía a la Oficina Federal de Investigación?

«Creo que sí participó —respondió Morris⁠—, pero acepto la responsabilidad de mis propios actos».

 

Las impactantes confesiones ocuparon titulares, y más o menos en la misma época John Connolly empezó a hablar; no en el tribunal, sino en la calle, con los periodistas. Desde la banda, el agente jubilado, a la sazón de cincuenta y siete años y trabajando como miembro de un lobby para Boston Edison, empezó a facilitar contundentes declaraciones para refutar el testimonio dado bajo juramento ante el juez Wolf. Cada vez que un agente jubilado o un funcionario del Gobierno subía al estrado y declaraba de forma que acababa criticándolo, Connolly se revolvía y llamaba mentiroso al testigo. Así que, por ejemplo, cuando el supervisor jubilado del FBI Robert Fitzpatrick testificó que los agentes se quejaban de que Connolly «arremetía» contra sus archivos para descubrir qué información tenían sobre Bulger, Connolly reaccionaba diciendo: «Eso es una estupidez». Connolly dijo, airado, a los periodistas que el testimonio de Fitzpatrick no era más que «una tontería inexcusable».

La lista de «mentirosos» crecía sin parar. Sin embargo, Connolly se reservó sus mejores frases para Morris, a quien empezó a llamar «el agente más corrupto en la historia del FBI». A diario, cuando Morris había terminado de declarar, Connolly atacaba a su examigo y exsupervisor. Quizá Morris solo se hubiera reunido con Connolly, Bulger y Flemmi en una docena de ocasiones a lo largo de esos años —⁠mientras que su compañero había visto a los gánsteres cientos de veces⁠—, pero Connolly insistía en que él era un agente del FBI modélico, que jamás había violado ni una sola norma. Toda la mala praxis de Morris, afirmaba Connolly, «lo hizo él solo».

Al hablar de la dificultad de la labor que tan bien había llevado a cabo, Connolly afirmó que tratar con los confidentes era «una especie de circo», y «para que el circo marche bien hay que tener a un tipo que se encargue de los tigres y de los leones.

»Ese era yo. No era como John Morris, sentado en su despacho con su lápiz de punta fina. Mi trabajo consistía en entrar a la jaula de los tigres y leones. Además, no soy un mentiroso como Morris».

Casi al final del testimonio de Morris, Connolly incluso hizo una breve aparición en el tribunal. Tras haberse reunido con un famoso abogado defensor, R. Robert Popeo, Connolly entró con paso decidido a la sala con un carísimo traje hecho a medida y pasó con aire orgulloso junto a las multitudes de cámaras de televisión y periodistas diciendo que quería limpiar su nombre. Él era un héroe, no un villano, y esa banda de fiscales encabezados por Fred Wyshak solo pretendían hundirlo. Se había convertido en el chivo expiatorio del Gobierno, víctima de una ira desaforada de la fiscalía, cuando lo cierto era que, él, agente condecorado del FBI, no había hecho nada malo. «A las pruebas me remito —⁠dijo Connolly para defender el pacto hecho con Bulger⁠—. Recuerden, si no, la diezmada mafia de Nueva Inglaterra».

Más adelante, el 30 de abril, en presencia del juez Wolf, el abogado Popeo explicó que, a menos que garantizasen inmunidad a Connolly para no ser acusado —⁠como habían hecho en el caso de John Morris⁠—, no permitiría que su cliente testificara. No permitiría que Connolly fuera «atacado por la espalda» cuando el Gobierno había hecho público que estaba siendo investigado. Connolly se acogió entonces a la Quinta Enmienda contra la autoacusación, abandonó la sala y retomó su ataque contra Morris, que seguía en el tribunal esperando el final de sus ocho días de declaraciones.

«Lo obligué a mirar hacia otro lado —⁠comentó Connolly sobre Morris⁠—. No fue capaz de mirarme a la cara».

El espectáculo paralelo de Connolly prosiguió durante el verano, y se estableció un patrón de conducta: un agraviado Connolly lanzaba acaloradas declaraciones públicas negando cualquier declaración incriminatoria formulada por los testigos. Discutió casi todo lo dicho por el exsupervisor Jim Ring, en especial, la descripción hecha por Ring sobre la preocupación que había sentido por la «estupidez» cometida por Connolly cuando se reunía para cenar con Bulger y Flemmi. Connolly no era el único en fase de negación. Billy Bulger, que ya se había retirado de la vida política y era rector de la Universidad de Massachusetts, se unió al coro crítico de Connolly después de que Ring testificara que Billy Bulger se había presentado en una de aquellas reuniones con los gánsteres. «Jamás había visto a ese hombre —⁠dijo Billy Bulger sobre Ring⁠—. Eso jamás sucedió, pero el hecho de negar cosas así solo contribuía a dar la impresión de que habían ocurrido cosas siniestras».

A mediados de verano, el portavoz del Senado de Massachusetts, Martin T. Meehan, anunció los planes del Congreso de celebrar vistas sobre la larga relación del FBI con Bulger, y explicó que las revelaciones vertidas en el tribunal federal de Boston suscitaban la preocupación por «establecer, mantener y vigilar las relaciones entre agentes y confidentes». Sin embargo, como la mayoría de cuestiones nacionales acontecidas a finales de 1998, la investigación no tardó en quedar aplazada por el proceso de destitución del presidente Bill Clinton.

Al final, las vistas de Wolf cambiaron incluso de ubicación, y pasaron de celebrarse en el edificio de Post Office Square, que había albergado el tribunal federal durante sesenta y cinco años, a unas nuevas instalaciones cuyo coste ascendía a doscientos veinte millones de dólares, con vistas a Boston Harbor, una zona conocida como Fan Pier, en South Boston.

Se solicitó un receso de las vistas en julio, y cuando se reanudaron a principios de agosto, uno de los protagonistas no se presentó. Frank Salemme ocupó su asiento junto a Bobby DeLuca, y, junto a este, se sentó Stevie Flemmi. Pero Johnny Martorano no estaba. Había oído más de lo que podía soportar. Había permanecido sentado, con gesto adusto mientras los agentes, policías y funcionarios testificaban sobre el pacto con Bulger. Había escuchado cómo el FBI había protegido a Bulger y Flemmi desde el caso de las carreras hípicas amañadas de 1979, mientras los demás miembros de la banda, incluido el propio Martorano, eran acusados. Se había enterado de que después de fugarse y vivir como prófugo en Florida durante más de diez años, había sido localizado por el FBI porque Bulger y Flemmi habían delatado su paradero a la Oficina Federal de Investigación. Asqueado, Martorano accedió a colaborar con los fiscales para declarar en contra de Bulger y Flemmi. Sin hacer muchos aspavientos, lo trasladaron del módulo H-⁠3 de la Institución Penitenciaria del condado de Plymouth, el 20 de julio de 1998, donde permanecía encerrado junto a los demás, y lo condujeron a toda prisa a una «residencia segura» para someterlo a un interrogatorio. Martorano estaba ocupado contando a los investigadores todo sobre los asesinatos que Bulger, Flemmi y él habían cometido y que seguían sin resolver. La deserción de Martorano cayó como un jarro de agua fría a Flemmi.

No obstante —incluso meses después del testimonio del FBI, el pintoresco espectáculo paralelo protagonizado por Connolly y el brusco revés propinado por Martorano⁠—, no fue hasta el momento en que Stevie Flemmi subió al estrado como testigo cuando las largas vistas alcanzaron su punto álgido. Con la espalda apoyada contra el respaldo, se aferró a la «defensa del confidente», y tuvo que convencer al juez Wolf de que el Gobierno le había prometido que no lo acusaría. Resultaba siempre peliagudo cuando un acusado subía al estrado en calidad de testigo, y en esas vistas previas de Flemmi Fishman quería que diera todo tipo de detalles sobre su pacto con el FBI al tiempo que evitaba reconocer que había cometido cualquier delito, a excepción de los que, según insistía, habían sido autorizados por el FBI.

 

Flemmi acostumbraba a acudir al juzgado con un chándal de nailon blanco y negro. Pero el día que subió al estrado, el 20 de agosto de 1998, el jefe del crimen organizado con gafas, vestía una impoluta camisa blanca, corbata marrón y chaqueta sport con estampado de espiguilla.

—Señor Flemmi, quizá fuera más cómodo para usted si levanta un poco el micrófono —⁠le indicó el juez unos minutos después de que hubiera empezado a declarar.

Flemmi ajustó el micrófono.

—¿Así está bien, señor juez?

—Y acerque más la silla.

Ken Fishman, dirigiéndose a Flemmi con mucho tacto, empezó justo por donde más interesaba a la defensa, por la cena de la casa de John Morris celebrada en la primavera de 1985, durante la cual, según Flemmi, Morris había prometido que los gánsteres podían cometer con toda libertad, cualquier delito «menos el de asesinato». Fishman hizo que Flemmi describiera su trabajo de colaboración con Bulger, Paul Rico, John Connolly, John Morris y Jim Ring. Durante ese relato, Flemmi, conminado por Fishman, hizo hincapié en la protección prometida por el FBI: un beneficio básico del pacto desde el minuto cero.

«Era uno de los temas en los que más insistíamos, ¿cuánta protección teníamos? Siempre lo preguntábamos, y siempre nos respondían, de forma afirmativa, que estábamos protegidos, que no podían acusamos», dijo Flemmi solo unos minutos después del primer día de subir al estrado como testigo. «Insistimos en ello. No colaboraríamos si no nos protegían. Es de cajón. No me siento orgulloso de ello, pero quería garantías. Y, en ese sentido, también puedo hablar por el señor Bulger».

Hubo momentos en los que Flemmi llegó a ponerse patriótico. «Creo que estaba prestando un servicio al Gobierno de Estados Unidos con mi papel de confidente», dijo a Fred Wyshak cuando llegó el turno de la fiscalía de formular las preguntas. Flemmi afirmó que Bulger y él habían ayudado al FBI «a destruir a la Cosa Nostra, y yo pensaba que estaba haciéndolo todo por el interés del Gobierno de Estados Unidos».

El fiscal jefe del Gobierno hizo un mohín.

—¿Cree que es del interés del Gobierno de Estados Unidos controlar la entrada de drogas en South Boston? —⁠preguntó⁠—. ¿Es eso lo que cree, señor Flemmi?

—Me acojo a la Quinta.

Wyshak sentía antipatía hacia Flemmi. Ambos pelearon durante horas por el concepto que tenía el gánster de confidente empleado en prestar un «servicio público».

—Disfrutaba de un pacto ideal —lo retó Wyshak con objeto de presionar a Flemmi para que dejara el discursito falaz sobre su elevada labor intelectual⁠—. Estaba delinquiendo a placer, llenándose los bolsillos, y, según usted, ¿lo protegían de ser imputado?

—Está olvidando algo, señor Wyshak — ⁠replicó Flemmi⁠—, la Cosa Nostra había sido fulminada. Ese era su principal objetivo (del FBI). Estaban totalmente satisfechos por ese motivo. Habíamos cumplido con el trato.

—¿Creía usted, señor Flemmi, que el señor Bulger y usted, solos, habían acabado con la Cosa Nostra?

—Le diré algo, señor Wyshak, hicimos un trabajo cojonudo.

—¿Eso cree?

—Creo que sí. El FBI también lo creía.

—Y cuando el FBI lo consiguió, el señor Bulger y usted se convirtieron en los mandamases de la ciudad, ¿verdad?

—Me acojo a la Quinta.

—Y ese era su verdadero objetivo durante toda esa época, hacerse con el control total de las actividades criminales en Boston, ¿no es así, señor Flemmi?

—Habíamos formado un equipo, el FBI y yo. ¿Pregunta que si nos beneficiamos de su ayuda y su autorización? Pues sí, así fue.

Hubo momentos en los que Flemmi se confundió, sobre todo en el hecho de si se suponía que debía considerar las filtraciones de información por parte de los agentes del FBI como actuaciones legales o ilegales. Esos soplos, según dijo, demostraban que su afirmación sobre la protección del FBI era cierta. Pero ¿importaría al juez Wolf que las filtraciones fueran ilegales? En más de una ocasión, Flemmi no estuvo seguro de qué postura adoptar. En un momento determinado, Wyshak presionó a Flemmi para que declarase sobre la variedad de servicios que Connolly les había prestado a Bulger y Flemmi —⁠desde avisar a los jefes del crimen organizado sobre las escuchas hasta la ocultación de denuncias contra ellos, como los episodios de extorsión sufridos por Stephen y Julie Rakes⁠—, cuando el fiscal preguntó de pronto:

—Sabía que el señor Connolly estaba incumpliendo la ley en la relación que mantenía con usted, ¿no es así?

—Sí.

—De hecho, ¿conoce a Stephen Rakes, también llamado Stippo?

—Me acojo a la Quinta.

—Bueno, usted nos ha dicho que…

—Disculpe, señor Wyshak. Solo quiero aclarar una cosa relacionada a la pregunta que me ha hecho de si sabía que él estaba incumpliendo la ley. Por lo que a mí respecta, todo lo que él hacía era legal, ilegal, perdón, quiero decir, legal.

—¿Ahora dice que no sabía que el agente estaba incumpliendo la ley?

—No. Estoy diciendo que todo lo que yo creía que él hacía era por su trabajo. Estaba protegiéndonos.

—¿Cree que su trabajo consistía en incumplir la ley, sí o no?

—Hiciera lo que hiciera era legal.

—¿Era legal filtrarles información sobre las investigaciones?

—Correcto…

Gran parte del tiempo, Flemmi hablaba con amabilidad sobre John Connolly, aunque sí expresó desconcierto ante el hecho de que el agente ni siquiera lo hubiera sacado del embrollo en el que estaba metido, justo después de haber sido detenido, ni se hubiera presentado a declarar como testigo en las vistas preliminares para defender el pacto que tenían entre ambos.

—Debería estar testificando aquí para defendernos.

—Es decir… ¿Se ha comportado como un cobarde?

—Desde luego, el hecho de que no esté aquí… Yo creo que debería estar presente.

—¿Cree entonces que él también lo ha traicionado?

—Creo que nos han abandonado.

—Porque, si lo que dice es cierto, él habría tocado a la puerta del Fiscal General de Estados Unidos desde el primer día, ¿no esa sí, señor Flemmi?

—Debería haberlo hecho.

—¿Debería haber tocado a mi puerta para decirme: «Oye, Fred, estás cometiendo un error, ese tipo tiene la inmunidad»?

A pesar de el persistente tono sarcástico del fiscal, el mensaje de los diez días de declaraciones de Flemmi, sobre la conspiración entre el oscuro complot de su carrera delictiva con el FBI, era que la promesa oficial de protección era un pacto de por vida. Flemmi creía que sería protegido por los delitos «cometidos en el pasado, presente y futuro». Aunque no existiera ningún documento oficial en el FBI donde se dejara constancia del pacto, no importaba. «Teníamos un pacto entre caballeros», dijo sobre el acuerdo al que habían llegado Bulger y él con Connolly, Morris y los demás agentes.

«Lo sellamos con un apretón de manos. Para mí, habíamos firmado un acuerdo». Quizá el momento más teatral fuera cuando preguntaron a Flemmi si le habían aconsejado que huyera antes de que se formulara su acusación en 1995. Con una sonrisa maliciosa, Flemmi respondió: «Esa es la gran pregunta, supongo». A pesar de la avalancha de pruebas que señalaban a John Connolly, Flemmi intentó convencer al juez de que John Morris había sido quien había obstruido a la justicia filtrándole la acusación que iba a formular un gran jurado. Por lo visto, Flemmi albergaba la esperanza de que aquella situación poco clara animara a Connolly a subir al estrado de los testigos para respaldar su afirmación sobre la defensa de la inmunidad. Pero fueron muchos los presentes en la sala que pusieron cara de circunstancias. La suspicacia más visible fue la del coacusado Frank Salemme. Hasta ese momento, a pesar de haberse distanciado tanto en la sala del tribunal como en la cárcel, Salemme había conseguido disimular el desprecio que fue sintiendo hacia Flemmi durante su semana en el estrado. Salemme había tenido que soportar incluso que Flemmi negara haber sido quien facilitó la información al FBI sobre el paradero de Salemme en Nueva York cuando volvieron a detenerlo en 1972.

Pero la historia de Morris superó su capacidad de aguante. Salemme no la consideró solo una farsa, sino una amenaza para la defensa de la inmunidad que podía beneficiar a todos los acusados, no solo a Flemmi. Rizando el rizo, Flemmi pretendía ganarse el favor de Connolly intentando protegerlo. Y eso puso a Salemme al borde de un ataque de nervios. Durante una pausa, Salemme dio rienda suelta a su ira contenida en el calabozo del juzgado. Arremetió contra el menudo Flemmi, lo levantó sujetándolo por las solapas y le gritó a la cara. «Eres un mierda —⁠gritó⁠—. Me has jodido toda la puñetera vida y ahora quieres jodérsela a todo el mundo. Eres escoria y vas a morir». Bobby DeLuca se interpuso a toda prisa entre los dos excolegas del crimen organizado y los separó. Salemme se apartó con brusquedad de Flemmi y no volvió a dirigirle la palabra.

 

Las vistas perdieron fuelle en cuanto finalizó el testimonio de Flemmi. Había más agentes del FBI entre los testigos pendientes de declarar, incluidos los expertos que testificaron sobre la normativa del FBI para el contacto con los confidentes. Debbie Noseworthy —⁠quien se había convertido en la señora de Morris⁠—, hizo una breve aparición para confirmar la declaración de ese día de John Morris, quien afirmó que John Connolly le había dado mil dólares del dinero de Bulger para que se comprara un billete de avión. Sin embargo, los testigos que quedaban resultaban anticlimáticos en comparación con la presencia de un jefe del hampa de la altura de Flemmi declarando en un tribunal federal. Llegado octubre, los meses de declaraciones empezaban a tocar a su fin, y más o menos todos lo que tenían que hablar lo habían hecho.

Salvo John Connolly.

Convencido de que el juez Wolf ya había tenido bastante, el exagente lanzó una campaña mediática para recomponer su reputación, que durante meses había sido vapuleada. Aunque había hablado de forma esporádica con los periodistas durante la celebración de las vistas, Connolly quería decir la última palabra. Fue entrevistado en radio, en televisión y fue protagonista de artículos en revistas que había seleccionado para asegurarse de que lo entrevistarían. Cada entrevista y cada artículo tenía un tono amigable y favorecedor, eran oportunidades para que Connolly diera la imagen de que su postura no podía ser discutida. El titular del artículo de portada de la revista Boston Tab, publicada el 27 de octubre, anunciaba en negrita: «Connolly habla», e incluía una foto de John Connolly a toda página, vestido con traje a medida de marca y con gafas de sol, justo delante del edificio del 98 de Prince Street, el que fuera cuartel general de la mafia. El simbolismo de la foto no dejaba lugar a dudas: él era el hombre de gris que había acabado con la mafia. «Me siento orgulloso de lo que hice», declaraba con pompa y boato en otro titular, también en negrita. Sin embargo, ninguna entrevista tuvo un tono más servil que la que le hicieron en la emisora WRKO-⁠AM durante la tarde del 24 de octubre de 1998. El presentador, Andy Moes, anunció antes de empezar que Connolly era un viejo amigo, «un querido hijo de South Boston» y «un hombre que sé que es honrado y decente». A continuación Moes cantó su emocionante oda a Connolly.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Moes—. La última vez que tu nombre salió a colación, eras John Connolly, el héroe. Solo había oído mencionar tu nombre como el Príncipe de la ciudad. Todos los supervisores, todo el mundo al que conozco y que te conoce en el FBI habla de ti como un agente muy inteligente y atento. John Connolly consiguió lo imposible. Consiguió infiltrarse y literalmente conseguir que la Cosa Nostra se pusiera de rodillas en Boston, algo de lo que la Oficina Federal de Investigación se sentía muy orgullosa. Y feliz de ponerse la medalla por dicho logro.

»Esas eran las últimas historias que había oído sobre John Connolly. Y, de pronto, empiezan a llegarme rumores, y son rumores por lo bajini de que eres un canalla. Dicen que fuiste un agente deshonesto. ¿No estás un poco cansado de oírlo? ¿No estás harto de que esas personas estén machacando tanto tu persona?

—Ya no es tan exagerado.

Al igual que un político, Connolly tenía ciertos «temas de conversación» que quería tocar siempre que lo entrevistaban: que él jamás había hecho nada malo al tratar con Bulger y Flemmi; que los jefes del crimen organizado eran una mera «banda de dos», que habían ayudado al FBI a acabar con la rama de Boston de una organización criminal internacional; que Bulger y Flemmi contaban con el permiso del FBI para cometer determinados delitos —⁠juego ilegal y préstamos de usura⁠— mientras recopilaban la información secreta; que John Morris era «un tipo malvado»; y que los fiscales Wyshak, Kelly y Herbert no tenían por qué haber acusado a los confidentes del FBI en 1995. Connolly llamaba a los fiscales «cobardes» que habían incumplido la promesa realizada por el FBI —⁠y lo que era más importante, la promesa de Connolly⁠— de no ir a por Bulger y Flemmi. «Jamás habría dado mi palabra a nadie de haber creído que existía la posibilidad de que el Gobierno la incumpliera», dijo Connolly a Moes, acabando con un hilillo de voz para dar dramatismo adicional a su discurso. «Rompieron su promesa —⁠espetó⁠—. Debería darles vergüenza. Pero no tienen ningún derecho a obligarme a incumplir mi promesa».

A esas alturas, John Connolly había resurgido como el personaje prototípico de la década de 1990, una década en la que la obsesión por el estilo y la popularidad mediática iba en aumento. Parecía que Connolly hubiera decidido que si seguía autoproclamándose con tanto convencimiento como el auténtico héroe de la historia —⁠y se jactaba de ello con total descaro, incluso con vehemencia⁠— acabaría siendo cierto. Que más daba la pila de pruebas que se habían presentado ante el juez Wolf y las horas de testimonios inculpatorios. Además, durante gran parte del tiempo, Connolly fue avanzando con soltura en su campaña mediática. El único obstáculo en el camino con el que se topó, aunque de forma fugaz, fue una pregunta formulada por Peter Meade de la emisora WBZAM, quien interceptó a Connolly para preguntarle si el FBI estaba consintiendo la violencia.

—¿La violencia no es una parte inherente a los préstamos de usura?

—Bueno… En realidad, no. ¿Los préstamos de usura? Si, bueno, claro, ya sabe, la violencia es una parte explícita de esos préstamos ilegales. Bueno… Si alguien no paga, sale mal parado. Pero… Bueno, el pacto con esos dos sujetos, y con todos los demás era que no podía haber violencia. Nada de asesinatos. Ni de violencia.

Durante la avalancha de entrevistas, Connolly recurrió a sus habilidades para las relaciones públicas. Incluso sacó el tema de las vistas preliminares que estaban realizándose ante el juez Wolf. Durante gran parte del año, había adoptado la postura de que, a pesar de que quería declarar, no testificaría si no se le garantizaba la inmunidad, ni menos teniendo en cuenta que los fiscales estaban investigándolo. Pero en ese momento, cuando parecía que las vistas ya habían finalizado, Connolly dijo que la inmunidad no le importaba, que no la quería, que no la necesitaba. «No necesito inmunidad para eludir las consecuencias de actos corruptos —⁠declaró a la revista Boston Tab⁠—. Yo no he cometido actos corruptos. Me negaría a gozar de inmunidad por ese motivo. No la necesito.

»Se la pueden meter por donde les quepa», añadió.

Esa acalorada declaración acabó siendo un paso en falso.

Tanto los abogados de la defensa como los fiscales pidieron de pronto al juez Wolf que volviera a citar a Connolly para declarar, teniendo en cuenta que había insistido tanto en que no quería la inmunidad. Fue una de esas pocas ocasiones en las que Cardinale y Wyshak estaban de acuerdo en algo. «Ha llegado la hora de presionar al señor Connolly sobre esta cuestión», dijo Cardinale al juez. El colega de Wyshak, Jamie Herbert, señaló que durante las entrevistas concedidas a los medios, Connolly «ha mentido sobre lo que ocurre en este tribunal y fuera de él».

Los abogados habían destapado el farol de Connolly, y la mañana de la noche de Halloween, el 30 de octubre, John Connolly regresó al tribunal federal, junto con su abogado Robert Popeo. Connolly, de espaldas anchas, tenía una presencia impresionante sobre el estrado de los testigos. Vestía un traje oscuro, entallado, y una elegante corbata de seda amarilla, además de un pañuelo blanco que asomaba lo justo por el bolsillo de la pechera de su americana. Llevaba el pelo recién cortado y a la última.

Tony Cardinale fue directo al grano.

«Señor Connolly, en 1982, ¿dio dinero en efectivo a una secretaria del FBI llamada Debbie Noseworthy, en la actualidad Debbie Morris?».

Cardinale pretendía provocar a Connolly. «Esperaba que su arrogancia sacara lo mejor de él», diría el abogado más adelante. Quería que un enfurecido Connolly estallara y lo negara diciendo que él no había dado dinero de Bulger a Morris. «Y entonces habría podido acusarlo de perjurio directamente —⁠dijo Cardinale⁠—. Me habría arreglado el día después de lo que le había hecho a mi cliente y a tantas otras personas en su supuesto papel de defensor de la ley».

Los dos hombres se miraron fijamente, y la pregunta que había formulado Cardinale con su voz de barítono quedó retumbando en el aire de la sala. Entonces Connolly se removió en su asiento y sacó una tarjeta del bolsillo de su traje. Sostuvo la tarjeta con la mano derecha, entre las puntas de los dedos índice y corazón.

—Siguiendo el consejo de mi abogado, me niego, con todo respeto, a responder en este momento y me acojo a los derechos que me amparan según la Constitución estadounidense de no declarar en mi contra.

—El 30 de abril de 1998, como se ha señalado en este tribunal —⁠dijo Cardinale⁠—, señor Connolly, usted se presentó ante este tribunal y se negó a responder a mis preguntas, tras acogerse a la Quinta Enmienda, ¿es eso correcto?

—Es correcto.

—Desde esa ocasión, ha sido usted entrevistado por diversos representantes de los medios de comunicación… ¿Es eso cierto?

—Por consejo de mi abogado, insisto…

Cardinale no se amedrentó, y siguió disparando toda una batería de preguntas: «¿Ha cometido usted delitos criminales para cumplir su promesa de proteger al señor Bulger y al señor Flemmi? ¿Entregó al señor Morris, más o menos en Navidad, un cajón de botellas de vino que contenía, además, mil dólares? ¿Advirtió al señor Bulger y al señor Flemmi sobre cualquier investigación que estuviera realizándose sobre ellos? ¿Conocía a un individuo llamado Brian Halloran?».

En todas las ocasiones, Connolly se acogió a la Quinta.

Entonces el fiscal Jamie Herbert tomó la palabra.

—Buenos días, señor Connolly —saludó Herbert.

—Buenos días.

—Señor Connolly, ¿conoce el significado del término «soborno»?

—Me acojo a la Quinta Enmienda.

—Señor Connolly, ha dado, como mínimo, tres versiones sobre su supuesto pacto con el señor Bulger y el señor Flemmi, ¿es eso correcto?

—Me acojo a la Quinta Enmienda.

—Señor Connolly, durante todos los años de colaboración del FBI con el señor Bulger y el señor Flemmi, ¿documentó alguna vez ese supuesto pacto por escrito en los archivos de la Oficina Federal de Investigación?

—Me acojo a la Quinta Enmienda.

En cuestión de veinte minutos, Connolly se acogió a la Quinta Enmienda casi en treinta ocasiones para no responder a las preguntas de Cardinale y Herbert. El juez puso fin a ese toma y daca tras concluir que el interrogatorio era infructuoso, dado que Connolly no había cambiado de opinión y seguía sin querer declarar si no gozaba de inmunidad. Robert Popeo informó al juez de que su cliente se acogía a la Quinta Enmienda por recomendación suya, sobre todo «teniendo en cuenta que existen dos grandes jurados distintos donde los fiscales nos han informado que el señor Connolly es uno de los objetivos». Aunque Connolly hablara con prepotencia fuera del tribunal y se dedicara a proclamar su inocencia —⁠acogiéndose a su derecho de libertad de expresión garantizado por la Primera Enmienda⁠—, no pensaba olvidarse de su derecho a no declarar en su contra garantizado por la Quinta Enmienda.

«A cada una de las preguntas sustantivas formuladas al testigo —⁠dijo Popeo⁠—, por recomendación de su abogado, se acogerá a su derecho de no declarar garantizado por la Constitución de Estados Unidos».

El juez eximió a Connolly de seguir declarando. «Señor Connolly, puede abandonar el estrado». Unos minutos después, Connolly se encontraba a la salida del nuevo tribunal de Fan Pier, rodeado por un enjambre de cámaras de televisión y periodistas, recapitulando su belicoso careo con los fiscales Wyshak, Herbert y Kelly. Los llamó «difamadores» empeñados en convertirlo en su chivo expiatorio. Pero a pesar de ese renovado ataque, no lograría borrar de la retina del ojo público la imagen de un mediocre John Connolly aferrado a la carta de la Quinta Enmienda que había pasado semanas diciendo que no necesitaba.

 

Y llegó el momento de la espera. En sus dependencias, con la ayuda de sus asistentes, Wolf emprendió la tarea de preparar su fallo, estudiar las declaraciones, los documentos probatorios, y la jurisprudencia aplicable al caso. Pasaron los meses, y, a principios de 1999, el caso prácticamente había caído en el olvido de la opinión pública. De vez en cuando, en otros contextos, resurgía. El exfiscal general estadounidense y exgobemador Bill Weld participó en un programa de radio en 1998 para promocionar su primera novela y se encontró con un presentador que quería preguntarle sobre la relación de Bulger con el FBI. Christopher Lydon del programa The Connection, de la emisora WBUR, se mostró incrédulo al ver que Weld no se ensañara más con el desastre relativo a Bulger. «¿Por qué no está usted más furioso? —⁠lo presionó Lydon⁠—. ¿Lo sabe su amigo William Bulger? ¿Alguna vez le ha preguntado sobre el tema?».

El prolijo Weld se quedó sin palabras. Respondió que no, con cierto retintín ofendido en la voz. Lydon prosiguió con la entrevista, aunque fue más bien un monólogo. En lugar de responder, Weld dejaba que pasaran los segundos de silencio para llenar el espacio radiofónico. A Lydon le preocupaba especialmente el suicidio de Billy Johnson, el agente de policía estatal que se había enfrentado a Whitey Bulger en el aeropuerto de Logan por el dinero en metálico que el gánster quería sacar del país de contrabando y que luego creyó que ese encuentro le había costado la carrera.

«¡Se ha suicidado! —exclamó Lydon—. Un pobre desgraciado al final de su vida que creía haberse entregado a su labor como defensor de la ley…

»¿Por qué no está usted más airado?», volvió a preguntar Lydon.

El tenso encuentro por fin terminó, y ambos hablaron sobre la novela de Weld. Sin embargo, la reticencia de Weld a hablar sobre Lydon fue el reflejo simbólico de la reticencia de toda su generación de jefes de los cuerpos de seguridad del Estado de Boston a no investigar jamás con seriedad el escándalo de Bulger.

A finales del verano de 1999 empezó a propagarse por la ciudad el rumor de que Wolf, tras diez meses de deliberaciones y redacción de su resolución, estaba dando los últimos retoques a su fallo. A principios de agosto, el director del FBI, Louis Freeh, llegado a Boston y, durante una conferencia de prensa, reconoció públicamente que el FBI «había cometido errores importantes» durante la colaboración del FBI de Boston con Bulger y Flemmi. Ese reconocimiento se consideró como un esfuerzo de la Oficina Federal de Investigación, obsesionada con la publicidad, de quitar un poco de hierro al inminente fallo del tribunal federal. «Debemos responder por muchos errores cometidos», dijo Freeh, y prometió que los agentes corruptos del FBI de Boston serían llevados ante la justicia.

Dos semanas después, el FBI anunció que el prófugo Whitey Bulger sería por fin incluido en la lista de los diez hombres más buscados. Esa decisión —⁠tomada más de cuatro años después de que Bulger huyera tras la acusación formulada contra él en 1995⁠— se valoró como algo que llegaba con muchísimo retraso. La opinión pública de Boston estaba convencida de que el FBI jamás había tenido un interés real en localizar a su exconfidente. Sin embargo, en ese momento Bulger entraba en la misma lista que personajes como el fugitivo Eric Robert Rudolph, sospechosos de atentar con bomba diversas clínicas donde se practicaban abortos, y de Osama bin Laden, el saudí sospechoso de terrorismo. Además, gozaba de una mención especial: se creía que había sido el primer confidente del FBI que había entrado en la famosa lista de los diez más buscados, que había incluido a más de 458 fugitivos desde su creación en 1950. Su rostro estaría en todos las oficinas de correos del país y los edificios federales, en la página web del FBI, e incluso en la tira cómica Dick Tracy, que formaba parte de la campaña del FBI para promocionar la lista de los diez hombres más buscados.

En el módulo H-3, tres famosos internos también esperaban con impaciencia el fallo judicial: Frank Salemme, Bobby DeLuca y Stevie Flemmi. Albergaban la esperanza de que el juez considerase las pruebas tan concluyentes que retirase los cargos de actividades relacionadas con el crimen organizado que pesaban sobre el grupo. Esperaban que Wolf sentenciara que el FBI había prometido inmunidad total a Flemmi y Bulger, y que, por tanto, el Gobierno no podía incumplir esa promesa e imputarlos.

Desde su detención en 1995, los tres gánsteres habían sido retenidos en la prisión de Plymouth, una moderna instalación abierta en 1994 y ubicada a setenta y siete kilómetros al sur de Boston. La nueva cárcel se había construido sobre un antiguo vertedero, en una zona desolada y olvidada de la histórica comunidad. Además, se encontraba junto a la Ruta 3, una autovía que conectaba Boston con Cabo Cod, y Flemmi, desde su celda, oía el rumor de la libertad a lo lejos, los coches en los que viajaban los trabajadores que se dirigían a la ciudad y los turistas que pasaban por esa vía, tal como hacía él mismo, Bulger y John Connolly de camino al Cabo.

El módulo tenía capacidad para ciento cuarenta internos, distribuidos en sesenta celdas. Se trataba de un alargado espacio rectangular construido como una «prisión en miniatura», lo que suponía que los presos pasaban casi todo su tiempo en el módulo y lo hacían casi todo allí. Las comidas llegaban transportadas en unos carros desde la cocina central de la cárcel, y los internos comían en unas mesas de la zona común. El módulo tenía sus propias duchas al fondo, sus propios televisores y sus propias cabinas de teléfono. No se podía fumar. El espacio contaba con un «patio de recreo», una pequeña zona de ocio al aire libre situada al fondo del módulo. La zona era como una gran jaula, aunque, allí, los internos podían descansar del aire cargado de las celdas y practicar algo de ejercicio. La barra horizontal para hacer flexiones colgada en la parte baja de la escalera era llamada, en tono de mofa, «el gimnasio», y el carrito de los libros apoyado contra una de las paredes era «la biblioteca». Dos hileras de celdas, a nivel del suelo y entresuelo, estaban dispuestas a lo largo de las dos paredes laterales del módulo. Salemme y DeLuca vivían celda con celda, al fondo del entresuelo, cerca de la entrada al patio. Flemmi estaba solo.

Con el tiempo, Salemme se había convertido en un interno modélico y cabecilla del módulo. Los guardias confiaban en él. Le habían encomendado la tarea más relevante del módulo, un cargo hasta entonces ocupado por, nada más y nada menos que Howie Winter, hasta que lo cambiaron de celda. Frank era el «repartidor de comida»: tres veces al día, mientras los demás presos permanecían encerrados, él se dirigía a la zona común para ir a buscar las raciones. Ponía cubitos de hielo en las jarras de agua, limpiaba las mesas y colocaba las sillas. No había ninguna otra ocupación que requiriese más responsabilidad, ni limpiar el patio, ni vaciar las papeleras, ni fregar las duchas, ni barrer el suelo embaldosado del primer piso ni el pasillo del entresuelo. Los guardias querían ver el módulo como los chorros del oro, como las plantas de un hospital, y Frank era el interno escogido para velar porque así fuera. Quedaba muy lejos de su anterior vida como gánster de altos pagos, pero el trabajo, una forma de matar el tiempo, mantenía al gánster ocupado.

DeLuca no era un trabajador tan motivado. Su trabajo consistía en barrer el entresuelo. Pero, al igual que Salemme, hacía ejercicio y se mantenía en forma. Solía colgarse de la barra para mantener fuerte el torso y conservar su musculatura. Ambos vigilaban la dieta, sobre todo Salemme, que evitaba los platos con mucha grasa de la cárcel y optaba por la ensalada y la fruta. Salemme también leía diversas revistas de navegación, libros de Tom Clancy y Dean Koontz.

Flemmi era harina de otro costal. Durante el transcurso de las vistas en el tribunal, cuando el alcance de su pacto con el FBI salió a la luz, Flemmi fue quedando cada vez más marginado de la vida en el módulo carcelario. Los internos no querían tener nada que ver con él. Lo condenaron al ostracismo: era un soplón, lo más bajo en el mundo del hampa. Salemme no le dirigía la palabra, ni siquiera lo miraba. Flemmi en ocasiones se acercaba a DeLuca, pero sus encuentros eran fugaces y muy breves.

El aislamiento por haberse dedicado toda su vida a ser un confidente ya era negativo de por sí, pero Flemmi se encerró aún más en sí mismo el día en que Johnny Martorano fue trasladado para empezar a colaborar con la fiscalía. Los guardias de la prisión no iban a echar de menos al sicario. Martorano les ponía los pelos de punta: era un alborotador arisco y de sangre fría, que se paseaba por el módulo como diciendo: «Aparta de mi camino, soy John Martorano y soy capaz de matar». Pero la marcha de Martorano dejó hundido en la miseria a Stevie Flemmi. Suponía que Martorano iba a involucrar a Flemmi y a Bulger en un caso de asesinato, en particular, en la muerte en 1981 de Roger Wheeler. Suponía que aunque el abogado de Flemmi, Ken Fishman lograra convencer al juez Wolf de que desestimara los cargos por actividades relacionadas con el crimen organizado que todavía pesaban sobre él, los fiscales estarían preparándose para contraatacar con una nueva acusación por asesinato.

A principios de septiembre, cuando todos estaban esperando el fallo del juez Wolf, saltó la noticia de que Martorano y el Gobierno habían llegado a un acuerdo por el que el acusado se declararía culpable para reducir su sentencia. A cambio de una condena de entre doce años y medio y quince años, Martorano había accedido a declararse culpable de veinte asesinatos cometidos durante tres décadas y en tres estados diferentes, incluido el asesinato de Roger Wheeler, que según él había cometido por orden de Bulger y Flemmi. «La gente a la que está delatando son personas que han gozado de la protección del FBI durante varios años, mientras cometían crímenes atroces», dijo David Wheeler, hijo del asesinado ejecutivo de la empresa Jai Alai, al expresar su conformidad con el acuerdo al que había llegado el sicario.

Flemmi se retiró a su celda. En el módulo H-⁠3 el exjefe del crimen organizado estaba apartado, y pasaba gran parte de su tiempo a solas, sentado en su litera. «Está ahí —⁠dijo un guardia⁠—. Es como la bolsa de los palos de golf que tengo en mi taquilla». Flemmi no tenía ninguna ocupación en el módulo que lo mantuviera ocupado. No tenía a nadie con quien hablar. «Está tan abatido que podría volverse loco en cualquier momento», comentó un funcionario de la prisión. Flemmi rara vez, si es que lo hacía, salía al patio a tomar aire o el sol. Era la víspera de uno de los fallos judiciales más esperados sobre un caso del crimen organizado en la historia de Boston, y el rostro de Flemmi se había tornado cerúleo, casi traslúcido.

Tenía la piel del mismo color que las paredes de la celda, según observó un guardia, de un fantasmagórico «blanco palomita de maíz».

 

Tony Cardinale, el abogado que había abierto la caja de Pandora de una patada, donde se ocultaba la relación del FBI con Bulger y Flemmi, inició el día en que por fin se hizo público el fallo judicial con su rutina de ejercicios en el Club Deportivo de Boston. Luego pasó a recoger al hotel a su socio John Mitchell, quien había llegado en avión desde Nueva York. Se dirigieron al juzgado, donde un secretario entregó a los abogados una caja que contenía siete copias del fallo. Cardinale envió de inmediato a un mensajero para que llevara una copia a la prisión de Plymouth para Frank Salemme. A continuación, reunidos y arremangados en el despacho de Cardinale, el café del Dunkin Donuts y las rosquillas repartidas sobre la mesa, los dos abogados sacaron la voluminosa resolución y empezaron a leerla.

El columnista de The Boston Herald Howie Carr tendría más adelante la ocurrencia de comentar que Mark Wolf debía verse a sí mismo como el Edward Gibbon de Nueva Inglaterra en relación con el crimen organizado, y había escrito El ascenso y caída del imperio de Bulger: la resolución tenía 661 páginas. Cardinale y Mitchell apreciaron la forma en que Wolf iniciaba su tratado, con una cita de lord Acton. «En 1861 —⁠empezaba el juez⁠—, lord Acton escribió que “todo secreto degenera, incluso en la administración de justicia”». A lo que el juez añadía: «Este caso demuestra que estaba en lo cierto».

Nadie se comió las rosquillas. Los abogados no podían dejar de leer el fallo. La parte legal —⁠el impacto inmediato en la situación del caso contra el crimen organizado⁠— no era concluyente. Por ejemplo, el juez se negaba a considerar que toda la protección proporcionada por el FBI a Bulger y Flemmi —⁠gran parte de ella, ilegal⁠— equivaliera a una inmunidad total contra una imputación. Aunque sí había decidido que las promesas hechas en el pasado por el FBI a los dos gánsteres corrompían parte de las pruebas obtenidas a partir de las vigilancias electrónicas y que esas cintas no podrían usarse jamás en su contra. El juez decía que no iba a admitir esa prueba y seguramente, tampoco otras. Teniendo eso en cuenta, el caso contra el crimen organizado pendía de un hilo. Pero, para llegar a una decisión final sobre la conflictiva prueba, el juez había decidido que necesitaría más información, que obtendría gracias a más vistas preliminares. «En esencia —⁠concluía Wolf⁠—, el informe judicial para decidir si debe desestimarse o eliminarse el caso de Flemmi es incompleto. Por tanto, el tribunal celebrará las vistas necesarias para determinar si el caso debe desestimarse y, de no ser así, cuántas pruebas deben excluirse del juicio». Es decir, por el momento, el caso seguía adelante.

Sin embargo, la parte legal del fallo judicial no era lo más interesante. Lo duro era las «decisiones sobre cuestiones de hechos» del juez, sobre el FBI, Bulger y Flemmi. Más de la mitad del texto —⁠368 páginas⁠— estaba dedicado a constataciones fácticas sobre todo lo que había salido mal en el pacto del FBI con Bulger, constataciones judiciales extraídas de las declaraciones juradas y de las montañas de documentos y archivos del FBI.

El juez reconocía que Bulger y Flemmi eran «confidentes muy valiosos y valorados» para el FBI, pero luego procedía a describir con todo lujo de detalles la corrupción, el incumplimiento de normas y la mala praxis que había definido los términos del pacto casi desde su inicio hacía tres décadas. Las filtraciones —⁠desde la relativa al taller de Lancaster Street, la del micro puesto por la DEA en el coche del Bulger hasta la intervención del teléfono de Baharoian⁠— habían quedado documentadas, junto con la larga lista de soplos que los jefes del crimen organizado recibían sobre otros gánsteres que podían constituir una amenaza para ellos. «En un esfuerzo por proteger a Bulger y Flemmi, Morris y Connolly también identificaron para ellos a otra docena de individuos que, o bien eran confidentes del FBI o fuentes de otros organismos de los cuerpos de seguridad del Estado». El juez citaba la filtración sobre Brian Halloran y el hecho de que, un par de semanas después de que el sujeto en cuestión hubiera contactado con el FBI, «Halloran fue asesinado».

El juez concluía que, con tal de proteger a Bulger y Flemmi, los agentes se habían inventado informes internos del FBI de manera habitual, tanto para exagerar su valía como para minimizar las consecuencias legales de sus actos delictivos. Los archivos de la Oficina Federal de Investigación reflejaban «irregularidades recurrentes en relación con la preparación, corrección y producción de documentos, en este caso, que resultan perjudiciales para Bulger y Flemmi». Y a pesar de que Connolly lo negara todo, Wolf falló que, en efecto, el agente de contacto entregó a Morris dinero en forma de soborno.

«Morris solicitó y recibió, por manos de Connolly, mil dólares de Bulger y Flemmi».

El juez también aclaraba algunos de los pequeños detalles sobre la sórdida saga. A pesar de los comentarios hechos en público por Billy Bulger, que afirmaba lo contrario, el juez concluía que el poderoso político sí había interpretado un cameo en la trama. «William, que era presidente del Senado de Massachusetts y vivía en el piso contiguo al de la familia Flemmi, fue a visitarlo justo en el momento en que Ring y Connolly se encontraban allí».

«¡Madre del amor hermoso!», exclamó Cardinale. John Mitchell y él iniciaron una especie de duelo, leyendo fragmento en voz alta, cada uno de ellos intentando superar el anterior con una nueva cuestión fáctica más jugosa que la precedente.

En total, Wolf identificaba a dieciocho supervisores y agentes del FBI que o bien habían violado la ley o incumplido las normas de la Oficina Federal de Investigación y la normativa del Departamento de Justicia. Paul Rico, John Connolly y John Morris eran los protagonistas de la mala praxis, y la lista incluía a los supervisores Jim Greenleaf, Jim Ring, Ed Quinn, Bob Fitzpatrick, Larry Potts, Jim Aheam, Ed Clark, y Bruce Ellavsky, además de los agentes Nick Gianturco, Tom Daly, Mike Buckley, John Newton, Rod Kennedy, James Blackbum y James Lavin.

«John Connolly la ha cagado», dijo Cardinale sacudiendo la cabeza y haciendo una pausa, para concentrarse en la parte en que el fallo de Wolf trataba la cuestión principal: ¿cómo había logrado escapar Whitey a principios de 1995? Aunque Flemmi hubiera declarado que la información hubiera sido filtrada por Morris, el juez consideraba que Flemmi, aunque, en líneas generales, había dicho la verdad al declarar, no siempre era «sincero» y «en ocasiones atribuía información recibida de John Connolly a otros agentes del FBI en un intento flagrante de proteger a Connolly». A pesar de las insistentes declaraciones en público de Connolly, Wolf concluía que él era el culpable.

«Este tribunal concluye que, a principios del mes de enero de 1995, Connolly, quien tenía una estrecha relación con Flemmi y, en especial, con Bulger, había estado haciendo el seguimiento de la investigación del gran jurado a través de sus contactos en el FBI, y permanecía en constante comunicación con ambos gánsteres para informarlos sobre dicha investigación. Él era la fuente que filtró los datos sobre la acusación a Bulger».

Por último, y a pesar de los comentarios realizados en público por Jeremiah T. O’Sullivan, en los que aseguraba lo contrario, así como en sus declaraciones ante los investigadores federales en 1997, el juez concluía que O’Sullivan sabía que Bulger y Flemmi eran confidentes desde el año 1979.

El fallo exponía la espantosa adicción a Bulger del FBI de Boston, y no era un panorama muy agradable. Por pura coincidencia, el fallo se hizo público solo doce días después de un momento crucial en la vida de Whitey Bulger: había cumplido los setenta el 3 de septiembre de 1999. Pero el tratado de 661 páginas no era precisamente la felicitación de cumpleaños que más le habría gustado recibir. James J. Bulger, alias Whitey, quizá siguiera en libertad, pero tenía poco que celebrar.

«El juez arremete contra el FBI por su pacto con Bulger y Flemmi», rezaba el titular de portad de The Boston Herald. «El juez afirma que el núcleo del FBI incumplió todas las normas».

Los titulares habían resumido la situación y no cabía duda de que el mismo Whitey Bulger los habría leído. Se encontraba en algún punto del camino, todavía a la fuga, conduciendo por carreteras secundarias del Estados Unidos rural y con una rubia teñida de copiloto, documentación falsa en la cartera y fajos de billetes de cien dólares repartidos por cajas fuertes de todo el país.

 

Notas del capítulo veinte [*].