Black Mass
11. Ciudad Bulger, Estados Unidos
Capítulo once
Ciudad Bulger, Estados Unidos
J ulie Miskel Rakes y su marido Stephen eran como muchas parejas del viejo barrio: familiares, trabajadores y decididos a ganarse el pan para vivir con decencia. Se habían criado en Southie. Julie era de la zona de viviendas de protección oficial, al igual que los Bulger y John Connolly, y su familia pertenecía a la misma congregación que los Bulger, Santa Mónica, situada en la frontera más alejada a las viviendas de Old Harbor y en la calle de enfrente de otro núcleo de edificios financiados con dinero público, las viviendas de Old Colony.
Aunque solo se llevaban dos años de diferencia, Julie y Stephen no se conocieron hasta asistir al instituto de South Boston. Más adelante se reencontraron cuando Julie tenía veinte años y Stephen veintidós, y estaba gestionando una de sus numerosas empresas conjuntas: el Stippo’s Sub and Deli, una tienda de alimentación con servicio de degustación. Stippo era el apodo de Stephen, y en su popular local de la esquina vendía café, rosquillas y productos frescos. Abría desde el amanecer hasta la medianoche, en turnos realizados por el hermano, la hermana, la madre y el padre de Stephen. El patriarca era un empleado de especial lealtad. Como sufría insomnio, se levantaba de la cama y salía a encender las luces de la tienda a las tres de la madrugada. «Solíamos bromear diciendo que abría a las tres de la madrugada, aunque no tenía que abrir hasta las seis de la mañana —recordaba Julie—. Pero a él le gustaba tenerlo todo preparado».
Julie empezó a trabajar en la tienda en 1977. Stephen era el dueño y administrador; se encargaba de hacer los pedidos, gestionar las cuentas, poner los precios y colocar en las estanterías los productos que iban inventariando. La pareja no tardó en formarse, y luego, en 1978, los Rakes y los Miskel se reunieron con sus amigos para celebrar el matrimonio de Julie y Stephen Rakes. Una celebración típica de una familia típica de South Boston.
Stephen no era ajeno a los líos. En el pasado, tanto sus hermanos como él habían tenido follones con la policía. Pero, al estar con Julie, lograría salir adelante. Dos años después de casarse, nació su primera hija, Nicole. La segunda, Meredith, llegó al mundo el mes de noviembre de 1982. Durante esa época Stephen vendió la tienda de alimentación y se convirtió en socio de una licorería. Sin embargo, en 1983, Julie y él decidieron que estaban listos para volver a emprender su propio negocio. Stephen prefería ser dueño de su local. Tal vez el ritmo de trabajo fuera agotador, pero no tendrían que repartir los beneficios. Julie le sugirió abrir un videoclub, pero Stephen la convenció de que una licorería sería más productiva.
Tras un tiempo de búsqueda, Stephen localizó una gasolinera abandonada cerca de la rotonda próxima a la iglesia de Santa Mónica. Era una ubicación ideal en una de las calles principales del barrio, Old Colony Avenue. Siempre había tráfico rodado en Old Colony y en la rotonda situada justo enfrente, y la propiedad ofrecía un lujo muy escaso en los abarrotados barrios comerciales de South Boston: una zona de aparcamiento. El matrimonio se entregó a la tarea conjunta de revisar los archivos del catastro de Boston para localizar al dueño. La propietaria era Abigail A. Burns. A Julie Rakes le costó memorizar el nombre de la señora. «Me acostumbré a llamarla Abigail Adams». Confundía a la dueña con una de las familias fundadoras de la nación: la esposa de John Adams, segundo presidente de Estados Unidos. Se trataba de una divertida confusión que se convertiría en uno de los chistes privados de la pareja.
«Íbamos a poner un negocio por todo lo alto —recordaba Julie—. Sería nuestra fuente de ingresos y nos permitiría llevar el estilo de vida que deseábamos. Además, sería nuestro para siempre».
Sin embargo, a pesar de las grandes esperanzas de Julie, había un problema. Su marido, Stephen, que llegó a desesperarse por la multitud de exigencias que suponía la apertura de un negocio y preocupado por haber sido, quizá, demasiado ambicioso, empezó a pensar que tener un negocio tal vez no fuera tan buena idea. Sin decir nada a su esposa, había hablado de la tienda con Whitey Bulger; precisamente con él. Para Bulger, el planteamiento no pudo llegar en un momento más conveniente. Lo habían obligado a marcharse del taller de Lancaster Street, escapaba constantemente de la policía estatal en su Chevrolet negro, y, más recientemente, lo perseguían como sospechoso de asesinato. Tanto para él como para Flemmi había llegado la hora de dejar de dar tumbos y buscar una nueva base de operaciones. Bulger se planteó la idea de establecerse dentro de los acogedores límites del barrio. No había nada como la sensación de familiaridad e insularidad de South Boston. Y en cuanto Stephen planteó la idea de abrir la licorería, la modesta ambición de los Rakes estaba a punto de confluir con los deseos de Whitey Bulger. Esa coincidencia se dio en una ciudad donde todo cuanto deseaba Whitey acababa siendo suyo.
El otoño del año 1983 fue una auténtica locura para la pareja, que intentaba cumplir con todos los requisitos necesarios para abrir el negocio antes del periodo vacacional. En un tiempo relativamente breve, las cosas habían ido bastante bien, empezando por el logro de la licencia para vender bebidas alcohólicas durante una licitación celebrada en verano. Gracias a que Stephen siempre leía las noticias relacionadas con cuestiones legales, supo que se celebraba la subasta de una licencia para vender bebidas alcohólicas de una licorería que iba a cerrar a causa de un proyecto urbanístico. Ese mismo sábado, la ansiosa pareja se puso sus mejores galas y acudió al centro de la ciudad para visitar el bufete de abogados que supervisaba la licitación.
«Yo estaba nerviosa —confesó Julie Rakes—. Era la primera vez que iba a una subasta». Stephen estaba más familiarizado con los pormenores de la gestión de una licorería, por su experiencia como socio de una de ellas en el pasado, pero la pareja decidió que debía ser Julie la que hiciera la oferta durante la subasta. «Él iba diciéndome: “Venga. Tú puedes” —dijo Julie—, y yo decía: “¿Qué haces? ¿Qué haces?”. Fue divertido. Emocionante. Stephen decía: “Venga, levanta la mano. ¡Levanta la mano!”», y Julie lo hizo. La puja empezó con mil dólares. Había otro interesado, pero la señora Rakes siguió pujando. De pronto terminó la subasta, y los Rakes se marcharon con una licencia para vender bebidas alcohólicas por un precio relativamente bajo: tres mil dólares.
Fue un maravilloso punto de partida, seguramente, un buen augurio. Habían creado una corporación empresarial, Stippo’s Inc., formada por la familia al completo. «Yo era la presidenta —dijo Julie—, y bromeábamos sobre ello». Stephen se sacó el título de tesorero, dependiente y también director. A continuación llegaron más buenas nuevas: Julie estaba embarazada de su tercer retoño. A finales del mes de septiembre, la pareja se puso en contacto con un contratista, un amigo del barrio, Brian Burke. Burke empezó por el aspecto más difícil de todo el proyecto: convertir una gasolinera abandonada en una licorería. Había que levantar el terreno y retirar los enormes tanques de gasolina y hacerlo respetando las leyes medioambientales del estado. Burke limpió el solar, restauró el techo y dio un nuevo aspecto exterior a la edificación. «Había un montón de cemento», dijo Julie. Los Rakes no aspiraban a romper ningún molde en el terreno del diseño ni de la estética.
No tenían mucha liquidez, y las facturas empezaban a amontonarse. El objetivo era una reforma mínima con la meta de resultar lo más práctica posible: un edificio de cemento, sencillo, bien iluminado y con vitrinas. La pareja sintió una inyección de adrenalina cuando por fin colocaron el letrero en la fachada: STIPPO’S LIQUOR MART.
Sin embargo, familiares y amigos no fueron los únicos visitantes del solar en construcción durante los últimos días previos a la inauguración. Bulger y Flemmi también estaban tomando nota de los avances de la obra. Ocultos en la oscuridad de la noche, los gánsteres se pasaban por allí para echar un vistazo a la reforma. A última hora de la noche, sin testigos a la vista, se colaban en el aparcamiento. Por lo general, los acompañaba un tercer hombre, Kevin Weeks, que había sustituido a Nicky Femia como secuaz, conductor y, en ocasiones, como sicario. Bulger acabó despidiendo al cocainómano Femia, quien, trabajando por su cuenta y con total descontrol, intentó atracar un taller mecánico a principios de diciembre, pero le volaron la tapa de los sesos cuando una de sus víctimas le disparó y acabó matándolo. Con la mitad de años que Bulger, Weeks tenía el currículo perfecto. El chaval de cabello tupido quizá no llegara al metro ochenta de altura por un par de centímetros, pero su torso era todo musculatura y, lo que era más importante, tenía unas manos muy ágiles. Era hijo de un preparador de púgiles y se había criado en los cuadriláteros de la ciudad. Al igual que en el caso de John Connolly, toda su infancia había creído ciegamente en el mito que constituía el personaje de Bulger. Creció escuchando historias sobre el gánster por antonomasia de Southie, pero no llegó a verlo hasta un día en que, siendo adolescente, alguien dijo entre susurros que lo había reconocido, mientras Whitey se paseaba por el barrio de viviendas de protección oficial.
Tras graduarse en 1974 en el instituto de South Boston, el primer empleo de Weeks fue aquello para lo que había nacido: bedel o «gorila» del mismo centro escolar donde había estudiado. Patrullaba por los pasillos y separaba a los estudiantes blancos y negros en las trifulcas que se convirtieron en el pan de cada día tras la imposición de la orden de transporte escolar para evitar la segregación racial. En el invierno del año siguiente, unos días antes de la celebración del Día de San Patricio, el joven de dieciocho años se trasladó al mundo de Whitey cuando entró a trabajar en el Triple O’s. Empezó siendo el chico encargado de llevar el hielo. No obstante, una noche, los dos corpulentos gorilas del local no lograban poner fin a una pelea, y Kevin salió dando un salto desde detrás de la barra y puso finos a los alborotadores con una asombrosa combinación de golpes. Whitey tomó nota. Weeks fue ascendido primero a portero del Triple O’s y luego a pupilo de Bulger. A principios de la década de 1980, Bulger fue el mentor de Weeks, y el chico se convirtió en hijo putativo de Bulger. A Weeks le gustaba presumir de su lealtad para con el jefe del crimen organizado, e iba diciendo que habría preferido pasar un montón de años en prisión, o incluso ver sufrir a su propia familia, antes que pronunciar siquiera una mala palabra contra Whitey Bulger.
Para inspeccionar la obra del Stippo’s Liquor Mart, los hombres bajaban del coche y se daban una vuelta por el solar. En realidad, Weeks y Bulger habían ayudado en cierta forma a Stephen Rakes y empezaban a sentirse un poco dueños del negocio. Los Rakes habían recibido amenazas de bomba anónimas durante la reforma. La pareja —sobre todo Julie— estaba nerviosa. Stephen envió a su hermana a ver a Kevin Weeks a su bar, el Courts Inn Tavern, para que le preguntara si Whitey y Stevie podían acabar con las amenazas. La verdad era que Stephen conocía a Weeks de la infancia, habían tenido un par de discusiones y no se llevaban muy bien. Pero por una de esas coincidencias que se daban en Southie, uno de sus hermanos se había casado con una de las hermanas de Weeks. Stephen y Julie pasaban a veces por el Triple O’s a tomar una copa, y Weeks solía estar allí, su mujer era una de las camareras de la barra. En cuanto Stephen pidió el favor, Bulger se enteró por casualidad de que el dueño de otra licorería, que no quería la competencia de los recién llegados, estaba detrás de las llamadas amenazantes. Bulger le ordenó que parase, y las amenazas de bomba cesaron de pronto. Stephen dijo a Julie que él mismo lo había solucionado. No entró en detalles, no le habló del papel que había jugado Whitey ni de su creciente interés por la tienda.
Bulger opinaba que era el momento ideal para plantearse la búsqueda de un nuevo despacho. A Flemmi y a él les iba bien. De hecho, les iba mejor que nunca. La mafia local se tambaleaba: Gennaro Angiulo estaba en prisión junto con otros muchos mafiosos importantes. Los negocios criminales de Bulger habían prosperado en el periodo posterior a la operación de escuchas secretas que el FBI había llevado a cabo para echar el guante a los mafiosos. «Cuanto más nos centrábamos en la mafia, menos amenaza suponía la mafia para Bulger», reconoció John Morris. El «alquiler» o tributo que Bulger cobraba por comerciar en su zona iba en constante aumento, al igual que el número de corredores de apuestas y narcotraficantes que satisfacían los pagos. Más que nunca, Bulger y Flemmi estaban deseosos de colaborar con el FBI para acabar con el núcleo duro del hampa de la ciudad. Eso venía de maravilla al negocio.
En su búsqueda de un nuevo despacho, la prioridad tanto de Bulger como de Flemmi era dar con una ubicación que incluyera una posibilidad real de negocio legítimo. Dirigir una empresa legal les permitiría blanquear el dinero de sus negocios ilegales en el juego, los préstamos de usura y el tráfico de drogas. Bulger había usado, a tal fin, las habitaciones situadas en el piso superior del Triple O’s. Incluso recibía el correo personal allí. Pero los bares eran lugares abarrotados, públicos y, en ocasiones, caóticos. Las peleas que estallaban en el Triple O’s atraían la atención de la policía. En lugar de un bar, Flemmi y su amigo deseaban contar con un lugar que encajara mejor con sus necesidades, y la nueva licorería enfrente de la rotonda hizo que Bulger maquinara una estrategia.
A finales de año, Julie y Stephen Rakes empezaban a tener prisa. No habían podido abrir en Navidad y no podrían celebrarlo con una gran inauguración. Las dos hermanas de Julie, su madre y los padres de Stephen ayudaron al montaje del interior del local y a llenar los estantes. Los Rakes supervisaron la instalación de una hilera de refrigeradores, su mayor inversión hasta la fecha. Para aprovechar parte la temporada de vacaciones de Navidad, se apresuraron a abrir las puertas de la licorería a tiempo para Nochevieja.
Ambas familias enviaron plantas con lazos para colocar sobre el mostrador, como agasajo por la ocasión, pero ese fue el único detalle con el que contó la inauguración de la licorería de los Rakes, que se limitaron a abrir las puertas de su negocio. Stephen puso un anuncio en el periódico The South Boston Tribune, en el que decía que la licorería situada en «La rotonda de South Boston», ya estaba «abierta» y que tenía «aparcamiento para los clientes». También indicaba los horarios: «De lunes a sábado, de nueve de la mañana a once de la noche». Se trataba de un anuncio bastante sencillo. Al final del reclamo Stephen incluyó una atractiva frase que atraería la atención de varios lectores de South Boston. «Gane un viaje para dos personas a Hawái o mil dólares en efectivo si nos visita el miércoles 8 de febrero de 1984, a las cinco de la tarde». La promoción fue idea de Stephen, era su estrategia para atraer clientela. «En una zona en la que jamás se había ofrecido nada como un viaje —dijo Julie Rakes—, creíamos que funcionaría de maravilla. Que resultaría muy atractivo».
Y sí llegaron clientes. Marido y mujer trabajaban en equipo, se movían entre la tienda y su casa, llevando el negocio y criando a los niños. Siempre había algún pariente echándoles una mano, pero lo hacían de forma voluntaria. No tenían socios, nadie a quien rendir cuentas. Resultaba agotador y consumía toda su energía, pero el negocio era suyo y la caja registradora no paraba de abrirse y cerrarse.
Antes de cumplir las dos semanas desde la apertura de la licorería, los Rakes echarían el cierre. No llegarían a seguir allí el tiempo suficiente ni para celebrar la rifa que habían anunciado en la prensa. Whitey y Stevie no pensaban enviar a nadie con el billete regalado a Hawái.
Julie se puso el abrigo y salió al frío gélido de esa noche de enero, una noche que se iniciaba como otra cualquiera: con ajetreo y agitación. Un miembro de la pareja llegaba y el otro se iba, un ritmo que ambos habían mantenido durante la reforma de su nueva tienda y durante los primeros días de apertura del negocio. El cielo estaba encapotado, y los partes meteorológicos de la radio comentaban la posibilidad de una ventisca. Sin embargo, la atmósfera no parecía tan helada para que ocurriera, las temperaturas rondaban los 4.º C. En la ciudad se hablaba sobre todo del nuevo alcalde, Ray Flynn, el «alcalde del pueblo», un irlandés oriundo de Southie que se estrenaba en el consistorio durante esos primeros días del año 1984.
Julie se dirigió en coche hacia la tienda desde su hogar en Fourth Street, un breve recorrido que la llevaba por caminos que conocía de toda la vida, pasando por las casas, tiendas y bares de Old Colony Avenue. Era el único mundo que conocía, e iba pensando en cosas positivas: en su familia, su nuevo negocio, en Stephen. Cuando llegó, charló un rato con la persona que habían contratado para trabajar en el almacén y encargarse de los repartos. Entonces sonó el teléfono.
Era Stephen.
—¿Cómo se supone que puedo saber si el cordero está listo?
¡Ay, Stephen! Julie y él estaban aprendiendo a ser piezas intercambiables de su matrimonio: ella en la empresa y él en casa. Su esposa le dio las instrucciones para rematar el asado, colgó el teléfono y atendió a un par de clientes. Se encontraban a mitad de semana y, en realidad, el negocio estaba bastante tranquilo. Julie se tomó un respiro para descansar. Estaba pensando en lo lejos que habían llegado Stephen y ella cuando, alrededor de las nueve, volvió a sonar el teléfono. «¿Stephen? —pensó—. ¿Qué horas son estas de llamar?».
—¿Julie?
—Sí.
Julie no reconoció la voz grave y ronca que le habló desde el otro lado de la línea.
—Te conozco, me gustas y no quiero que te hagan daño.
—¿Quién es?
La persona que la llamaba ignoró su pregunta.
—Deberías salir de ahí.
—¿Quién es?
—La tienda va a saltar por los aires.
—¿Por qué nos hace esto? —dijo Julie con un tono agudo de preocupación—. Si le gusto, ¿por qué no me dice quién es? —Empezó a gritar—. ¿¡Por qué no me dice quién es!? —Pero estaba gritándole al tono de un teléfono colgado. Quien había llamado ya no estaba del otro lado.
Julie estaba asustada. Habían pasado semanas desde la última llamada de esa clase. Miró a la tienda prácticamente vacía y tuvo la sensación de que alguien estaba vigilándola. Volvió a llamar a su marido, alterada, y le explicó lo de la llamada que acababa de recibir, y cuanto más abundaba en la explicación, más inquieta se sentía. Stephen, por su parte, intentó sonar tranquilizador. Julie oía el ruido del televisor de fondo y a los niños alborotando. Pero, al colgar, fue consciente de la terrible tensión en el tono de Stephen.
Stephen Rakes tenía motivos para estar tenso. En ese preciso instante, atendía a unas visitas en su piso. Había estado recogiendo después de la cena, jugando un poco con sus dos hijas, les había puesto el pijama para acostarlas y las había dejado ver un poco de televisión, cuando oyó que alguien llamaba a la puerta. Se dirigió hacia ella y la abrió de golpe. En la oscuridad había dos hombres esperando, y Rakes los reconoció: Whitey Bulger y Kevin Weeks.
Había llegado la hora de hacer un trato, aunque Stephen estaba replanteándoselo. Hacía unos días, y a espaldas de Julie, había acudido a una reunión con Bulger y Flemmi para hablar de una posible venta. Rakes dijo que quería ciento cincuenta mil dólares como mínimo. Salió el vendedor de coches que llevaba dentro; afirmó que el negocio valía mucho más que eso y, teniendo en cuenta lo bien que había ido durante las primeras semanas después de abrir, las ventas se dispararían en un futuro próximo. Bulger lo escuchó, esperó y, cuando la reunión hubo terminado, el precio quedó establecido en cien mil dólares.
En ese momento, Bulger y Weeks entraron bruscamente en el piso, apartaron a Rakes de un empujón y se dirigieron hacia el salón. Las dos visitas se sentaron a la mesa. Bulger llevaba la voz cantante y Weeks, una bolsa de papel marrón llena de dinero en efectivo. Las hijas de Rakes no paraban de juguetear por la sala. Bulger agarró a la mayor y se la sentó en las rodillas. «Qué niñita más bonita que tienes», dijo.
Rakes estaba inquieto y no paraba de removerse en su asiento. Mencionó a su mujer, Julie, y lo mucho que a ella le gustaba la tienda. Dijo que la situación había cambiado. Que iban a intentar sacar adelante el negocio. «No está a la venta». Sería el último intento de objeción formulado por Stephen Rakes. Bulger montó en cólera y dijo que lo mataría y se quedaría con el negocio. Weeks estaba sencillamente molesto. Era el motivo exacto por el que odiaba a Rakes. Weeks no creyó ni por un segundo que Rakes hubiera cambiado realmente de opinión. Todas esas dudas y balbuceos eran una simple cuestión de dinero, quería más.
Fuera o no cierto, el dueño de la licorería no tenía alternativa. Weeks sacó su arma, un revólver del calibre .38, con cañón corto de dos pulgadas y empuñadura de madera. Lo puso sobre la mesa y dejó que el arma tomara la palabra. El frío metal del revólver captó toda la atención de la niña sentada en el regazo de Bulger, que alargó una manita para cogerlo.
Rakes observaba horrorizado. Antes de que la pequeña llegara a tocar el arma, Bulger la retiró con la mano en dirección a Weeks. El gánster dejó a la niña en el suelo y se sacó una navaja automática del bolsillo, que empezó a abrir y cerrar. Sobre el filo se reflejaba la luz, y su brillo puntualizaba las palabras del gánster. Recordó a Rakes cómo lo habían ayudado con las amenazas de bomba, con las condiciones de la venta y le repitió que podían matarlo y quedarse con la tienda. Bulger le explicó que dentro de la bolsa de papel, ordenado en perfectos fajos de billetes, estaba el dinero. No podía arrepentirse. No renegociarían.
El jefe del crimen organizado había decidido que el trato estaba cerrado, y estaban en Ciudad Bulger. Weeks y él se levantaron con la intención de marcharse. Rakes se quedó sentado, traspuesto. Eran casi las once de la noche, y en la licorería, Julie Rakes, haciendo un gran esfuerzo por mantener la calma, estaba impaciente por echar el cierre. El teléfono sonó. Ella lo cogió. Era Stephen y estaba a punto de perder los nervios. Su voz sonaba rara y distante, y entonces Julie se percató de que su marido estaba llorando. Stephen le explicó el brusco giro de los acontecimientos y le habló de una nueva oportunidad caída del cielo, una oferta que no podía rechazar. Julie se limitó a escuchar en silencio, mientras iba sintiéndose cada vez más aturdida. Pensó que eso era lo que debería experimentar alguien que recibía una descarga eléctrica —la sensación de estar suspendida en el aire, como fuera del propio cuerpo—, mientras Stephen, entre gimoteos, balbuceaba cosas que a ella le resultaban impensables y le explicaba que la tienda ya no era de ellos, y le decía qué ocurriría a continuación, lo que ella debía hacer. A él se le escapó que había sido el responsable de que todo aquello se activara, aunque eso ya no importaba; la negociación se había convertido en extorsión en cuanto Bulger dejó claro a los Rakes que no había vuelta atrás, que su aceptación del trato se había transformado en una cuestión de vida o muerte relacionada con el hampa.
Julie Rakes levantó la vista y vio a un hombre corpulento —de bastante más de metro ochenta de altura y complexión fuerte— entrando en la licorería. Se trataba de Jamie Flannery, un antiguo conocido del instituto. Habían sido amigos. Flannery también era habitual del Triple O’s. Tenía problemas con la bebida y a veces trabajaba de portero en el bar. Julie lo había visto por allí con Whitey Bulger. Horrorizada, entendió que todo empezaba a encajar.
Julie colgó el teléfono. Flannery fue expeditivo. Dijo a la mujer que recogiera sus cosas, que estaba allí para llevarla a casa. Le pidió que no le hiciera preguntas, y Julie Rakes obedeció. Con gesto apresurado, cogió algo de dinero de la caja registradora. Recogió las plantas que la familia había enviado para celebrar la inauguración de la tienda. Flannery se encargó de transportar el vino que Julie y Stephen le habían guardado a un amigo que lo producía y que les había pedido ayuda para su distribución. Lo metieron todo en el coche y entonces Julie, temblorosa, apagó las luces y echó el cierre. Se marcharon a gran velocidad.
Ella no quería volver jamás a la licorería. Julie iba temblando en el coche, pero Flannery fue parco en palabras, se limitó a conducir, y cuando llegó a Fourth Street y empezó a reducir la marcha, Julie vio a dos desconocidos en la distancia, de pie frente a la puerta de su casa. Quiso saber quiénes eran. Flannery le dijo quién era el de las escaleras —Bulger— y el que estaba acercándose al coche aparcado junto al bordillo —Weeks—, y entonces Flannery se acercó más con el coche para que Julie pudiera verlos mejor y reconocerlos. Por detrás de ellos, ella vio a su marido, paralizado de miedo en la puerta.
«Sigue conduciendo. Sigue conduciendo», espetó. Estaba asustada y no quería ver a esas personas, y Flannery dejó atrás la casa. Era lo mínimo que podía hacer. Dio la vuelta a la manzana. Cuando volvieron al punto de partida, los hombres se habían marchado, pero Stephen Rakes estaba de pie en el bordillo, esperando a que llegara su mujer. Ni siquiera la dejó bajar del coche. Le entregó la bolsa de papel y le pidió que se fuera a casa de su madre. Enseguida, insistió, y hablaba con los dientes apretados.
—¿Quieres que vaya a casa de mi madre a estas horas de la noche? —gritó Julie, molesta. Stephen le dijo que dentro de la bolsa había dinero en efectivo y le repitió la súplica.
—Vete de aquí y llévate esto a casa de tu madre.
—¿Qué está pasando aquí? ¿Qué ocurre?
Stephen no podía darle más detalles.
Julie se sentía confusa, estaba como loca.
—No puedo ir a casa de mi madre. Son casi las doce de la noche. ¿Qué te has creído?
Intentando con todas sus fuerzas no perder los estribos, él le contó que ya había hablado con su suegra. Ella estaba esperándola. Debía ponerse en marcha. Stephen tenía la voz y el cuerpo tensos, y los ojos vidriosos de haber estado llorando.
—Tu madre está esperándote. —Puso expresión de estar suplicando: «Haz lo que te digo».
Le contó que el dinero era de Whitey Bulger.
—Es nuestra inversión —dijo—. Tenemos suerte de que nos lo hayan dado —añadió, con mirada perdida.
Julie partió hacia casa de sus padres, en Old Colony Avenue. Sus progenitores estaban esperándola en la puerta, con la mirada fija y gélida. Stephen les había contado bastante para saber que la pareja estaba metida en un embrollo con Bulger. Aquella era una experiencia desconocida para la familia de Julie, un terreno ignoto donde ninguno de ellos quería encontrarse. En el interior de la bolsa había más dinero en metálico del que ninguno de los presentes hubiera visto jamás. Julie entregó la bolsa a su madre. «Escóndela». Su madre la cogió y la ocultó en su cuarto, dentro de un arcón de madera. Totalmente presa del pánico y ya en el hogar de sus padres, Julie se desmoronó ante su padre. «No puedo creerlo», dijo, y rompió a llorar.
La señora Rakes y su familia tardaron varios días en averiguar lo que realmente había ocurrido, en asimilar que una auténtica bomba había estallado en el seno de sus vidas. En parte, tardaron tanto en digerirlo debido a ciertas historias —o mitos— sobre Bulger. En la ciudad siempre se decía que Bulger rendía una lealtad sin parangón a todas las personas de Southie, que le gustaba ayudar a sus convecinos, que echar una mano a los del barrio lo hacía sentirse bien. Se decía que no le gustaban los matones y que siempre los ponía en su sitio. Contaban que Bulger, aunque no llegaba a decir a nadie que no violara la ley, los invitaba a satisfacer sus vicios fuera del barrio. Supuestamente, si llegaba a sus oídos que alguien había robado en alguna casa de South Boston, atrapaba al culpable y le daba lecciones básicas de ética según el manual de Bulger. La primera norma era que se podía robar casas de las urbanizaciones de ricachones como Brookline y Wellesley, pero no en tu propio barrio. Los hombres como Kevin Weeks se contaban entre aquellos que hacían propaganda a Bulger, y los Rakes tenían relación con Weeks hacía muchos años. Aunque Julie Rakes no conociera al legendario gánster, sí conocía su fama. Pero en ese momento, tras su experiencia personal, sabía que todo era mentira: Bulger había robado la licorería a su esposo y a ella.
El otro motivo por el que le costó asimilar la realidad fue una especie de parálisis. En primer lugar estaba el impacto provocado por lo ocurrido, lo repentino de la aparición de Bulger. A continuación llegó la rabia por la inesperada encerrona. La siguiente fase habría sido la aceptación: mirar de frente la realidad y asumir que había poco que hacer respecto a la pérdida. Sin embargo, antes de que la rabia de ambos tuviera espacio para empezar a mitigarse, hasta llegar a convertirse en una suerte de silenciosa desesperación, los Rakes, sobre todo Julie, decidieron alzarse en pie de guerra. Considerándolo en retrospectiva, ella tal vez creyera que podría haberlo pensado mejor y haberse conformado diciéndose que así funcionaban las cosas en South Boston. Pero nadie —ni los Rakes, ni su familia, ni nadie— entendía cómo se las apañaba Bulger para tenerlo todo tan atado y bien atado en el barrio. Y más allá de sus confines, para el caso. Poco después de la invasión de aquella medianoche, Julie y Stephen fueron a visitar al tío de ella, el detective de la policía de Boston Joseph Lundbohm. Lundbohm, policía veterano que había ingresado en el cuerpo en el año 1958, estaba trabajando en la unidad de homicidios. Era el hermano de la madre de Julie y vivía con su familia en Quincy, al sur de Boston. Había asistido a la boda de Julie y Stephen, y los veía con frecuencia en las reuniones familiares.
Lundbohm ya sabía que la pareja había abierto una nueva licorería; las buenas noticias corrían como la pólvora en el seno de la familia. Pero no sabía mucho más. Condujo a su sobrina y al esposo de esta hasta la cocina, y los tres tomaron asiento. Julie fue la que más habló y abrió su corazón y, según su tío, le habló «sobre los hombres que habían ido a su casa y le habían dicho que iban a comprarles la licorería». La narración incluyó la parte sobre el revólver de Weeks y su hija, y Lundbohm se puso de inmediato en alerta: la amenaza era indiscutible. El rememorarlo perturbó a Julie. En cuanto terminó, Lundbohm esperó unos minutos a que ella se tranquilizara.
Julie preguntó a su tío si había algo que él pudiera hacer, si había alguien con quien poder hablar. Lundbohm respondió que conocía a una persona de su «confianza que era agente del FBI». El policía pensó que esa clase de extorsión era el caso ideal para la Oficina Federal de Investigación. Al fin y al cabo, el FBI contaba con más recursos que nadie, en lo referente a personal y capacidades técnicas, como un sofisticado equipo electrónico de escucha. Además, Bulger y Flemmi eran jefes del crimen organizado. El FBI, y no la policía de Boston, estaba especializado en desarrollar casos contra el mundo del hampa. La Oficina Federal de Investigación era el organismo más importante, y lo mejor de todo era que Lundbohm conocía la existencia de su Brigada Nacional contra el Crimen Organizado.
Los Rakes dieron su visto bueno a la sugerencia y se marcharon.
Lundbohm no tardó mucho en llamar por teléfono al agente que conocía. En cuestión de días, los dos agentes de los cuerpos de seguridad del Estado se encontraban sentados desayunando en un restaurante de Boston. De un lado de la mesa estaba el detective de policía Lundbohm y, del otro, el agente del FBI John Connolly.
Tras una breve charla distendida, el agente federal preguntó a Lundbohm qué le preocupaba. El policía contó todo a Connolly: la historia de su sobrina y su esposo, que acababan de abrir un negocio, el episodio del revólver y la niña, y lo de la bolsa de dinero. Connolly escuchó con atención. Era un delito sin justificación, como lo habían sido otros, pero igualmente necesario para Bulger con tal de mantener su posición en el mundo del hampa y con el objetivo de seguir facilitando información secreta al FBI sobre la mafia. La acción de Bulger contra los Rakes no había tenido nada que ver con la mafia.
Viéndose ante ese dilema, Connolly optó por reaccionar de una forma que, a esas alturas, ya era un acto reflejo. El agente del FBI dejó que el detective de policía terminara de hablar y dijo: «¿Los Rakes estarían dispuestos a llevar un micrófono bajo la ropa?». De entre todas las alternativas posibles, puso sobre la mesa la más intimidatoria. Connolly no dijo que quisiera llevar a testificar al matrimonio ante agentes del FBI. No mencionó que la Oficina Federal de Investigación tal vez decidiera proceder con cautela para investigar más a fondo a Bulger. Estaba jugando duro, aparentando que la única alternativa era la más peligrosa y la que probablemente sería recibida con menos entusiasmo.
«Eso les daría miedo», respondió Lundbohm al instante. Lundbohm sabía —de hecho, lo sabían todos los policías— que poner un micro a alguien que fuera a visitar a Whitey Bulger suponía un gran riesgo para el portador y era en extremo peligroso. Los cuerpos de policía ni siquiera lograban convencer a los gánsteres que habían sido convertidos en confidentes para adentrarse en las aguas de Bulger con el cuerpo cubierto de cables. La idea de poner en riesgo a civiles resultaba inconcebible. Los Rakes eran unos aficionados. Además, en la memoria de policías como Lundbohm todavía estaba muy fresco el recuerdo del asesinato de Brian Halloran, perpetrado solo dos años antes. Se rumoreaba que lo habían abatido justo después de acudir al FBI. Lundbohm hizo un ademán de desprecio al comentario de Connolly sobre los micrófonos ocultos en los cuerpos de sus familiares. Era lo mismo que pedir a alguien que saltase desde Tobin Bridge.
—No creo que aceptaran hacerlo. Yo sería el primero en desaconsejarlo.
—Entonces no estoy seguro de qué podemos hacer, Joe. —La reunión había terminado—. Pero echaré un vistazo al asunto.
Connolly jamás lo hizo. El agente no tomó nota de la información de Lundbohm para plasmarla en un informe. No compartió la información con el nuevo supervisor de su brigada, Jim Ring, aunque solo fuera para discutir cómo trataban el tema de la acusación contra sus confidentes secretos. En lugar de hacer cualquiera de esas cosas, Connolly decidió, por su cuenta y riesgo, que la extorsión perpetrada por Bulger y Flemmi no iba a convertirse en un asunto de la Oficina Federal de Investigación, decisión que, por descontado, no era solo suya. «Sin duda alguna, habría esperado que acudiera a mí —diría más adelante Jim Ring—. En eso consistía su trabajo. Había una denuncia de una supuesta extorsión. Era su deber. Tendría que habérmelo comunicado, tendría que haberlo hablado conmigo. Él no tiene la autoridad para gestionar el asunto por su cuenta».
Pero Connolly sí compartió lo que sabía con una persona. Se lo contó a Whitey.
Tras su desayuno con Connolly, Lundbohm llamó a Julie Rakes y le contó que, aunque había rechazado la propuesta del agente para que su marido y ella llevaran un micro encima, la cuestión ya estaba en manos del FBI, y que la Oficina Federal se mantendría en contacto con ellos.
Sin embargo, tan solo unos días después de la reunión de Lundbohm con Connolly, durante una visita a casa del detective de policía, Stephen Rakes se lo llevó a un aparte para que no lo oyeran ni Julie ni la esposa de Lundbohm. Rakes estaba nervioso mientras hablaba con el tío de su mujer.
«Whitey ha dicho que no la liemos», dijo Rakes a Lundbohm. Whitey, siguió diciendo un tembloroso Rakes, lo había parado por una calle de South Boston y le había dicho: «Dile a Lundbohm que no meta las narices en esto».
A Lundbohm se le encendió una bombilla: Bulger sabía que él había hablado con Connolly. Y, más que nunca, Julie y Stephen corrían grave peligro. La verdad cayó como un jarro de agua fría: todos los caminos llevaban a Bulger.
El jefe del crimen organizado convocó a Stephen Rakes en la licorería varias veces durante las semanas siguientes, y Rakes firmó toda una serie de documentos para que la conquista de la licorería pareciera una transacción legal. En el contrato solo figuraba Kevin Weeks, aunque Weeks archivó documentos donde se mencionaba una propiedad a partes iguales entre Bulger y la madre de Flemmi, Mary. Stevie Flemmi diría más adelante que la licorería era la prueba de que Bulger y él tenían una empresa legal, una afirmación absurda que resultaría incluso chistosa si no fuera por la grave extorsión que subyacía tras la toma de posesión del local.
Incluso antes de la aprobación formal de la documentación, Weeks apareció por la tienda y se situó tras el mostrador, con Bulger rondando por ahí. El cartel de la entrada no tardó en ser sustituido: pasó de stippo’s a south boston liquor mart. Luego pintaron un enorme trébol verde en la fachada de cemento. Al final, por recomendación de John Connolly, el FBI de Boston empezó a comprar alcohol para sus fiestas de navidad en la licorería de Bulger.
Se propagó el rumor por todo South Boston. Empezó a comentarse que habían tenido colgando boca abajo a Stephen Rakes desde Broadway Bridge, agarrado por los tobillos. Se dijo que lo habían encañonado con un revólver en la cabeza, llegaron a decir que había perdido la tienda en una partida de póquer. Pero Rakes hacía oídos sordos a los rumores y disimulaba su preocupación.
Para intentar remontar, Stephen y Julie recurrieron a la bolsa de dinero oculta en el baúl de madera. Se lamieron las heridas despilfarrando un poco: se compraron una autocaravana Dodge, hicieron un viaje a Disneylandia y, el año siguiente, usaron parte del efectivo para dar la paga y señal de una nueva casa, salir de South Boston e irse a vivir a una urbanización de las afueras, Milton. Su hijo Colby nació el 5 de junio de 1984. Stephen Rakes había hecho caso; no la había liado.
Mientras los Rakes estaban en Florida, empezó a rumorearse que Bulger había asesinado a Stephen. Weeks localizó a Rakes en Disneylandia y le ordenó que regresara. Rakes dejó a su familia, voló de vuelta a casa y, con tal de acallar los rumores, se dejó ver junto a Bulger, Flemmi y Weeks en un transitado cruce, para que todos los transeúntes pudieran ver que estaba vivito y coleando.
Rakes fue metido en cintura, como tantos otros antes que él en Southie. Al final recibió una citación para testificar ante un gran jurado federal que investigaba casos de extorsión y blanqueo de dinero en la licorería de Bulger. Lo convocaron dos veces, en 1991 y en 1995. Pocos días después de la última convocatoria, Whitey se situó a su altura mientras iba conduciendo por South Boston y lo llamó por la ventanilla del acompañante: «Oye, tú, estoy vigilándote». Aunque el gánster, en realidad, tenía poco de qué preocuparse en lo relativo a Stephen Rakes. En ambas declaraciones ante el gran jurado describió que había vendido, muy satisfecho, la licorería a Kevin Weeks pocos días después de abrirla. ¿Por qué motivo? Rakes, que estaba bajo juramento, aseguró que el negocio lo había sobrepasado, que tenía muchas deudas y que no le gustaba tener que dedicar tantas horas a llevar la tienda. Testificó que Weeks le había pagado cinco mil dólares y que se embolsó otros veinte mil por el traspaso, lo cual ascendía a un total de veinticinco mil dólares. Fueron mentiras absurdas que nadie creyó, a pesar de los esfuerzos de Rakes por parecer relajado y convincente. Y mentir tenía un precio.
Rakes fue acusado de perjurio y obstrucción a la justicia y, en 1998, fue condenado por ambos delitos en el tribunal federal del distrito de Estados Unidos. Para Rakes supuso ser castigado dos veces por la misma causa: por un gobierno que no lo protegía y lo perseguía, y por la humillación de que Whitey se fuera de rositas. Sin embargo, fue un sino que Stephen Rakes prefería aceptar antes que enfrentarse a Bulger.
Notas del capítulo once [*].