Black Mass

Dick Lehr · Capítulo 14 de 27

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Black Mass

10. Asesinatos S. A.

Capítulo diez

 

Asesinatos S. A.

 

P oco después del inicio de 1981, Brian Halloran aparcó dando marcha atrás su destartalado Cadillac, justo enfrente del Rusty Scupper, un concurrido restaurante del North End. Se dirigió al piso situado sobre el local, subiendo los escalones de dos en dos, hasta la buhardilla donde vivía su colega borrachín del mundo de las altas finanzas. El contable John Callahan le había pedido que pasara por allí para hablar de negocios, y a Halloran, que por lo general andaba corto de liquidez, eso le había sonado a dinero.

Formaban un dúo muy peculiar. Halloran, un delgaducho rompe huesos de la banda de Winter Hill, y Callahan, contable de la administración pública y asesor de diversos bancos de Boston, habían entablado una amistad improbable, nacida durante las noches bostonianas.

Se conocieron por casualidad a principios de la década de 1970 en el Chandler’s, un antro donde se reunían los maleantes del South End controlado por Howie Winter. Al extrovertido Callahan le gustaba pasearse por el lado salvaje de la vida, y justo allí habitaba Halloran. El matón solía estar ocioso y se limitaba a sobrevivir, o atiborrándose de comida o pasando hambre, dependiendo de sus trabajos como sicario para la variedad de brutales negocios del hampa.

Callahan hablaba con los banqueros durante el día y frecuentaba a los mafiosos por las noches. Al igual que Halloran, le gustaba beber y pasarlo bien. Los gánsteres lo consideraban un gran derrochador que sabía ganar dinero y, lo que era más importante, cómo blanquearlo. Después de convertirse en un habitual del Chandler’s tras un par de años, Callahan intentó conectar con el mundo empresarial del hampa para lo que propuso un pacto al atónito Halloran. Una noche de mediados de la década de 1970, Callahan preguntó a Halloran si podía «atracarle» en el momento en que trasladara un maletín con dinero desde su lugar de trabajo, una empresa llamada World Jai Alai dedicada a los juegos de azar, una auténtica gallina de los huevos de oro. Halloran lo interceptaría mientras él se dirigiera hacia el camión blindado de seguridad de la empresa Brinks, y más adelante se repartirían el botín. El falso robo no llegó a perpetrarse, pero Halloran entendió que Callahan era algo más que un tipo «divertido» con la cartera llena: era un jugador.

 

Cuando a Halloran le respondieron por el portero automático del piso de Callahan con vistas a Boston Harbor, entró y le sorprendió ver a Whitey Bulger y Stevie Flemmi sentados en el comedor. Callahan lo recibió con efusividad. Stevie se limitó a saludarlo. Bulger no dijo nada. A Whitey no le gustaba mucho el recién llegado y no lo disimulaba. En las calles, el trato silencioso de Bulger se consideraba como el beso de la muerte.

Sin embargo, la sorpresa de Halloran duró tan solo un instante. En esos últimos meses, Callahan le había insistido mucho en que Bulger y Flemmi querían participar como socios en la «acción contra World Jai Alai». Callahan había forjado todo un sistema de cuantiosas apuestas a un deporte jugado en pistas cerradas, similar al squash, y que se practicaba en «frontones» de Connecticut y Florida. Para Halloran, la presencia de Bulger y Flemmi simbolizaba la entrada del pacto en una nueva fase muy distinta a la simple negociación. Por otra parte, también dejaba claro que Callahan no era solo un contable habilidoso con personalidad juerguista y contactos en los bancos. De hecho estaba blanqueando dinero para Bulger y Flemmi, y al margen de que fuera o no consciente de ello, había realizado un largo viaje desde el distrito financiero de la ciudad hasta el núcleo de Winter Hill, banda a la que ya pertenecía.

Los gánsteres y Callahan hablaron un par de veces con cierta tensión y, más adelante, tartamudeando por los nervios, el contable fue directo al grano. Dijo que había surgido un serio problema en la empresa World Jai Alai por la aparición de un nuevo directivo procedente de Tulsa, llamado Roger Wheeler. El director general, natural de Oklahoma, era duro de pelar y «había descubierto que algo no marchaba bien». Wheeler, según afirmó Callahan, había descubierto que alguien estaba llevándose un millón de dólares anuales de las abarrotadas arcas de la empresa. En ese momento, el dueño planeaba despedir a los principales contables de la empresa y sustituirlos por personas de su confianza. El tal Wheeler era un peligro, subrayaba Callahan, y él temía acabar entre rejas por los planes del dueño de realizar una detallada auditoría interna.

Sin embargo, a John Callahan se le había ocurrido una solución. Según propuso, Brian Halloran podía «borrar (a Wheeler) del mapa», es decir, volarle la tapa de los sesos. Dijo que «cargárselo» era la única forma de evitar que toda la documentación saliera de su despacho, la única manera de evitar cualquier acusación por desfalco contra él. Añadió que el principal sicario de la banda de Winter Hill, Johnny Martorano, podía encargarse de la misión. En esos casos, había que recurrir a un experto. Flemmi metió baza desde el sofá e introdujo el tono escéptico tan necesario en ese instante: ¿los «amigos» de Callahan en World Jai Alai darían la cara por él en cuanto apareciese la policía? La posibilidad de conspiraciones paralelas en contra de Callahan no era un riesgo comercial aceptable. También quedaba otra pregunta en el aire: ¿Callahan sería capaz de aguantar el chaparrón?

Durante la conversación, Bulger se mantuvo en un segundo plano, sentado, observando y escuchando con profunda atención, sin decir ni media palabra. En esa época ya estaba muy alejado de las salas de juego clandestino de South Boston y de los tensos días de 1972, cuando le angustiaba la posibilidad de ser asesinado por la banda de Mullin. No solo había llegado a lo más alto, sino que vivía en la parte amable del mundo de las bandas: escogía en qué empresas invertir dentro de la amplia variedad de negocios disponibles. En realidad, estaba metido en más negocios de los que podía gestionar, en gran parte por una ventaja fundamental de la que solo él gozaba y no los demás gánsteres. El agente John Connolly le guardaba las espaldas en el mundo de los cuerpos de seguridad del Estado.

Había conseguido ser confidente de máximo nivel labrándose el camino con cuidado, aprovechando a fondo la extraordinaria posición en la que se encontraba y la que, tarde o temprano, disfrutaría al dirigir una franquicia del hampa. Sin embargo, los momentos caóticos eran algo inherente al mundo del crimen organizado. Se habían producido una serie de asesinatos de personajes secundarios en el hampa de Southie desde que Bulger se alió con el FBI en 1975, pero el número creciente de cadáveres no provocó que nadie llamara a su puerta para obligarlo a rendir cuentas. No tuvo problemas ni siquiera cuando el baño de sangre acabó con la vida de una de las novias de Stevie. Debra Davis, la voluptuosa joven de veintiséis años que había estado con Flemmi durante siete, quería abandonarlo. Mientras se encontraba de vacaciones en Acapulco, se había enamorado de un joven empresario mexicano del sector del aceite de oliva y la avicultura. Davis quería casarse y, más adelante, formar una familia: eran sueños imposibles en la relación pactada con Flemmi. Pero una ruptura amorosa no era algo que el posesivo Stevie estuviera dispuesto a aceptar, y su novia desapareció sin dejar rastro el 17 de septiembre de 1981. Davis había empezado el día comprando con su madre y luego, después de despedirse de ella con un beso, había ido a ver a Flemmi. Su madre y sus hermanas recurrieron al FBI, pero los agentes que acudieron a su casa parecían más interesados en saber qué datos conocía exactamente Debra sobre Stevie que no en resolver su desaparición. La investigación no tardó en caer en el olvido. Actuando con cautela en su mundo violento, Bulger y Flemmi habían aprendido que podían hacer cuanto quisieran. Gracias a sus tácticas de ajedrecista, de las que habló por primera vez con Connolly en la playa de Wollaston, Bulger hacía jaque mate a las investigaciones diarias.

La pregunta que Whitey debía responder en ese momento era: ¿qué significaba llegar demasiado lejos? ¿Un asesinato en Oklahoma haría saltar la liebre? ¿El FBI, representado por Connolly y Morris, miraría hacia otro lado ante una ejecución realizada a muchos kilómetros del codicioso hampa de South Boston, donde un baño de sangre periódico era algo tan normal como un informe quincenal sobre las pérdidas y ganancias de una empresa?

Bulger volvió a darlo por sentado. A esas alturas, tenía la certeza de que Connolly lo ayudaría en cualquier circunstancia. Roger Wheeler quizá fuera un multimillonario de Tulsa, propietario de siete empresas con ramificaciones en todos los sectores, desde el sector petrolífero hasta el electrónico. No obstante, cuando el año 1981 empezaba a amanecer sobre Boston, Wheeler no era más que otro obstáculo en el camino de Whitey Bulger.

 

El asunto sobrepasó a Halloran. Se trataba de una exigencia demasiado grande para un jugador de liguilla que solo había perpetrado un par de atracos a bancos antes de entrar en las filas de la banda de Winter Hill en 1967. Se incorporó al grupo hacia el final de la guerra de bandas irlandesas, una masacre iniciada cuando un gánster borracho había insultado a la novia de otro en la playa. Con el paso de los años, Halloran había jugado bien sus cartas en lo dialéctico, aunque era más conocido por dar buenos derechazos a desgraciados petimetres con deudas de usura. Halloran estaba en el equipo de reserva: aunque Bulger recurría a él para escarmentar a los morosos y mover la cocaína, no había matado a nadie.

Pese a todo, sí desempeñó un pequeño papel en el asesinato de uno de los corredores de apuestas más conocidos de Southie, una muerte que había dejado bien claro lo peligroso que podía resultar Bulger. El mes de abril de 1980, Halloran acompañó como chófer a Louis Litif al bar Triple O’s, situado en la calle principal de Southie, West Broadway. Durante años, Litif había sido uno de los corredores más productivos de Bulger, pero, en los últimos tiempos, su carrera había dado un viraje hacia el narcotráfico. Sin embargo, había cometido un error imperdonable, asesinar a otro traficante sin aclararlo con Bulger. Cuando Halloran dejó a Litif en su destino, aparcó el Lincoln en la parte trasera del bar y esperó. No pasó mucho tiempo cuando vio a Bulger y a otro tipo arrastrando una enorme bolsa de basura de color verde por las escaleras de la salida de emergencia. Tiraron el bulto al interior del maletero del Lincoln. Halloran condujo hasta el South End y dejó el coche allí. Poco más tarde, Litif fue hallado en el vehículo con un orificio de bala en la cabeza.

Por eso, cuando se tocó el tema de los asesinatos en el piso de Callahan, Halloran supo que no era hablar por hablar. Sin embargo, en esa ocasión, él sería quien apretara el gatillo, no se limitaría a aparcar un vehículo. Puso mirada de concentración, se aclaró la voz y preguntó si había alguna alternativa a «cargarse al tío». El comentario le granjeó una de esas típicas miradas gélidas de Bulger, su marca patentada. El encuentro de una hora de duración tocó a su fin cuando el jefe del crimen organizado anunció que se lo pensaría, pero Halloran se marchó del North End pensando en que Roger Wheeler ya era hombre muerto.

 

Wheeler había levantado un imperio ecléctico especializado en la electrónica, que comercializaba a través de una empresa llamada Telex, su buque insignia, fabricante de caseteras y de las originales terminales de informática. Se había criado en Massachusetts, pero había estudiado en Texas, donde se diplomó como ingeniero en electrónica. A finales de la década de 1970, la gran vitalidad de Wheeler y su enorme ambición lo habían llevado al punto en que Telex producía 8,1 millones de dólares en beneficios sobre una base de ingresos de 86,5 millones de dólares. Sin embargo, llevaba varios años en el mercado en busca de algún producto con mayor margen de beneficio. Al final, se había quedado deslumbrado por el dinero que generaba la industria de los juegos de azar.

Era padre de cinco hijos, hombre familiar y feligrés, pero no precisamente un santo. Podía ser exigente hasta el punto de resultar brusco, incluso imperioso, en su papel de director general. En ningún momento ocultó su atracción por los juegos de azar, con su elevadísima entrada de dinero en efectivo y costes de capital relativamente bajos. Había estado coqueteando con la idea de entrar en la industria durante varios años. Primero echó un vistazo en el hipódromo Shenandoah, en Virginia, en 1976 y más adelante visitó un casino de Las Vegas, en 1977. Fundó la empresa World Jai Alai, con sucursales de apuestas de racquetball en Connecticut y Florida, gracias a un paquete de financiación de cincuenta millones de dólares que el First National Bank de Boston le proporcionó.

Daba la casualidad de que el banco en cuestión trabajaba con John Callahan como asesor, y las cláusulas del préstamo lo reflejaron sin ambages. A pesar de las protestas de Wheeler, el banco estaba dispuesto a aportar el dinero solo si conservaba al exsocio empresarial de Callahan, Richard Donovan, en su puesto de presidente de World Jai Alai. La otra condición era que Wheeler mantuviera al exagente del FBI Paul Rico como jefe de seguridad.

Puesto que el resto del trato era demasiado conveniente para desaprovecharlo, Wheeler aceptó todas las condiciones y compró la empresa. Fue un golpe maestro para Callahan, puesto que, solo dos años antes, la junta directiva de World Jai Alai lo había despedido por sus gastos desmesurados y sus vínculos con el hampa, con tipos de la calaña de Brian Halloran y Johnny Martorano.

Aunque la situación de World Jai Alai era una cuestión de dominio público, Wheeler se dejó llevar por el deseo de tener por fin una empresa de juegos de azar y se dejó deslumbrar por los beneficios anuales de cinco millones de dólares, y un nada desdeñable 16 por ciento de ingresos. Sin embargo, por detrás de ese seductor balance de cuentas había ciertos informes inquietantes sobre Callahan y el que fuera su socio empresarial durante tanto tiempo.

No obstante, Wheeler creyó que podía tenerlo todo: ganancias gracias al juego y toda la información financiera más conveniente para su negocio. Estaba convencido de que su visión para los negocios podía invalidar a los «personajes sospechosos». Sin embargo, de forma gradual, Wheeler se paró a pensar en qué se había metido. Sintió miedo, según declaraciones de sus propios socios en la empresa. Disfrutó de un irónico alivio en compañía de la numerosa comitiva de agentes del FBI que trabajaban para World Jai Alai, entre los que se incluía el temible Paul Rico.

 

Aproximadamente una semana después de reunirse con Bulger, Halloran se encontró con Callahan en uno de sus bares de mala muerte y le preguntó cómo iba el asunto de Wheeler. El contable se mostró un tanto evasivo y respondió «estamos ultimando los detalles», como si estuvieran considerando los pormenores de una fusión empresarial. Callahan cambió de tema, y empinaron el codo juntos.

Un par de semanas después, Callahan llamó a Halloran y le pidió que volviera a pasarse por su piso del North End. En esa ocasión, el contable estaba esperándolo a solas. Tenía un premio de consolación para su amigo, quien no había logrado ingresar en el equipo de sicarios. Entregó a Halloran una bolsa con veinte mil dólares en efectivo —⁠en dos fajos de billetes de cien⁠— y le dijo que había decidido encargarse de Wheeler sin contar con su ayuda. «Acepta el dinero —⁠le aconsejó Callahan⁠—. Es mejor que no te involucres en el asunto de Wheeler». Le dio una palmadita en el hombro, y añadió que el grupo «jamás debería haberte incluido».

Halloran no necesitó que lo convencieran mucho más para aceptar el dinero. No tendría que asesinar a un tipo que no conocía y recibía dinero por no hacer nada. Lo consideró una cortesía profesional por parte de un gran derrochador con efectivo para dar y regalar. Halloran se pulió el dinero en cuestión de días, compró muebles para su piso de Quincy, pasó una semana de juerga en Fort Lauderdale, la Venecia estadounidense, y adquirió un coche nuevo.

Con Halloran al margen, el grupo de sicarios de Winter Hill llegó a Tulsa tres meses después. Tras dejarse la piel estudiando la información secreta facilitada por Callahan y Rico, el grupo pasó una semana entregado a la misión mundana y letal de buscar ubicaciones para cometer el asesinato, incluido el edificio de oficinas del propio Wheeler. Aunque al final se decidieron por el aparcamiento de su club de campo. Una soleada tarde de primavera, un par de asesinos esperaron durante media hora en una camioneta Ford robada, de color marrón claro y del año 1981, a que Wheeler pusiera punto y final a su partida semanal de golf.

Johnny Martorano, disfrazado con barba postiza y gafas con montura dorada, localizó a Wheeler y se dirigió con paso enérgico hacia su Lincoln. Se apresuró para alcanzarlo por el lado del conductor, armado con un revolver del calibre 38, oculto en una bolsa de papel. Wheeler estaba acomodándose en su asiento cuando Martorano le abrió la puerta de golpe. El empresario se echó hacia atrás sin dejar de mirar directamente a su verdugo, y este le disparó una sola vez en la cara. El conductor del grupo, el que había sido mano ejecutora de Winter Hill, Joe McDonald, aceleró para recoger a Martorano. Huyeron a todo gas mientras unos jóvenes que se encontraban en una piscina de la zona se quedaban mirando y se preguntaban qué habría sido aquel ruido. Los pistoleros a sueldo condujeron hasta la ciudad de Oklahoma y regresaron en avión a Florida. Tras ellos dejaron la estela de una familia destrozada, una comunidad de luto y un negocio que de pronto empezaba a agonizar.

 

Halloran tenía la sensación de haber cruzado un Rubicón que atravesaba South Boston. Su intrincada relación con Bulger se complicó aún más por una vida personal en deterioro. El consumo de cocaína se había tornado más importante que sus ventas de la droga. Había quedado aislado a causa de la operación de Winter Hill y conservaba su trabajo a pesar de la mala gana con la que Bulger lo permitía. Había encajado mejor con los antiguos miembros de la banda de Winter Hill: Howie Winter, Joe McDonald y Jimmy Sims; pero esos veteranos estaban entre rejas o eran prófugos de la justicia.

Tras el asesinato de Wheeler, Halloran, como superviviente de las duras calles de Boston, era muy consciente de que tanto Callahan como él estaban involucrados en una trama letal con un verdugo despiadado al que no le caía bien. Una mañana de otoño del año 1981, alguien pegó un tiro al azar en dirección a Halloran mientras este vaciaba el cubo de la basura a la entrada de su piso de Quincy. Era el primer aviso.

El desarrollo de acontecimientos para Brian Halloran siguió su curso hasta llegar a un punto de inflexión semanas después. Esa vez él fue el causante de la crisis. Para paliar los efectos colaterales de un asunto relacionado con el narcotráfico, Halloran mató al traficante George Pappas, pegándole un tiro a bocajarro, en el interior de un restaurante chino, a las cuatro de la madrugada, cuando ambos terminaron de comer. Halloran disparó desde el otro lado de la mesa, mientras el mafioso Jackie Salemme, el hermano pequeño de Frank, contemplaba la escena. Fue exactamente igual al asesinato de la película El Padrino, cuando Michael Corleone tira la pistola sobre la mesa y sale corriendo por la puerta del restaurante para subir a un coche que lo espera y lo lleva a toda velocidad hasta Sicilia, como héroe improbable de la familia. Sin embargo, el conductor del asesinato real se limitó a llevar a Halloran a su piso de Quincy, donde sus problemas se agravaron. La ejecución de Chinatown lo aisló todavía más de sus iguales, que opinaban que se había descontrolado. El asesinato también le acarreó problemas con la ley.

Tras ocultarse durante treinta días, Halloran se entregó el mes de noviembre de 1981 y volvió a las calles en libertad bajo fianza, como cocainómano fatigado sobre el que pesaban cargos de asesinato en primer grado de un soldado de la mafia. Se había convertido en persona non grata para la mafia y para Bulger: era la peor situación posible en el hampa de Boston. Halloran daba demasiados quebraderos de cabeza a todo el mundo. Bulger vio en esa situación la grieta estructural que tanto había anhelado.

Durante el otoño de 1981, Connolly archivó informes donde aseguraba que Bulger y Flemmi auguraban un futuro problemático para Halloran. El gánster de origen irlandés contó a Connolly que la mafia quería «volar la tapa de los sesos» al individuo en cuestión, querían eliminarlo e inculpar a Salemme por el asesinato, con ayuda de un testigo perjuro. Dos meses después, Flemmi respaldó el informe de Bulger al asegurar que la mafia estaba ocultando a Salemme hasta poder «quitarse de en medio» a Halloran. El soplo era nada más y nada menos que una página extraída del libreto original de Stevie Flemmi. El gánster había presagiado un futuro aciago para el corredor de apuestas de Boston William Bennett, allá por el año 1968, y presentó la información como un chisme escuchado por casualidad en la calle. Sin embargo, Flemmi ya había asesinado a Bennett y se había desecho del cuerpo tirándolo desde un coche en marcha a toda velocidad. Se trataba de una técnica falaz ya consagrada en Flemmi, consistente en ocultar sus propias huellas y guiar los pasos de los cuerpos de seguridad del Estado a la zaga de otro hombre.

Halloran también contaba con una estrategia. En tierra de nadie y al final del recorrido, había llegado la hora de negociar con los cuerpos de seguridad. Decidió proponer un pacto al FBI y pedir ayuda para conseguir una reducción de condena en la sentencia por el asesinato de Chinatown, a cambio de su versión sobre el contable juerguista, el magnate de Tulsa y el asesino de South Boston.

Casi un año después del día siguiente a la reunión con Callahan en el North End para hablar sobre el asesinato de Wheeler, Halloran contó todo lo que sabía al FBI, desde el 3 de enero hasta el 19 de febrero de 1982. Se trasladó de vivienda segura hasta en tres ocasiones mientras los agentes lo presionaban para conseguir una confirmación que se mostraba esquiva. Obligaron a Halloran a llevar un dispositivo de escucha bajo la ropa, aunque no obtuvieron resultado alguno. Por lo visto, los gánsteres siempre sabían de antemano que iba a presentarse. Exigieron una prueba de polígrafo, a la que Halloran se negó. El interrogatorio de Halloran se convirtió en un callejón sin salida, con agentes que creían la veracidad de su historia inicial, pero que exigían más pruebas de las que podía ofrecerles.

 

Halloran se convirtió en parte del amargo legado de Bulger para el FBI cuando el agente Leo Brunnick acudió al siempre accesible Morris y le pidió que pusiera de «su parte» en la historia de Halloran. Morris se dio cuenta al instante de que la historia de Halloran suponía un peligro extremo para el pacto impío con Bulger. Iba en contra de la política del FBI seguir trabajando con un confidente que estuviera siendo investigado por la misma Oficina Federal de Investigación. Morris no tardó en menospreciar la credibilidad de Halloran.

Mientras Halloran se dejaba arrastrar por la corriente y pasaba de una vivienda segura a la siguiente, Morris contó a Connolly que Bulger había sido acusado de participar en el asesinato de Wheeler. Morris creyó que Connolly advertiría a Bulger del peligro que corría. Aunque Morris sabía de las terribles consecuencias de su soplo, afirmó creer que no sucedería nada porque lo declarado por Halloran seguramente no era cierto. El asunto fue a peor. Jeremiah O’Sullivan era el fiscal al que debían recurrir los agentes que apoyaban la versión de Halloran para retirar de las calles con seguridad al soplón de la banda de Winter Hill.

Si el fiscal daba su visto bueno, la autorización sería cosa hecha, algo rutinario. Sin embargo, O’Sullivan se opuso con obstinación a la posibilidad de facilitar a Halloran una nueva identidad y trasladarlo a una nueva comunidad con tal de protegerlo como testigo. En su opinión, el sujeto acarreaba más problemas de los necesarios. El fiscal había analizado con frialdad la cuestión y había decidido que no había corroboración suficiente para elaborar un caso a partir de la historia de Halloran. En realidad, no se trataba de una decisión fácil. Era su palabra contra la de Callahan, y el gánster se había negado a someterse a la prueba del detector de mentiras. Tampoco había logrado grandes resultados en otros casos relacionados con la banda de Winter Hill para los que lo habían pertrechado con un dispositivo de escucha bajo la ropa.

Por otra parte, también estaba claro que el sólido nexo de las consideraciones relacionadas con la acusación que O’Sullivan había formulado contra la familia Angiulo justificaba su obstinada negativa. «¿Formaba también parte de la protección de la que disfrutaba Bulger? —⁠se preguntaba otro fiscal de forma retórica, refiriéndose a O’Sullivan⁠—. Aunque no lo hiciera de manera consciente. Se negaba a librar a Halloran de su reciente acusación por asesinato a menos que tuviera algo que corroborase su versión de la historia. En esas circunstancias, una reducción de cargos sería bastante difícil de asimilar. No tengo muy claro que pudiera haber actuado de otra forma».

Con todo, los investigadores encargados del caso de Wheeler dijeron que O’Sullivan no tuvo en cuenta el peligro que corría un confidente al facilitar información delicada en un caso de esa envergadura. Varios agentes, según Robert Fitzpatrick, el número dos en la oficina del FBI de Boston en la época, llegó a estar convencido de que Halloran sería asesinado si no entraba en el programa de protección de testigos.

Fitzpatrick informó de su preocupación a O’Sullivan, pero fue como hablar con la pared. «O’Sullivan no estaba dispuesto a creer a Halloran —⁠recordaba Fitzpatrick⁠—. En su opinión, Halloran era un quiero y no puedo que exageraba la realidad, un borracho por el que no valía la pena molestarse. Volví a verlo y le dije: “Verá, los míos me han dicho que lo saque de la calle. Que corre peligro”. Y O’Sullivan respondió: “Ya hemos hablado de eso. Ya lo he escuchado. Ya le diré algo”. Eso era un no».

En mayo de 1982, Fitzpatrick tenía tan claro el peligro al que se exponía Halloran que se saltó a O’Sullivan en la jerarquía y acudió al recién nombrado Fiscal General de Estados Unidos, William Weld. «Le dije que iban a pegarle un tiro a ese tipo. Que los agentes me lo habían advertido. Que había que hacer algo». Años más tarde, Weld confirmó la visita de Fitzpatrick. «Fitzy me dijo: “¿Sabe?, la gente siempre está hablando del peligro que corre este soplón o aquel otro. Los pueden matar por colaborar. De verdad (…) Ese tipo (…) En resumen, no querría ser yo quien estuviera en su pellejo”». Pero Weld no interfirió con la decisión de O’Sullivan, quien había sido una especie de mentor para él cuando se inició como fiscal.

Hacia el final de esas sesiones informativas, Halloran se enteró de que Whitey Bulger era confidente del FBI. Presa del pánico, le asaltó la sensación repentina de no tener escapatoria posible, que estaba en peligro si seguía en la calle e incluso en la oficina del FBI. «Era un grupo incapaz de ir con la verdad por delante —⁠dijo la disgustada prima de Halloran, Maureen Catón⁠—. Se lo sueltan así un día cualquiera: “Ah, por cierto, Bulger es confidente”. Lo de Waco fue una tontería. Fíjese en lo que le ocurrió a Brian Halloran».

El resultado fue que un desorientado y aterrorizado Halloran quedó abandonado a su suerte y tuvo que moverse a hurtadillas por un territorio hostil, mientras las dos brigadas del FBI no paraban de discutir por el destino del gánster. Los agentes encargados del caso se encontraron luchando contra un ataque por la retaguardia lanzado por Connolly, quien había despreciado la atractiva declaración de Halloran calificándola de batiburrillo conveniente para sí mismo, extraído directamente del cubo de la basura. Aunque los agentes que respaldaban la versión de Halloran tenían ciertas dudas sobre su papel exacto en los delitos y tramas, estaban convencidos de que Bulger estaba en su punto de mira y que Halloran era su billete para llegar hasta el jefe del crimen organizado. La lucha no tardó en volverse encarnizada. Dos agentes acusaron a Connolly de registrar sus archivos sobre Halloran, y un exasperado Fitzpatrick fue obligado a guardar bajo llave todo el material sobre el caso en la caja fuerte de su despacho.

De hecho, según recordaba Fitzpatrick, Connolly jamás disimuló su prepotencia con otros agentes a la hora de referirse a la información que habían recabado sobre Bulger. Connolly se limitó a sacar pecho y decir: «O se confía en mí como agente o no se confía. Es mi chico y debo saber a qué se enfrenta».

Según Fitzpatrick, Connolly procedió a concertar una entrevista con Bulger y Flemmi para tratar sobre el caso de Wheeler. La pareja fue entrevistada al mismo tiempo, lo que violaba la normativa básica de los interrogatorios. Como resultado, los investigadores perdieron la oportunidad de sacar partido a las posibles contradicciones en sus declaraciones con tal de enfrentar a los interrogados entre sí. La entrevista no condujo a ningún sitio y fue archivada.

 

En la primavera de 1982, la vida de Halloran se había transformado en un sufrimiento diario, consistente en la revisión constante del espejo retrovisor y en caminar volviéndose para mirar a sus espaldas. No podía ir a su casa con su mujer y su hijo pequeño porque temía que alguien derribase la puerta de una patada, entrara con una metralleta y los matara a todos. Su padre y un tío se encargaban de pagar el alquiler de su casa y llevar la compra semanal a su esposa.

Tras varias semanas de permanecer lo más oculto posible, con su mujer en el hospital a punto de dar a luz su segundo hijo, Halloran recibió una llamada, según dijo su familia, para avisarle de que su hermana, que vivía cerca del paseo marítimo de South Boston, quería verlo. Un amigo lo llevó en coche hasta Southie, un lugar que había estado evitando. A media tarde, ambos hombres llegaron al Topside Lounge, donde Halloran, sin saber que O’Sullivan lo había rechazado como confidente, retomó sus desesperados esfuerzos por entrar en el programa de protección de testigos. A las cuatro y media llamó al FBI e intentó engatusar a su agente de contacto con promesas de información sobre otro asesinato de un mafioso, recordándole su papel en dos de las órdenes de allanamiento ejecutadas relacionadas con gánsteres de la banda de Winter Hill. Sentado a escasos metros de la mesa de Connolly, un evasivo agente Brunnick advirtió a Halloran que era una «locura» que fuera «dando tumbos» por Boston y que debía regresar a su casa segura de Cape Cod durante un último fin de semana. Halloran, furioso, lo cortó en seco, dijo que había aparcado en doble fila y que debía marcharse. Sus últimas palabras al FBI fueron: «Ya sabe, Roma no se hizo en un día». Halloran tomó un par de copas de consolación en una mesa próxima a la vitrina del local y salió al exterior, donde fue recibido por una lluvia de balazos.

Más o menos al mismo tiempo en que Halloran colgaba de golpe el teléfono al FBI desde la cabina, Whitey Bulger recibió el soplo de que habían visto a Halloran en un bar de Northern Avenue, a las afueras de South Boston.

Bulger se puso en modo alerta roja, se apresuró en localizar a Flemmi, quien se encontraba fuera de la ciudad, y en coordinarse con Patrick Nee, exmiembro de la banda de Mullen que otrora fuera acérrimo enemigo. El grupo de sicarios ya se había reunido con Nee ataviado con un pasamontañas y acompañado por un asistente de campo, Kevin Weeks. Este fue enviado como vigilante y se sentó en el restaurante de la calle de enfrente con un radio transmisor en el regazo.

Por su parte, Bulger se disfrazó con una peluca de pelo largo y un bigote, y salió disparado en su coche, un Chevrolet trucado de color verde que mantenía oculto en un garaje de K Street. Tenía los cristales tintados y el motor manipulado para alcanzar los 320 km/h. Lo llamaban «la grúa», pero era un carro de combate veloz, armado con un fusil de asalto, una carabina, una metralleta y varias pistolas.

A las seis en punto estaban todos en sus puestos. El amigo de Halloran, Michael Donahue, aparcó su Subaru azul delante del bar.

Bulger también estaba en posición cuando Halloran se colocó en el asiento del acompañante. La grúa llegó con el motor rugiendo junto al Subaru. Bulger gritó «¡Brian!» mientras Nee y él abrían fuego. Tras el tiroteo, el coche de Donahue se alejó poco a poco del restaurante. Mientras Bulger daba un giro de 180.º para disparar una segunda ráfaga, Halloran salió como pudo del coche y cayó sobre el asfalto. Todavía disparando desde el asiento del conductor, Bulger dejó a Halloran hecho un colador antes de volver a cruzar en dirección a su santuario de Southie. Donahue, víctima inocente por antonomasia, falleció al instante.

Después de lo sucedido, Weeks dijo que Bulger estaba «eufórico» y que fue incapaz de hablar de otra cosa durante días. Tras haber sido informado, Flemmi se confesó desconsolado por no haber podido participar en la matanza de Northern Avenue.

Un detective de Boston que acudió al lugar del crimen afirmó que el agonizante Halloran logró identificar al gánster de Charlestown Jimmy Flynn como su verdugo, seguramente porque Flynn se parecía a Bulger disfrazado con peluca y bigote. Además, Flynn tenía un motivo, según la policía, porque Halloran y él eran dos miembros de la banda de Winter Hill que nunca se habían llevado bien, sobre todo, desde que Flynn supo que Halloran lo había delatado en relación con al atraco de un banco. Flynn se ocultó y no lo atraparon hasta dos años después del asesinato. De hecho, ni siquiera estuvo en el lugar del crimen. Los investigadores llegaron a la conclusión de que Flynn fue la cabeza de turco para despistar a la policía. El asesinato de Halloran fue un ejemplo de los momentos en que Bulger se encargaba personalmente del trabajo sucio, un raro instante en el que emergía de las sombras para apretar el gatillo.

Aunque resulte irónico, tras el asesinato de Halloran, las desavenencias dentro de la oficina del FBI disminuyeron, y los agentes de las dos brigadas se limitaban a lanzarse alguna que otra mirada desafiante en el fondo de la enorme sala de reuniones. Algo parecido a una familia disfuncional que intenta correr un tupido velo sobre un episodio de incesto. Un confidente había sido asesinado, y los agentes aprendieron a vivir con esa vergonzosa lacra.

Al mismo tiempo, el liderazgo de la oficina cayó en un sopor resignado en lo relativo a Bulger. El agente especial al mando, Larry Sarhatt, había pasado de ser un recién llegado con actitud decidida para averiguar la verdad sobre el asunto de Lancaster Street en 1980, a convertirse en un jefe agobiado que anhelaba la jubilación tras veinte años en la Oficina Federal de Investigación.

Como resultado de los esfuerzos de la oficina de Boston por limar asperezas durante las luchas internas, la dirección general quedó trastocada de forma permanente por el dilema sobre Bulger. En su mayoría, los directivos no confiaban del todo en Connolly. Sin embargo, ninguno quería enfrentarse a los quebraderos de cabeza institucionales que habría supuesto investigarlo. Quizá Connolly hubiera llegado a intimar demasiado con un confidente, pero no valía la pena llegar a las manos para solucionarlo. Habría que aguantarse.

«Connolly ponía las reglas —afirmó Fitzpatrick ⁠—, era el vórtice de un ciclón en un sistema continuamente cambiante. Él permanecía en su lugar mientras los nuevos agentes al mando iban y venían. Y sabía ganarse el favor de otros agentes. Se convirtió en el tipo que te conseguía entradas para los partidos. Podía ayudarte a conseguir un día libre con ayuda de las secretarias. Todos sabían que podía conseguirte un nuevo puesto después de la jubilación con la mediación de Billy Bulger. Aunque no era muy buen agente. No sabía redactar informes. No tenía ni idea de administración. Era un artista de la mentira cargado de joyas horteras. Hasta cierto punto, nosotros se lo permitimos. Nadie tuvo el valor de investigar en qué andaba metido. Nunca llegamos a entender su forma de actuar».

Sin embargo, el asunto de Halloran seguía obsesionando a Morris. Aunque hubiera asimilado su propia pasividad ante la muerte del individuo en cuestión, sabía exactamente qué había ocurrido: Connolly había alertado a Bulger y este había matado a Halloran. Más adelante, cuando Bulger y Flemmi recibieron el soplo de que otros agentes del FBI tenían el ojo puesto en uno de sus corredores de apuestas, Morris sintió la necesidad de advertir a la pareja de gánsteres que no se plantearan un nuevo asesinato. Les recomendó mantenerse alejados del corredor de apuestas, según dijo Morris. No quería más derramamiento de sangre.

Morris tenía motivos para temer lo peor. Sabía qué les había ocurrido a Wheeler y Halloran. Conocía de primera mano el destino corrido por otra figura del hampa que se había enemistado con Bulger. Arthur Barret, alias Bucky, era un experto ladrón de cajas fuertes que se vio atrapado en tierra de nadie, entre la Oficina Federal de Investigación y Bulger. Había perpetrado un arriesgado atraco a un banco en 1980. En colaboración con otros cinco hombres, desvalijó las cajas fuertes que contenían un millón y medio de dólares en efectivo. Poco después del robo, Bulger puso a Morris y Connolly sobre la pista de Barrett. Los agentes acudieron en su busca con una misión extraoficial de doble sentido. Por un lado, querían bajarle los humos respecto a su relación con Bulger «advirtiéndole con amabilidad» que Whitey reclamaría su parte del botín del atraco. Por otro lado, le ofrecían el arriesgado refugio del programa para confidentes del FBI siempre que se convirtiera en soplón. Fue un ejemplo flagrante de corrupción. Los dos experimentados agentes del FBI actuaron como emisarios de Whitey Bulger en las calles.

No obstante, Barrett rechazó el ofrecimiento de la Oficina Federal de Investigación. Aunque entregó gran parte del botín para aplacar a Bulger, eso no lo libró de ser secuestrado, torturado y llevado a la bodega de una casa de South Boston en 1983. Nadie volvió a verlo jamás con vida.

Sin embargo, Bucky Barrett fue una baja de guerra olvidada. Sencillamente desapareció; nadie echaría de menos a un ladrón de cajas fuertes, salvo su mujer e hijos. Fue el cadáver de Brian Halloran en Northern Avenue lo que había dejado una huella imborrable entre los agentes de la oficina de Boston. Fitzpatrick lo consideró en retrospectiva y se declaró «descorazonado por todo lo ocurrido. Todavía hoy pienso en ello y tengo que combatir a los fantasmas del recuerdo».

 

El detective de homicidios de Tulsa, Michael Huff, el primer agente de policía que se personó en el lugar del crimen de Wheeler en 1981, no había tardado en averiguar que John Callahan y la empresa World Jai Alai se encontraban con toda seguridad detrás del asesinato, y que la banda de Winter Hill también había entrado en juego. Sin embargo, no logró obtener información consistente en Boston. Nadie le devolvía las llamadas y las reuniones se cancelaban o se reprogramaban. La policía del estado de Massachusetts le informó de que la banda de Winter Hill estaba involucrada casi con total seguridad, pero Huff no logró convencer al FBI para que lo ayudaran a conseguir información confidencial sobre los miembros de la formación criminal. Jamás había oído el nombre de Bulger hasta producirse el asesinato de Halloran.

Callahan fue el primero en el que se centraron Huff y algunos detectives de la policía estatal de Connecticut, que habían estado persiguiendo varios años al contable por su doble vida durante la gestión de la sucursal de Jai Alai en Hartford. Empezaron a investigar las finanzas de Callahan y los libros de contabilidad de la empresa en busca de irregularidades con las que presionarlo para obligarlo a hablar sobre la muerte de Wheeler. Los detectives llegaron a viajar a Suiza para revisar sus cuentas y su reciente visita al país. Con investigadores de dos estados metiendo las narices en sus libros de contabilidad, Callahan estaba aterrorizado, pues sabía que era la última persona viva que podía involucrar a Bulger en el asesinato.

El que fuera el principal motor de World Jai Alai se encontraba, sin duda alguna, en el punto de mira. Sin embargo, y como venía siendo costumbre, la persecución de Callahan como posible testigo contra Bulger perdió fuelle al llegar a Boston. Cuando sospecharon de él por primera vez, a finales de 1981, Huff empezó a trabajar con la oficina del FBI de Tulsa, que buscaba información sobre los socios de la banda de Winter Hill relacionados con Callahan. A tal fin recurrieron, nada más y nada menos, que a John Morris. Como respuesta a la solicitud remitida desde Tulsa, Morris envió a Connolly a interrogar a Callahan. Como era previsible, Connolly informó de que Callahan no tenía trato alguno con la banda de Winter Hill, y que Bulger no tenía nada que ver con el asesinato de Wheeler. De hecho, el agente hizo una visita escalofriante a Callahan y luego advirtió a Bulger de que estaban buscando al contable como testigo en la fallida investigación de asesinato. Por su parte, Morris se encargó de dar carpetazo al informe.

El rápido desenlace desconcertó a Huff. Podía entender que no estuviera disponible una información más contundente, pero de ahí a declararlo como caso cerrado… Lo confundía el hecho de que la muerte de Wheeler no hubiera afectado más a los investigadores de la oficina de Boston. Wheeler era un «cabrón de buen corazón» en su ciudad, que había contratado a cientos de personas y había donado dinero a buenas causas. «Aquí hay algo que no encaja —⁠pensaba⁠—. ¿Por qué nadie me habla claro sobre un asesinato cometido a plena luz del día, cuya víctima era un importante empresario y cuya familia merece algunas respuestas?».

Huff y sus nuevos compañeros de Connecticut hicieron lo único que estaba en su mano: seguir insistiendo a sus jefes sobre lo que estaba ocurriendo en la Oficina Federal de Investigación en Boston. Entonces pasaron a centrarse en la sucursal de Miami de la empresa World Jai Alai para recabar información que les permitiera incriminar a Callahan. En julio de 1982, Huff y los demás detectives creyeron que habían reunido material financiero lo bastante perjudicial para presionar a Callahan a finales del mes de julio de 1982. Se pusieron rumbo a Florida el 1 de agosto.

Sin embargo, Huff volvió a ver frustrados sus intentos de esclarecer el caso.

Connolly había advertido a Bulger de que Callahan estaba a punto de enfrentarse a un gran jurado federal, y a pesar de lo mucho que le gustaba al contable relacionarse con los gánsteres, a ellos les preocupaba que no supiera dar la cara como uno de los suyos. Llegaron al rápido consenso de que debían hacerlo desaparecer, porque sabía demasiado sobre el asesinato de Wheeler.

Bulger convocó al verdugo en quien más confiaba, Johnny Martorano, en un hotel del aeropuerto de LaGuardia, en Nueva York, para convencerlo de que se cargara a Callahan. Martorano, un gran puntal para la banda de Winter Hill antes de su vida de prófugo en Florida, era compañero de farras de Callahan, tanto en su época de Boston como en sus días en el sur de Florida, donde el contable gestionaba multitud de negocios.

En una reunión que duró una hora, Bulger pronunció un discurso engañoso. Dijo que Halloran había contado al FBI que Martorano era responsable de la muerte de Wheeler, cuando, en realidad, Halloran había señalado a Bulger como principal autor intelectual. Whitey también presentó la matanza de Halloran como una acción realizada para proteger a Martorano, y había llegado el momento de que Johnny devolviera el favor. Aunque Martorano protestó alegando que Callahan era su amigo, también entendía que todos acabarían en la cárcel de por vida si el contable se iba de la lengua. Sabía, además, que estaba en deuda con Bulger por las pagas mensuales que le ingresaba para que se mantuviera a flote en Florida. Aceptó la misión, aunque a regañadientes.

Martorano acordó recoger a Callahan una tarde cuando este llegara a Fort Lauderdale en viaje de negocios. Fue uno de los golpes más fulminantes del sicario, una ejecución realizada en décimas de segundo. Cogió el maletín de Callahan y lo llevó hasta una furgoneta de alquiler estacionada en un rincón apartado del aparcamiento del aeropuerto. Callahan se acomodó en el asiento del acompañante mientras Martorano dejaba el maletín en la parte trasera y metía la mano por debajo del asiento para sacar la pistola que tenía oculta allí. A renglón seguido, pegó dos tiros a Callahan en la nuca. Con ayuda de un cómplice trasladaron el cuerpo al maletero de un coche que Callahan utilizaba cuando estaba en Florida, y lo llevaron a una cochera del aeropuerto de Miami. Descubrieron el cadáver ese mismo día.

El remate final consistió en desperdigar la documentación que la víctima llevaba en la cartera, incluida su licencia de Massachusetts, cerca de un bar cubano situado en las proximidades del aeropuerto. John Connolly se apresuró a cumplir su papel en la farsa y señaló en un informe del FBI que Callahan se había enemistado con los gánsteres cubanos que trabajaban de pistoleros para él.

John Callahan, aspirante a gánster, murió a la sazón de cuarenta y cinco años.

En ese momento había tres hombres muertos que compartieron algo más que el mismo destino siniestro de recibir un balazo en la cabeza y ser hallados muertos en su propio coche; todos se habían convertido en enemigos de Whitey Bulger.

Huff había considerado a Callahan como la clave para resolver el caso de asesinato de Wheeler. Pero el agente, oriundo del Medio Oeste estadounidense y de moral intachable, se sentía mangoneado cada vez que acudía a Boston: le dedicaban sonrisas desganadas, palmaditas en el hombro y luego le cerraban la puerta en las narices. La única ocasión en la que Huff tuvo la sensación de estar teniendo una conversación razonable sobre el caso fue cuando se reunió con los detectives de homicidios de Connecticut y Florida. Empezaron a plantearse ideas lóbregas aunque poco concretas sobre lo que estaba ocurriendo en Boston. Aunque, en realidad, no sabían a quien cargar las culpas.

En el seno del FBI, Connolly resistía con dureza a todos sus contendientes en el asunto de Halloran. Ayudó a organizar el interrogatorio tantas veces aplazado de Bulger y Flemmi sobre Wheeler, que al final se realizó dos años después de su asesinato. El informe del FBI sobre el encuentro recoge las palabras de Bulger. Dijo a los agentes que solo había accedido a la entrevista para poder aclarar todas las acusaciones infundadas vertidas sobre su persona. Habló como lo hacía su hermano Billy al dirigirse al gabinete de prensa en el capitolio del estado. Todo se hizo según las condiciones impuestas por Bulger. Anunció que no se sometería al detector de mentiras, y que sería necesaria una orden judicial para que pudieran hacerle la foto de la ficha policial. Y así se hizo.

 

Notas del capítulo diez [*].