Black Mass

Dick Lehr · Capítulo 16 de 27

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Black Mass

12. El mito de Bulger

Capítulo doce

 

 

El mito de Bulger

 

E l detective Dick Bergeron del departamento de policía de Quincy acercó más la silla hacia la máquina de escribir Royal, que descansaba sobre su escritorio de superficie acerada como el cañón de un revólver. Escribir a máquina no era lo suyo. A él se le daba bien patrullar las calles y perseguir gánsteres. Se removió con incomodad en el asiento y empezó a teclear con dos dedos.

El detective escribió las palabras: «Alto secreto».

También tecleó: «Tema: propuesta de objetivos para la investigación con vigilancia electrónica de alta tecnología».

Escribió los nombres de los dos objetivos:

 

I. James J. Bulger (alias Whitey). Fecha de nacimiento: 03/09/1929. N.º

de la S.S.: 018-⁠22-⁠4149.

II. Stephen Joseph Flemmi (alias el Fusilero). Fecha de nacimiento:

09/06/1934. N.º de la S.S.: 026-⁠24-⁠1413.

 

Corría el 19 de junio del año 1983 y, repartidas sobre la mesa de Bergeron, había pilas de notas y datos sobre diversas operaciones de vigilancia. Bergeron estaba revisando el material para redactar un informe de siete páginas a espacio simple sobre los dos «destacados jefes del crimen organizado» y remitirlo a sus superiores de la policía de Quincy. Había llegado la hora de que la policía hiciera algo al respecto.

Bergeron llevaba meses vigilando a Bulger y Flemmi. Bulger, según había averiguado, no era solo el jefe de negocios ilegales en South Boston, sino que, en ese momento, controlaba el crimen organizado de la ciudad de Quincy y «más allá, hasta South Shore». Además, gracias a su seguimiento de Whitey, Bergeron y otros detectives de su unidad contra el crimen organizado habían sabido que Bulger acababa de trasladarse de residencia delante de sus narices. Tal como redactó Bergeron: «El sujeto Bulger reside en un ático, en el número 160 de Quincy Shore Drive, en Quincy, situado en un complejo de apartamentos de lujo llamado Louisburg Square. El piso o unidad es la puerta 101». El ático no estaba registrado a nombre de Bulger. La propietaria era Catherine Greig, una novia del gánster.

El precio de compra del piso, en 1982, fue de noventa y seis mil dólares, que se abonaron en efectivo, no a través de una hipoteca. «Las persianas suelen estar echadas, y en los cristales de las puertas de la entrada hay pegados unos cartones». (Lo que ignoraba Bergeron en esa época era la espeluznante proximidad del ático con respecto a un peculiar cementerio. La nueva residencia estaba a tan solo unos noventa metros del lugar en que Bulger y Flemmi, ocho años antes, habían enterrado el cadáver de Tommy King junto a la orilla del río Neponset).

La policía había averiguado que Bulger dirigía los negocios ilegales de Quincy y que solía dormir allí, razón suficiente para actuar contra él. Sin embargo, Bergeron había descubierto un nuevo giro intrigante y novedoso en la trayectoria del jefe del crimen organizado. Tras consultar con su propia red de confidentes del hampa, Bergeron supo que Bulger y Flemmi habían «ampliado sus horizontes y se habían pasado al narcotráfico». Mediante su «expansión para abarcar el mercado de la droga —⁠escribió Bergeron con una prosa anodina y oficial⁠—, contribuirán a destruir la vida de muchas personas».

Bergeron terminó de escribir su informe, lo entregó a su jefe y regresó a las calles. Con ayuda de otros detectives continuó con su seguimiento de Bulger mientras el gánster vivía a caballo entre Quincy y South Boston. Al mismo tiempo se reunía a menudo con Flemmi, otro reducido grupo de gánsteres selectos, y con George Kaufman, el socio que solía actuar como falso dueño sobre el papel de los talleres que usaban como tapadera. A principios de 1984, Bergeron vio a Bulger y Flemmi sustituir el letrero de la licorería de la rotonda por uno nuevo: SOUTH BOSTON LIQUOR MART.

Finalmente, la propuesta escrita por Bergeron pasó por distintos canales de los cuerpos de seguridad del Estado hasta llegar a la agencia federal especializada en cuestiones de narcóticos, la DEA. El informe de Bergeron coincidía con la información secreta con la que contaba esa agencia. Dicho organismo había dado caza a un importante narcotraficante, Arnold Katz, quien había hablado a los agentes sobre las relaciones comerciales de Bulger con otro gran narcotraficante, Frank Lepere. Lepere era el traficante que la policía estatal había visto con Bulger en el taller de Lancaster Street durante la operación de vigilancia de 1980. En ese momento, Katz estaba revelando a la DEA que a principios de la década de 1980, Lepere había establecido una «alianza con Whitey y su socio, Stevie Flemmi, por la que Lepere accedía a pagar a Whitey y Stevie, a cambio de protección, siempre que pasara de contrabando un cargamento de droga». Katz afirmó que Lepere le había hablado de ese trato en persona, y había comentado el detalle de que realizaba los pagos a Bulger en metálico y con billetes metidos en un maletín.

La DEA contaba con más información. A principios de 1981, un confidente anónimo avisó de que Bulger y Flemmi se habían lanzado a la acción: «Intentan controlar el tráfico de droga de la región exigiendo pagos en metálico y/o un porcentaje de los beneficios por permitir que los traficantes realicen su actividad». Con la llegada del informe secreto de la policía de Quincy, dos agentes de la DEA, Al Reilly y Steve Boeri, fueron designados como colaboradores de Bergeron. Reilly y Boeri no tardaron en aumentar el volumen de las pilas de documentos con información secreta ya existente sobre Bulger. El mes de febrero de 1984, Reilly se reunió con uno de sus confidentes, llamado «C-⁠2» en los documentos de la DEA, quien le dijo que los líderes de la coca se quejaban de tener que «pagar dinero a Whitey a cambio de protección». El confidente identificó al dueño de una taberna de South Boston que pagó a Bulger por el derecho de vender «pequeñas cantidades de cocaína y heroína en la barra». El agente Boeri se reunió con uno de sus confidentes, llamado «C-⁠3», que conocía a Bulger desde hacía veinte años y que dijo que el ambicioso gánster «últimamente» se había hecho con el control de «la distribución de la droga en la zona de South Boston».

«C-4» insistió en la cuestión de la droga como otra de las fuentes de financiación del hampa y, a principios de 1984, las piezas empezaban a encajar para desarrollar una investigación conjunta sobre las actividades de Bulger relacionadas con la droga. El caso, llamado «Operación Beans», estaría en manos, sobre todo, de la DEA y de los detectives de Quincy.

Se había generado a partir de un trabajo básico realizado principalmente por la policía, gracias al esfuerzo, tedioso y agotador desde un punto de vista intelectual, de Bergeron y sus compañeros. Tras noches interminables de vigilancia, entre 1983 y principios de 1984, Bergeron había aprendido mucho sobre Bulger. Revisando la basura de su ático, Bergeron tal vez encontrase una lista intacta de la compra, con la letra ininteligible de Greig —⁠«Espárragos, pechuga de pollo, polvos con sabor a fruta para zumo, queso ricota, aceite de oliva»⁠—, aunque también encontraba documentación de Bulger rota en mil pedacitos o reducida a cenizas. Había aprendido que Bulger era un «hombre de costumbres»: salía del ático de Quincy, más o menos a la misma hora todas las tardes, para ir a cenar a casa de Teresa en South Boston. Luego dedicaba la noche entera a reuniones secretas de negocios, en su mayoría celebradas en la licorería. Al final regresaba al ático, a su hogar. Si hacía sol al día siguiente, solía salir a la terraza de la segunda planta a tomar un poco de aire, a primera hora de la tarde, en ocasiones, todavía con el pijama puesto.

Bergeron descubrió a un hombre con doble vida. Resultaba evidente que Teresa desconocía la existencia de Catherine. Pero, además de la relación con sus dos mujeres, Bergeron fue testigo de otro de los dobles juegos de Bulger: un juego que perjudicaba a su propio barrio. El gánster actuaba con puño de hierro contra las drogas que se traficaban en South Boston y fuera de esa zona. Obligaba a los traficantes a pagar un «alquiler» por cada gramo de «Papá Noel», que era la forma en clave de llamar a la cocaína en Southie. Se quedaba con una parte de todo, desde bolsitas de gramos a kilos enteros, desde un par de canutos a fardos completos de marihuana. Justo enfrente de la licorería, los pisos de las viviendas de protección oficial de Old Colony, una zona de edificios próxima a la zona donde se había criado Bulger, en Old Harbor, recibían visitas que llamaban a la puerta a cualquier hora del día o de la noche. Chicos jóvenes, incluso alguna madre, vendían drogas fabricadas en las casas ocupadas —⁠polvo de ángel, mezcalina, valium, speed, coca y heroína⁠—, y de allí no salía nada sin la autorización de Whitey. (Paul Moore, el Turón, uno de los subordinados de Bulger en el negocio de las drogas, tenía un piso en Old Colony). Bulger solía referirse a la droga como esa «puta mierda», pero su rechazo no le impedía amasar una gran fortuna gracias al narcotráfico, que tenía mucha más salida en las dos zonas de viviendas de protección oficial cercanas a la rotonda que en las calles habitadas por la clase media de City Point. Se llegó hasta el punto de que la P-⁠dope, la heroína pura, costaba solo cuatro dólares por dosis, más barata que seis latas de cerveza.

Tendría que pasar otra década hasta que empezara a romperse el código de silencio, cuando los grupos de víctimas se manifestaron y empezaron a presionar contra la opresión de Bulger, cuando los trabajadores sociales salieron a las calles para encargarse de los chicos del barrio y urgirlos a dejar de esnifar cocaína y chutarse heroína, cuando los exadictos se levantaron en pie de guerra. Hubo un joven de dieciocho años natural de Southie que afirmaba haber pasado ocho años sin ver a su padre, que su madre había muerto de sobredosis, y que una vez había intentado ahorcarse en el pasillo comunitario de la vivienda de protección oficial donde vivía. Sin embargo, después de todo aquello, el muchacho se consideraba afortunado: llevaba catorce meses sin pincharse. Otro chico de diecinueve años llamado Chris describió sus siete años perdidos con las drogas: una espiral que empezó con la bebida y los canutos, luego llegó el LSD, la coca y la heroína. Había cumplido un tiempo de condena, pero en ese momento estaba decidido a permanecer limpio. «No tengo nada ahí fuera a lo que regresar, solo una lápida con mi apellido». Patrick, un adicto en rehabilitación de treinta y nueve años, hablaba sobre la pendiente tan escarpada por la que ascendían los yonquis adolescentes: «A los catorce o quince años empiezan a esnifar. Dicen: “Sería incapaz de pincharme el brazo con una jeringuilla”. Luego, en cuanto lo hacen, dicen: “Nunca usaré una aguja sucia”. Poco después usan una jeringuilla oxidada para colocarse».

Lo duro no era solo la rehabilitación. Con demasiada frecuencia salían a la luz noticias dramáticas. Shawn T. Austin, el Gallo, un joven de veinticuatro años criado en Old Colony, fue hallado muerto en un motel por supuesta sobredosis. Junto al cadáver se encontró la bolsa de heroína vacía y una jeringuilla sin aguja. «Lo recuerdo cuando era pequeño, con su bicicleta», dijo una vecina de Old Colony y añadió que había visto al Gallo hacía solo unas semanas. «Dijo que todos sus amigos estaban muriendo, que lo único que hacía era ir a velatorios. Y mira tú por dónde…» Patricia Murray, una joven de veintinueve años de Southie, había sido expulsada del instituto de adolescente y se había convertido en una adicta irredenta cuando la detuvieron por prostitución a finales de la década de 1980. «¿Cree que me gusta hacer la calle? —⁠dijo en la época, con sus delgadas piernas cubiertas por un amasijo de heridas⁠—. Pues no me gusta».

Sin embargo, en la década de 1990, el pueblo reaccionaba por vez primera. Michael McDonald, quien también creció en las viviendas de protección oficial de Old Colony y más tarde escribiría sus memorias sobre la vida en Southie, que fueron un superventas, fundó el South Boston Vigil Group, grupo de vigilancia ciudadana. Las drogas habían destrozado a su familia, y dos de sus hermanos habían muerto por jugar con el fuego que Whitey alimentaba. «Hay mucho dolor en este barrio, y nosotros mismos lo hemos ignorado —⁠dijo en una ocasión⁠—. Si comparamos esta comunidad con un adicto, nos encontramos en la fase en la que el adicto reconoce que tiene un problema».

Los exadictos como Leo Rull emergieron como combatientes de primera fila en la nueva guerra de Southie contra la droga. Cuando él tenía dieciocho años, a mediados de la década de 1980, estaba muy enganchado al polvo de ángel y a la coca. Una década más tarde se definía como «un hombre con una misión», en su intento de salvar las vidas de una nueva generación de chicos de las viviendas de protección oficial, y en ocasiones llevaba a todo correr a urgencias a los que habían tomado una sobredosis y agonizaban en los pasillos comunitarios para luego ofrecerles asesoramiento como consejero. Rull trabajaba para un organismo que recibía una subvención federal e intentaba romper con el ciclo de pobreza y drogas de las zonas más deprimidas de Southie y Roxbury, una coincidencia irónica entre ambos lugares teniendo en cuenta las hostilidad recíproca que se profesaron en el pasado. Durante la época del transporte escolar para evitar la segregación racial, una de las salmodias de Southie era que Roxbury estaba infestado de problemas que no se producían en su barrio, cuyos veintinueve mil residentes —⁠y, sobre todo, sus políticos⁠— lo consideraban el mejor lugar y el más decente para vivir.

Ya bien entrada la década de 1990, la ciudad de Boston planeaba abrir la primera clínica estatal de desintoxicación y centro de tratamiento exclusivo para consumidores adolescentes. En la antigua rectoría de la iglesia de Santa Mónica, en la rotonda próxima a la licorería de Whitey Bulger, la organización benéfica Catholic Charities había abierto Home for Awhile, un albergue con doce camas para chicos de entre catorce y dieciocho años, que llegaban allí remitidos por el juzgado de South Boston o por centros de desintoxicación.

Aunque algunos creyeran que los negros y el transporte escolar en contra de la segregación habían sido las dos causas principales de la muerte del barrio, eso no era todo: uno de los suyos también había provocado la agonía. Southie había sufrido en manos de Whitey. Esa era la realidad que conocía Bergeron, la que conocían los agentes de la DEA, la que conocían los policías estatales, la misma que conocían todos los traficantes de la zona. «Si querías vender en Southie —⁠dijo un traficante a un agente de incógnito de la DEA⁠—, o le pagabas a Whitey Bulger, o no traficabas, o acababas muerto».

Sin embargo, allá por la década de 1980, aquello constituía una realidad que el barrio se negaba a ver. En lugar de enfrentarse a ello, el ciudadano de a pie se aferraba a la visión de Whitey como su protector. Más poderoso que cualquier político, podía patrullar las calles y velar por sus habitantes. Esa idea extendida por el barrio le daba alas. La rabiosa necesidad de un protector jamás había sido más grande que después del sistema de transporte escolar para combatir la segregación. En esa época, gran parte de Boston e incluso el resto de la nación miraba con malos ojos el barrio de Southie, lo consideraban un vecindario racista, un lugar estancado en el pasado. A Whitey no se le veía mucho, pero su presencia era palpable y, para muchos, un motivo de bienestar. Llegaba a enviar flores a los funerales o incluso contribuía a pagar los gastos de alguna familia que hubiera perdido a uno de los suyos a causa de las drogas o de la violencia. Poseía el toque mágico: se ocultaba entre las sombras. Tenía las manos limpias. Las drogas y la prostitución podían ser «un medio de vida en otras partes de la ciudad, pero no serán toleradas en South Boston», declaró con contundencia el Centro de Información de South Boston, en una de sus publicaciones periódicas, a pesar de que las estadísticas sobre actos criminales indicaban que el barrio estaba igual que cualquier otro de la ciudad, invadido por las drogas. Las detenciones anuales relacionadas con el narcotráfico y el consumo se triplicaron en Southie entre los años 1980 y 1990. Los casos de narcóticos se duplicaron en el tribunal del distrito de South Boston desde 1985 hasta 1990, y un detective de policía de Boston aseguró que él creía que había más coca per cápita en Southie que en cualquier otro lugar de la ciudad. Al final, la idiosincrasia del barrio —⁠su carácter reservado y su profunda desconfianza hacia los foráneos⁠— acabó beneficiando mucho más a Whitey.

Al igual que el vecindario insistía en seguir en su estado de negación, el FBI de Boston se negaba a conocer la auténtica historia de drogadicción y narcotráfico, relacionada con Bulger y las víctimas olvidadas como Patricia Murray. En cambio, lo que sí circulaba por las calles de Southie y por los pasillos del FBI era una versión suavizada y bondadosa de la personalidad de Whitey: Whitey odiaba las drogas, odiaba a los narcotraficantes y hacía cuanto estaba en su mano para que Southie fuera una zona libre de narcóticos.

Era el clásico conflicto entre mito y realidad.

La leyenda sobre la postura de Whitey Bulger contraria a las drogas siempre fue una de las historias más persistentes y duraderas sobre el jefe del crimen organizado. Fue una postura que Bulger, junto con John Connolly, alimentaba mediante el uso de la prestidigitación lingüística. Para la moral hecha a su medida del gánster, el dinero obtenido con las drogas no tenía nada que ver con las drogas en sí. A través de la extorsión, obtenía el «alquiler» de los traficantes, les prestaba el dinero para que se iniciaran en el negocio y les exigía que compraran a mayoristas con los que Flemmi y él hacían negocios. Conseguía que el mundo fuera seguro para los narcotraficantes a cambio de una parte del pastel, pero él no cortaba la coca ni embalaba la marihuana. Esa diferenciación se convirtió en la esencia del mito de Bulger. Él no tomaba drogas.

Se trataba de un retorcido salto mortal semántico, pero ya existía un precedente: la actitud de Bulger con el alcohol. Whitey bebía muy de vez en cuando y, si lo hacía, era solo una copa o dos de vino. Detestaba ver cómo bebían los demás. Incluso se quejaba el Día de San Patricio porque las personas que lo celebraban bebían a plena luz del día. En una ocasión dijo que «no confiaba en nadie que bebiera». Según él, lo bebedores eran «débiles» y podían delatarlo.

Durante los veinte años que pasaron juntos, la única ocasión en la que Bulger pegó a Teresa Stanley fue cuando ella llegó tarde a casa porque había estado tomando vino en el piso de una amiga. Si ella tomaba un par de copas, él reaccionaba como si hubiera estado tragando litros de alcohol. «Casi me mata por haber tomado un par de copas de vino», recordaba Stanley. Sin embargo, al mismo tiempo que reprendía a su novia por probar el alcohol, Bulger estaba convirtiéndose en el mayor proveedor de bebidas alcohólicas del barrio. Vació felizmente todo el almacén de la licorería que había usurpado de manos de Stephen y Julie Rakes, y en una ocasión llegó a presumir delante de un policía que patrullaba por Boston: «Tenemos la licorería con más clientes de la zona». Pero los había que no se dejaban engañar por la hipocresía del gánster. El creciente número de consumidores de coca y heroína contrastaba con el cartel que colgaban en una de las tiendas controladas por Bulger: «Di no a las drogas». Un auténtico chiste de mal gusto. La licorería de la que se había apropiado el gánster tenía el sobrenombre de «la tienda de la mafia irlandesa».

Al final, el mismo Flemmi fue pillado con las manos en la masa en un intento de engatusar a su audiencia con la dialéctica sobre Bulger. Declaró bajo juramento que no podía ser imputado en una operación de juego ilegal que su amigo y él habían llevado a cabo durante la década de 1980, porque el FBI tenía conocimiento de la misma e incluso la había «autorizado». Como parte de su declaración, Flemmi describió la operación de juego: Bulger y él requerían a los corredores de apuestas que les pagaran un «alquiler» a cambio de protección.

—Así pues ¿una parte de la operación consistía en estafar a los corredores de apuestas? —⁠preguntó un fiscal a Flemmi.

—Correcto —respondió el gánster.

—Si estuviera estafando a narcotraficantes, estaría involucrado en el negocio de la droga, ¿verdad? —⁠lo presionó el fiscal.

—Me acojo a la Quinta Enmienda —⁠respondió Flemmi. El gánster estaba acorralado. Cuando se vio en el brete de aplicar su propia lógica al terreno de las drogas, Flemmi no supo qué responder. De no haber reaccionado como lo hizo, habría perjudicado la cómoda ficción que tanto los había ayudado a Bulger y a él durante años: la afirmación de que no estaban involucrados en el negocio del narcotráfico.

Según el manual del FBI para confidentes, las actividades relacionadas con las drogas realizadas por Bulger deberían haber marcado el abrupto final del pacto que tanto se habían esforzado en conservar Connolly, Morris y él mismo. En lugar de ocurrir eso, la información secreta sobre el hampa que vinculaba a Bulger con las drogas debía descartarse y menospreciarse. ¿Qué mejor forma de conseguirlo que haciendo hincapié en una definición de actividad narcotraficante que desvinculara el dinero obtenido de las drogas de su comercialización? Por tanto Bulger, Flemmi y Connolly quizá compartieran en lema siguiente: estafar a los traficantes no convertía a Bulger en lo que realmente era, un señor de la droga.

 

Desde el principio, Bulger y Connolly habían creado una imagen del primero como gánster contrario a las drogas. Durante la decisiva asamblea celebrada el 25 de noviembre de 1980, en la que Larry Sarhatt presentaba su informe de idoneidad de Bulger, el gánster afirmó que no estaba «en el negocio de la droga y que, personalmente, odia a cualquiera que lo esté; por tanto, ni él ni ninguno de sus socios trafica con drogas». Dentro de la Oficina Federal de Investigación, las palabras de Bulger no se cuestionaban: si Bulger lo decía, debía ser cierto. Y, en enero de 1981, cuando otro de los cuerpos policiales estaba documentando la relación del gánster con el narcotraficante Frank Lepere, John Connolly estaba embelleciendo los informes del FBI con la información contraria. Connolly afirmaba que, en realidad, Bulger y Flemmi empezaban a distanciarse de Lepere por la predilección por las drogas de este último. Bulger, escribió Connolly, sí había tenido negocios en el pasado con Lepere pero, en ese momento preciso, «lo había apartado de sus actividades por estar involucrado en la venta de marihuana».

Connolly fue el creador de esa armadura de teflón impenetrable que resultaría muy útil en 1984.

El FBI no fue un colaborador principal cuando la DEA y la policía de Quincy pusieron en marcha la Operación Beans. Aunque, por una cuestión de cortesía profesional, la DEA informó al FBI de Boston de sus intenciones. La oficina de Boston se enfrentaba entonces a un dilema: ¿qué hacer con Bulger y Flemmi? Con tal de tomar una decisión, y como era previsible, los directivos de la Oficina Federal de Investigación de Boston consultaron a los agentes mejor situados para calibrar qué andaban tramando Bulger y Flemmi: John Connolly y Jim Ring, quien había recogido el testigo de John Morris como supervisor de la Brigada Nacional contra el Crimen Organizado. El cuarentón Ring llevaba casi una década luchando contra la mafia en Nueva Inglaterra, aunque su actividad se había centrado, ante todo, en Worcester, ciudad del centro de Massachusetts considerada por los agentes como una localización de segunda fila. Desde el momento en que él se encargó de la dirección de la brigada, recordaba Ring, Connolly insistió en que Bulger y Flemmi «no estaban metidos en asuntos de drogas, no las consumían y no eran traficantes, y jamás permitirían la entrada de narcóticos en South Boston». Cuando los directivos empezaron a hacer preguntas, Connolly, que se había erigido como máxima autoridad de la oficina en todo lo relativo a Bulger, llegó armado con sus archivos del FBI donde se descartaba cualquier vínculo posible entre el gánster y las drogas.

Al tener que notificar al cuartel general del FBI en Washington capital sobre los planes de la DEA, la oficina de Boston envió con urgencia un télex el 12 de abril de 1984, donde explicaba que la Oficina Federal de Narcóticos tenía como objetivo a Bulger y Flemmi, «a quienes la DEA considera individuos que controlan un grupo de narcotráfico». Pero el FBI de Boston urgía a la calma. Calificaron las afirmaciones de la Agencia Antidroga como «inconsistentes, debe añadirse que la DEA no ha aportado información específica relacionada con la implicación de los sujetos». Bulger, concluía el télex, no debería «ser cesado debido a su valiosa colaboración en el pasado, presente y futuro».

Más avanzado ese mismo año, Ring redactó un informe detallado en el que explicaba su posición pasiva con respecto a la Operación Beans; una vez más, el FBI de Boston actuaba respaldando la versión de un Bulger contrario a las drogas. «El argumento» en el que la DEA basaba su investigación, escribió Ring en octubre, «aunque pueda ser correcto, no es coherente con la información confidencial con la que contamos en lo relativo a las actividades de dichos individuos». Guiada principalmente por Connolly, pero también por Ring, la cúpula directiva del FBI de Boston rechazó que se pretendiera construir un caso de narcóticos en torno a Bulger.

No obstante, a espaldas de Ring, incluso Connolly participó de los rumores que circulaban dentro del FBI sobre Bulger y las drogas. A principios de abril del año 1983, quince toneladas de marihuana fueron incautadas en un almacén ubicado en el número 345 de D Street, en South Boston. El alijo pertenecía a un traficante llamado Joe Murray, y, después de la redada, Connolly y el agente Rod Kennedy tuvieron una conversación. Connolly describió a su colega con todo lujo de detalles cómo se beneficiaba Bulger del narcotráfico llevado a cabo por Murray, según acabaría afirmando Kennedy.

«Gracias a la conversación supe que Joe Murray debía pagar un alquiler a los señores Bulger y Flemmi por el uso de South Boston como almacén para el desarrollo de su actividad como narcotraficante», rememoraba Kennedy. Afirmó que Connolly le había contado que Murray había pagado a Bulger y Flemmi entre sesenta mil y noventa mil dólares por ese alijo en particular. «Era una especie de alquiler por haber usado la zona, ya me entiende, por haber entrado en South Boston y haber aprovechado el barrio para su actividad ilegal relacionada con las drogas», declaró Kennedy, y añadió que aquella cantidad era mucho más elevada que cualquier impuesto legal.

Sin embargo, se trataba de afirmaciones extraoficiales. En el informe redactado por Connolly tras la incautación, el agente no decía palabra sobre los pagos satisfechos por Murray a Bulger y Flemmi. Pero sí afirmaba que «el equipo de Murray» estaba preocupado por el hecho de que a Bulger le «molestara que estuvieran almacenando hierba en su ciudad».

Kennedy, quien trabajó un breve periodo durante la alianza de la Oficina Federal de Investigación con la DEA para la Operación Beans, sí compartió su información secreta sobre la actividad de narcotráfico de Bulger con los agentes Reilly y Boeri. (Kennedy contaba con un confidente que le confesó que el gánster confiaba en un traficante de South Boston llamado Hobart Willis como su intermediario con Joe Murray). Sin embargo, Kennedy jamás contó nada al supervisor del FBI Ring. Ni tampoco dijo, ni a Ring ni a los agentes de la DEA, ni una palabra sobre las revelaciones hechas por Connolly acerca de Joe Murray y Bulger. Eso era responsabilidad de Connolly, no suya, en opinión de Kennedy. Por otra parte, Connolly seguramente esperaba que él no se «chivara», y él no quería cabrear a Connolly.

Al final resultó que hubo más agentes del FBI de Boston cuyos confidentes empezaron a informar a la Oficina Federal de Investigación sobre el tema de Bulger y las drogas. A mediados de 1990, incluso algunos de los traficantes más ramplones del propio Bulger —⁠como Moore, el Turón⁠— decidieron testificar en su contra. Hubo más traficantes que también lo hicieron. David Lindholm dijo a los investigadores que, en 1983, fue convocado en East Boston, donde Bulger y Flemmi lo encañonaron con una pistola en la cabeza para convencerlo de que les pagara su parte de su actividad ilegal con las drogas. En 1998, el juez federal Mark Wolf falló que Flemmi mintió al supervisor del FBI Jim Ring, en 1984, al negar su relación y la de Bulger con las drogas. «A mi entender él (Flemmi), cuando menos, estaba involucrado (…) en la práctica de la extorsión para obtener dinero de los narcotraficantes», afirmó Wolf el 2 de septiembre de 1998.

Pero Connolly no se amedrentó. Había interpretado un papel fundamental en la creación del mito y se aferraba a su función. «Bueno, ya me entiende, jamás he visto con mis propios ojos ninguna prueba contundente sobre la relación de esos dos hombres con las drogas», alardeaba en 1998, seis semanas después del fallo del juez Wolf en el tribunal. Lo mismo daban las pruebas, las declaraciones juradas de los testigos, el veredicto del juez federal. «Lo que quiero decir es que estar relacionado con un narcotraficante, cobrarle un alquiler (…) Esos tipos son auténticas alimañas. Tipos como Flemmi o Bulger jamás se arriesgarían a tratar con sujetos de esa calaña».

La negación era una auténtica marca registrada en Boston.

 

Bergeron no tardó en encontrar una nueva razón para poner fin a la actividad de Bulger y Flemmi. Creía haber perdido un valioso confidente por culpa de ambos. Todo empezó un domingo por la noche de principios del mes de octubre de 1984, cuando avisaron al detective que mejor sería que se apresurara en llegar a la comisaría. Llegó y le contaron que otros policías de la unidad de Quincy habían llevado hasta allí a John McIntyre, un veterano del ejército de treinta dos años de edad con un historial de delitos menores, para interrogarlo por el intento de allanamiento de morada en la casa de su exmujer. Encerrado en una celda claustrofóbica, pobremente iluminada, McIntyre no tardó en empezar a hablar mucho más de lo que esperaban los agentes de patrulla. El hombre empezó a balbucear sobre marihuana, embarcaciones nodriza para el transporte de droga, tráfico de armas y, lo más impactante de todo, el Valhalla.

El buque de pesca de arrastre Valhalla había partido de Gloucester, Massachusetts, el 14 de septiembre, para pasar unas semanas en alta mar pescando pez espada. Al menos esa era la historia que se había contado como tapadera. La realidad era que el arrastrero transportaba siete toneladas de armas, valoradas en un millón de dólares: 163 armas de fuego y setenta cartuchos de munición, destinados a la organización terrorista IRA, cuya principal actividad se desarrollaba en Irlanda del Norte. A doscientas millas de la costa irlandesa, el Valhalla se encontraría con un barco pesquero de bandera irlandesa, el Marita Ann.

El alijo de armas fue traspasado de una nave a otra, y la operación parecía un éxito. Sin embargo, la armada irlandesa había sido advertida del contrabando e interceptó al Marita Ann en alta mar. La incautación del arsenal destinado al IRA saltó a primera plana de rotativos de ambos lados del Atlántico.

Bergeron convocó a Boeri, y se sentaron con McIntyre en el despacho del jefe de detectives de la comisaría de policía de Quincy, con una grabadora encendida. Bergeron quedó traspuesto por los nombres de algunos personajes que pronunció McIntyre como posibles sospechosos: Joe Murray, el mayor contrabandista de drogas que operaba en Charlestown, y Patrick Nee de Southie, que trabajaba como mediador entre Bulger y Murray. Tras definirse como miembro de la «célula» de Murray, McIntyre describió toda una serie de operaciones de contrabando de marihuana. Contó cómo, en los pasados años, el grupo de Murray se había fusionado con la «organización de South Boston». Eso significaba que Nee se dejaba caer más a menudo por allí, porque «quería traer a su gente como representantes para poder tenerlo todo bajo control».

Con respecto a la chapuza en la operación de tráfico de armas destinadas al IRA que hacía tan poco se había convertido en noticia, McIntyre confesó que él mismo había ayudado a cargar las armas y que había actuado como mecánico náutico. Luego añadió que seis hombres habían realizado la travesía: él, el capitán, un miembro del IRA llamado Sean y tres tipos del grupo de Southie. Solo los conocía por sus apodos y no le gustaban. «Se les veía venir de lejos. Todos llevaban la típica gorra de mafiosillo. Usaban chándal de Adidas e iban siempre muy limpios. No tenían ni idea de navegación. Se duchaban dos o tres veces al día. Joder, esos tíos estaban todo el día pasándose el hilo dental y duchándose. Hubo una tormenta brutal que el capitán y yo intentamos capear durante dos o tres días. Ellos ni siquiera salieron de sus camarotes».

Murray, Nee y «los tíos de la licorería» estaban detrás del envío de armas y, añadió McIntyre, eran de una banda que nadie se tomaba a broma. «Eran capaces de atarte a un pilote con hilo de alambre y dejarte ahí tirado. Era la idea que tenían de gastar una broma».

La noche en que el Valhalla zarpó, Kevin Weeks había montado guardia, vigilando desde una colina cercana al puerto. Kevin era un tipo duro, dijo McIntyre, pero había «otro tío que estaba por encima de él». «Si lo cabreas —⁠afirmó⁠—, te meterá una bala en la cabeza». Bergeron se percató de que McIntyre estaba tembloroso, al borde del bloqueo. «Yo quería empezar una vida normal —⁠había dicho con anterioridad⁠—. Esto es como vivir con un puñal clavado en la espalda. Te pasas años sin saber adonde vas a ir a parar ni cómo acabarás palmándola. Yo no quiero vivir para acabar así».

En realidad, jamás llegó a pronunciar el nombre de ese «otro tío» que estaba por encima de Weeks y que supervisó el contrabando del alijo de droga y la operación del Valhalla, pero todos los presentes en la sala sabían exactamente de quién estaba hablando: Bulger.

Bulger era considerado un orgulloso simpatizante del IRA. Sin embargo, al final, algunos investigadores habían llegado a creer que el gánster, del mismo modo en que había traicionado a su barrio con su falsa postura contraria a las drogas, también había traicionado al IRA. Quizá había desempeñado un papel fundamental en conseguir el arsenal para vendérselo a la organización terrorista, pero, tras recibir el pago, dio el soplo sobre la operación. «Whitey despidió con la mano al Valhalla y luego hizo una llamada», dijo más adelante un agente de policía. Aunque así fue, Bulger no fue el único en filtrar información. El exjefe del IRA en Kerry admitiría más tarde que puso en peligro el intercambio de armas en alta mar. Sean O’Callaghan, un asesino convertido a confidente, afirmó que lo había hecho por vengarse del IRA. En cuanto admitió su traición, se convirtió en un hombre señalado.

En esa época, Bergeron no sabía nada de todo ello. Iba asimilando lo que decía McIntyre y se sentía como si acabara de tocarle el gordo de la lotería. «Me parecía un regalo importantísimo justo en ese momento —⁠reflexionaba⁠—. Ese tipo tenía auténticas montañas de información». Durante los días siguientes, Boeri y él dieron cuenta de lo sucedido a la DEA, al servicio de aduanas e incluso al FBI. McIntyre estaba deseoso de cooperar y se planeó recurrir a él para recabar más información sobre el narcotráfico llevado a cabo por la banda. Entonces, unas semanas después, tras aquella supuesta desconexión tan prolongada con el grupo, McIntyre salió de casa de sus padres en Quincy y dijo que iba a ver a Patrick Nee. McIntyre no volvió a ser visto. Encontraron su camioneta y su cartera abandonadas en un aparcamiento. Bergeron estaba destrozado. Se repetía la misma historia de Halloran. Lo mismo que ocurrió con Bucky Barrett. Desapariciones todas ellas ocurridas justo después de que las víctimas hubieran estado hablando sobre Bulger y Flemmi. Se produjo incluso una desaparición más en otoño, acontecida fuera de la jurisdicción de Bergeron. Stevie Flemmi y Deborah Hussey estaban pasando por una mala época. La pareja discutía mucho, y Hussey amenazaba con contarle a su madre la aventura que tenía con Flemmi. Está claro que aquello habría complicado mucho las cosas a Stevie. De pronto, Deborah Hussey desapareció. Al igual que Debra Davis antes que ella, tenía veintiséis años. Flemmi fue a casa de Marión Hussey, en Milton. No pensaba decir a Marión que acababa de enterrar a Deborah en un sótano de South Boston, lugar donde Bulger y él ya habían ocultado el cuerpo de John McIntyre pocas semanas antes y, previamente, el de Bucky Barrett. Flemmi se limitó a encogerse de hombros como si no supiera nada e hizo cuanto pudo para consolar a la madre de la chica.

 

Bergeron creía que Bulger y Flemmi habían asesinado a McIntyre. No sabía con exactitud cómo habían averiguado que estaba colaborando con los cuerpos de seguridad del Estado, pero sospechaba del FBI. Bergeron y, en especial, los agentes de la DEA Reilly y Boeri ya conocían los rumores que circulaban entre los distintos organismos de seguridad estatales de la zona de Boston relativos a que Bulger y Flemmi eran confidentes del FBI. Al planificar la Operación Beans, habían contado con el asesoramiento del policía estatal Rick Fraelick, quien facilitó al nuevo equipo de investigadores fotografías de sus objetivos, informes sobre los confidentes y otro material confidencial que los policías del estado habían reunido. También les proporcionó una descripción completa de la fallida operación de escuchas del taller de Lancaster Street. Fraelick estaba convencido de que el FBI los había «delatado».

Los nuevos investigadores no eran precisamente ingenuos. Tenían sospechas de los posibles vínculos de Bulger con el FBI. Pero nadie podía aportar pruebas fehacientes. Gracias a sus propios confidentes, también sabían que Bulger tenía una tremenda confianza en sí mismo y que le gustaba alardear de ser más listo que cualquiera que intentara echarle el guante. Bulger descalificaba a los policías estatales y se refería a la operación fallida del taller de Lancaster Street como «un chiste». Una postura similar a la que habían presenciado los policías que lo habían espiado desde su puesto en la pensión de mala muerte; habían visto a un Bulger fanfarrón, poniendo posturitas y metiendo barriga en la puerta del taller.

De hecho, Bulger se había tomado el asunto del taller de Lancaster Street muy a pecho. Después de aquello, los siempre precavidos Whitey y Flemmi tenían aún más cuidado en todas sus acciones. Bulger mandó instalar un sofisticado sistema de alarma en el ático que compartía con Greig. Hizo lo propio en el Chevrolet Caprice negro de 1984, que conducían tanto Flemmi como él. (El coche estaba registrado a nombre de la hermana de Kevin Weeks, Patricia, que trabajaba de secretaria en la policía de Boston). En el ático, Bulger siempre tenía el televisor y el equipo de música encendidos y a todo volumen. En el coche, siempre llevaba la radio puesta y un radio escáner de policía manipulado para emitir interferencias que silenciaran su hablar susurrante. Al final de la jornada, aparcaba el coche justo delante de la puerta de su casa para poder vigilarlo.

Por otra parte, Bulger y Flemmi se habían aislado aún más, sobre todo el primero. En lugar de exponerse a la procesión constante de personajes del hampa —⁠como había hecho en el taller de Lancaster Street⁠—, Whitey se mantenía alejado. Bulger, según dijo un confidente a los investigadores en 1984, «hablará con sus subordinados solo cuando sea necesario. Estos no pueden contactar directamente con Bulger y Flemmi. El contacto es remitido a George Kaufman, y Kaufman transmite la información».

Las precauciones extremadas de Bulger se sumaban a los ya establecidos hábitos de contravigilancia, como las técnicas de conducción que empleaba para comprobar si alguien estaba siguiéndolo: frenar de pronto; cambiar de sentido sin previo aviso, sobre todo en las calles de dirección única; realizar un brusco giro para salir de la autopista. Bergeron y los agentes de la DEA Reilly y Boeri tomaron nota de que Bulger y Flemmi siempre estaban en estado de máxima alerta.

Bulger, Flemmi y los nuevos investigadores solían encontrarse por casualidad con frecuencia. Bergeron y Boeri estaba siguiendo a Bulger una noche de verano por Dorchester Avenue, en Southie, cuando el gánster los descubrió. Los saludó con la mano y les sonrió. No obstante, Whitey no siempre estaba de tan buen humor. Bergeron y otro detective montaban vigilancia una noche en el ático de Quincy con una furgoneta Ford de color blanco que les había proporcionado la DEA. Eran las 2.02 de la madrugada, y Bulger salió del piso 101, se subió al coche y dio una vuelta por el aparcamiento mientras observaba con suspicacia la furgoneta. Luego estacionó, salió del coche y miró por la ventana trasera de la furgoneta. La rodeó caminando para mirar la matrícula delantera. Visiblemente inquieto, volvió a entrar en su casa. Los investigadores se apresuraron en mover la furgoneta y, mientras lo hacían, Bulger se reflejó en el espejo retrovisor de un coche que salió de entre las sombras junto al contenedor de basura.

A raíz de ese juego del gato y el ratón, los investigadores se dieron cuenta de que Bulger y Flemmi eran conscientes del interés que suscitaban en las autoridades de su organización. Pero a pesar de reconocer que la Operación Beans se desarrollaba en una atmósfera de alto riesgo, jamás pensaron en abortarla. Bergeron, Boeri y Reilly habían trabajado siempre teniendo en cuenta la posibilidad de que Bulger y Flemmi fueran confidentes del FBI. Aunque, al fin y al cabo, eso les importaba poco. En 1984, el resumen de la situación era bastante simple. Bulger y Flemmi, según concluyó Reilly, «eran las figuras más poderosas del crimen organizado en Boston desde la reciente caída de la organización de los Angiulo». Aunque fueran confidentes, destacaba Reilly, «no tienen carta blanca para hacer lo que les plazca». Todos reconocían que la elaboración de un caso sería mucho más sencilla si podían reunir testigos que declarasen ante un tribunal contra Bulger y Flemmi. No obstante, ese no era un planteamiento realista. En especial, si tenían en cuenta el carácter aislado del estilo de vida de Bulger, el miedo generalizado hacia el gánster, que persistía en el mundo del hampa, y la desaparición de hombres como John McIntyre. Por ello, el plan maestro de la Operación Beans consistía en grabar las palabras del propio Bulger. Para ello, durante gran parte del año 1984, los investigadores se emplearon a fondo en argumentar la causa probable que necesitaban para conseguir la autorización judicial con el fin instalar los micrófonos de escucha.

Aunque se notificó la situación al FBI por cuestiones de cortesía profesional en abril de 1984, el objetivo de la Operación Beans era poner límite al conocimiento de la Oficina Federal de Investigación y a su participación en la acción policial contra el narcotráfico. «Quería mantenerla al margen del FBI y continuar con ella (la operación)», dijo Reilly. El caso, según afirmó, había sido «impulsado por la DEA, mantenido por la DEA y financiado por la DEA. Nosotros nos encargamos de todo». La totalidad de la operación fue ideada de forma específica para intentar evitar que ciertos agentes del FBI de Boston supieran de su existencia. Ese otoño, cuando los mejores hombres del «equipo técnico» del FBI llegaron desde Nueva York para asesorar a la DEA sobre la instalación de un micrófono en el coche de Bulger y en su ático, se dio la orden a los agentes del FBI de fuera de Boston que no informaran a sus compañeros de la oficina local. Los dos agentes federales de la ciudad que finalmente fueron asignados para ayudar a la DEA con el seguimiento de las grabaciones eran dos hombres recién llegados a Boston. El despacho de operaciones encargado de gestionar la Operación Beans llegó a trasladarse al edificio Fargo, en el centro de Boston, lejos del edificio federal John F. Kennedy, donde los agentes de la DEA y los del FBI solían cruzarse por los pasillos, comían juntos y podían llegar a charlar sobre algunos casos.

 

Sin embargo, en opinión de Flemmi, el FBI sí sabía que su papel en la Operación Beans «no era otro que un esfuerzo subrepticio para garantizar que la investigación no tuviera éxito». Al final resultó que Connolly había escuchado rumores sobre la operación en cuestión, durante los primeros meses de 1984, e incluso antes de que la investigación tuviera nombre y de que la DEA hubiera reunido las pruebas suficientes para poner su plan en marcha. A renglón seguido del envío del télex desde Boston para informar al cuartel general del FBI sobre la investigación planeada por la DEA, un agente superior del FBI en Washington, llamado Sean McWeeney, levantó el teléfono para llamar a Jim Ring. McWeeney era jefe de la División contra el Crimen Organizado del cuartel general del FBI.

En lugar de contestar Ring, respondió John Connolly.

«¿No son esos nuestros chicos?», preguntó McWeeney al agente de contacto.

Si Connolly ya lo sabía, Bulger y Flemmi acabarían sabiéndolo. Siguieron reuniéndose con frecuencia durante el año y, según Flemmi, la conversación a menudo giraba en torno al interés creciente de la DEA y de la policía de Quincy en ellos. Practicaban una especie de fecundación por fertilización cruzada, en la que cada uno compartía con el otro la información que recababan. Connolly conseguía datos adicionales de otros agentes, o bien de primera mano o bien a través de Ring. Habría resultado práctico contar también con la colaboración de John Morris, pero él no solo había dejado su puesto de jefe de la brigada, sino que también había dejado la ciudad. El exjefe había sido enviado a Florida para una misión especial y no regresaría hasta principios de 1985.

Durante una reunión que sería clave, celebrada en septiembre de 1984, se encontraron Bulger, Flemmi, Ring y Connolly, en el piso de South Boston de este último. Habían escogido esa localización porque la policía merodeaba en las proximidades del ático de Bulger durante toda la noche. El cuarteto, recordaba Flemmi, tuvo una «acalorada discusión» sobre la Operación Beans. Flemmi y Bulger interpretaron su discurso de negaciones ante Ring en relación con la cuestión de las drogas. Ring y Connolly les dijeron que no se preocuparan, insistiendo en que tanto Bulger como él mismo «aguantaran y se quedaran, ya me entiende, en el equipo». Además, a Bulger y Flemmi les dijeron que la Operación Beans estaba supervisándose desde el edificio Fargo, en Boston. Lo cual permitió a Bulger vigilar esa central y tomar nota de los modelos y las matrículas de los coches que usaban los agentes de incógnito.

En Nochebuena, cuando los investigadores de la DEA consiguieron una autorización judicial para pinchar el teléfono de George Kaufman, Flemmi y Bulger ya iban un paso por delante. John Connolly les había hecho un regalo navideño por adelantado: una advertencia sobre la intervención telefónica. Por ello, en lugar de escuchar conversaciones sobre hechos delictivos, lo único que escucharon los agentes de la DEA Reilly y Boeri fue a Flemmi hablando de aparentes tonterías con George Kaufman, cuando en realidad estaban usando un código en clave. Los agentes no lograron escuchar a Bulger hablar por teléfono.

Teniendo en cuenta esos avisos, fue un milagro que Bergeron y lo agentes Reilly y Boeri lograran instalar los micrófonos en el coche y el ático de Bulger. Pero sí lo lograron y lo hicieron en un periodo de pocas semanas, en 1985. Los agentes de la DEA y Bergeron contaban únicamente con sus propios dispositivos después de que el equipo técnico del FBI, que debía asesorarlos, se confesó incapaz de proporcionarles algún método infalible para instalar un micrófono en el vehículo y la casa de Bulger. Ambas ubicaciones contaban con sistemas de alarma muy sofisticados, diseñados para detectar la presencia de cualquier intruso. El equipo técnico, que vigilaba el piso y el coche desde lejos, concluyó que, a menos que los agentes locales consiguieran los códigos secretos para desactivar las alarmas, no había forma posible de que los agentes pudieran entrar sin ser localizados e instalar los micrófonos. La otra opción barajada por el FBI fue la de sustituir el coche de Bulger por un vehículo exactamente igual, pero con la instalación del sistema de escucha integrada en su carrocería. Reilly consideró que se trataba de una propuesta ridícula. Un día después de aquello, el equipo técnico del FBI regresó a Nueva York. Sus lánguidas propuestas no hicieron más que acrecentar las preocupaciones de Reilly sobre el FBI, a pesar de que se hubiera ordenado al equipo técnico no contar a los agentes locales de la Oficina Federal de Investigación nada sobre el plan. «En ese momento me pareció que no se habían esforzado lo suficiente por conseguirlo».

Por ello, Reilly, Boeri y Bergeron se encargaron del asunto personalmente. Consiguieron un Chevrolet exactamente igual al de Bulger y empezaron a estudiarlo con detenimiento en busca de un hueco donde colocar un micrófono sin tener que desmontar la carrocería. Encontraron un punto de acceso en la parte inferior de una de las puertas, e hicieron un agujero con un taladro hasta que lograron instalar un micro que funcionara. Aplicaron la misma técnica en el ático: agujerearon los alféizares de las ventanas para instalar el micrófono desde el exterior.

A principios de 1985, ocultos en la oscuridad de la noche, lo agentes lograron introducir un dispositivo de escucha en el interior del apartamento por una de las ventanas. «El micrófono funcionaba bien», aseguraba Bergeron. El problema, según dijo, era que Bulger ponía a todo volumen el equipo de música y el televisor en cuanto llegaba Flemmi, y los dos gánsteres subían al piso superior para hablar de negocios.

El intento de escucha fue un fiasco.

Más adelante, el 2 de febrero de 1985, mientras Bulger dormía, los agentes instalaron un micrófono en la chapa de la puerta del Chevrolet negro. Pero, al día siguiente, después de que el gánster subiera a su coche y se dirigiese hacia South Boston, lo único que oyeron los agentes fue un potente ruido de circulación. El micrófono estaba grabando los traqueteos del coche y los chirridos de las ruedas rodando por la autopista. Incluso después de volver a colocar el micro la noche siguiente, los agentes se enfrentaban a la persistente «falta de claridad» al grabar las conversaciones de Bulger. Parte del problema residía en que la tecnología que se veían obligados a usar tenía serias limitaciones. Utilizaban un dispositivo diminuto que transmitía una señal hasta un vehículo de seguimiento, donde se realizaban las grabaciones de las conversaciones. Eso significaba que su capacidad de grabar cualquier sonido dependía de mantener la furgoneta cerca del vehículo de Bulger, y no era una tarea fácil. Además, los agentes estaban siempre enfrentándose al ruido de la carretera y a la costumbre de Bulger de juguetear con la radio del coche mientras Flemmi y él charlaban entre susurros, lo cual los obligaba a tratar de sus asuntos en un estado de tensión constante.

Estaban enfrascados en una lucha permanente por descifrar quién era el que estaba hablando en cada momento dentro del vehículo y qué estaba diciendo. La mejor noche para las grabaciones fue la del 17 de febrero de 1985, mientras los agentes de la DEA y Bergeron seguían a Bulger y a Flemmi hasta una reunión con George Kaufman que iba a celebrarse en el Triple O’s. Eran más de las diez de la noche cuando Bulger y Flemmi salieron del bar y se fueron en el coche. A pesar de los ruidos de la radio y de la circulación, los agentes escucharon a Bulger y a Flemmi hablar sobre el cambio de orden en el mundo del hampa. Hablaron sobre Howie Winter, que pronto saldría de la cárcel. «Que le den por culo a Howie», espetó Bulger.

La conversación viró por un breve instante hacia el tema de las drogas.

—El puñetero tema de la coca —dijo Flemmi.

—Lo estoy gestionando todo por teléfono — ⁠respondió Bulger.

Era un material muy interesante, pero no llegaba a ser concluyente. Captaron fragmentos de conversación sobre dinero, sobre «tiendas de droga» y sobre las operaciones de juego ilegal de Bulger. Incluso lo que creyeron que era una referencia a un agente local del FBI, aunque no entendieron su significado: «Connolly lleva un tiempo de los nervios, joder», comentó Flemmi en un momento determinado.

Pese a todo, los agentes siguieron con las escuchas, pero, a medida que pasaban las noches, se sentían incapaces de hilvanar una conversación coherente para extraer una línea argumental que probara los delitos criminales. Vieron a Bulger sentado en el coche con Patrick Nee, quien hacía las veces de mensajero entre Bulger y Joe Murray, pero no lograron captar lo que decían. Observaron cómo un subordinado de Bulger subía al coche para entregar un montón de dinero al jefe del crimen organizado, pero una vez más, la conversación entre ambos les llegó entrecortada. Escucharon a un furioso Bulger blasfemar contra otro esbirro por atreverse a ir a buscarlo al piso de Teresa Stanley. Bulger cantó las cuarenta al bribón y dijo que «daría pasaporte» a cualquiera que se presentara allí. La familia no tenía nada que ver con los negocios, sentenció.

Ninguna investigación había logrado registrar en grabaciones la voz de Bulger. Aunque esa vez fueran conversaciones con interferencias, los investigadores se dieron cuenta de que, si querían elaborar un caso que presentar ante los tribunales, debían mejorar la calidad de los registros sonoros. La mañana del día 7 de marzo, a las 2.20 de la madrugada, Reilly y Bergeron realizaron un último intento de ajustar la posición del micrófono. «Imaginamos que estaba durmiendo porque, normalmente a esa hora ya lo hacía —⁠recordaba Reilly⁠—. Rodeamos el edificio y él salió del ático. Nos vio, y nosotros lo vimos, y nos marchamos pitando». Bergeron dijo que un agitado Bulger subió al coche a toda prisa con su novia Greig y empezó a conducir en círculos por el aparcamiento. «Empezó a dar vueltas como un loco, gritándole a Greig. Se puso como una moto y no paraba de decir que ya había sospechado algo y que lo sabía todo sobre lo de la poli».

Flemmi estaba fuera de la ciudad, en México, y el alterado Bulger buscó protección. Tras esquivar a los investigadores, se reunió con John Connolly el mismo día siguiente, el 8 de marzo. Luego, tres días después, los agentes de la DEA Reilly y Boeri siguieron a Bulger mientras conducía su Chevrolet negro hasta una cochera próxima a la licorería de Southie.

Las siguientes palabras pronunciadas por Bulger marcaron el final de todo.

«Tiene razón: han puesto un micrófono en el coche».

Los agentes salieron a toda prisa de la furgoneta y corrieron a recuperar el equipo de escucha. Lo último que querían era que sus objetivos conocieran con exactitud qué clase de tecnología estaba utilizándose contra ellos. Encontraron a Bulger arrancando la puerta del coche y a Kevin Weeks de pie, junto a él, con un detector de radio frecuencia en la mano para localizar micrófonos idénticos al que utilizaba la DEA. Al encararse con Reilly, Boeri y otros dos agentes de la DEA dentro de la cochera, Bulger recuperó la actitud prepotente que caracterizaba sus encuentros con la policía. Comentó que le sorprendía que hubieran sido capaces de instalar un micrófono. «Tengo un sistema de alarma bastante bueno», dijo mientras Reilly avanzaba hacia la puerta para recuperar el micro. Bulger mencionó que había sospechado algo cuando se topó por casualidad con Bergeron y Reilly en el aparcamiento de su ático un par de noches antes. Sin embargo, no comentó nada a cerca de sus contactos en el FBI.

Boeri se fijó en que Bulger llevaba una elegante hebilla en el cinturón, con una inscripción que rezaba: Alcatraz: 1934-⁠1963. Mientras charlaban de esto y de aquello, el agente sacó a colación el tema del bonito accesorio, pero Bulger no comentó nada de cómo había llegado a sus manos.

El jefe del crimen organizado y los agentes siguieron de cháchara, mientras Bulger iba pinchándolos para sacarles detalles sobre cuándo habían colocado el micro y cuánto tiempo llevaban escuchándolo. Supuso que entre «siete y nueve días». Weeks calculó que el micro llevaba dos meses colocado. Añadió que seguramente ellos también tenían un micrófono en su coche.

—¿Queréis que os venda el coche? Os lo dejo barato — ⁠bromeó Weeks.

Boeri preguntó a Bulger dónde estaba Flemmi.

—Está por ahí —mintió Bulger.

La conversación entró en un bucle.

—Una cosa —anunció Bulger, llegado un punto, a los agentes de la DEA⁠—, todos somos los buenos.

¿A qué venía eso?

—Vosotros sois los buenos de los buenos. Nosotros somos los buenos de los malos.

Los agentes recogieron el equipo y se marcharon a casa. Dos días después, Boeri y Bergeron pasaban en coche por delante de la casa de Teresa cuando Bulger les hizo un gesto para que se detuvieran. Hizo gala de su estilo de gánster y aconsejó a los investigadores que no creyeran todo lo que oyeran sobre él. Les mostró que la puerta había quedado suelta y les pidió que lo ayudaran a ajustarla.

«Una instalación muy ingeniosa», dijo Bulger a Boeri, y retomó así el tema del micrófono con tal de obtener más información.

Flemmi regresó de México y se topó con Boeri y con Reilly en el aparcamiento del club Marconi, en Roxbury, al que solía ir. Comentaron lo «emocionante» que había sido la charla sobre el micrófono en el taller. Flemmi preguntó sobre la calidad de las grabaciones. «¿El frío no afecta a la batería?», se burló. Los agentes afirmaron que todo funcionaba bien. No pensaban soltar prenda.

Flemmi los conminó a llevarse bien con él. En lugar de estar jugando al gato y al ratón, deberían estar rascándose los lomos. «¿Qué puñetas queréis? —⁠preguntó con tono de mofa⁠—. No necesitamos la advertencia Miranda. Podemos atar una cuerda al cuello de cualquiera. Decidnos lo que queréis, y todos contentos». Luego preguntó cuál era el auténtico objetivo de todo aquello. Dijo que esperaba que los agentes no lo molestaran durante mucho más tiempo.

—¿No iréis a convertirnos a Jimmy y a mí en blancos de una investigación de por vida?

—Bueno, en realidad, no hemos hecho más que empezar — ⁠dijo Boeri.

Bulger y Flemmi sabían que los agentes iban de farol. Ambos gánsteres ya habían hablado con Connolly. «John Connolly dijo que Jim Ring le había contado que la investigación de la DEA estaba en las últimas, o que ya estaba acabada, da igual cómo quiera decirse —⁠comentó Flemmi⁠—. Connolly me lo contó. Nos reuníamos bastante en casa de John Connolly, además de las reuniones que teníamos con los supervisores».

Estando en el taller, en cuanto Bulger había pronunciado la frase: «Tiene razón: han puesto un micrófono en el coche», el agente Reilly de la DEA tuvo el convencimiento de que el FBI se lo había contado a Bulger. Reilly tenía sus sospechas, pero no podía probar a qué miembro de la Oficina Federal de Investigación estaba refiriéndose el gánster. Sin embargo, aquellas palabras fueron como los signos de exclamación para resaltar la preocupación sobre los vínculos de Bulger con el FBI, que venía de muy lejos. Desde ese momento, Reilly, Boeri y Bergeron supieron que su operación corría peligro.

No obstante, no se llevó a cabo ninguna investigación gubernamental para analizar esa firme sospecha. No se realizó ningún análisis a posteriori con tal de averiguar por qué había fallado la Operación Beans. Todos lo olvidaron, siguieron adelante. Algo similar a que el nuevo fiasco hubiera dado paso a una suerte de letargo, por el que los cuerpos de policía, sin ser conscientes de ello, estuvieran dispuestos a aceptar el escudo protector del FBI para Bulger y Flemmi como una realidad ineludible. Lo asumieron como algo que pasaba siempre en Boston, como una parte más del entramado de la ciudad.

A todas luces, los gánsteres sacaban gran partido de esa actitud. «Yo sí creo que estaban preocupados», recordaba Ring. Aunque Bulger y Flemmi actuaban como si el micrófono del coche fuera una broma del mal gusto. «Supongo que se regodeaban por el hecho de habernos pillado».

La verdad era que el carpetazo dado al caso no tenía ninguna gracia. El seguimiento de un año de duración había resultado agotador. Bulger y Flemmi experimentaron el acoso constante de las autoridades. A pesar del FBI, la DEA había conseguido algo sin precedentes: colocarle un micro a Bulger. El detective Bergeron y los agentes Reilly y Boeri habían demostrado quién era el hombre detrás del mito, aunque no de modo que pudiera dar como resultado una acusación criminal. Sin embargo, lo que sabían Bergeron y los demás agentes quedó clausurado en los archivos secretos de los cuerpos de seguridad del Estado. John Connolly, Bulger y Flemmi retomaron su mantra antidroga. Habían acabado con la Operación Beans de la DEA.

Con todo, habían estado tan a punto de conseguir su objetivo, que el fracaso se antojaba más amargo. Ser perseguidos sin pausa resultó agotador, no era la buena vida que los gánsteres habían imaginado como parte del pacto con el FBI de Boston. Por ello, en abril de 1985, solo unos días después de la conversación mantenida por Flemmi con los agentes de la DEA en el club Marconi, Bulger y Flemmi quisieron confirmar que iba todo bien y que no había cambiado nada. John Morris había vuelto a la ciudad, y era hora de visitarlo.

Notas del capítulo doce [*].