Black Mass
7. Traición
Capítulo siete
Traición
L a responsabilidad de la flagrante brecha abierta en la confidencialidad de la operación de vigilancia electrónica de la policía estatal, que habría resultado devastadora para Bulger y Flemmi, recaía de forma directa en el FBI, y en un agente en particular. «Fue Connolly», admitiría más adelante Flemmi. Aunque Connolly no era el único agente de la Oficina Federal de Investigación que velaba por Whitey Bulger, cual socorrista oteando unas aguas infestadas de tiburones. Morris, añadió Flemmi, también les había facilitado cierta información secreta para que salieran bien parados. El supervisor, aseguró el gánster, contó a Bulger que otro agente había acudido a él en busca de información confidencial sobre los dos gánsteres. Morris interpretó esa consulta como señal de que estaba planeándose una nueva operación conjunta de vigilancia electrónica.
De hecho, antes de tener noticias de Connolly y Morris, a Flemmi le habían dado otro soplo sobre un posible micrófono de escucha portado por uno de los corredores de apuestas con el que Bulger y él tenían negocios. El corredor de apuestas afirmó haber obtenido la información de un agente de la policía estatal. Pero Flemmi fue el primero en reconocer que aquello eran datos recibidos de forma indirecta, rumores del mundo del hampa que no podían compararse con la sólida confirmación que Connolly no tardaría en proporcionarles. «Su misión era protegernos», comentó el gánster sobre la constante ayuda recibida por parte del agente federal.
Años más tarde, Connolly por fin reconocería que advirtió de la operación de escucha a Bulger y a Flemmi, pero en su versión lo justificaba como algo conveniente para sí mismo: afirmó que O’Sullivan se lo había pedido. Durante su declaración en el tribunal, Flemmi respaldó lo dicho por Connolly: «Jeremiah O’Sullivan dijo a John Connolly (que nos) iban a colocar unos micros en Lancaster Street y que él debía facilitarnos esa información».
El equipo de la fiscalía no aceptó la versión del agente federal, pues se trataba de una explicación mal argumentada que no cuadraba con el fervor del fiscal por meter a los gánsteres entre rejas ni con su vivido entusiasmo demostrado en las reuniones con los agentes de la policía estatal al hablar de la mentada operación. El testimonio de Flemmi se consideró una declaración para proteger al agente que había velado por él durante tantos años. Lo más probable, según la policía estatal, era que O’Sullivan hubiera confiado la información a Connolly en secreto por cortesía profesional —debe tenerse en cuenta que Connolly era, de hecho, el agente de contacto de Bulger y Flemmi—, y que el agente federal hubiera traicionado su confianza. En realidad, la policía estatal sospechaba hacía tiempo de ese doble juego por parte de la Oficina Federal de Investigación, y lo confirmó cuando uno de sus agentes encargado de la vigilancia identificó a Bulger sentado junto a Connolly en un coche aparcado en South Boston. Sin importar cuáles fueran los detalles, Morris y Connolly habían alertado a Bulger y Flemmi, y las filtraciones vertidas por el FBI habían perjudicado a otro cuerpo de seguridad del Estado en su objetivo de acabar con la banda irlandesa de Boston.
No obstante, entre la bruma de la cortina de humo generada por el asunto de Morris y Connolly, se vislumbraba una luz muy intensa. O’Donovan había descubierto un oyente entregado en el agente del momento, el nuevo jefe del FBI de Boston, el agente especial al mando Lawrence Sarhatt, quien no creyó en las explicaciones a las que recurrió Morris para defenderse. No le parecían creíbles y, cuanto más las rumiaba, más le obsesionaba una pregunta preocupante. Sarhatt se preguntaba si Bulger se habría convertido en un personaje más problemático de lo que valía la pena soportar. ¿Habría intimado demasiado el gánster de South Boston con sus agentes de contacto en el FBI? Más allá del asunto de la filtración, Sarhatt empezó a preguntar a Morris y a Connolly sobre la «idoneidad» de Bulger. Toda esa nueva línea de investigación acabaría poniendo en peligro la esencia del pacto que Connolly había logrado sellar cinco años antes.
El conflicto llegó a la mesa de Morris en una época difícil. En el ámbito doméstico, su matrimonio estaba desintegrándose. En lo profesional, su temeraria costumbre de irse de la lengua en las fiestas y llamar por teléfono a O’Donovan había estado a punto de acabar con todo. Además, el trabajo consumía la totalidad de su tiempo. Era el responsable de coordinar la estrategia para conseguir la autorización del tribunal federal que permitiría instalar un micrófono en el despacho de Gennaro Angiulo, en el número 98 de Prince Street. Estaba supervisando un plan disciplinario para los agentes de su brigada en expansión. Para colmo, había llegado Sarhatt cuestionando la piedra angular de la Brigada Nacional Contra el Crimen Organizado: la autopista de la información construida por Whitey y Stevie. Y lo más importante de todo, Morris sabía que estaba perdiendo el control de la bala perdida de su brigada, el artero y bien relacionado Connolly.
Connolly se había quedado lívido tras la forma tan temeraria en que Morris había abordado a un detective de policía durante la fiesta veraniega. Morris había intentado arreglar las cosas con Connolly. Durante la investigación sobre la filtración, Morris omitió en sus informes que Connolly también conocía el plan de vigilancia electrónica mucho antes de que él mismo se fuera de la lengua en la mentada fiesta una noche de viernes. El informe de Morris dejaba a Connolly al margen de la lista elaborada por el Departamento de Asuntos Internos sobre posibles responsables de la filtración. Sin embargo, Connolly estaba ejerciendo, más que nunca, su influencia sobre Morris, su personalidad explosiva abrumaba al jefe introvertido. «Debería haberle dicho que no a Connolly —admitió Morris—. Pero no quería enfrentarme a él». Tras capear una crisis generada por él mismo, Morris empezó a temer que existiera alguna conexión política entre Connolly y un vengativo Billy Bulger, y entre la fraternidad de Connolly, natural de South Boston, con el peligroso Whitey.
A finales de 1980, cuando la investigación interna del FBI evolucionó desde la simple supervisión para averiguar la procedencia de la filtración a un análisis más peligroso de la condición de Bulger, Morris se conchabó con Connolly en su intención de convertir el conflicto al que se enfrentaban en una de las clásicas batallas típicas de South Boston, esas de «nosotros contra el mundo», contra todos los ajenos al barrio. Para refutar las tribulaciones de Sarhatt, tendrían que probar que Bulger y Flemmi eran activos valiosísimos a los que la policía estatal intentaba anular por una simple cuestión de celos. Harían hincapié en el potencial de Bulger y, para ello, se remitirían a su elevado estatus en la línea de mando del FBI, no a su trayectoria delictiva. Sin importar qué hiciera falta con tal de lograrlo, era la única forma que tenían para obligar a Sarhatt a entrar en razón.
Como el nuevo hombre del FBI en la ciudad, Sarhatt no tardaría en aprender que la tempestuosa Boston no se parecía en nada a su anterior destino en el aletargado Knoxville, en Tennessee. Nunca antes, en sus dos décadas de trayectoria profesional, se había encontrado con una trama de traición tan enrevesada. No obstante, estaba decidido a llegar hasta el fondo de la cuestión. Era prácticamente el único agente del FBI que consideraba a O’Donovan, de la policía del estado, como un profesional honesto con un grave problema entre manos. Azuzado por O’Donovan, Sarhatt insistió en realizar preguntas más delicadas a Morris y siguió obteniendo respuestas más engañosas. Tras semanas de rodeos dialécticos e informes insustanciales, Sarhatt empezó a hablar a las claras sobre la posibilidad de cesar la actividad de Bulger como confidente. Le preocupaba que, si la policía del estado conocía los vínculos del gánster con el FBI, también los conocieran los demás presentes en la mesa redonda de la reunión en el Ramada. Si todos esos policías estatales y agentes de policía locales lo sabían, quería decir que, en última instancia, la información de alto secreto llegaría a oídos del hampa de la ciudad. De hecho, a Sarhatt le preocupaba que la condición de confidente de Bulger ya fuera conocida y que acabaran matándolo, lo que mancharía de sangre las manos de todos ellos. Además, se preguntaba si la información aportada por Bulger era fiable al cien por cien. Empezó a plantearse el sacrilegio: cesar a Bulger.
Sin embargo, Morris y Connolly tenían otra propuesta: involucrar a Bulger y a Flemmi en el caso más importante de la historia de la oficina del FBI de Boston, la instalación de micrófonos en el cuartel general de Angiulo. Se trataba de un plan brillante, y John Morris se encontraba en una posición en extremo privilegiada. Era como un policía de tráfico que dirigía a los actores de ambos bandos para situarlos de forma conveniente sin obstrucciones de ninguna clase por parte de la Brigada Nacional contra el Crimen Organizado.
Conseguir una autorización judicial para la instalación de un micrófono requería marcar unos cuantos tantos legales, que, en general, estaban relacionados con proporcionar al tribunal información detallada sobre la ubicación específica en la que el FBI pretendía ejercer esa invasión a la intimidad. La Oficina Federal de Investigación, en colaboración con fiscales del despacho de Jeremiah O’Sullivan, debía demostrar al tribunal que tenía una «causa probable» para violar el derecho del mafioso, de otra forma protegido por la Constitución, a no ser intervenido. En otras palabras, el FBI debía probar que los Angiulo usaban el despacho como base de actuaciones y que era posible que cometieran delitos en ese lugar.
Con tal de obtener la información secreta de que Gennaro Angiulo gestionaba sus negocios ilegales en el 98 de Prince Street, Morris recurrió a una serie de confidentes que frecuentaban el lugar. Esos seis confidentes aproximadamente —jugadores ilegales y corredores de apuestas que visitaban con regularidad Prince Street para hacer negocios con los Angiulo— aportaron a la brigada del FBI una información secreta amplia e impresionante. Muchos de ellos rendían cuentas a Connolly, pero uno —el mejor confidente del grupo— informaba a Morris. Ese infiltrado era un corredor de apuestas consolidado de la ciudad de Chelsea, al norte de Boston, y Angiulo dependía de la visión para los negocios del corredor de apuestas.
Por su parte, Whitey rara vez había pisado el 98 de Prince Street, si es que había estado allí en alguna ocasión. La mafia estaba cansada del descarado Bulger. Era irlandés y acaparaba los beneficios de South Boston. Sin embargo, Flemmi siempre había sido un favorito de la mafia. Era italiano y tenía una larga historia como implacable recaudador de acreedores de los préstamos de usura pendientes de pago en la zona del North End. Aun así, Flemmi solo había estado en el despacho de Angiulo cuatro o cinco veces.
Durante el otoño de 1980, uno de los fiscales federales asignado a la colaboración con el FBI estaba dando ya los últimos retoques a la solicitud al gobierno para la autorización de la vigilancia electrónica, conocida como «Solicitud T3». Con meticulosa atención al detalle, el documento incluía los informes de agentes de Morris y de los confidentes de esos agentes. No había mención alguna ni a Bulger ni Flemmi.
Morris y Connolly debían encontrar una forma de sacar partido al despacho de Prince Street a su conveniencia, y la T3, a pesar de encontrarse en su última revisión, todavía no estaba completa. Les quedaba tiempo, y durante los frenéticos días previos a su presentación en el juzgado, Morris y Connolly se emplearon a fondo en lograr su objetivo. El plan consistía en conceder todo el crédito del acceso al 98 Prince Street a Bulger y Flemmi.
Empezaron encargando a Morris que «limpiara» cierta documentación existente. Desde la investigación sobre las carreras hípicas amañadas, Flemmi había sido cesado como confidente. (Morris había readmitido a Bulger en 1979, pero se habían olvidado de Flemmi). Flemmi ni siquiera sabía que lo habían cesado y seguía reuniéndose con Connolly con la misma frecuencia de siempre; debían readmitirlo oficialmente para poder ser incluido en la solicitud T3. Morris propuso la readmisión en un teletipo enviado al cuartel general del FBI, en la ciudad de Washington. El nuevo nombre en clave del gánster era Shogun, término utilizado en la antigüedad japonesa para designar a los gobernantes militares en la sombra que proporcionaban información secreta a los auténticos emperadores.
A continuación se celebró una reunión entre Morris y Sarhatt, el 10 de octubre. El importante agente del FBI de Boston contó a Morris, sin andarse con rodeos, que estaba pensando en cesar a Bulger. Las peligrosas reflexiones de Sarhatt provocaron que Morris y Connolly metieran la quinta marcha. Convocaron una reunión urgente para esa misma noche en el ático que tenía Bulger en Quincy. Explicaron a sus confidentes la crisis a la que se enfrentaban. Después, los intrigantes agentes comunicaron que querían añadir a Bulger y a Flemmi en la solicitud T3, todavía pendiente de resolución, como confidentes secretos adicionales que habían aportado información fundamental sobre el 98 de Prince Street.
Para mitigar la preocupación de Sarhatt sobre el valor de Bulger como confidente, Morris y Connolly habían ideado un golpe maestro: una aparición estelar entre las cuatro paredes del 98 de Prince Street. Flemmi podría entrar con facilidad al lugar. Pero, según el plan, Bulger pasaría por allí para que los agentes pudieran transformar al visitante casual en el auténtico protagonista. Era una solución de ensueño: rescatar a Bulger para hundir a Angiulo. Una vez aplicada, Sarhatt no podría oponerse a los dos agentes salvo que quisiera rechazar a los colaboradores que habían ayudado al FBI a encontrar su Santo Grial: un caso de éxito seguro contra la mafia de Boston.
El último obstáculo que debía salvar el enrevesado plan era cierto miedo escénico que atenazaba a Bulger y a Flemmi. El dúo tenía tablas y sabía que un micrófono en el despacho de Angiulo proporcionaría, de modo inevitable, pruebas sobre sus propios negocios en el juego ilegal, sus empresas conjuntas de préstamos de usura con Angiulo, y quizá sobre algunos de los asesinatos cometidos por Flemmi en el pasado. Más tarde, Flemmi afirmaría que tanto Bulger como él habían presionado a Morris y a Connolly para saber si serían imputados por delitos revelados durante las conversaciones grabadas en la vigilancia del 98 Prince Street. Flemmi llegaría a decir que los agentes «nos aseguraron que no tendríamos ningún problema y que no nos preocupáramos por ello». El FBI, les insistieron, haría la vista gorda con todos los delitos que no fueran asesinatos.
Como se sentía seguro, Bulger también desestimó la afirmación de la policía estatal de que se había destapado su auténtica condición de infiltrado y que, por ello, su vida corría peligro. Dijo que los únicos gánsteres a la altura de realizar el trabajo de «quitarlo de en medio» eran aquellos que jamás creerían que él era confidente: la mafia de Boston. Afirmó que su única preocupación era que la debilidad aparente de la banda de Winter Hill, con algunos de sus líderes en la cárcel y otros, prófugos de la justicia, pudiera animar a Angiulo a realizar «algún movimiento» contra él con tal de reclamar el territorio y la autoridad perdidos. Los cuerpos de seguridad del Estado no eran una preocupación ni tan siquiera digna de ser mentada.
Dentro del FBI, Connolly y Bulger formaron equipo y colaboraron en la redacción de un extraordinario informe que redujo al agente al papel de escribano del enfurecido gánster. Replanteando la situación como ataque político, el informe interno de Connolly afirmaba que Bulger consideraba a la policía estatal como parte de una conspiración para avergonzar a su hermano Billy. El texto era una versión moderada de un editorial publicado por The South Boston Tribune, que cargaba las tintas contra los intrusos del otro lado de Fort Point Channel. Muy en la línea del ya familiar «nosotros contra el mundo».
Además, proseguía el informe, Whitey quería que se supiera que los policías estatales estaban intentando convertir a Connolly en cabeza de turco para justificar sus propios errores en el taller de Lancaster Street. Había que prestar especial atención a los actores, señalaban Bulger y Connolly, algunos de esos mismos policías del estado habían trabajado para el fiscal del distrito del condado de Norfolk, William Delahunt. Todos actuaban movidos por su sed de venganza ante el reciente éxito de Connolly en la investigación sobre el confidente de la policía estatal que había resultado ser un asesino, Myles Connor, y que precisamente era quien daba los chivatazos con los que acusaba a otros de sus crímenes.
El equipo de Bulger y Connolly llegó hasta el punto de situar la trama conspirativa en el capitolio de Massachusetts. El informe afirmaba que Delahunt y un aliado político, el Fiscal General Francis Bellotti, estaban tramando vengarse de Billy, porque el presidente del Senado había rechazado una propuesta de ley que habría permitido a Bellotti el uso personal de ochocientos mil dólares de sus fondos de campaña. Whitey llegó a protestar porque la policía estatal estuviera propagando el rumor de que Connolly le pasaba información a través de Billy.
El informe del agente del FBI invocaba la máxima de South Boston: tomar represalias siempre que los foráneos ataquen. Pero le salió el tiro por la culata. Sarhatt se encontró de pronto sobre la mesa una polémica que salpicaba a muchos. Tenía delante el estrambótico informe de un agente arrogante en nombre de un confidente erigido en titular y lleno de ataques a la gestión interna, indocumentados e incluso ridículos, donde se hablaba de enemigos políticos sedientos de venganza. Para Sarhatt, el informe no hizo más que intensificar sus preocupaciones iniciales.
Tras haber vertido toda su bilis sobre el papel, Bulger por fin se puso manos a la obra y proporcionó información secreta sobre Prince Street. No era mucha, aunque la cantidad no importaba. Necesitaban material que poder adornar y redactar. Lo importante era la percepción de la realidad, no la verdad.
Un fresco día de otoño, a finales de noviembre, agente y gánster acudieron a una cita programada por Flemmi. Hablaron con Danny Angiulo. Jerry ni siquiera estaba presente. Danny se lamentó sobre la mala temporada de apuestas en el terreno del fútbol americano, y hablaron de que Vincent Ferrara, el Animal, un mafioso emergente, había accedido a encargarse del cobro de una deuda de sesenta y cinco mil dólares, contraída en el blackjack, que Billy Settipane debía a Larry Zannino.
Informes posteriores ensalzaban la misión como vital para dar caza a Angiulo, aunque no se reflejara nada al respecto en el texto inicial redactado por Connolly. El agente llegó a conceder a Flemmi el crédito de haber facilitado la información relativa a la misión de Ferrara con respecto a Zannino, pero no a Bulger. Sin embargo, pocos meses más tarde, cuando Connolly dejó constancia escrita de la tan publicitada visita a Prince Street en informes más largos, en los que enumeraba las importantes aportaciones de Bulger, afirmó que el gánster había facilitado información detallada sobre el importantísimo caso. No obstante, jamás explicó de qué se trataba. Morris y otras personas testificaron más adelante que Bulger y Flemmi realizaron un reconocimiento del sistema de seguridad de Angiulo, y que Flemmi dibujó un plano del despacho para los agentes.
En realidad, los valiosos confidentes solo contaron al FBI lo que ya se sabía: la situación de puertas y ventanas, y que no había ninguna alarma a la vista. Morris admitiría más tarde que la incursión resultó útil, pero no lo suficiente para obtener la autorización judicial con tal de instalar los dispositivos de escucha. Aunque, en ese momento, dio los frutos deseados: Bulger y Flemmi lograron ser incluidos en el importantísimo documento T3.
Con todo, aunque Morris y Connolly insistieran en su particular enfoque de la operación en el 98 de Prince Street, Sarhatt quería más: un encuentro cara a cara con el jefe del crimen organizado de South Boston para convencerse de que conservarlo como confidente era lo adecuado. Connolly recurrió a sus numerosos contactos en toda la ciudad para conseguir una habitación en el hotel del aeropuerto de Logan con muy poca antelación.
Aunque la reunión solicitada era un tanto peliaguda, Whitey llegó a ella con la única compañía de su ostentosa confianza. Flanqueado a derecha e izquierda por sus agentes de contacto del FBI, era el hombre más relajado de la pequeña habitación. Se sentó frente a Sarhatt en una de las sillas baratas, se llevó las manos entrelazadas a la nunca y plantó sus botas de vaquero sobre la mesita de centro. Habló durante cuatro horas sobre su relación con la Oficina Federal de Investigación y sobre su vida en el mundo del crimen organizado.
Bulger se definió como un incondicional del FBI. De hecho, dijo, su familia al completo era admiradora de la Oficina Federal, admiración que se remontaba a 1956, cuando nada más y nada menos que el agente Paul Rico, el que fuera agente de contacto de Flemmi, se personó en el hogar familiar de Bulger para tranquilizar a sus padres cuando detuvieron a Whitey por el atraco a una sucursal bancaria. Para él había sido una experiencia tan transformadora, confió Bulger a Sarhatt con gesto serio, que no había vuelto a «odiar a todos los cuerpos de seguridad del Estado» de forma generalizada. Dedicó alabanzas a su buen amigo del barrio y afirmó que sus «sentimientos sinceros» hacia Connolly consolidaron su afinidad con el FBI.
Bulger también facilitó información secreta sobre la policía estatal con el fin de sesgar la opinión institucional contra el cuerpo de seguridad local. Aseguró a Sarhatt que aunque la policía estatal conocía su labor de confidente, a él no le preocupaba su seguridad personal. Volvió a utilizar su respuesta estándar de que ningún gánster creería jamás que él pudiera ser un soplón. «Les resultaría demasiado inverosímil», dijo al jefe del FBI e hizo hincapié en su voluntad de seguir siendo un confidente en activo. También se empleó a fondo en la descalificación de O’Donovan, y llegó a decir que los comentarios peyorativos del detective sobre el FBI arruinaron su encuentro a finales de la década de 1970. Recurriendo a una página del informe de Connolly, dijo que se había «sentido muy agraviado» con las críticas y que había salido en defensa del FBI, y había halagado a Morris y a Connolly por ser «siempre los más profesionales en todos los sentidos».
Por último, refiriéndose ya a la reunión en cuestión, Bulger negó que el FBI le hubiera filtrado la información de que la policía estatal pretendiera ponerle un micrófono. Dijo a Sarhatt que se había enterado por un policía del estado. En un acto de brutal desafío al protocolo que debía cumplir un confidente, Bulger se negó a identificar al policía, y se limitó a decir que le habían dado el chivatazo como favor y no como «acto corrupto». Para la policía estatal, el que Bulger se negara a identificar a un topo infiltrado en los cuerpos de seguridad del Estado era un ultraje que, además, conllevaba un alto riesgo. Sarhatt debía planteárselo como un simple dilema interno: o se identificaba al responsable de la filtración o se cesaba a la fuente. De no hacerlo así, Bulger seguiría teniendo a su presunto soplón en la policía estatal, mientras agentes comunes y corrientes, como Bob Long, Jack O’Malley y Rick Fraelick, arriesgaban la vida para dar caza a un delincuente que siempre sabía de antemano cuándo iban a llegar.
Pero Sarhatt reaccionó en un abrir y cerrar de ojos.
La reunión en el hotel del aeropuerto sin duda preocupó al agente especial al mando, que regresó a su despacho en el centro de la ciudad con graves tribulaciones sobre la credibilidad de Bulger. Pero él era el nuevo hombre sin aliados. Los agentes de máximo nivel para la lucha contra el crimen organizado que tenía a su cargo querían conservar a Bulger como confidente y recurrir a él para los casos pendientes relacionados con la mafia. Mientras pensaba en qué hacer, Sarhatt consultó a O’Sullivan. Cuando le preguntó cuál sería el auténtico impacto de cesar a Bulger, O’Sullivan sacó las uñas y dijo que supondría un gran obstáculo para el objetivo de acabar con la mafia. Con su tono parco y arrogante, O’Sullivan respondió a Sarhatt que Bulger era crucial para la madre de todos los casos de la mafia, la inminente intervención con micrófonos de Prince Street. «Crucial» se convirtió en el adjetivo comodín entre los centinelas que velaban por el pacto secreto entre el FBI y Bulger. En cierta forma, y en pocas semanas, Bulger había pasado de ser un lastre problemático, causante de fallas sísmicas dentro de los cuerpos de seguridad del Estado, a ser una clave de su futuro. Connolly y Morris lo habían hecho bien.
Sin duda alguna, el implacable O’Sullivan consideró la cuestión desde su estricta óptica, característica de un fiscal. Estaba a favor de prácticamente cualquier cosa que lo aproximara más a acabar con los Angiulo, y, para ello, necesitaba a la Brigada Nacional contra el Crimen Organizado dirigida por Morris y Connolly. Para el fiscal instigador, Bulger suponía hasta tal punto el medio para llegar a un fin que dijo a Sarhatt que lo retuviera «sin tener en cuenta sus actividades actuales». Con esa recomendación se refería a una gran variedad de trapos sucios. Aquello templó las cajas a Sarhatt, quien soportaba convivir con agentes disgustados, pero tendría que vérselas con el nuevo fiscal jefe si este se ponía en su contra.
Como un inesperado y rápido golpe al estilo uno-dos de boxeo, Connolly envió a Sarhatt, sin demora, un largo informe donde justificaba la continua colaboración de Bulger y que incluía una lista de sus colaboraciones a lo largo de los cinco años anteriores. Aunque la reciente visita de Whitey al despacho de Angiulo no había aportado información nueva de ninguna clase, Connolly se refirió a Prince Street como la pieza central de los logros que convertían a Bulger en el confidente de «más alto calibre» en la historia más reciente del FBI.
El informe del agente constituía el ejemplo de documento manipulado por antonomasia. Abarcaba todo el espectro de la cuestión y prácticamente elogiaba a Whitey Bulger como combatiente del crimen organizado. Connolly le concedía un crédito exagerado, y en ocasiones falso, por la resolución de asesinatos, por haber salvado la vida a dos agentes del FBI y salir en titulares por la información que había facilitado sobre el asalto a un banco. Morris intervino para secundar el discurso y afirmó que perder a Bulger constituiría un «golpe letal» para la Brigada Nacional de Lucha contra el Crimen de la Oficina Federal de Investigación.
En el momento en que el informe de Connolly llegó a la mesa de Sarhatt, el 2 de diciembre de 1980, el jefe ya había consultado a todo el mundo. Era hora de tomar decisiones. Había hablado con el mismísimo protagonista, discutido con los agentes implicados y se había preparado con el mejor fiscal de la ciudad. Cualquier reticencia que Sarhatt hubiera tenido hasta entonces se redujo a una última exigencia, con la que pretendía salvar el pellejo y que garabateó al pie del pomposo informe de Connolly. Sarhatt ordenó que se colocara un «recordatorio» en el archivo de Bulger para que el asunto fuera revisado tras un periodo de tres meses. No obstante, tal como estaban las cosas, se trataba de una simple formalidad burocrática. Connolly se encargaría de esa revisión bajo la supervisión de Morris. Whitey estaba fuera de peligro.
Tras la resolución del problema, el agente de contacto se libró del conflicto con la policía estatal e incluso obtuvo una «bonificación» profesional, o mención especial, por su informe sobre la misión de incógnito de Bulger en Prince Street. Se trataba de un reconocimiento formal de gran trascendencia en la Oficina Federal de Investigación. Premiaba con primas salariales a los agentes con confidentes que hubieran aportado parte del material contenido en los T3.
Cuando todo estuvo dicho y hecho, el embrollo de Lancaster Street tuvo un final descorazonador al más puro estilo Contra el imperio de la droga, la película en la que los narcotraficantes se van de rositas y los policías son reasignados a otra misión.
La policía estatal no obtuvo más que lo que uno de ellos llamó «una gran bolsa llena de aire». La arriesgada operación para localizar a los cabecillas del crimen organizado de la banda de Winter Hill y de la mafia fue saboteada y acabó arruinada.
El sargento de policía Bob Long fue reasignado a la brigada de narcóticos. Pasados unos meses, se emprendió una campaña en la Cámara de Representantes para acabar con el liderazgo de la policía estatal como uno de los cuerpos de seguridad que dirigían las investigaciones sobre el crimen organizado, lo que incluía a O’Donovan y a otros cuatro profesionales.
Durante una de esas sesiones que se alargaban hasta altas horas de la noche, y que se convirtieron en un hito en el largo reinado de Billy Bulger como presidente del Senado de Massachusetts, su cámara aprobó una enmienda anónima a los presupuestos del estado. Fue una venganza de simplicidad exquisita y de perversa carga personal. Una breve cláusula, cuya autoría no había dejado rastro, precisaba que los agentes de cincuenta años o más —O’Donovan, comandante de policía, y tres capitanes— debía tomar una decisión: o aceptar una reducción de sueldo y degradación de rango o jubilarse. La cláusula también afectaba al inspector jefe de la Oficina del Fiscal del Distrito, el comandante John Regan.
Tras varios días de nervios y protestas de los agentes encargados de la seguridad pública sobre un complot dirigido por el crimen organizado, el gobernador del Estado vetó la ley. Pero la situación ya había quedado clara.
Notas del capítulo siete [*].