Black Mass
18. Café Heller’s
Capítulo dieciocho
Café Heller’s
U n día de noviembre que anunciaba la llegada del invierno, un policía estatal patrullaba en su coche, con toda tranquilidad, por un edificio de ladrillo vista abandonado, con barrotes de hierro en las ventanas y un gigantesco cartel luminoso de cerveza Schlitz sobre el portal de entrada. El detective Joe Saccardo empezó a asentir en silencio para sí, mientras iba pasando junto a unos coches de carrocería impecable aparcados en una zona de chabolas. «Demasiados Cadillac para ser el centro de Chelsea —pensó—. Está claro que el café Heller’s es un antro de corredores de apuestas».
Sin embargo, en el interior de la taberna, el dueño estaba haciendo algo más que repartir boletos de quinielas. Michael London se entregaba a la tarea de ordenar sus cheques, y sumar parte de los quinientos mil dólares en papel que él convertía en metálico todas las semanas para los corredores de apuestas más importantes de la región. London empezaba a consolidarse como banquero clandestino en 1983. Tras empezar con un pequeño antro de apuestas en un bar heredado de su padre, había ascendido en la cadena del juego ilegal transformando los cheques en vil metal. Los corredores de apuestas lo llamaban «El Hombre del Cheque». A principios de la década de 1980, empezó a distanciarse de la clientela local para pasar a la gran red de cuantiosas apuestas deportivas, dirigida por los corredores judíos vinculados a Winter Hill y, en menor medida, por la mafia. London se había convertido en el hombre al que había que visitar cuando los corredores de apuestas y los hombres de negocios querían ocultar sus beneficios a Hacienda.
Cuando Saccardo detuvo el coche patrulla, también se dedicó a contar. Anotó docenas de matrículas de los elegantes coches aparcados delante del café Heller’s. Ya en la comisaría, el agente de policía introdujo los números de matrícula en el ordenador y obtuvo una lista de la flor y nata del mundo de las apuestas ilegales de Boston: Chico Krantz, Jimmy Katz, Eddie Lewis, Howie Levenson, Roberto, alias Vinny el Gordo. Incluso Joey Y., o Joseph Yerardi, un gánster más que corredor de apuestas, que había sacado el dinero a la calle para Winter Hill y estaba autorizado a recaudar los tributos o «alquileres».
Bingo. Saccardo había encontrado mucho más que un antro de corredores de apuestas; había dado con el banco de la mafia, un lugar donde las pérdidas de los jugadores —en cheques con cinco cifras al portador o nominales con apelativos ridículos como Ronald Gambling o Arnold Palmer— se convertían en pagas y beneficios. En sus momentos de apogeo la taquilla con cristales blindados situada en el fondo de la sala hacía una caja de cincuenta millones de dólares al año en metálico. También producía un millón de dólares en honorarios para London, quien lo amontonaba bajo un puente destartalado de un callejón secundario en una ciudad deteriorada.
De forma muy conveniente para él, quedó en manos de Joe Saccardo de la policía estatal de Massachusetts el echar el guante a la versión bostoniana de Meyer Lansky. London manipulaba dos cuentas en un banco local con unos ochocientos mil dólares en dinero de la familia y retiraba la misma cantidad todas las semanas al cobrar los cheques. Era una buena estrategia. El banco local podía contar con el dinero sin tener que pagar intereses, y hacía el favor a London exigiéndole que solo declarase a Hacienda las transacciones con dinero en efectivo de más de diez mil dólares. Utilizó ese sistema para comprar una casa en Weston, el barrio más rico de Massachusetts, y una casa de veraneo en West Hyannisport, no muy lejos del complejo familiar donde residían los Kennedy.
Aunque la mayoría de clientes que apostaban en el antro de London estaban afiliados a la banda de Bulger, se sentía atraído por la arrogancia de Vincent Ferrara, un deslumbrante capo que se había convertido en un parroquiano tan habitual del Heller’s que tenía su propia mesa. London veía a Ferrara como miembro prometedor de la mafia y dedicó su taberna a la estrella en alza que era Vinny.
London y Ferrara se caían bien, tenían la misma visión del dinero como una cuestión que iba más allá de contar con efectivo o la posibilidad de comprar un coche nuevo. London empezó a colaborar en la tarea de meter en cintura a los corredores de apuestas gorrones en nombre de Ferrara, y los reprendía con charlas intimidatorias. «Tendrás que pagar a un bando o a otro tarde o temprano —les decía—. Solo quiero que sepas cómo funcionan las cosas para que no acabes saliendo mal parado». Con el tiempo, London se convirtió en la versión mediocre del corredor de bolsa de Wall Street que presiona a sus clientes para que traten con un banquero inversionista que le paga sobornos. Los dos hombres tenían gustos similares. Ambos se habían comprado el mismo Mercedes plateado de dos plazas, y Ferrara convenció a London para que llevara una pequeña tienda de venta de canes que había comprado en Nueva York por cinco mil dólares. También compartían los beneficios de los préstamos de usura.
Después de que Joe Saccardo entregara la lista de las matrículas y sus correspondientes dueños a sus jefes, supieron qué información tenían entre manos. En lugar de hacer los preparativos para una rápida redada, llamaron a los refuerzos. Se creó una unidad de lucha contra el crimen de investigadores de la policía, agentes del FBI e inspectores de Hacienda. En otra época, las diversas agencias hacían poco más que interponerse en el camino del otro. Costó tres años de vaivenes colocar un micro en la taquilla de cobro del café Heller’s y pinchar dos teléfonos. Los investigadores hicieron el seguimiento de los micrófonos desde un camión de obra situado en las cercanías, durante los últimos dos meses de 1986. Cuando la operación finalizó, nadie estaba del todo seguro de qué habían conseguido, aunque sí sabían lo siguiente: Vinny y Mike tenían un problema. En diciembre, el equipo policial entró con brusquedad en el bar y puso a todo el mundo contra la pared. Pero el echar el guante a la embriagada clientela no significaba nada en comparación con las cajas de cheques incautadas y que se llevaron al cuartel general del FBI en Boston.
Poco después, London dijo a Jimmy Katz, un corredor de apuestas al que habría de llegarle su día, «va a montarse un buen follón. No enseguida. Pero ocurrirá». London sabía que las cajas de cheques, correspondientes al periodo comprendido entre 1980 a 1986, sumarían doscientos millones de dólares.
Aunque los cheques incautados y las cintas eran la más valiosa prueba que la policía pudiera haber conseguido, la totalidad del caso quedó empantanado en el FBI, en 1987. La Oficina Federal de Investigación tenía la certeza de que había un capo de la mafia involucrado entre toda esa pila de datos, pero se mostraba poco entusiasta a la hora de seguir investigando. En la Oficina del Fiscal General estadounidense, Jeremiah O’Sullivan acababa de cerrar el caso de Angiulo y estaba listo para combatir contra los temerarios recién llegados a la familia mafiosa. Mientras los fiscales federales revisaban las grabaciones, O’Sullivan hizo una selección personal de esos objetivos para su unidad de lucha contra el crimen y desestimó a los demás. Su valoración era la siguiente: «Cogeremos a Vinny, y alguien más tendría que encargarse de London. Y, ah, a lo mejor también encontramos algo aquí mismo».
Desde luego que podían encontrar algo. El simple hecho de encargarse de Ferrara suponía adelantar un puesto en la cola de corredores de apuestas hacia la ventanilla de la caja de Michael London, a quien estaban extorsionando Whitey Bulger y Stevie Flemmi. London dijo en una ocasión a Chico Krantz, el principal corredor de apuestas con el que tenía un pacto a largo plazo, que «comprara italiano». «Stevie no tiene los cojones que tiene él (Vinny). Vinny trabajará para ti (…) Se encargará de los, te proporcionará protección personal. Stevie no hace nada. El tío que yo te digo se liaría a golpes con un bate de béisbol por ti». En otra conversación de Mike London con un corredor de apuestas apodado «Beechi», el primero exponía las tristes circunstancias en las que se encontraban: había que pagar a Ferrara o «los otros tíos se quedarán con tu cara (…) Stevie y Whitey». Sin embargo, ningún miembro de los cuerpos de seguridad federales parecía emocionado ante las pruebas que implicaban a Bulger y Flemmi.
Después de que O’Sullivan escogiera a Vinny a partir de las grabaciones, las cajas de cheques se quedaron guardadas acumulando polvo. Varios fiscales habían echado un vistazo a la sala de pruebas y habían vuelto por donde habían llegado. Nadie quería pelearse con un caso lleno de compleja documentación para llevar a prisión al dueño de un bar de Chelsea. Joe Saccardo acabó convenciendo a un fiscal joven y apasionado, llamado Michael Kendall, para que revisase las pruebas.
Aunque el almacén estaba desbordado, la calidad de las pruebas incautadas era inmejorable. Kendall tuvo la paciencia de ordenar la documentación y preparar una gráfica donde mostraba cómo doscientos millones de dólares en pérdidas de juego y pagos de préstamos de usura se habían convertido en dinero contante y sonante. Dos años después, London fue condenado por blanqueo de dinero y delitos relacionados con el crimen organizado. Tendría que cumplir una condena de quince años.
Chico Krantz no fue más que una nota a pie de página en la acusación de London, pero Saccardo empezó a presionar para poner en marcha una segunda oleada de imputaciones a partir de lo encontrado en el café Heller’s, quería echar el guante a todos los corredores de apuestas que estaban pagando el alquiler. No sabía cuáles podrían ser los delitos, pero se planteó si una combinación de varias circunstancias no acabaría ayudándolos a imputar a Bulger. Kendall se excusó, no obstante, arguyendo la cantidad de casos que tenía entre manos.
Entonces se dio una de esas casualidades cotidianas, aunque mágicas. Kendall recordó que Fred Wyshak se había encargado de un caso parecido, relacionado con el cobro de cheques, y fue a hablar con él sobre Chico Krantz. Quiso la suerte que Chico empezara a ser el centro de atención en otra investigación sobre varios corredores de apuestas, llevada a cabo por la Unidad de Servicios Especiales, dirigida por el sargento Tom Foley. La policía estatal se había puesto como objetivo encontrar a todos los corredores de apuestas que trataran con Whitey Bulger y, al igual que en el café Heller’s, Chico era el primero de la cola.
De pronto, Chico, el as de las apuestas, empezaba a barajarse, además, como el testigo perfecto contra Whitey Bulger. Había estado pagando el alquiler al aislado Bulger durante casi veinte años. Fue uno de los primeros en conocer la existencia del nuevo sistema de pagos mensuales del alquiler, cuando Bulger se lo explicó en 1979. Bulger lo amenazó de muerte cuando Chico se retrasó a la hora de pagar una deuda a otro corredor de apuestas. Y su largo historial de pagos a Whitey daba cuenta de la expansión del imperio de Bulger. Con el paso de los años, el alquiler mensual satisfecho por Chico había aumentado desde los setecientos cincuenta dólares hasta los tres mil.
La perdición de Chico empezó más o menos en el mismo momento en que Mike London fue condenado, en 1990. La policía tenía como objetivo una red de corredores de apuestas con vínculos con la mafia. Vinny el Gordo y sus hermanos gestionaban la actividad diaria de treinta cinco apostantes que se dejaban quinientos mil dólares a la semana en apuestas. Sin embargo, la gran recompensa de la investigación sobre Vinny fue el descubrimiento de que Krantz era su jefe y que incluso se encargaba de establecer el horario de trabajo de sus hermanos. Lo mejor de todo fue que un policía estatal de incógnito siguió a Vinny hasta la casa en las afueras de Chico, donde el primero dejó un paquete. Consiguieron una orden de registro de la vivienda de Krantz, donde encontraron las llaves de las cajas de depósitos de un banco, en las que guardaba dos millones de dólares en efectivo.
Después de que Krantz fuera detenido por delitos relacionados con el juego ilegal durante 1991 en las viviendas policiales de las afueras de Boston, se dirigió al sargento Foley.
—¿Cómo es que esta vez la policía ha ido a mi casa? — preguntó Krantz.
Foley se encogió de hombros.
—¿Adónde quieren ir a parar con esto?
Foley volvió a encogerse de hombros.
Más o menos una semana después, con Krantz en libertad bajo fianza, Foley se reunió con el jefe de los corredores de apuestas en su casa de Florida, y hablaron durante dos días sobre los corredores de apuestas y la banda de Bulger. Krantz no facilitó mucha información, ya que habló en términos generales sobre Flemmi, George Kaufman y Joe Yerardi. Aunque sí accedió a convertirse en «CC», confidente confidencial.
Con un ambivalente Krantz a la espera de ser escogido como confidente, los fiscales y la policía estatal empezaron a revisar las pruebas de las grabaciones del café Heller’s y con el caso relacionado del condado de Middlesex County, que se había iniciado con Vinny el Gordo. Wyshak no tardó en centrarse en las operaciones de cobro de cheques ampliando el radio de acción a otros lugares de Boston, entre los que se incluía el Heller’s. Los investigadores recolectaron cajas de cheques, algo muy parecido a lo conseguido por Kendall en la acusación de London, y separaron y contaron fajos de cheques que superaban el límite de diez mil dólares que debían declararse a Hacienda.
En ese momento, la presión ejercida sobre Krantz aumentó un punto. En 1992, el estado presentó los cargos por actividades relacionadas con el juego ilegal contra él, y entregó las pruebas a la Oficina del Fiscal General de Estados Unidos. En septiembre, Foley dijo a Krantz que su mujer y él, que habían cobrado los cheques en nombre de Chico mientras él estaba enfermo, iban a ser acusados por blanqueo de dinero. Foley llegó a enseñarle las copias de los borradores de las acusaciones. Chico lanzó un suspiro y pidió una noche para pensarse el trato.
Al día siguiente, Krantz consiguió un nuevo abogado y dejó de jugar al gato y al ratón. Se convirtió en confidente para entrar en el programa de protección de testigos. Rellenó las lagunas que había en sus primeras declaraciones y, finalmente, habló sobre Whitey Bulger y su falsa lealtad.
En noviembre, Chico y otros siete corredores de apuestas del café Heller’s fueron acusados por blanqueo de dinero dentro de un sistema a gran escala de cobro de cheques. En 1993, aproximadamente en la misma época que London fue condenado, Chico Krantz entraba en otro tribunal, bajo fuertes medida de seguridad, y se declaraba culpable. Pagó formalmente dos millones de sanción en efectivo, aunque había hecho el trato secreto con el Gobierno de recuperar la mitad si colaboraba. Admitió haber blanqueado dos millones de dólares en cheques, gran parte de ellos en el Heller’s. También se convirtió en el testigo principal de la lista para la elaboración del caso contra Bulger y Flemmi.
Jimmy Katz, quien también había blanqueado grandes cantidades de dinero gracias a la actividad en el Heller’s, se vio atrapado en las arenas movedizas entre Fred Wyshak y Stevie Flemmi. Justo antes de que se iniciara el juicio contra Katz, Flemmi se reunió con él en una hamburguesería del centro de Boston. Flemmi le contó la parábola de Eddie Lewis, otro corredor de apuestas de la zona de Chico. Lewis se había negado a testificar sobre el «alquiler» a cambio de inmunidad ante un gran jurado, y había acabado cumpliendo dieciocho meses de prisión por desacato. Llegados a ese punto, Stevie fue al grano. Moraleja: si Katz iba a la cárcel y guardaba silencio como el valiente Eddie, cuidarían de él en prisión. Valía la pena que lo hiciera.
Se despidieron, y Katz fue a juicio. Pero perdió y lo condenaron a cuatro años. Mientras su esposa y su hija gimoteaban en silencio a su lado en el tribunal, Katz dijo que insistía en rechazar el trato ofrecido por Wyshak. «No lo haré —dijo—. El Gobierno está convirtiendo a todo el mundo en soplón. Esto va a convertirse en Rusia. Me llaman todos los días preguntando: “¿Quieres delatar a Chico?”».
Katz fue enviado a la cárcel de Pennsylvania. Cuando ya se había instalado y hecho un par de amigos, lo trasladaron de pronto a un calabozo espartano en Massachusetts. Lo llevaron ante un gran jurado para responder preguntas sobre los alquileres. Si se negaba a testificar, le caerían dieciocho años más a la sombra.
Después de un año encarcelado, Katz habló y decidió que «quería delatar a Chico» para entrar, esa vez sí, en el programa de protección de testigos. Se convirtió en un nuevo testigo fundamental contra Bulger y Flemmi.
Joe Yerardi fue el siguiente en la procesión hacia Winter Hill. Ir a por Joey Y. suponía coger un atajo hasta el meollo de la cuestión. Krantz y Katz pagaron para que los dejaran en paz, pero Yerardi era un matón al servicio de Bulger y Flemmi, que había puesto en circulación en las calles más de un millón de dólares de su dinero y había actuado como cobrador de sus deudores. Yerardi sí se había encargado de algunas apuestas, pero lo suyo era el préstamo de usura. Y su historial delictivo era bastante distinto al de otros parroquianos del Heller’s. Había episodios de posesión de armas, varias agresiones con lesión y condenas en los tribunales del estado.
La línea principal de trabajo de Yerardi era la gestión de préstamos de usura para el maligno Johnny Martorano. Sus vínculos formales con Flemmi y Martorano lo convirtieron en el objetivo principal de Wyshak mientras elaboraba su lista de testigos. Yerardi también conocía esa circunstancia. Al igual que Stevie y Whitey.
A mediados de 1993, con Krantz disponible y Katz compitiendo por estarlo, el final estaba cantado. El gran jurado estaba jugando fuerte y las acusaciones eran inminentes. Whitey habló con Stevie en privado: había llegado el momento de tomarse unas vacaciones. Stevie se marchó a Canadá, como había hecho dos décadas antes. Bulger realizó uno de sus relajados viajes en coche para cruzar Estados Unidos con Teresa Stanley.
Yerardi también huyó, se marchó a Florida con dos mil quinientos dólares que le había enviado Martorano. Sin embargo, cometió el error de usar un antiguo alias de Massachusetts, y, seis meses después, fue acusado por la policía estatal de esa localidad, que lo encontró viviendo en la playa de Deerfield con el nombre de Louis Ferragamo. El resignado Yerardi preguntó con voz quebrada a los policías estatales: «¿Por qué habéis tardado tanto?».
Joey Y. se convirtió en el Gordon Liddy del café Heller’s. Siguió encargándose de recolectar el dinero de los préstamos mientras cumplía su arresto domiciliario, y jamás se quejó por el hecho de que Estados Unidos estuviera convirtiéndose en Rusia. Podría haber delatado a Flemmi, con el que tenía amplio trato comercial. De hecho, Stevie estaba grabado en conversaciones sobre negocios con Yerardi. Pero Yerardi dio la cara por él, y cumplió una pena de once años por decir no a Wyshak. Los cuerpos de seguridad del Estado tuvieron que pasar a tratar con Chico, Katz y los demás gánsteres que hacían cola frente a la taquilla de caja del Heller’s.
La brigada de corredores de apuestas se había convertido en el talón de Aquiles de la banda de Bulger. Situaba a Whitey y Stevie en la línea de fuego y transformaba el objetivo de las acusaciones, que pasaban de ser algo impensable a un hecho inevitable. Además, dejaba al FBI esforzándose por disfrutar de una parte del pastel de la acción, aunque solo fuera por evitar el bochorno de quedarse sentado en el banquillo mientras la policía estatal de Massachusetts perdía un importante caso contra los famosos gánsteres de Boston. La Oficina Federal de Investigación vio cómo se le escapaba el tren, aunque, al final, logró subir de un salto.
A mediados de 1994, con London y Yerardi entre rejas y todas las grabaciones del Heller’s ya transcritas, los fiscales empezaron a componer el resto del caso contra la actividad del crimen organizado, que implicaba la presentación de pruebas históricas como las grabaciones del 98 de Prince Street, las de la tienda de alimentación italiana Vanessa’s y las de la ceremonia de iniciación a la mafia de 1989. Todo ello requirió que el FBI nombrara a alguien encargado de ordenar el material, trabajo que recayó en la persona de Edward Quinn, el héroe del caso Angiulo, que en ese momento dirigía la Brigada contra el Crimen Organizado.
Aunque Quinn se había ganado el respeto de otros investigadores, las manipulaciones internas continuaban y se reflejaban en una avalancha de noticias —varias generadas en el mismo seno del FBI—, en las que se informaba de interesantes acontecimientos en lo relativo a la caza de Bulger. Había noticias basadas en las afirmaciones de fuentes anónimas que propagaban el mensaje de que: «Se están acercando a Bulger, pero todavía no han llegado a lo interesante». La conclusión podía interpretarse como una advertencia a Bulger de que se mantuviera alejado. A raíz de las mentadas noticias, John Connolly había mantenido a Bulger y Flemmi al día de los avances del gran jurado. Hablaron, en concreto, de la investigación sobre Yerardi, que había dado un brusco viraje hacia la banda de Bulger.
Aunque los corredores de apuestas eran los principales pilares en el caso basado en las filtraciones de información, los fiscales lograron romper el código de silencio de South Boston. Además del testimonio de Timothy Connolly, se produjo un cambio radical sin precedentes del devoto Paul Moore, un hábil boxeador y famoso luchador en peleas callejeras, cuyo mote, el Turón, estaba inspirado en su rápido juego de pies y manos. Moore había dirigido una de las redes de distribución de cocaína de Bulger y era el objetivo perfecto para el caso, un tipo duro que se había declarado culpable en el caso de narcotráfico de 1990. Lo sentenciaron a nueve años de cárcel en una prisión federal de Pennsylvania, condena que recibió con resignación aunque con la expectativa de todas las prebendas que también formaban parte del código de silencio: un buen abogado, manutención para su familia y un seguro para el hogar. Sin embargo, tras pasar un par de años entre rejas, tuvo la sensación de que nadie atendía a sus preguntas sobre la posibilidad de apelación. Su esposa no recibía las ayudas que necesitaba. Y el banco ejecutó la hipoteca de su casa.
En 1995, Moore vivió el momento de epifanía que experimentan los que están en una celda mientras otros, que merecen más la condena, van tranquilamente paseando por la calle de regreso al hogar. A esas alturas ya había empezado a escuchar rumores en la misma cárcel sobre el hecho de que Whitey fuera un soplón. Empezó a hacerse la pregunta retórica con la que ya contaban lo fiscales: «¿Es que soy imbécil o qué?». El proceso se aceleró cuando Moore fue llevado ante un gran jurado y se enfrentó a una sentencia de un año y medio más de prisión si no respondía a las preguntas sobre Bulger. Romper con Whitey el soplón era la parte fácil, romper el código de silencio era otro cantar. Pero Moore ya había tenido suficiente. Pidió una sola cosa: que le proporcionaran una vivienda cerca del agua, para que fuera lo más parecido a South Boston, con una casa modesta frente a la costa se conformaría. Entró a formar parte del programa de protección de testigos como persona dispuesta a testificar contra Bulger.
A medida que la tenaz misión en pos de la imputación seguía adelante, la estrategia continuaba siendo la misma, aunque la lista de testigos se remodelara. Katz y media docena de corredores de apuestas sustituyeron a Krantz, a quien diagnosticaron una leucemia que acabaría con su vida. Paul Moore y el responsable de créditos Timothy Connolly sustituyeron al reticente Yerardi como testigos contra la bestia negra.
Sin embargo, la clave del problema seguía siendo la costumbre de Bulger y Flemmi de extorsionar a los corredores de apuestas vulnerables del café Heller’s. Aunque los corredores de apuestas habían negociado, sobre todo, con el hombre visible de Bulger en el negocio, George Kaufman, la mayoría habían soportado, como mínimo en una ocasión y a solas, la mirada pétrea de ojos azules de Whitey Bulger o la antipática sonrisa de Stevie Flemmi. Los «otros» delitos que nutrían la acusación por actividades relacionadas con el crimen organizado contra el dúo de gánsteres se remontaban a la historia antigua de Bulger, en su primera etapa en la red de apuestas ilegales de Winter Hill, en la década de 1970. Las actividades de ese calibre realizadas por Flemmi estaban relacionadas con asesinatos de miembros de bandas durante la década de 1960.
Frank Salemme fue el siguiente mafioso que se encontró en un brete. A pesar de los años que había pasado en las duras calles, Salemme se mostraba impasible ante el peligro que suponía su amigo de la infancia Stevie Flemmi. No tenía ni idea de que había pasado quince años a la sombra por intento de asesinato porque Stevie había dado el soplo al FBI de Boston sobre su localización.
Después de que lo liberasen en 1988, Salemme empezó a recibir el dinero fácil que Stevie obtenía extorsionando a los corredores independientes que se habían liberado de la red controlada por Ferrara. Esa situación dejaba a Salemme en una postura tan vulnerable ante los cargos por extorsión a los corredores de apuestas como a la banda de Bulger. Sin embargo, Salemme cayó en su abismo personal. Cuando llevaba más o menos un año en la cárcel, empezó a trabajar en un negocio muy desacertado propuesto por su hijo. Supuestamente extorsionaba a una productora de Hollywood que quería evitar tener que pagar los elevados honorarios que exigía el sindicato de trabajadores, durante el rodaje de una película en Boston y Providence, Rhode Island. A cambio de un precio, Salemme consiguió que el sindicato de camioneros accediera a las condiciones de la productora. Pero entonces se destapó la trampa fatal: el director de la productora era un agente de incógnito del FBI. La tela de araña había atrapado a Frank Cadillac.
A mediados de 1994, los fiscales habían compuesto un sólido e intrincado mosaico sobre el que basar sus cargos contra actividades relacionadas con el crimen organizado. El plan consistía en detener a Bulger, Flemmi y Salemme, en rápida sucesión, para evitar la huida de cualquiera de ellos. Sin embargo, a pesar de todo, a mediados de diciembre, Salemme todavía podía ser visto en sus antros favoritos, y Stevie y Whitey habían estado entrando y saliendo de la ciudad durante varias semanas. El FBI insistía en que Salemme, como hombre del momento de la mafia, fuera detenido en primer lugar. Pero los cargos superiores de la Oficina del Fiscal General de Estados Unidos desautorizaron a los agentes, y concluyeron que el caso se basaba en las personas de Bulger y Flemmi. De hecho, gran parte de las pruebas estaba relacionada con Flemmi, porque él se encontraba en el epicentro, situado en la encrucijada entre Bulger y la Cosa Nostra. De forma conveniente, la orden de arresto de Flemmi lo acusaba de haber extorsionado dinero a Chico Krantz.
A medida que avanzaba el año 1995, la última información secreta de los cuerpos de seguridad del Estado fue que Flemmi había sido visto en Quincy Market, un centro comercial turístico donde dos hijastros de Flemmi estaban reformando un restaurante. La información la facilitaron los policías estatales Thomas Duffy y John Tutungian, y el agente de la DEA Daniel Doherty, que formaban parte del equipo compuesto para la ocasión y que se había congregado por primera vez en el despacho de Fred Wyshak. Tenían orden de detener a Flemmi en cuanto «fuera un blanco móvil» al subirse el coche.
En el momento en que empezaba a caer aquella noche de invierno, el equipo de detención se puso en marcha, cuando Flemmi y una joven oriental salieron del restaurante Schooneris y se subieron a un Honda de color blanco, a las siete de la tarde. El equipo los encajonó entre sus dos coches y los persiguieron con las armas en ristre. Después del impulso instintivo de intentar ocultarse bajo el salpicadero, Flemmi salió tranquilamente del coche y pidió permiso para llamar a su abogado. Los detectives le incautaron una navaja y un espray de gas pimienta e intentaron, sin éxito, convencer a la mujer de que los acompañara al cuartel general del FBI, aunque solo fuera para evitar que propagara la noticia de la detención entre el resto de implicados. Pero ella conocía los procedimientos oficiales y se negó a acompañarlos sin una orden de detención.
Aunque el FBI había llevado hasta Boston su Unidad de Operaciones Especiales de élite para realizar el seguimiento de Salemme a bordo de un helicóptero, esa misma noche, Frank se fugó. El prófugo viajó en avión hasta West Palm Beach, Florida, un santuario de preferencia para los mafiosos fugitivos. Acabarían deteniéndolo ocho meses después, aunque el hecho de que se hubiera fugado con tanta facilidad encendió los contenidos ánimos de los investigadores que trabajaban en el mismo caso. Uno de ellos denunció a la Unidad de Operaciones Especiales por ser una banda de prepotencia desmesurada. «Son unos mierdas —espetó con amargura—. Son todo apariencia. Esos tíos solo piensan en la jubilación. Y trabajan de nueve a cinco. En cuanto termina su turno, se largan. No tienen ningún interés personal en el caso».
Por su parte, Stevie Flemmi campaba a sus anchas en el cuartel general del FBI, su tranquilidad la justificaba su convencimiento de que treinta años de servicios en la Oficina Federal de Investigación le salvarían el pellejo. Esperaba que lo liberaran rápidamente bajo fianza para coger el vuelo nocturno a Montreal. Pero a medida que fue cayendo la noche y nadie le facilitaba esa vía de escape, se dio cuenta de que estaba solo ante la adversidad. Creyó que John Connolly o Paul Rico llegarían al rescate, como ya lo habían hecho en el pasado. Pero Flemmi era como un famoso de Hollywood detenido por conducir bajo los efectos del alcohol. Quejarse porque él era un personaje importante no habría hecho más que empeorar la situación. Ya nadie podía salvarlo: era propiedad del policía estatal Tom Duffy.
Flemmi había esperado otro desenlace porque Connolly lo había mantenido informado sobre los procedimientos del gran jurado a lo largo de todo el año, y para ello, en ocasiones, había recurrido a sus contactos dentro de la Brigada Nacional contra el Crimen Organizado del FBI. Sin embargo, tanto Connolly como Morris, quien también estaba a punto de jubilarse y trabajaban en Los Ángeles, habían salido de escena y se habían llevado consigo todo su entramado de advertencias.
De hecho, se había producido un cambio de guardia total en la Oficina del Fiscal General, y el FBI había dejado desprotegida la línea de costa tras la que se apostaba Bulger, aunque no la habían abandonado del todo.
Bulger se había convertido en el vergonzoso secreto que había evolucionado hasta convertirse en una política tácita gestionada por nuevos actores, que quizá no poseyeran una visión general de toda la historia, pero sí eran devotos de la lealtad institucional. Consideraban cualquier intento de cambiar el sistema como un desafío de los advenedizos, que tenían el mal gusto de mearse dentro de la tienda donde dormían todos. El compromiso pendiente se consolidó por miedo a que Bulger se hubiera convertido en una bomba de relojería al atraer demasiada atención de la opinión pública, sobre todo, después de la publicación del artículo en The Boston Globe, en 1988. La devota amistad de John Connolly fue sustituida por el proteccionismo servil de los agentes especiales al mando que iban sucediéndose en el cargo. El credo llegó a ser: «Puede que Bulger sea un canalla, pero es nuestro canalla».
No obstante, la detención de Flemmi a manos de la policía estatal indicó al FBI que se había acabado el juego. Y, cuando la Oficina Federal de Investigación fue consciente de lo que había ocurrido, se retiró lo antes posible del partido. El único contacto que tuvo Flemmi con sus viejos aliados fue cuando saludó de lejos al agente Edward Quinn, durante una vista para solicitar la libertad bajo fianza. El incómodo encuentro hizo que Flemmi se percatara de que ya no era el valioso confidente de antaño. No era más que otro desgraciado gánster ante un tribunal.
«¿Qué está pasando aquí? —preguntó Flemmi al asombrado Quinn cuando este pasó por su lado—. ¿Qué pasa con mi libertad bajo fianza?», insistió el gánster en forma de súplica, cuya traducción era: «Líbrame de esta».
Pero lo único que pudo hacer Quinn por él fue llevarle una Coca-Cola.
Incluso en ese momento, mientras Quinn se apartaba y el abogado estatal se situaba entre ambos, Flemmi creía que podría producirse un milagro de última hora. Pensaba en todos los años de colaboración con el FBI, en cómo Paul Rico consiguió que se retirasen los cargos que pesaban sobre su persona por asesinato en un tribunal del estado. Flemmi recordaba que le habían pasado el soplo sobre los micros colocados por la policía estatal en el taller de Lancaster Street y esa ocasión en la que permitieron que Whitey saliera indemne del caso de las carreras hípicas amañadas. También recordó que el FBI de Boston colaboró en el encubrimiento de los asesinatos de Winter Hill en Boston, Tulsa y Miami. Estaba seguro de que sus amigos, Jim Bulger y John Connolly acabarían «aclarando todo esto».
Con todo, lo máximo que consiguió Flemmi fueron las visitas a la cárcel de Kevin Weeks, el amigo de Bulger procedente de South Boston, quien le transmitió las condolencias de John Connolly. El agente quería que Flemmi supiera lo mal que se sentía por haber permitido que el FBI los traicionara a ambos.
Flemmi no volvió a tener noticias de Bulger.
Bulger no tardó en adaptarse a su vida de fugitivo. El adolescente desaforado que pretendía llamar la atención paseándose por el barrio de viviendas de protección oficial de Old Harbor con un ocelote como mascota había desarrollado las tácticas disciplinadas de un soldado oculto en la jungla. Cuando tuvo claro que las acusaciones eran un hecho inminente, cortó todos los lazos con South Boston, salvo por alguna que otra llamada ocasional y acordada con antelación, realizada desde cabinas telefónicas.
Aunque Bulger jamás se caracterizó por ser un hombre con apegos emocionales, Flemmi se sintió sorprendido de no volver a saber nada de él, cuando su socio se mudó desde una pequeña ciudad del centro estadounidense a otra. Con todo, Bulger había hecho más por Flemmi de lo que acostumbraba a hacer por nadie. Le había advertido que se mantuviera alejado de Boston, y Flemmi había cometido la estupidez de ignorarlo. Fue un error estúpido, y Whitey no perdonaba esas cosas.
Aunque Bulger había estado a punto de dar un patinazo. En enero, poco después de que el agente de la policía estatal Tom Duffy encañonara con su arma a Flemmi, apoyándola contra su sien, Bulger había viajado en coche hasta Boston. Teresa Stanley se había cansado de sus interminables «vacaciones». Desde el otoño de 1994, mientras Bulger se mantenía a la espera para ver cómo se desarrollaban los hechos en Boston, habían viajado a Dublín, Londres y Venecia, para luego seguir con una gira por el sudoeste de Estados Unidos. Pero Stanley se había aburrido de tanto ver el paisaje y de estar sola con el distante Bulger y sus silencios prolongados. Echaba de menos a sus hijos y South Boston. Durante el último par de semanas, Stanley había empezado a dudar incluso de hacer preguntas como «¿Y ahora dónde vamos?», por miedo a provocar una discusión.
Era el motivo por el que, en enero de 1995, iban de camino a las afueras de Boston sumidos en profundo silencio, conduciendo por la Ruta 95, vía Connecticut, cuando Stanley escuchó el parte radiofónico sobre la detención de Flemmi. Bulger tomó la siguiente salida y puso rumbo de regreso a Nueva York, donde se registraron en un hotel de Manhattan. Bulger se encerró en las cabinas telefónicas del hotel con tal de conseguir cuanta información pudiera. Teresa no se molestó en preguntar qué ocurría.
Al día siguiente se dirigieron en coche hasta un aparcamiento en el sur de Boston, donde Stanley bajó del coche para esperar a su hija. Bulger le dijo: «Te llamaré», al tiempo que se marchaba para siempre haciendo rugir el motor de su automóvil. Stanley no volvió a saber de él.
En lugar de largarse a solas, fue a recoger a su otra novia, Catherine Greig, y desapareció en la zona rural estadounidense como anciano jubilado con alopecia más que incipiente en compañía de su joven esposa.
Volvía a estar en ruta con una mujer distinta, y vivió durante una temporada en la pantanosa Luisiana. Diversos testigos afirmaron haberlo visto en el Medio Oeste, en Florida e incluso en México, Canadá e Irlanda. Los investigadores localizaron llamadas que había realizado desde un hotel de Nueva Orleans y desde un restaurante en Mobile, Alabama. Siguió en contacto con Kevin Weeks, con algunos parientes e incluso se aventuró a regresar a la zona de Boston en un par de ocasiones para reunirse con Weeks. Esos encuentros, que se produjeron a finales de 1995 y en 1996, permitían a Weeks facilitar a Bulger documentos de identificación falsos y nueva información secreta sobre la investigación en curso. Kevin O’Neil también hizo su parte al transferir de forma subrepticia casi noventa mil dólares a la cuenta bancaria de Bulger en cuanto este se vio obligado a huir. Pero ninguna de las personas pertenecientes a su cerrado círculo de confianza volvió a saber nada de él desde que abandonara a Teresa Stanley.
Excepto John Morris.
El último puesto de Morris en el FBI antes de jubilarse, a finales de 1995, fue como director de formación en la Academia de la Oficina Federal de Investigación, en Virginia. Una tarde de octubre, su secretaria le dijo que un tal «señor White» lo había llamado varias veces. Después de diez meses como fugitivo, el descarado Bulger llamaba desde una cabina a pie de carretera.
Tenía un mensaje escueto para él.
—Si yo voy a la cárcel, tú también irás. Pienso llevarte conmigo, hijo de puta —advirtió Bulger.
—Ya te he oído —respondió Morris.
Esa misma noche John Morris sufrió un infarto fulminante. Podía decirse que Bulger lo había asesinado a golpe de teléfono.
Notas del capítulo dieciocho[*].