Black Mass
9. Buena comida, buena bebida, dinero sucio
Capítulo nueve
Buena comida, buena bebida, dinero sucio
J ohn Connolly y John Morris eran, en ese momento, los guardianes de la llama encendida de Bulger dentro del FBI. Para el cuarteto cada vez más temible de Boston — Connolly, Morris, Bulger y Flemmi — se había iniciado una era de bonanza al tiempo que se difuminaban las fronteras entre buenos y malos.
Quizá siempre hubieran estado difuminadas. Sin duda alguna, Flemmi era consciente de la relación especial entre Connolly y Whitey Bulger. Los unía South Boston, por descontado, aunque además habían establecido un vínculo paternofilial. Pero a Flemmi no le importaba; a su manera, había llegado a gustarle Connolly. El descarado agente, dijo Flemmi, «tenía personalidad». Bulger y Flemmi también habían llegado a apreciar a Morris, y Connolly dio el importante paso de contar a su jefe las noticias. «A esos tipos les gustas y harían cualquier cosa por ti» dijo Connolly, según Morris. «Si alguna vez necesitas algo, basta que lo pidas, y lo harán».
Constituían una sociedad basada en la admiración mutua. Morris, a su vez, seguía envidiando el estilo fanfarrón y confiado de Connolly, así como sus influencias en toda la ciudad. El agente local tenía amigos en todas partes. Puede que en su misma oficina no tuviera una relación de especial confianza con Sarhatt, ni tan siquiera con el sucesor de este, James Greenleaf, quien lo sustituyó a finales de 1982, pero Connolly era muy amigo de numerosos agentes de la Brigada Nacional contra el Crimen Organizado y de otros directivos de la Oficina Federal de Investigación. Nick Gianturco estaba obsesionado con Connolly. «Era el mejor agente de contacto, con diferencia, que he conocido jamás», afirmó Gianturco. Y algo más importante, Connolly tenía vínculos con destacados agentes con los que había trabajado en Nueva York, que, por entonces, ya habían sido ascendidos al cuartel general y ocupaban cargos de relevancia, sobre todo, en la brigada criminal. John Morris no ignoraba que los amigos de Connolly en el FBI de Washington «habían influido en mi vida personal y en mi trayectoria profesional».
Y no había que olvidar a Billy Bulger, quien se había erigido como el político más poderoso —y temido— desde que lo eligieran presidente del Senado de Massachusetts en 1978. Connolly se había asegurado de llevar a Morris a conocer al nuevo presidente, y el supervisor quedó impresionado por el fácil acceso del agente Connolly al político. «Por lo visto, conocía a mucha gente de la política».
Morris recordaba que a Connolly le gustaba presumir de sus influencias. Los dos agentes podían estar charlando sobre su vida futura tras la jubilación, y Connolly, consciente del caché de sus contactos, afirmaba que «habría grandes oportunidades de trabajo en cuanto dejáramos la Oficina Federal de Investigación». Las amistades que Connolly tenía dentro del FBI y en Boston equivalían a tener un plan de jubilación en el banco.
Morris seguía con atención todas esas cuestiones. También era ambicioso y deseaba hacerse un nombre. No obstante, Connolly poseía todo cuanto a él le faltaba. El angustiado Morris envidiaba la desenvoltura con la que actuaba el agente, su capacidad para convertir cualquier problema en la preocupación de otra persona. Lo consideraba un profesional con capacidad de solucionar situaciones difíciles y, por tanto, según creía, «era importante gustarle».
También en esa época, Connolly y Morris hicieron un auténtico despliegue de sus habilidades profesionales. Connolly había mentido, Morris lo había encubierto, y juntos habían aprovechado el rebufo del informe de idoneidad de Bulger y Flemmi, que se había iniciado a finales de 1980 y había durado hasta bien entrado el año 1981. Mantuvieron a Sarhatt a raya recurriendo a su inventiva a la hora de sacar partido a las fisuras en la supervisión de los confidentes del FBI.
Por su parte, Connolly sacaba todo el jugo posible a los beneficios de una atmósfera tan optimista.
El agente de contacto de confidentes trabajaba en solitario gran parte del tiempo, sumido en una suerte de aislamiento. Esa soledad favorecía la protección de la confidencialidad del infiltrado. Connolly casi siempre acudía solo a las reuniones con Bulger y Flemmi, celebradas en uno de sus pisos o, si el tiempo acompañaba, en pleno centro de las viviendas de Old Harbor, donde Bulger y él se habían criado. También se veían en Castle Island, donde se erigía una fortificación con vistas al mar, vestigio de la guerra de la Independencia, en el punto más oriental de South Boston, o en la playa de Savin Hill.
Sin embargo, todos los miembros de Brigada Nacional contra el Crimen Organizado sabían que él era el agente de contacto del legendario Bulger, y a Connolly, por lo visto, le gustaba que se supiera. Además de Morris y Gianturco, también lo sabían los agentes Ed Quinn, Mike Buckley y Jack Cloherty. El rumor se propagó incluso fuera de la brigada. Se diría que Connolly deseaba que todos sus compañeros del FBI supieran lo que había logrado. Le gustaba presumir.
«Trabajo con dos tipos que podrías conocer», dijo Connolly al agente novato John Newton un día cualquiera en el trabajo. Newton había sido trasladado a la oficina de Boston en 1980. Lo habían asignado a una brigada para principiantes dedicada a revisar los antecedentes de los nuevos candidatos a cargos públicos. Se trataba de un puesto a años luz de las misiones de incógnito como las realizadas por Connolly en la Brigada Nacional contra el Crimen Organizado. Como Newton estaba buscando piso, le recomendaron consultar a John Connolly, y él lo ayudó a encontrar un apartamento, precisamente en South Boston. Empezaron a trabar amistad. Connolly averiguó que el agente recién llegado había servido en las filas de las Fuerzas Especiales del Ejército antes de ingresar en el FBI. «John parecía interesado en ese aspecto de mi carrera», afirmaría Newton más adelante al hablar de su nuevo amigo.
«Dijo que tenía, ya sabe, dos confidentes, Jimmy Bulger y Stevie Flemmi —prosiguió el joven agente—, y que eran unos tipos interesantes». Teniendo en cuenta el pasado de Flemmi en el ejército, Connolly sugirió que Newton podría «tener algo en común con ellos». «¿Quieres que te los presente?», preguntó el agente de contacto. Y el recién llegado pensó que no tenía nada que perder.
La reunión se programó para la medianoche en la casa de Whitey. Newton acudió en coche con Connolly, quien sabía moverse por las calles de Southie con los ojos cerrados. Tal vez aprovechara el viaje para hablar de los beneficios que aportaba Bulger al FBI e incluso podría haber relatado, para ese nuevo oyente, su emocionante encuentro con el gánster en la playa de Wollaston. Conseguir la colaboración de Bulger era la clase de logro que inspiraba las leyendas del FBI, y Connolly quería dejar claro que él había interpretado el papel protagonista.
El avezado agente aparcó a un par de manzanas del piso que Bulger había empezado a utilizar después de clausurar el apartamento de su madre, en Old Harbor, tras su fallecimiento. Una vez dentro, Newton se limitó a sentarse y mantener la boca cerrada durante la primera hora, más o menos, mientras los otros tres hombres hablaban de negocios y, ante todo, sobre el mafioso Angiulo. Después, dijo Newton, «tuvimos una conversación normal». Hablaron de «temas militares y otras cosas». Destaparon una botella de vino. Todos bebieron, incluido Whitey, señal de que estaba totalmente relajado.
Sería la primera de múltiples ocasiones en las que Newton fue invitado a las reuniones con los dos confidentes. Con ese simple gesto, Connolly había ampliado su círculo.
En esa época, el agente ya había regresado a su antiguo barrio. Se había comprado una casa en el número 48 de Thomas Park, en 1980, en una calle situada por encima de las lomas cubiertas de hierba de Southie. La zona gozaba de un nivel de vida bastante más elevado que el de las viviendas de protección oficial de Old Harbor. Hacía dos siglos, aquellas colinas habían sido una extensión de verde terreno de pastura con una panorámica privilegiada de la ciudad. Como todas las calles de esa parte del barrio, la topografía natural había sido conquistada hacía tiempo por hileras y más hileras de casas de dos y tres plantas, y viviendas con tejas de madera prácticamente adosadas. Formaban la muralla de hogares del prieto entramado de la comunidad irlandesa estadounidense. Para más inri, la nueva vivienda del agente del FBI estaba situada enfrente del instituto de South Boston, campo de batalla de los altercados motivados por la orden que impuso el transporte escolar para combatir la segregación racial, aplicada un par de años antes de que él regresara al barrio.
En el trabajo de Connolly, la jornada empezaba de noche. Bulger solía presentarse para alguna reunión secreta a altas horas de la madrugada, cuando casi todos los demás habitantes de Boston ya dormían. A veces, el propio Connolly estaba durmiendo o dormitando en el sofá con el televisor encendido. Dejaba la puerta sin el pestillo echado para Bulger y Flemmi, y los dos gánsteres entraban sin llamar y se movían como Pedro por su casa.
Connolly agradecía la compañía. A sus cuarenta y pocos años, volvía a estar oficialmente soltero. Arguyendo una «crisis irreconciliable» y tras cuatro años de separación, su esposa había pedido el divorcio en enero del año 1982. Marianne, enfermera diplomada, se ganaba la vida por su cuenta. Habían hecho la separación de bienes mucho antes y, al no tener hijos, el divorcio fue una cuestión rutinaria, una decisión inobjetable que se hizo oficial unos meses después. En ese momento, Connolly volvía a estar libre, y en la ciudad volvía a ser el conquistador que todos conocían en la oficina.
Al igual que Bulger y Flemmi, tenía una clara preferencia por las mujeres jóvenes. Elizabeth L. Moore, una taquígrafa de la oficina de veintitrés años, había captado la atención del donjuán, y tuvieron una aventura. No tardaron en hacer una escapada a Cape Cod, donde Connolly, que había cumplido el sueño de muchos bostonianos, tenía su propia vivienda, un piso valorado en ochenta mil dólares, en Brewster.
Morris sentía celos de la nueva pareja. Su matrimonio también se había roto de modo irrecuperable, y le repateaba ver cómo Connolly estaba libre para mantener a su nueva y joven novia en la ciudad mientras él tenía que esconderse para salir con la suya, Debbie Noseworthy, una secretaria del FBI que trabajaba directamente a las órdenes de Morris y para la Brigada Nacional contra el Crimen Organizado. La aventura adúltera era un secreto a voces en la oficina, pero, para Morris, era una mentira que empezaba a consumirlo por dentro.
Pronto habría autoengaños mucho más graves en su vida.
Aunque Morris y Connolly se hubiera salvado por los pelos durante la investigación llevada a cabo por Sarhatt, ninguno de los dos agentes quería volver a arriesgarse. Debían asegurarse de que nadie cuestionara de nuevo sus relaciones con Bulger y Flemmi. Con tal de lograrlo tendrían que enfrentarse a las magnánimas disposiciones del manual de la Oficina Federal de Investigación para el seguimiento de confidentes. Existía una norma básica de presión de la que podían sacar provecho. Para garantizar la seguridad de la información secreta, se conminaba a los agentes como Connolly y Morris a tratar de contactar con gánsteres como Bulger y Flemmi. Y, para que el pacto funcionara, debían conceder a los confidentes cierto margen de acción.
La pregunta era: ¿hasta qué punto? ¿Cuánto volumen de actividad delictiva podía tolerar el FBI? En teoría, no existía ningún pacto sin límites. Los directivos de la Oficina Federal de Investigación y los agentes de contacto debían someter a evaluación continua a sus confidentes. El punto decisivo de la supervisión podía reducirse a dos cuestiones: equilibrar el valor de la información secreta aportada por el confidente con la gravedad de sus delitos. El truco en la oficina de Boston consistía en manipular esas dos incógnitas de la ecuación y, dentro del FBI, no había otros agentes mejor situados para amoldar la visión de la jerarquía sobre la relación entre un agente de contacto y su supervisor.
Connolly y Morris estaban en la torre de control. Para mantener la llama viva, ambos empezaron a generar documentación oficial donde restaban importancia al lado oscuro de Bulger y Flemmi al tiempo que daban lustre al valor de la información secreta que proporcionaban. Connolly era el biógrafo de Bulger, y Morris ponía su rúbrica a la narración. Gozaban de una enorme influencia en la cadena de mando y, entre ambos, tenían todos los ángulos del FBI cubiertos. Los irlandeses de South Boston eran legendarios por su habilidad para contar historias. En los archivos de Bulger, John Connolly, de sangre irlandesa, demostró ser el más brillante creador de todos los tiempos. John Morris tampoco lo hacía nada mal.
La técnica más básica era la mentira pura y dura.
Durante finales de la década de 1970, cuando la confianza del FBI en Bulger y Flemmi se consolidó, Morris había demostrado su habilidad para la deshonestidad en sus informes internos sobre Bulger en el caso del amaño de carreras hípicas. Informaba de que sus contactos con el gánster habían cesado, cuando, en realidad, Connolly lo veía con regularidad. Morris, por su parte, mintió en los informes que entregó a Sarhatt durante la investigación interna sobre las filtraciones relativas a la operación de escucha de la policía estatal de Bulger y Flemmi en el taller de Lancaster Street. Por otro lado, Connolly redactaba algunos documentos solo para satisfacer ciertas normas del FBI, cuya falsedad acabaría admitiendo más adelante el propio Morris. En una ocasión, Connolly describió una reunión que Morris y él tuvieron con Bulger y Flemmi para repasar las advertencias y normas básicas que los agentes debían discutir con sus confidentes. El informe donde se documentaba la supuesta revisión anual incluía la hora y el día, aunque Morris llegó a confesar: «No creo que esa reunión se celebrara».
Las tácticas más arteras destinadas a quitar hierro a los delitos de Bulger no solo servían para que el gánster no pareciera tan malvado, sino lo que era más importante, proporcionaban una vía alternativa a las normas de la Oficina Federal de Investigación que requerían una evaluación estricta de cualquier actividad delictiva no autorizada. Si algún consejo o soplo sobre un confidente valioso para el FBI podía redactarse de forma lo bastante difusa o poco fiable, la Oficina Federal no tendría ningún argumento sólido para emprender una investigación. Así las cosas, Morris y Connolly podrían seguir manipulando a placer la normativa y garantizar así que, en caso de recibir algún soplo contundente y fulminante contra Bulger, harían lo que fuera para desestimarlo.
Sin embargo, esos soplos, tras pasar por manos de los agentes, solían pulverizarse y quedar convertidos en nada. Se trataba de un patrón de actuación que Connolly estableció muy al principio. Por ejemplo, cuando ignoró las protestas de los ejecutivos de la empresa de máquinas expendedoras que recurrieron al FBI porque Bulger y Flemmi no paraban de vapulearlos mediante la extorsión. Lo mismo ocurrió en el caso de Frands Green. Ambas denuncias quedaron en agua de borrajas en cuanto llegaron a oídos de la Oficina Federal de Investigación.
A principios de la década de 1980, el nuevo desafío era qué hacer con la información que otros agentes obtenían de sus confidentes sobre el imperio criminal en expansión de Bulger y Flemmi. Los gánsteres, dicho por un confidente, estaban llevando a cabo operaciones de juego ilegal en comunidades de los alrededores de Boston. A principios de 1981, un confidente informó de que «James Bulger, apodado Whitey, es un conocido ladrón de bancos e intenta invertir los fondos robados en actividades relacionadas con el juego ilegal».
Entonces entró en juego la información secreta más jugosa de todas. Por vez primera llegó a la mesa de Morris la prueba de que Bulger estaba disfrutando de una parte del pastel del tráfico de cocaína, la droga que movía ingentes cantidades de dinero y que era la última moda a principios de la década de 1980. South Boston era igual que cualquier otro lugar de la ciudad a ese respecto: las drogas barrieron Broadway como un tsunami, a pesar de la popular y glamurosa fama de Bulger como protector del barrio. Whitey podía seguir publicitándose como jefe del crimen contrario a las drogas, pero los chavales que se chutaban y esnifaban en los callejones entre las viviendas de protección oficial sabían que las cosas eran bien distintas. Posiblemente jamás llegaran a comprarle la droga directamente a él, y, rara vez, si es que sucedía, llegarían a verlo en persona, pero todos sabían que, sin su bendición, no había «producto». Bulger estaba montado en la cresta de la blanca ola de cocaína.
En febrero de 1981, un confidente dijo a uno de los agentes de Morris que Brian Halloran, un camello local de Boston, estaba «pasando cocaína con Whitey Bulger y Stevie Flemmi». Halloran se había relacionado con ambos gánsteres durante años, sobre todo con este último. Salía con él y a menudo actuaba como su hombre de avanzadilla en los clubes u otros lugares de reunión antes de la llegada de Flemmi, una función bastante parecida a la desempeñada por Nicky Femia. Un mes después, otro confidente dijo a uno de los hombres de Morris que «Brian Halloran está encargándose de la distribución de cocaína para Whitey Bulger y Stevie Flemmi. Otros individuos involucrados con Halloran son: Nick Femia, responsable de estafar a treinta traficantes de droga hasta ahora. Se ha propagado el rumor en las calles de que cualquier traficante relacionado con la venta de cocaína debe “entregar una parte de sus activos a Bulger y Flemmi” o será apartado del negocio».
En junio de 1982, otro confidente confirmó al FBI que un gánster de South Boston estaba gestionando los préstamos de usura y el tráfico de droga en un bar del barrio. «Se nos ha informado de que está ganando cinco mil dólares semanales gracias a la venta de droga y que paga un elevado porcentaje de sus ganancias a Whitey Bulger por el derecho a traficar».
Cuando esos informes con datos confidenciales llegaban a la mesa de Morris, los revisaba, los firmaba con sus iniciales y los archivaba. Por lo general, los documentos del FBI que contenían posibles cargos contra un individuo en concreto se indexaban con el nombre propio del objetivo, para que los agentes pudieran localizar la información secreta de los archivos destinados a investigaciones. Sin embargo, Morris saboteaba a menudo ese procedimiento no indexando de forma correcta los informes, con lo que conseguía que el material con información negativa resultara difícil, cuando no imposible, de localizar. Al final no se producía seguimiento alguno del caso.
Es posible que la policía estatal observara la conexión de Bulger con los capos del narcotráfico. También es posible que los propios confidentes del FBI empezaran a informar sobre la misma cuestión. Sin embargo, Morris desestimaba cualquier información de esa clase. Jamás emprendió ni una sola investigación ni aconsejó ningún tipo de acción en esa línea.
Ojos que no ven, corazón que no siente.
Mientras Morris dirigía el tráfico desde su nivel de supervisor, Connolly se encargaba de pulir el archivo de Bulger. Tras una redada antidroga en un almacén de South Boston, a principios de 1983, Connolly archivó un informe sobre el gánster donde se aseguraba que el jefe del crimen organizado estaba «molesto» con los narcotraficantes por «almacenar la hierba en su ciudad».
En otros archivos del FBI, Connolly siempre describía a Bulger como incondicional sujeto contrario a las drogas, argumento cómplice del retrato legendario al que se aferraba Whitey. No sorprendía, pues, que Connolly se hubiera erigido como experto en Bulger y Flemmi dentro de la oficina del FBI. Si algún agente tenía una pregunta sobre la historia personal de Whitey, era remitido a John Connolly y, por lo general, John Morris era el que se encargaba de la derivación. ¿Que alguien preguntaba cuál era el rango de Whitey dentro de la estructura del hampa? Había que preguntárselo a Connolly. ¿La relación de Whitey con las drogas? Había que preguntárselo a Connolly.
Muchos de los documentos del FBI relativos a Bulger eran una pura invención y, en eso, Connolly se convirtió en todo un artista. Una y otra vez, convertía cualquier nimiedad informativa sobre Bulger en oro puro.
Por ejemplo, en un informe remitido a Sarhatt, Connolly hacía mención a la ayuda prestada por Bulger al FBI en relación con el robo de un banco durante la semana del Día de los Caídos, en el año 1980, en el Depositors Trust de Medford, Massachusetts. Connolly argüía que Bulger había sido «la primera fuente» en proporcionar los nombres de los ladrones. Pero simplemente no fue así. A la mañana siguiente del robo, ciudadanos anónimos llamaron a la policía para aportar datos sobre los sospechosos y otros confidentes facilitaron los nombres de los ladrones. «Seré sincero con usted, no me los dio Whitey Bulger», dijo el jefe de la policía de Medford, Jake Keating, sobre las primeras pistas obtenidas para la resolución del caso. Costó un par de años atrapar a los ladrones, pero sus identidades, aclaró Keating, eran «conocidas por todos».
Connolly también concedió a Bulger el crédito de haber activado un caso de asesinato. Hasta que el confidente no ofreció su ayuda, afirmaba Connolly en un informe, el FBI no había obtenido «pistas útiles» sobre el asesinato de Joseph Barboza Barón, un sicario del hampa que se había convertido en valioso testigo del Gobierno. Barón fue abatido a tiros en San Francisco. En su informe, Connolly escribió que tres meses después del crimen, Bulger le contó quién había planeado tender una trampa a Barón para matarlo: un gánster llamado Jimmy Chalmas. En realidad, el papel de Chalmas en el asesinato era información ya conocida en el momento en que Bulger lo comentó a Connolly.
Chalmas era el principal sospechoso desde el principio. Barón había sido tiroteado a la entrada de su piso. Los inspectores del departamento de homicidios de la ciudad habían interrogado a Chalmas esa misma noche. Tras la conversación de Bulger con Connolly, puede que, efectivamente, el FBI acudiera directamente a Chalmas y le dejara claras las cosas, pero desde el momento en que Barón murió, Chalmas era el sospechoso número uno. Nada de todo ello quedó reflejado en los textos que Connolly remitió a Sarhatt. Tampoco Sarhatt, al supervisar la revisión interna sobre la idoneidad de Bulger como confidente, tenía la obligación de indagar más en la historia. Teóricamente debía poder confiar en la integridad y la sinceridad de su propio agente de campo en Boston. En lugar de eso, recibía el punto de vista sesgado de Connolly con tal de favorecer a Bulger.
Además, el agente de contacto sabía muy bien qué teclas tocar. Dijo a Sarhatt que Bulger había salvado la vida a dos agentes del FBI que operaban de incógnito en dos casos distintos a finales de la década de 1970. Puede que esa fuera la afirmación más intrigante de todas las formuladas por Connolly, en parte, porque no había ningún informe que la respaldara. A lo largo de su trayectoria como agente de contacto, había archivado cientos de informes, conocidos como «anexos 209», donde se documentaba la información secreta más reciente sobre Bulger. Abarcaban desde los datos más importantes, como detalles sobre encuentros relevantes de la mafia en los que se trataban temas relacionados con su funcionamiento, hasta cuestiones ridículas, como noticias sobre el último estallido de furia de Larry Zannino. Sin embargo, teniendo en cuenta que, en teoría, las vidas de los dos agentes pendían de un hilo, resultaba extraño —quizá hasta increíble— que Connolly no hubiera redactado informes sobre la ayuda prestada por Bulger. Para explicar esa omisión, el agente insistió, más adelante, en que no había motivo para archivar informes, aunque Morris admitió que documentar una colaboración de esa trascendencia era un procedimiento estándar en el FBI.
Uno de los dos supuestos ejemplos de vidas salvadas tenía relación con el caso de los asaltos a camiones de transporte de mercancías investigado en la Operación Langosta. En un informe remitido a Sarhatt, Connolly reiteró la exagerada afirmación de que, en 1978, un soplo de Bulger permitió al FBI «dar los pasos adecuados para garantizar la seguridad del agente especial Nicholas D. Gianturco».
En un informe posterior, Connolly recordaba a Sarhatt ese soplo y añadió que Bulger había proporcionado dicha información para proteger las vidas de agentes de la Oficina Federal de Investigación a pesar de «suponer un gran riesgo» para su propia integridad.
Con el paso del tiempo, la insistencia en el relato de Connolly sobre esa colaboración concreta de Bulger fue enrareciéndose cada vez más. «Ambos confidentes salvaron la vida a uno de mis amigos», le gustaba decir. Hasta cierto punto, Connolly también podía contar con la complicidad de Gianturco. El agente de incógnito aseguró que su compañero lo había llamado y lo había convencido de que no se reuniera con los asaltadores de camiones. «Dijo que iban a matarme». Pero cuando lo presionaron para confirmar si realmente pensaba que Bulger y Flemmi le habían salvado la vida, Gianturco reaccionó con evasivas. «Me alegra que el señor Bulger y el señor Flemmi hayan tenido la amabilidad de vigilar mi entorno». No otorgaba directamente a Bulger el mérito de haberle salvado la vida. El mismo Flemmi subestimó la afirmación de Connolly, pues llegaría a decir que la información facilitada por Bulger fue «algo de lo que se enteró por casualidad» sobre una posible intimidación, no sobre un asesinato premeditado.
Existía otro hecho igual de importante: los supervisores policiales de la Operación Langosta afirmaron no recordar ninguna amenaza de muerte específica formulada a Gianturco. Una trama de asesinato dirigida a un agente del FBI no era algo que un policía olvidara con facilidad, aseguraron. Además, el rumor sobre un asesinato premeditado habría hecho saltar todas las alarmas internas y habría sido documentado al momento, no solo en un informe redactado por Connolly dos años más tarde. Si algo parecido a lo que el agente describió hubiera ocurrido en realidad, afirmó el policía estatal Bob Long, quien había supervisado la Operación Langosta, «resulta increíble que no hubiera avisado a los supervisores directos de Gianturco, que eran los responsables de su seguridad personal.
»Si uno tiene información sobre el asesinato premeditado de un agente del FBI, ¿no sería lo más lógico hacer un seguimiento de los movimientos del sospechoso? Porque, si no lo conseguía ese día en concreto, podría volver a intentarlo hasta lograr su objetivo». Los investigadores jamás siguieron a ninguno de los asaltadores de camiones como asesinos en potencia.
Toda la cera que daba Connolly a Bulger protegía al gánster de una investigación interna, y sus informes eran parte de la maraña documental que Connolly y Morris reunieron. Esa documentación, cual acabado satinado, daba la brillante pátina definitiva a la visión cándida que tenía el FBI tanto de Bulger como de Flemmi. No cabía duda de que Morris manejaba la mentira y el engaño. En su despacho guardaba un ejemplar del libro Lying: Moral Choice in Public and Private Life («Mentir: una opción moral en la vida pública y privada»). Conoció la obra de Sissela Bok durante las clases de ética en la Universidad del Noroeste estadounidense. El texto era estimulante y filosófico, no simplemente una guía sobre la mentira, pero captó todo su interés. Lo tenía siempre a mano, había escrito notas al margen de ciertos párrafos y había subrayado otros. Mientras supervisaba a Connolly y ambos tergiversaban la verdad sobre Bulger y Flemmi para informar a sus superiores en el FBI, Morris iba hojeando el libro para consultar capítulos como «Las mentiras en una situación de crisis», «Mentiras para proteger a compañeros y clientes» y «Justificación».
Sin embargo, el principio de la década de 1980 no fue solo un periodo destinado a la documentación creativa. Además de retocar los archivos del FBI, los agentes también se entregaron a la práctica culinaria doméstica. La vida social del grupo despegó definitivamente. La primera cena en casa de Morris, en la zona de Lexington el año 1979 —con la que celebraban, en parte, el haberse librado por los pelos de la imputación por el caso de las carreras hípicas amañadas— no hizo más que inaugurar la temporada de festejos. Desde ese momento Morris ofreció más cenas. Gianturco también lo hizo en su casa de las afueras, en Peabody, en el norte de Boston. Flemmi hizo lo propio y pidió a su madre que preparase un banquete de cocina italiana para Bulger, Morris, Connolly, Gianturco y otros agentes. La primera de las fiestas ofrecidas por Flemmi se celebró en la casa de sus padres, en la zona de Mattapan de Boston. Sin embargo, a principios de la década de 1980, sus padres ya se habían mudado a South Boston, precisamente, a una vivienda contigua a la de Billy Bulger. (Las casas estaban situadas una frente a otra). Flemmi empezó a celebrar reuniones a escasos metros del político más poderoso de Massachusetts. Flemmi y Bulger llegaron a convertir la casa de la madre del primero en un auténtico arsenal. En un cobertizo del patio, donde la mayoría de vecinos guardaba el cortacésped, los gánsteres acumularon lo que acabó siendo un pequeño polvorín. Amontonaron revólveres, escopetas, armas automáticas, recortadas, munición de todas clases y calibres, e incluso artefactos explosivos, todo ello oculto en un compartimento secreto tras el panel de fondo de una librería.
Entre tanta bebida y comida, la distinción entre los negocios y el placer iba haciéndose cada vez más difícil. John Connolly hacía las veces de maestro de ceremonias, programaba las horas de celebración, los lugares y componía la lista de invitados. («Jamás me encargué de organizar ninguna de las reuniones —dijo Morris, aunque a menudo era el anfitrión—. Nunca supe cómo ponerme en contacto con ellos»). Por otra parte, Connolly tenía sus exigencias. Tras haber convencido a Morris y a Gianturco de que abrieran las puertas de sus casas a los gánsteres, quería asegurarse de que se comportaban. Connolly, recordaba Morris, no quería que los agentes del FBI trataran a Whitey Bulger y Stevie Flemmi como a vulgares soplones. Según él, debían mostrar el «respeto especial» que ambos hombres merecían.
Aunque la Oficina Federal de Investigación se expresaba en términos muy claros sobre la prohibición de relacionarse en el ámbito social con los confidentes, Connolly había expuesto —y Morris lo había aceptado de buena gana— una razón lógica por la que las normas no les afectaban. Bulger y Flemmi, en opinión de Morris, «eran muy, pero que muy famosos en la comunidad del crimen organizado, y había muy pocos lugares seguros donde pudiéramos reunimos con ellos. Además, Connolly no quería encontrarse con los confidentes en los lugares habituales, habitaciones de hotel y ese tipo de sitios. Quería hacerlo en una atmósfera más relajada, más propicia para las relaciones sociales, más agradable, y ese requisito nos dejaba pocas alternativas. Por eso accedí a invitarlos a cenar a casa».
En realidad sí había personas acosando a Bulger y Flemmi, como la policía estatal. Años más tarde, los investigadores de otros cuerpos policiales fueron conscientes de la irónica situación: los gánsteres habían despistado a los policías que los perseguían gracias al refugio seguro ofrecido por las casas de agentes del FBI, donde además tenían un plato de comida caliente.
Las cenas del FBI no quedaban registradas en ningún documento — los agentes jamás archivaron informe alguno donde se diera cuenta de ellas—, y con el buen vino y la buena comida, el grupo empezaba a hablar con nostalgia del tiempo que llevaban juntos. Según Flemmi, charlaban sobre «cosas ocurridas en el pasado, como el caso de las carreras hípicas amañadas». La conversación era amistosa y a menudo trataban temas, recordaba Morris, «bastante curiosos». Aunque Connolly fuera el maestro de ceremonias, Bulger era el verdadero protagonista, «hablaba sobre su vida en Alcatraz y la vida en general: cómo era ser un fugitivo, sus problemas familiares y sus relaciones con otras personas». Entretenía a los demás con descripciones de lo que había experimentado al tomar LSD estando en prisión durante la década de 1950. Flemmi afirmó: «Estaba en Alcatraz cuando cerraron las puertas de ese centro. Entonces lo trasladaron a Leavenworth y lo incluyeron en un programa de la CIA. El programa Ultra. Participó de forma voluntaria en ese experimento sobre el consumo de LSD, durante dieciocho meses. Fue uno de los seleccionados, porque tenía un coeficiente intelectual muy alto».
Flemmi quizá contara alguna anécdota personal relacionada con su vida de prófugo en Canadá, pero, sin duda alguna, Bulger llevaba la voz cantante. «Jim Bulger es muy hablador. Cualquiera que lo conozca se lo confirmará», dijo Flemmi.
Aunque Connolly se reuniera bastante en privado con Bulger y Flemmi —en cientos de ocasiones—, las cenas del FBI se celebraban como una especie de banquete bianual. Los agentes y los gánsteres tomaban ciertas precauciones para sus encuentros nocturnos. En una ocasión, cuando querían reunirse para tomar unas cervezas en el piso de Bulger en South Boston, Connolly y Morris aparcaron sus coches a varias manzanas de distancia. «Connolly conocía bien los callejones traseros», dijo Morris.
El supervisor, no obstante, se sentía perdido en South Boston. «Nunca tenía ni idea de dónde estaba. Recorríamos toda una serie de callejuelas y entrábamos en su piso por un callejón trasero». Tanto Morris como Connolly llevaban sombrero, a modo de disfraz para ocultar el rostro. Bulger les dio la bienvenida y les sirvió cerveza de la marca Saint Pauli Girl mientras Morris hojeaba con despreocupación la revista Soldier of Fortune, que Bulger siempre tenía por ahí.
Estando en Lexington, a Morris le preocupaba menos la seguridad o el hecho de sorprender a sus vecinos cuando celebraban los encuentros en su urbanización de las afueras. «Mis vecinos no tenían ni la más remota idea de quiénes eran Bulger y Flemmi». Aun así, siempre tomaban alguna precaución. «Llegaban a altas horas de la noche. Algunas veces entraban directamente al garaje. Y siempre llevaban sombrero».
Sin embargo, Morris sí sorprendió a su mujer, Rebecca. A ella no le gustaba que dos famosos asesinos fueran invitados a su casa. El matrimonio ya iba mal, y la pareja discutía continuamente. Durante sus años en el FBI, Morris jamás había hecho nada parecido. Alguna vez se había llevado trabajo a casa, pero nunca había llevado a dos gánsteres. Bulger y Flemmi sabían dónde vivía, conocían a su familia, podían preguntarse si Morris tenía la costumbre de invitar a otros confidentes y, para descubrir sus identidades, quizá se plantearan montar guardia junto a su hogar. Para Rebecca Morris, todo aquel montaje era una auténtica locura. No obstante, John Morris era quien mandaba e intentó explicar a su esposa la necesidad de aquella situación excepcional, hacerle entender lo especiales que eran Bulger y Flemmi. Reconoció a Rebecca que sus invitados eran «los malos», pero que las cenas eran «necesarias para ganarse su confianza».
Todo formaba parte de la maniobra para exagerar las virtudes de Bulger y Flemmi. A Morris no le sorprendía que su esposa no supiera apreciar el singular pacto que, junto con Connolly, habían logrado establecer con ambos gánsteres. Al fin y al cabo, ella no podía apreciar la creciente intimidad que estaba generándose entre los miembros del grupo, ni valorar el paso de las cenas a los regalos. A principios de la década de 1980, agentes y confidentes empezaron a intercambiarse obsequios, por las festividades, en ocasiones señaladas o por el simple placer de regalar. John debía pensar que Rebecca estaba pasando por alto algo evidente.
Connolly era el encargado de coordinar el intercambio de regalos, llevaba los agasajos de los gánsteres a los agentes y viceversa. Gianturco recibió un maletín de piel negro, una escultura decorativa de cristal y una botella de coñac. La segunda vez que Bulger fue a cenar a su casa, recordaba Gianturco, trajo «unas copas de vino. Creo que las que yo tenía me habían costado poco más de un dólar en el Stop & Shop. El trajo un juego de copas de más calidad. Por lo general, el señor Bulger traía alguna botella de vino o una botella de champán cuando venía a cenar».
Gianturco correspondió el gesto, encantado. Mientras estaba de tiendas durante un viaje a San Francisco, vio una hebilla de cinturón con una placa metálica de Alcatraz y pensó en Whitey Bulger. La compró y se la entregó a Connolly, para que él, a su vez, se la entregara a Bulger. Al gánster le gustó y empezó a usarla. En el ínterin, agente y gánster también intercambiaron libros y vino, y, en una ocasión, Bulger regaló a su agente de contacto un cuchillo de caza con la empuñadura grabada.
«Nick Gianturco me regaló una sudadera —recordaba Flemmi—. Y John Connolly me regaló un libro». Morris le regaló un cuadro pintado por un artista coreano. «Era una pintura bonita —admitió el agente—: La había comprado estando en Corea con el Ejército. Luché en esa guerra, y él también, por eso se lo regalé».
Bulger se fijó que en la mesa de Morris faltaba una cubitera para mantener fresco el vino, y sorprendió al agente con una cubitera de plata. El regalo ornamental enfureció a la esposa del agente y desató una nueva oleada de trifulcas maritales. A ella le asqueaba la generosidad de Bulger y ordenó a su marido que no la aceptara. No obstante, Morris sí lo hizo, y volvió a razonar con su esposa sobre la necesidad de conservar la relación de confianza con el gánster. Rebecca prohibió que la cubitera estuviera en su casa, y John Morris acabó tirándola sin decir nada al jefe del crimen organizado.
Bulger y Flemmi siguieron agasajando a Morris con vinos caros: siempre caía alguna que otra botella de burdeos francés de entre veinticinco y treinta dólares. «No creo haber dicho nunca que me gustara especialmente —dijo Morris—. Yo creo que fue por la primera vez que trajeron una botella de vino. Estuvimos hablando sobre mi interés en la enología».
Los dos gánsteres llegaron a organizar una entrega especial para Morris en la oficina del FBI, ubicada en el edificio Government Center, en Boston. «Me lo entregó Connolly —recordaba Morris—. Me dijo que aquellos tipos me habían enviado algo». Dijeron a Morris que fuera al coche de Connolly, estacionado en el aparcamiento. «Fui al aparcamiento del sótano del edificio federal, abrí el maletero y allí estaba la caja de botellas».
En realidad, los gánsteres pretendían sondear el punto débil de Morris. Durante la reunión en el hotel Colonnade, el agente había demostrado que podía perder los papeles al beber. De hecho, Flemmi tuvo que volver a recuperar la cinta que Morris había dejado esa noche en la habitación como recordatorio. Y aunque el agente sabía muy bien que tener una relación cada vez más íntima con los confidentes y el intercambio de regalos eran prácticas incorrectas, no podía resistirse. Había caído en una especie de adicción a la estrambótica alianza que tenía con Bulger y Flemmi. Y, con una gotas de alcohol, toda pasaba mejor. A Morris le gustaban los dos gánsteres. Le gustaba Connolly. Los cuatro formaban parte de una importante camarilla secreta.
A principios de junio de 1982, Morris salió de Boston para asistir a un periodo de formación de dos semanas en Glynco, Georgia, en el Centro de Entrenamiento para los Cuerpos de Seguridad Federales. Sarhatt había autorizado el viaje, al igual que había hecho el adjunto del agente especial al mando de la oficina de Boston, Bob Fitzpatrick. Morris estaba inscrito en un programa llamado: «Formación para la especialización en narcóticos». Aunque otra agencia federal, la Agencia Antidroga de Estados Unidos (DEA, por sus siglas en inglés), ya se había especializado en la localización de narcotraficantes, a principios de la década de 1980, el FBI pretendía mejorar sus habilidades como organismo de lucha contra la droga. Morris no tardó en añorar a su novia, Debbie Noseworthy y, en cuanto llegó a Georgia, se le ocurrió una idea.
«Llamé a Connolly», dijo Morris, y recordó a su compañero el ofrecimiento hecho por Bulger y Flemmi: si alguna vez necesitaba algo, solo tenía que pedírselo a ellos. «Y le pregunté: “¿Crees que podrían conseguirme un billete de avión?”. Y él respondió: “Claro”». John Connolly había respondido a la llamada de Morris en la Brigada Nacional contra el Crimen Organizado. Debbie estaba sentada junto a él, en su mesa, justo a la entrada del despacho de Morris. No podía suponer de qué estaban hablando Connolly y su novio. El agente colgó el teléfono y se marchó. Regresó más tarde y se acercó a Debbie con un sobre que entregó a la secretaria del FBI.
«Dijo que John quería que me lo diera — recordaba la mujer—. Le pregunté qué era, y él dijo: “Tú ábrelo”». Debbie abrió el sencillo sobre blanco y contó mil dólares en efectivo. Se quedó asombrada y preguntó de dónde había salido el dinero. Ambos agentes habían inventado una excusa: Connolly explicó a la secretaria que su novio había estado ahorrando dinero y que lo había ocultado en su mesa de escritorio para una ocasión como aquella.
Morris, dijo Connolly, quería que ella cogiera el dinero y viajara en avión para ir a verlo a Georgia. Debbie no había visto a Connolly entrar en el despacho de Morris y revisar la mesa del supervisor de la brigada. Ella había estado en la mesa de su jefe muchas veces y jamás había visto el dinero. Pero no quería arriesgarse a cuestionar lo ocurrido y disfrutó de su suerte. Estaba emocionadísima. Connolly, recordaba Debbie, le dijo: «¿Verdad que es genial que puedas viajar?». La secretaria hizo las gestiones a toda prisa para conseguir un par de días de vacaciones. Salió corriendo y compró un billete de ida en el aeropuerto de Logan. Gracias a Connolly y Bulger, la pareja no tardó en dar rienda suelta a su historia de amor en Georgia.
Seis meses después de que Morris recibiera su primer soborno, pasó el testigo de la supervisión de la Brigada Nacional contra el Crimen Organizado a Jim Ring. Morris fue nombrado coordinador de una nueva división de lucha contra el narcotráfico del FBI. Corría el inicio de 1983, y Morris empezaba a sentir cierto desgaste profesional. La razón de su cansancio, de cara a la galería, resultaba legítima y comprensible. Había supervisado la brigada de agentes durante la espectacular aunque agotadora operación de escuchas secretas a la mafia en el cuartel general de Boston. En ese momento, la investigación se encontraba en manos de Ed Quinn, quien estaba supervisando un grupo de agentes que escuchaba con atención las grabaciones del FBI y las transcribía. Las pruebas registradas contra Gennaro Angiulo y sus socios eran demoledoras, se trataba de afirmaciones realizadas por los propios mafiosos. A pesar de todo ello, el desgaste profesional de Morris también tenía un aspecto relacionado con su vida privada: había hecho demasiadas concesiones.
Sin duda alguna, había aceptado demasiados regalos.
Bulger y Flemmi manejaban a su antojo tanto a Connolly como a él. Morris intentó advertir a su sustituto, Jim Ring, sobre Bulger. Aunque, como era de esperar, no habló del dinero. Se dirigió a Ring en la jerga del FBI, y sugirió al nuevo supervisor que Bulger y Flemmi habían «dejado de ser útiles» y que debían ser cesados como confidentes. Morris albergaba la vana esperanza de que Ring lo ayudara a limpiar sus trapos sucios. Más adelante Ring diría que no recordaba a Morris admitiendo jamás que tuviera una relación amistosa con Bulger. En la oficina, a ambos agentes se los consideraba más rivales que amigos. Ring estaba ansioso por alcanzar sus propios hitos, no aspiraba únicamente a supervisar los últimos coletazos del caso Angiulo.
Connolly no tardó en conseguir que Ring se reuniera con Bulger y Flemmi; era el principio de un nuevo capítulo de falsas simpatías. El agente de contacto se encargó de las presentaciones iniciales en su propio piso, y ambos gánsteres tuvieron la impresión de que Ring no era tan amistoso y comprensivo como Morris. «Me sentía cómodo en compañía de John Morris, pero Jim Ring era distinto —dijo Flemmi—. Parecía más centrado en los detalles y no le gustaba mucho hacer vida social».
Sin embargo, el nuevo supervisor no tardó nada en sentarse con los demás a cenar, lo que dio pie a una noche memorable en la casa de la madre de Flemmi. Billy Bulger, presidente del Senado de Massachusetts, entró en la cocina de la casa familiar del gánster, procedente de su propia vivienda, situada en la puerta de enfrente. El asombrado supervisor del FBI no daba crédito a la entrada de Billy, que apareció por sorpresa y entregó a Whitey unas fotos de la familia para que les echara un vistazo. (Billy negó más tarde que aquello ocurriera, pero Ring declaró bajo juramento sobre la asombrosa aparición del político).
Con todo, no había ningún otro supervisor ni agente que pudiera emular jamás lo que la cuadrilla había encontrado en John Morris. Tal vez ya no fuera el jefe de Connolly ni estuviera al mando de la Brigada Contra el Crimen Organizado, pero su compañero, Bulger y Flemmi mantendrían la estrecha relación con él. Habían comprado a Morris y no les había salido muy caro: les bastó con un billete de avión para que el supervisor echara una cana al aire. Morris lo sabía. Todo habría acabado en cuanto Debbie Noseworthy se abrochara el cinturón para despegar desde el aeropuerto de Logan. Había tocado fondo y su situación empeoraría a medida que avanzara la década de 1980. Intentaría racionalizarlo con todas sus fuerzas, imitar a Connolly, quitar importancia a todo el asunto insistiendo en lo especial del pacto y en la labor tan valiosa que habían realizado para vencer a la mafia. Sin embargo, la protección que estaban proporcionando a Bulger y Flemmi ya no solo consistía en recopilar información secreta sobre el hampa —cuya obtención siempre era positiva, aunque jamás tan vital e indispensable como ambos agentes habían descrito—; la inmunidad de la que gozaban los gánsteres suponía la corrupción del FBI.
Morris había sido incapaz de contener su adicción al pacto. No lo hizo en la reunión del Colonnade, ni en las cenas, ni con los regalos, ni en el caso de las filtraciones sobre el intento de la policía estatal de instalar dispositivos de escucha, ni tampoco con el dinero en efectivo recibido en un sobre. Sabía muy bien que se habían extralimitado con la manipulación de la documentación y las mentiras incluidas en los archivos del FBI. Habían hecho mucho más que disfrazar las actividades delictivas de Bulger con tal de que sus jefes solo tuvieran buenas opiniones sobre el gánster: se habían excedido en la manipulación de las normas. Habían tensado demasiado la cuerda.
Durante los dieciocho meses transcurridos desde finales del año 1980 hasta mediados de 1982, dejaron de cumplir las normas del juego. Se convirtieron todos en delincuentes, los dos agentes del FBI y los dos gánsteres. Los cuatro intentaban eludir problemas de cualquier naturaleza, incluidos los cargos por asesinato.
Notas del capítulo nueve[*].