Black Mass
16. Secretos revelados
Capítulo dieciséis
Secretos revelados
C onnolly era el Elmer Gantry de la oficina del FBI de Boston, un agente que usaba el poder de la palabra para ganar adeptos, pero John Morris era harina de otro costal. Incapaz de resistirse a las tentaciones, pero atormentado por todo el mal que había provocado, Morris era como un chaval frenético al volante de un videojuego de carreras. Estampaba el coche contra un muro y luego se pasaba al compensarlo, daba un brusco viraje para volver a la pista haciendo chirriar las ruedas y acababa estampándose contra la pared de enfrente. Al entrar y salir de la carrera, incapaz de conservar su puesto entre los primeros, estaba acercándose a la pantalla de «Game Over». En 1988, el matrimonio de Morris estaba acabado. Había arriesgado su continuidad en el FBI. Incluso su amistad con el proselitista Connolly estaba dando un vuelco hacia su decadencia. Morris, después de asegurar que prestaría su apoyo, se había opuesto a la propuesta de Connolly para su ascenso al cargo de supervisor. Connolly se sintió traicionado, y con razón. Morris, no obstante, tenía preocupaciones legítimas con respecto al ascenso, ya que dudaba que un agente al que le gustaba tanto estar todo el día de aquí para allá, quisiera quedarse detrás de una mesa e ir recibiendo aburrida documentación, mientras actuaba como jefe de otros agentes.
La realidad era que la oposición de Morris tenía su origen en cuestiones que no habría osado comentar con nadie. En su carta a la junta de recursos humanos del FBI, Morris no pensaba tocar el tema de la corrupción ni explicar que el ascenso de Connolly habría consolidado la protección concedida de la que ya gozaba el peligroso Bulger. «No creía que debiera convertirse en supervisor, y punto —fue la forma en que lo expresó—. No consideraba que fuera apto para el cargo».
Como era de esperar, la negativa al ascenso por parte de la junta de recursos humanos disgustó a Connolly. Pero se lanzó a la acción. Acudió a Jim Ahearn, quien era el agente especial al mando en la oficina de Boston hacía poco más de un año, desde finales de 1986. Connolly y Ahearn se habían hecho amigos íntimos. Más que ningún otro agente supervisor que dirigiera la oficina de Boston, Ahearn era un jefe con el que Connolly podía contar.
«Eran muy muy muy íntimos», observó Morris. Había más de doscientos agentes del FBI destinados a la oficina de Boston, y Morris observaba al nuevo jefe «hacer cosas por Connolly que jamás había visto hacer por ningún agente en toda mi carrera». Una de esas «cosas» era asegurarse siempre de que Connolly conseguía cuanto deseaba. «Jamás había visto a ningún agente especial al mando acudir al cuartel general del FBI y recomendar a alguien para el cargo de supervisor, cuando la junta de recursos humanos había expresado la opinión contraria. Jamás». Pero Connolly vio su deseo hecho realidad. En 1988 ya estaba trabajando como supervisor de una unidad de lucha contra el narcotráfico. Jim Ahearn había llegado al rescate.
En ese momento, tras haber cabreado a Connolly, Morris estaba más preocupado que nunca por las influencias que pudiera tener el agente, que se encontraba en el pináculo de su carrera. «Me preocupaba que acabara conmigo profesionalmente». Morris tenía la sensación de estar quedándose fuera del círculo de confianza, de estar siendo aislado. Y con el recuerdo aún fresco de haber filtrado la información sobre la escucha a Baharoian, también le reconcomía la culpa y empezaba a conducir en dirección contraria por la pista de su propia carrera.
Morris tomó la determinación de hacerse una promesa a sí mismo: «Decidí que no iba a mover ni un dedo más para protegerlos a ellos. Iba a protegerme a mí mismo». Morris iba a poner fin a toda la trama.
Corrían los últimos días de la primavera de 1988, y el momento en que todos esos problemas obsesionaban a Morris coincidió con la redacción de un artículo preparado por un equipo de periodistas de The Globe sobre Bulger y el FBI. Lehr, Gerard O’Neill (los autores de este libro), Christine Chinlund y Kevin Cullen estaban trabajando en una serie publicada por entregas, basada en los hermanos Bulger. Cullen había apuntado la idea de que Whitey fuera confidente del FBI como única explicación de su vida de ensueño.
Los periodistas no paraban de hacer preguntas a todo el mundo. Un veterano de la policía como Dennis Condon, alto cargo policial y exagente del FBI, se encogió de hombros con indiferencia ante las preguntas, durante una entrevista que le realizaron ese mismo verano. Tras haber facilitado gran cantidad de información sobre la historia de la mafia de Boston y la banda de Winter Hill, Condon se repantingó en su asiento y lanzó un suspiro. «Bueno, dejé el FBI en 1977, y jamás esperé recibir ninguna ayuda de Whitey Bulger ni de Stevie Flemmi», dijo, sin inmutarse.
Jeremiah T. O’Sullivan, todavía jefe de la Unidad Especial de Lucha contra el Crimen Organizado, demostró ser impaciente y combativo. «No me lo trago», espetó cuando le preguntaron sobre la teoría de que Bulger fuera confidente del FBI. Entonces adoptó una actitud ofensiva contra los policías estatales y los policías locales que habían estado hablando con los periodistas. «Hay muchos tipos que van por ahí con sus luces azules y sus pistolas, y que se embolsan un buen sueldo. Muchas de esas personas no consiguen elaborar ningún caso, y provocan riñas, envidias y quejas».
Lehr quizá se topara por casualidad con Connolly en la calle a principios de ese año, y Cullen estaba tratando otras cuestiones con el agente, pero el equipo de reporteros sabía que no podía recibir ayuda por parte de Connolly si seguía en esa línea de investigación. Connolly era el agente del FBI sobre el que otros policías estaban quejándose.
Lo que sí ocurrió fue que, en mayo de 1988, O’Neill llamó al supervisor del FBI John Morris. Los dos se habían conocido durante la preparación del artículo de la serie por entregas correspondiente a la operación de escuchas del número 98 de Prince Street.
Morris respondió a la llamada de O’Neill, pero despreció con sorna la infundada idea de que Bulger fuera confidente del FBI. Morris accedió a quedar para comer. O’Neill había descrito el proyecto sobre los hermanos Bulger y dijo que deseaba conseguir cierta información confidencial de Morris —para lo que en su jerga periodística se llamaba «dar color»— sobre la vida de Whitey en el hampa de Boston.
O’Neill y Morris se reunieron en junio, en el Venezia’s, un restaurante con vistas a la bahía de Dorchester. Morris llegó, ataviado con un elegante traje, y parecía emocionado de ver a O’Neill. Charlaron durante un rato de forma relajada, y entonces O’Neill expuso su necesidad de hacerle algunas preguntas sobre Bulger y la Oficina Federal de Investigación. «No tiene ni idea de lo peligroso que puede llegar a ser ese hombre», dijo Morris. Dio la sensación de que había acudido a la comida listo para ese momento. Bulger era confidente, afirmó de pronto, y había sido gracias a un pacto que se había convertido en una terrible carga, una carga que él temía hubiera corrompido al FBI y que iba a terminar mal. Empezó a hablar sin pausa e iba tomando impulso. Connolly y Bulger eran íntimos, quizá en extremo. Se celebraban cenas, según contó Morris, a las que Connolly y él habían asistido, en casa de la madre del socio de Bulger. Incluso, durante una de ellas, Billy Bulger se había presentado a la mesa del banquete preparado por la señora Flemmi. (Se trataba de una cena distinta a la que más adelante acudiría Jim Ring). «Ahí estaban los dos hermanos a un lado de la mesa y, enfrente, los dos agentes del FBI».
O’Neill se quedó de piedra. Si había más ruidos en el interior del restaurante —el producido por otros comensales o por los camareros—, ninguno de los dos estaba oyéndolos. O’Neill había acudido con la esperanza de obtener una confirmación y había conseguido una confesión. El supervisor del FBI parecía agotado, lívido y sin fuerzas; algo se había roto en su interior. Finalizaron la comida con una mezcla de charla y conversación banal con referencias a Bulger. Morris se mostró abiertamente preocupado por la forma en que The Globe fuera a usar la información y advirtió sobre las consecuencias de revelar la identidad de un confidente, el peligro que esa revelación podría suponer para sí mismo y para los periodistas del rotativo.
O’Neill respondió que todavía no estaba seguro de qué saldría de todo ello. Sin embargo, ambos sabían que había ocurrido algo, algo crucial. Se trataba del tipo de información poco frecuente que precipita el cambio de una realidad, una información que provoca la corrección de la historia de una ciudad tal como la ven sus ciudadanos, para que, en última instancia, esa versión de lo ocurrido sea sustituida por otra mucho más completa y veraz.
Aunque los periodistas no lo sabían, Morris ya se había informado sobre el proyecto de The Globe, incluso antes de que O’Neill lo llamara por teléfono. Connolly había contado a Morris que Billy Bulger, el presidente del Senado de Massachusetts, estaba colaborando y ofreciendo entrevistas versadas en su infancia en Southie. Sin embargo, Connolly tenía razones para estar preocupado por un posible giro en el artículo del periódico: le habían llegado rumores de que The Globe estaba haciendo muchas preguntas sobre Whitey y el FBI. El agente sugirió que, como Morris conocía a O’Neill, más que cualquier otro agente, debía hacerle una visita y convencer al periodista de que no anduviera hurgando en los sitios problemáticos. Connolly, recordaba Morris, «me pidió que me reuniera con él para intentar averiguar la auténtica dirección en la que iban los artículos y para poner las cosas en su sitio».
La decisión del supervisor de verificar de qué trataba la investigación del periódico no estuvo precisamente motivada por razones muy elevadas. «Mi principal preocupación era salvar el pellejo —admitió—. Intentaba minimizar las consecuencias para mi trayectoria profesional». Según sus cálculos, «sacar del armario» a Bulger ofrecía una nueva solución. El de ponerlo en evidencia podía ejercer presión en el FBI, que se vería obligado, por fin, a cesar a los dos confidentes. Si eso ocurría, su mala praxis —«el hecho de haber aceptado dinero, regalos y, como resultado, el haber puesto en peligro una investigación»— caería para siempre en el olvido. Aunque también existía una posibilidad más aciaga: que la mafia o alguna persona asesinara a Bulger tras destaparse su condición de confidente. Esa hipótesis acabaría con cualquier riesgo que pudiera correr Morris de que Bulger revelara todo los delitos que había cometido el agente. No obstante, Morris insistió en que no pretendía favorecer aquel «posible desenlace fatal». «Yo quería que los cesaran», aclaró.
De todas formas, tenía la sensación de estar engañándose al pensar que solo por el hecho de que el FBI cesara a Bulger, él se libraría del peligro. «La verdad es que no lo tenía muy claro —dijo—. En parte creía que, si delataban a Connolly, yo también quedaría retratado. De hecho, creo que, a esas alturas, lo que yo quería en realidad era que se descubriera mi grado de participación en todo aquello». Presa del miedo y el sentimiento de culpa, a Morris le faltaba el valor para confesarse a las autoridades.
Ya de regreso en la redacción de The Globe, O’Neill compartió sus averiguaciones con los demás periodistas. Todos quedaron sobrecogidos, y se habló sobre la posibilidad de publicar la información en el periódico, y si eso podría provocar un baño de sangre en el mundo del hampa. Sin embargo, antes de poder tomar cualquier decisión relativa a la publicación, los periodistas sabían que debían profundizar en la investigación. Contaban solo con una fuente. Hay veces en las que una fuente anónima bien situada es suficiente para desarrollar un artículo, pero, teniendo en cuenta lo explosivo de las revelaciones formuladas, ese no era el caso. La información de Morris debía ser contrastada.
En julio, O’Neill y Cullen volaron hasta la ciudad de Washington para reunirse con William F. Weld. Weld acababa de dimitir de su cargo como director de la División Criminal del Departamento de Justicia por una disputa política que llegó a los medios con Ed Meese, el fiscal general. Durante la comida, y de forma confidencial, Weld se mostró precavido y cauteloso. Dijo que había oído rumores procedentes de algunos cuerpos de seguridad del Estado, como la policía estatal. Llegó a afirmar que, en su opinión, los rumores eran ciertos. Pero no tenía pruebas y no dio a los periodistas ningún dato que pudieran utilizar en su artículo.
Más adelante, durante la última semana de julio, Lehr llamó a Bob Fitzpatrick, un nombre que había surgido a lo largo del trabajo de investigación. El hombre, oriundo de Nueva York, se había unido a las filas del FBI en 1965. Había trabajado en Nueva Orleans, Memphis, Jackson, Mississippi y Miami. Había investigado el asesinato de Martin Luther King. Había trabajado en varios casos de atentado con bomba en los que estaba involucrado el Ku Klux Klan. Había sido instructor en la Academia del FBI, en Quantico, Virginia. El exagente había sido adjunto del agente especial al mando del FBI de la oficina de Boston, desde 1980 hasta 1987. Durante ese periodo fue jefe de Morris y supervisó la Brigada Nacional contra el Crimen Organizado. En 1988, estaba trabajando en Boston como detective privado.
Lehr fue en coche hasta la casa que Fitzpatrick tenía en Rhode Island, y su anfitrión lo llevó a dar un paseo a una playa cercana. La atmósfera estaba cargada de humedad y el cielo estaba encapotado. En la playa no había nadie. Lejos de allí, en Atlanta, el Partido Demócrata estaba nombrando presidente de la formación a su gobernador de Massachusetts, Mike Dukakis, durante la convención del partido.
—¿Qué saben? —preguntó Fitzpatrick a bocajarro.
—Lo sabemos todo.
Mientras paseaban por la arena, Fitzpatrick parecía tenso. Entonces tomó la palabra y, durante las horas siguientes, habló sobre Whitey Bulger y el FBI, sobre Connolly y Morris.
«Se ha convertido en una puñetera carga — dijo Fitzpatrick sobre Bulger. Dijo que durante su ejercicio en la oficina de Boston cada vez se había sentido más preocupado por la calidad de la información de Bulger y por el ascenso de Bulger hasta convertirse en el miembro del hampa más importante de la ciudad—. No se puede tener al gánster más poderoso como confidente —afirmó en un momento determinado, cada vez más furioso—. ¡Si es tu confidente, él hace las reglas! ¡Te tiene en sus manos!».
Empezó a llover, y la entrevista se trasladó al coche de Lehr y se prolongó durante el trayecto de regreso a la casa de Fitzpatrick. El variado discurso se convirtió en una auténtica primicia sobre los contactos de los agentes con los confidentes, los peligros y beneficios de la confianza de la Oficina Federal de Investigación en los confidentes, un paseo por la playa sobre qué hacer y qué no hacer con un confidente. El entrevistado no paró de lamentarse sobre lo que él consideraba un escándalo interno de primer orden que nadie había investigado. Las contadas ocasiones en las que se había sometido el papel de Bulger a revisión, las fuerzas que lo favorecían habían prevalecido.
«El FBI ha sido puesto en peligro. Eso es lo que realmente me cabrea. Están aprovechándose del FBI». La raíz del problema, según él, se reducía a la seducción más primitiva a la que se enfrentaba cualquier agente de contacto con los confidentes de larga duración. Según él, Connolly hacía tiempo que «se había identificado de forma exagerada con el tipo al que se suponía que debía controlar, y el tipo se aprovechó de eso». El agente, dijo Fitzpatrick, se había «convertido en uno de ellos».
Dos meses después, una serie de artículos dividida en cuatro entregas sobre los hermanos Bulger, y publicada en The Boston Globe, incluyó un episodio dedicado a lo que fue descrito como una «relación especial» entre Whitey Bulger y el FBI.
En las frenéticas semanas previas a la publicación, Cullen y el fotógrafo de la redacción John Tlumacki, gracias al soplo de un policía local, lograron fotos recientes de Whitey Bulger pasando una soleada tarde en un parque de la ciudad, cerca de Neponset Circle, en Dorchester. Bulger estaba paseando al caniche de Catherine Greig, con sus características gafas de sol y su gorra de béisbol.
A esas alturas, también el FBI era muy consciente de la línea de investigación que seguía The Globe y tomó un atajo para intentar coartar al periódico. Tom Daly, agente veterano, llamó una tarde a Cullen a su despacho. Daly hablaba molesto, quería saber por qué motivo Lehr había intentado contactar con Ciulla, alias Tony el Gordo, extestigo del Gobierno en el caso de las carreras hípicas amañadas de 1979 contra Howie Winter. A continuación, la conversación pasó a tratar sobre Bulger. En primer lugar, dijo Daly como si alguien se lo hubiera preguntado, «esta conversación jamás ha tenido lugar». (Fiel a sus palabras, una década después, Daly negó haber llamado a Cullen). Daly también dijo que había llamado al periodista en calidad de «amigo», aunque Cullen apenas lo conocía.
Daly quería saber si The Globe seguiría con la historia de Bulger. Para empezar, negó que el gánster fuera confidente del FBI. Luego dijo que quería asegurarse de que Cullen entendía a qué podían enfrentarse tanto sus colegas como él mismo. Aseguró que Ciulla, que estaba incluido en el programa federal de protección de testigos, tenía una advertencia para el periódico: «Whitey es un tipo peligroso. Es mejor no cabrearlo».
Daly dijo que Ciulla había avisado de que Bulger no toleraría que se escribiera ninguna mentira sobre él ni nada que perjudicara a su familia por cualquier ignominia. «Ese tipo no sería capaz de superarlo —dijo Daly refiriéndose a Bulger—. Se lo cargaría a usted sin pensarlo».
La táctica intimidatoria dejó a Cullen un tanto inquieto. Sin embargo, al día siguiente, los periodistas y sus redactores jefes se habían puesto de acuerdo en que Whitey Bulger no había llegado hasta donde estaba asesinando a periodistas. Consideraron el artículo como algo que debían publicar.
La serie vio la luz a finales de septiembre de 1988, pocas semanas después de que Bulger cumpliera cincuenta y nueve años, y provocó inmediatos desmentidos por parte de varios jefes del FBI. En declaraciones a los medios, Jim Ahearn, el agente de mayor rango de Boston, hizo gala de una gran seguridad. «Es rotundamente incierto —sentenció—. Negamos de forma específica que se haya dado un trato especial a ese individuo».
Entre bambalinas, no obstante, estaba produciéndose un verdadero revuelo mientras se preparaban para los efectos colaterales. «Leí el artículo —dijo Flemmi y, prosiguió—: lo comenté con Jim Bulger». A principios de octubre se habían reunido en el ático de Morris. «Fui con John Connolly y Jim Bulger», dijo Flemmi. Todavía era demasiado pronto para preguntarse cómo habría conseguido el periódico la información para el artículo; su primera preocupación era el control de daños. «Estaba molesto con la publicación —comentó Flemmi sobre Bulger—. Pero no creo que en ese momento dijera nada sobre quién habría filtrado la información. No creo que lo supiera.
»Fue breve», prosiguió Flemmi, la reunión fue la última ocasión en la que Bulger y Flemmi verían a Morris en persona. Los agentes, recordaba Flemmi, estaban «hablando sobre distanciarse de nosotros». Aunque el gánster también se percató de que Connolly se sentía incómodo y presionado con la conversación. Estaba en contra de una ruptura. «John Connolly quería que aguantáramos en nuestro sitio, y lo hicimos», dijo Flemmi.
De hecho, Morris y Connolly ya habían hablado sobre el artículo y concluyeron que todo saldría bien. Aunque la profundidad de la publicación dejaba «poco espacio a la imaginación» sobre la condición de Bulger, el periódico aclaraba que Morris, jamás había pronunciado la palabra «confidente». El artículo llamaba al pacto «relación especial». Tras la publicación, se sucedieron los desmentidos públicos del FBI, lo cual beneficiaba a los involucrados. Pensaron que tal vez podían capear el temporal. O que incluso su mejor activo era Bulger y la leyenda que lo convertía en el defensor por antonomasia de sus semejantes. «Connolly y yo pensamos que al confidente no le sucedería nada porque nadie creería lo publicado», dijo Morris, quien intentaba manipular la verdad, una vez más, para borrar el rastro de sus huellas.
En las semanas posteriores a la publicación del artículo, la intuición de los agentes se confirmó. Flemmi y Bulger se emplearon a fondo en propagar que la información era poco menos que una broma de mal gusto. Los agentes del FBI, mientras tanto, tomaron el pulso al mundo del hampa. A finales de septiembre, Sonny Mercurio confió a Connolly que sus socios creían que el artículo era «una patraña». Mercurio dijo que Ferrara y J. R. Russo empezaban a hablar de planes ocultos y de que el artículo se basaba en un soplo falso para poner en evidencia a Billy Bulger. Los agentes se plantearon si el instantáneo desmentido de la mafia no se debería al miedo que les provocaba Whitey. Si los mafiosos creían que Bulger era confidente del FBI, deberían haber tomado cartas en el asunto, tendrían que haberse deshecho de él. Quizá a la mafia no le interesara creerlo.
En octubre, una nueva fuente gubernamental indicó que la revelación no estaba provocando la preocupación esperada. La fuente, que en realidad estaba filtrando información sobre las crecientes ganancias de Bulger gracias al narcotráfico, comentó que Bulger y Flemmi, aunque seguían «muy inquietos por el artículo», pensaban que estaban «capeando muy bien el temporal de la actualidad». Los dos jefes del crimen, dijo el soplón, habían propagado el rumor de que la historia era una mentira contada por sus enemigos y otros confidentes que iban a por ellos.
Fue lo que se dijo en la ciudad durante un tiempo. A finales de octubre, no obstante, el temporal había amainado. A renglón seguido, Connolly volcó su atención en otra cuestión relevante. Había conocido a su futura esposa en el despacho hacía casi una década, y el 5 de noviembre de 1988, Connolly avanzaba por el pasillo del templo para casarse con Elizabeth L. Moore. Los congregados para celebrar el enlace de la feliz pareja incluían a varios compañeros de la oficina de Connolly, con la presencia más numerosa de la Brigada Nacional contra el Crimen Organizado, entre ellos, Nick Gianturco, Jack Cloherty y Ed Quinn. Todo marchaba sobre ruedas, y John Connolly había empezado a pensar en jubilarse. Y aunque decidiera continuar, a pesar de la dichosa publicidad que se había hecho del pacto del FBI con Bulger, la costa parecía bastante despejada en ese momento.
A esas alturas, Connolly y los demás —incluido un tranquilizado John Morris— habían perfeccionado sus habilidades para evitar los problemas. Lo habían hecho durante trece años, y cada vez se les daba mejor. En ese momento, a su lista de enemigos de policías estatales, agentes de narcóticos y policías que él afirmaba que lo odiaban, Connolly añadió a los periodistas. No entendía absolutamente nada. ¿Qué era lo que no gustaba de un agente armado de suculentas anécdotas sobre el FBI que habían contribuido a someter a la mafia de Boston? Para refutar lo que se rumoreaba sobre Bulger convocó una reunión privada con el redactor jefe de The Globe. Connolly pronunció su discurso. ¿Cómo iban a ser ciertas cualquiera de esas historias, explicó al redactor jefe, Jack Driscoll, si él jamás había hablado siquiera con Whitey Bulger?
Connolly y los demás tenían una estrategia para minar el escrutinio de la nueva cobertura de prensa: seguir trabajando con celo en las calles. Confiaban en que lograrían extinguir cualquier incendio que se declarase a su paso, incluido uno que alguien estaba alimentando desde dentro.
Ese incendio prendió gracias a Bill Weld. Antes de dejar el Departamento de Justicia, había empezado a recibir llamadas telefónicas de una mujer de Boston con datos intrigantes sobre Bulger y el FBI. La primera llamada se produjo el 6 de enero de 1988, y la mujer habló con un ayudante de Weld. La desconocida estaba «a todas luces asustada y llamaba desde una cabina», y prometió llamar para facilitar «información sobre a quiénes tenían en plantilla Stevie Flemmi y Whitey Bulger, es decir, sobre la policía de Boston y los agentes federales». Weld distribuyó una circular a unos cuantos directivos de alto rango del Departamento de Justicia, y garabateó al margen junto a la referencia a Bulger, «OK, comprobar, quizá no sea una loca». El despacho de Weld a menudo recibía llamadas de personas que se quejaban de que la CIA les había puesto un micro en los empastes de la dentadura, pero Weld tenía la sensación de que no era el caso. La siguiente llamada se produjo el 20 de enero, y la persona que llamó mencionó al «Agente John Connolly, del FBI» y a un agente de la policía de Boston como los dos individuos que habían «vendido la información sobre la grabación secreta» a Bulger y Flemmi. Weld volvió a garabatear en los márgenes: «¡Ya lo sé! Es información contrastada». Las llamadas siguieron produciéndose, el 27 de enero, el 3 de febrero y el 10 de febrero, e incluyeron frases tan suculentas como: «Tengo información sobre el asesinato de Brian Halloran. Lo cometieron Whitey Bulger y Pat Nee».
A pesar de sus anotaciones entre exclamaciones, Weld no tenía la certeza de que los soplos fueran ciertos, pero sí creyó que debía tomarlos en serio e investigarlos. «Tenía la sensación de que podía existir algún tipo de vínculo entre el señor Bulger y el señor Connolly».
Weld renunció a su cargo el día 29, pero sus antiguos ayudantes siguieron recibiendo las llamadas, el 15 de agosto y el 27 de octubre, durante las cuales, la persona que llamaba dijo que un segundo agente del FBI, John Newton, también había revelado secretos gubernamentales a Bulger. La soplona resultó ser una mujer llamada Sue Murray, que daba la cara por su marido, Joe Murray, el gánster que traficaba con drogas y robaba armas para el IRA y en ocasiones hacía negocios con Bulger. Murray, encarcelado desde su detención en 1983, esperaba poder conseguir clemencia a cambio de la información.
Antes de dimitir, Weld envió «todos los datos a Boston para realizar una investigación más profunda». Pero la derivación cayó directamente en manos de los amigos de Connolly y los históricos guardianes del pacto de Bulger, personas como Jeremiah T. O’Sullivan y el nuevo amigo íntimo de Connolly, Jim Ahearn. El agente especial al mando supervisó una investigación interna de Connolly que se desarrolló lentamente entre 1988 y 1989. No la gestionarían ni personas extrañas al departamento ni agentes imparciales de otras oficinas, sino los socios de Connolly. Algo parecido a que hubieran pedido al propio Connolly que se encargara en persona de las acusaciones.
Ahearn dejó claro que creía que la información era infundada. En una carta remitida al director del FBI, William Sessions, se quejaba de que ese último cuestionamiento sobre la conducta de Connolly no era más que «otra de una larga serie de acusaciones vertidas sobre su persona durante años». Ahearn aseguraba a su jefe que no sacaría ninguna conclusión, pero en su siguiente comunicado sí lo hizo. Escribió a Sessions: «Aunque no prejuzgo la investigación actual, todas las demás han demostrado ser infundadas y (el agente). Connolly es tenido en muy alta estima tanto en la Unidad de Investigación Criminal como por mí mismo debido a sus logros». El que avisa no es traidor.
Joe Murray fue destinado a Boston en junio desde una prisión federal en Danbury, Connecticut, para celebrar una entrevista con dos agentes de la oficina de Boston. Ese día, Ed Clark y Ed Quinn se encontraban sentados frente a Murray. Ambos agentes tenían amistad con Connolly, sobre todo Quinn, quien había trabajado codo con codo con el agente durante años y hacía solo unos meses estaba brindado por John en su boda.
Murray dijo a los federales que había oído que Bulger y Connolly iban a viajar a Cape Cod juntos y a compartir un piso en la zona de Brighton, en Boston. Dijo que unos cuantos socios de Bulger, como Pat Nee, sabían que Bulger y Connolly eran íntimos y que el gánster manejaba a Connolly como un títere. «Connolly no suponía ningún problema —indicó Nee. Añadió que—: Bulger y Flemmi son responsables de la muerte de Bucky Barrett en 1983» y resumió lo que sabía sobre las veinticuatro horas que culminaron con la desaparición de Barrett.
Los agentes del FBI de Boston iban asintiendo en silencio y tomando notas, pero no llegaron a hacer preguntas para profundizar en lo que escucharon: ni sobre Connolly, ni sobre el papel de Bulger en los asesinatos de Halloran y Barrett, ni sobre nada de lo que Murray les había contado acerca del jefe del crimen organizado.
Clark describiría más tarde su misión aquel día como la de un simple taquígrafo, no como lo que habría hecho un experto en interrogatorios del FBI. En su opinión, solo estuvo allí para escuchar lo que Murray tenía que decir y para transmitírselo a otra persona que lo valoraría y decidiría si debía hacerse algo al respecto. Clark dijo que, a pesar de todo, creía que Murray «habría sido un maravilloso confidente». Pero en lugar de ser aprovechado como tal, Murray fue enviado de regreso a su celda en Danbury. Clark afirmó que no recibió la orden de investigar las declaraciones del interrogado.
Mientras tanto, Jim Ahearn y sus ayudantes llevaron el informe escrito a máquina sobre Clark y lo enviaron al cuartel general. En el texto se conminaba a la cúpula de poder a dar carpetazo a cualquier otro asunto relacionado con el cuestionamiento de Connolly. El informe despreciaba los comentarios de Murray como «rumores y conjeturas» y concluía: «Boston recomienda que esta investigación se finalice y no se tome ninguna medida administrativa».
Estaba solucionado. La documentación había quedado enterrada —como los cuerpos de Halloran y Barrett—, y los comentarios negativos sobre Connolly fueron redirigidos hasta caer en el olvido del FBI. Todo quedó en otro mero inconveniente.
Así las cosas, Connolly, Bulger y Flemmi tenían la sensación de estar en pleno derecho de hacer lo que se les antojara: la ciudad era suya. Por ello, Bulger se mostró del todo desconcertado cuando un día, en el aeropuerto de Logan, su novia, Teresa Stanley, y él fueron detenidos mientras embarcaban en el vuelo con destino a Montreal de la compañía Delta Airlines.
Eran las siete y diez de la mañana. Con dinero en efectivo, Teresa había comprado dos billetes en primera. Bulger, vestido con un chándal negro, llevaba una bolsa de cuero del mismo color. En su interior transportaba cincuenta mil dólares en metálico que pretendía sacar del país de contrabando. Pero cuando la bolsa pasó por el escáner de seguridad, una guardia del aeropuerto se percató de varios bultos no identificables. Al abrir la cremallera de la bolsa, la funcionaría vio los fajos de dinero repartidos en billetes de cien dólares. Al calcular que el monto superaba con creces los diez mil dólares —la legislación federal exigía declarar el dinero en metálico que superase dicha cantidad—, la empleada de seguridad del aeropuerto dijo a Bulger y Stanley que se apartaran de la fila. Debía avisar a la policía estatal.
«Que te den por culo», espetó Bulger a la guardia de seguridad.
Bulger recogió la bolsa con el dinero y empezó a caminar a toda prisa. Pasó el paquete a otro hombre y dijo: «Toma, Kevin, llévatelo». Kevin Weeks se dirigió a toda prisa hacia la puerta, subió a un Chevrolet Blazer de color negro y salió pitando. Bulger metió el pie en una puerta giratoria del aeropuerto para interceptar a un segundo guardia de seguridad que había salido corriendo tras la bolsa de dinero.
Bulger estaba discutiendo con los guardias cuando el policía estatal de paisano Billy Johnson, de la división del aeropuerto de la policía del estado de Massachusetts, se presentó en la escena. Nadie reconoció a Bulger, que estaba huyendo de los guardias junto con Teresa.
«¡Eh, usted, venga aquí!», gritó Johnson.
Johnson se identificó, y uno de los guardias empezó a explicarle lo ocurrido, pero Bulger lo interrumpió y señaló al guardia. «Calla la puta boca —espetó—. Estás mintiendo». Johnson le exigió una identificación, y Bulger sacó el carné de conducir: «James J. Bulger, Twomey Court, n.º 17, South Boston».
El guardia intentó por segunda vez hablar con Johnson, pero Bulger volvió a interrumpirlo. «Calla la puta boca».
Johnson se volvió hacia Bulger. «Cállate tú». Puso a Bulger contra la pared y se convirtió así en uno de los pocos hombres que seguramente había llegado a poner las manos encima al gánster. «Una palabra más y voy a tener que encerrarte».
Bulger no se dejó amedrentar. «¿Así es como tratan a los ciudadanos? —espetó—. ¿¡Así es como tratan a los ciudadanos!?», acabó gritando. Johnson lo ignoró. El policía estatal requisó los nueve mil novecientos veintitrés dólares en efectivo que llevaba Teresa Stanley encima. Se notificó el incidente a los agentes de aduanas, pero la cantidad era menor, por muy poco, a la requerida para dar parte oficial. Al final, tras debatirlo con otros agentes, Johnson se dio cuenta de que no tenía motivo para detener a Bulger. Quizá podría haberlo retenido por alboroto público, pero decidió que habría sido un motivo «que no se aguantaba por ningún lado». Dejó marchar a Bulger y Stanley. Bulger se marchó hecho una furia, paró un taxi y desapareció.
La vida seguía. Flemmi se tomaba a menudo un descanso del ritmo de vida criminal, y se entregaba a su pasión por el paracaidismo. Asistía a las reuniones de excombatientes del ejército hasta que se hizo miembro de la Asociación Internacional de Veteranos de las Fuerzas Aéreas. Empezó a viajar por todo el mundo para realizar sus saltos: a Sudáfrica, Alemania del Este, Tailandia e Israel. Retomó la amistad con otros veteranos de la guerra de Corea. Mientras tanto, el mundo de John Connolly también bullía de actividad: nuevo matrimonio, nuevo ascenso a supervisor de la Unidad de Lucha contra el Narcotráfico y la posibilidad de jubilarse. Tras la celebrada grabación de la ceremonia de iniciación a la mafia, a finales de 1989, el director del FBI, William Sessions, viajó a Boston para felicitar en persona a los agentes de la ciudad, e hizo una mención especial a Connolly por su gestión del trato con los confidentes. Connolly volaba alto, pero estaba a punto de salir despedido, literalmente. En 1990 vendió su casa de Thomas Park y se mudó, por un breve periodo, a su casa de South Boston, situada en un complejo de seis viviendas donde Bulger y Weeks también tenían una propiedad. Pero Connolly tenía el ojo puesto en las urbanizaciones de North Shore, y no tardó en comprar un terreno en Lynnfield y construir una gran casa de dos plantas y fachada de ladrillo vista.
Aunque Jim Ring hubiera ordenado a Connolly dejar de reunirse con sus confidentes en su hogar, los encuentros prosiguieron, y se habían limitado a trasladarse a casa del agente John Newton o a la de Nick Gianturco. En una ocasión, Gianturco invitó a dos conocidos agentes del FBI de Nueva York a pasar unos días en la ciudad. Joseph D. Pistone, ya jubilado del FBI, había escrito un libro, Donnie Brasco: My Undercover Life in the mafia. El libro, publicado en 1987, se convirtió en superventas y llegó a inspirar una película interpretada por Al Pacino.
Junto con Pistone había llegado Jules Bonavolonta, un veterano combatiente de la mafia que también acabaría escribiendo su propio libro. Gianturco preparaba la comida, y Connolly presentó, lleno de orgullo, a Bulger y Flemmi a los invitados foráneos. «Resultaba evidente —recordaba Bonavolonta— que Bulger y Steve eran amigos de Connolly». El agente empezó a decir que a él también le gustaría escribir un libro, algún día, sobre sus triunfos en el FBI.
Morris se había convertido en persona non grata. En 1989, estaba ocupado defendiéndose a sí mismo en una investigación interna para averiguar la procedencia de las filtraciones de información para el artículo de The Globe, relacionadas con la investigación del número 75 de State Street. Rechazó someterse a la prueba del polígrafo y estaba haciendo malabares con sus mentiras para salir del embrollo, redactando falsos informes y negando a la cúpula directiva del FBI que él había sido el responsable de la filtración informativa. Durante todo ese tiempo, Connolly había sido el principal atacante deseoso de entregar la cabeza de su examigo. «Sospechaba de mí», dijo Morris sobre Connolly. Sin embargo, lograría superar la investigación interna con la única consecuencia de un cese de la actividad profesional, sin sueldo, durante catorce días.
En las trastiendas de su licorería y del colmado en el local contiguo, Bulger y Flemmi seguían con el trabajo sucio de su imperio del hampa, convocando en el lugar a recalcitrantes morosos. Quién sabe si sacarían algún arma para dejar bien clara su postura ante el precio de los pagos atrasados. A plena luz del día, en Navidad, los agentes del FBI pasaban por allí a recoger su aguinaldo. «Dick Baker, amigo de John Connolly», era la anotación escrita en una factura de bebidas alcohólicas por valor de 205 dólares, que el agente Baker compró en 1989.
Connolly y los demás sentían que el viento soplaba a su favor. Jim Ahearn actuaba como parapeto de cualquier crítica. De hecho, poco después de llegar a Boston, ordenó a un ayudante que revisara la situación de Bulger para acallar los molestos chismorrees en los pasillos de la oficina. Aunque el resultado —la sentida recomendación de mantener a Bulger como confidente— no le sorprendió en absoluto. La revisión consistió, en gran medida, en releer los informes de Connolly y hablar con el agente en persona. Ahearn escribió al director del FBI el 10 de febrero de 1989, presumiendo de que Whitey Bulger había sido «considerado durante muchos años, el confidente más importante del crimen organizado». (El informe ni siquiera mencionaba a Flemmi por su nombre, aunque fuera Stevie el que tenía más fácil acceso a la mafia). Connolly, escribió Ahearn, goza de una «reputación asombrosa como agente de contacto y sus logros son muy conocidos entre los cuerpos de seguridad del estado de Massachusetts».
El informe del agente especial al mando remitido a Sessions tenía un objetivo específico: protestar por el hecho de que la Agencia Antidroga de Estados Unidos, la DEA, y el departamento de policía de Boston estuvieran llevando a cabo una nueva investigación sobre Bulger. Ahearn había sabido de la investigación conjunta solo un día antes; todavía peor, se había enterado de que la investigación estaba en marcha desde 1987. Ahearn se sentía sobrepasado por la situación: estaba furioso por haber sido dejado fuera del círculo de confianza y echaba humo por el hecho de que la mediocre DEA se atreviera a amenazar a la Oficina Federal de Investigación de esa forma.
Sin embargo, la decisión de abandonar el FBI había sido tomada a conciencia. «Estaba bastante satisfecho de apartar a la Oficina de esa investigación», comentó Bill Weld, jefe de la División Criminal del Departamento de Justicia de la época. «Sospechaba de la existencia de problemas en alguna unidad del FBI. En mi opinión, dicho problema se encontraba en un nivel muy bajo, en el nivel de John Connolly. Era una cuestión histórica, aunque sigue existiendo en la actualidad».
No obstante, a Jim Ahearn no le importaba. Dijo al director del FBI que la conducta de la DEA era «reprobable». Se sentía «profundamente disgustado». Sus palabras transmitían un mensaje de prepotencia. La oficina de Boston y John Connolly tenían una conducta intachable, y Whitey Bulger era lo mejor que le había ocurrido jamás al FBI.
Era el valor máximo alcanzado por el discurso legendario armado en torno a la figura de Bulger y de la fanfarronería del FBI. Una vez más, Whitey capeaba el temporal desde la retaguardia. La investigación de la DEA acabó con la carrera de gánsteres de máximo nivel como John Shea, el Rojo y Paul Moore, el Turón, así como con un gran número de traficantes. Pero no afectó a la trayectoria de Whitey. Había llegado la hora de poner rumbo al hogar. Próximo a su jubilación, Connolly redactó un informe en el que aseguraba que Bulger y Flemmi también estaban planteándose dejarlo, «recogerlo todo y dedicarse a una diversidad de negocios legales que ya poseen». Flemmi, por su parte, estaba invirtiendo más de un millón de dólares —en efectivo— en adquirir numerosas propiedades en el acaudalado barrio de Back Bay.
Sin embargo, lo que Connolly consideraba «negocios legales» no tardaría en ser visto como blanqueo de dinero por un nuevo equipo de fiscales federales. A pesar de lo que pudiera parecer a finales de esa década, a Connolly y la banda jamás volvería a irles tan bien.
Notas del capítulo dieciséis[*].