Black Mass

Dick Lehr · Capítulo 17 de 27

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Black Mass

13. Black Mass

Capítulo trece

 

Black Mass

 

O rgulloso y pagado de sí mismo, el John Morris de 1985 todavía gozaba del prestigio por haber supervisado la exitosa operación de escuchas electrónicas en el cuartel general de la mafia a principios de 1981. Era considerado experto veterano, reflexivo y decidido. Por otro lado, llevaba la doble vida típica de un libertino, al igual que los demás miembros de la camarilla: John Connolly, Whitey Bulger y Stevie Flemmi. Todos poseían una imagen pública en marcado contraste con su realidad personal. Morris y Connolly eran agentes del FBI durante el día y salían de juerga por las noches con los dos gánsteres a los que protegían celosamente, aunque eso supusiera adaptar las leyes e incluso violarlas. Bulger y Flemmi se deleitaban con su reputación de hombres astutos con la habilidad de superar en ingenio a la policía. La realidad era que llevaban años facilitando al FBI soplos sobre sus amigos y enemigos en el mundo del hampa, y disfrutaban de un escudo protector proporcionado por el cuerpo de seguridad del Estado más importante de la nación.

Bulger tenía a Morris en el bolsillo: el agente había pedido y aceptado mil dólares en 1982 de manos del gánster para que Debbie Noseworthy volara hasta Georgia. Además, durante los primeros días de 1984, durante el comienzo de la Operación Beans llevada a cabo por la DEA, Morris había aceptado un segundo soborno de la mano que Bulger le ofrecía.

«Connolly me llamó y me dijo: “Tengo algo de los chicos para ti. ¿Por qué no vienes a buscarlo?”. Fui y lo recogí. Era una caja de vino. Cuando salí, me dijo: “Llévala con cuidado, hay algo para ti en el fondo”. Miré dentro del embalaje, y al abrirlo encontré un sobre con mil dólares dentro». Por lo visto, Morris se había enganchado a la sensación que experimentaba en instantes como ese, y necesitaba más. No le preocupaba la duda de si debía entrar en el despacho del agente especial al cargo de la oficina de Boston y entregarlos a todos. No, sus ojillos ambiciosos miraban en esa dirección para asegurarse de que nadie estaba vigilándolo. Tomó un sacacorchos, abrió una botella, se metió en el bolsillo el dinero de Bulger y saboreó al instante hasta la última gota.

Sin embargo, si Bulger había creído que la caja de vino era una segunda prima para su seguro de vida dentro del FBI, de pronto fue presa de una gran decepción. La Oficina Federal de Investigación, que consideraba a Morris un modelo de integridad, trasladó al supervisor a Miami. Tenía la misión de dirigir un equipo especial de agentes centrado en la investigación de un posible caso de corrupción —⁠precisamente de esa falta⁠—, relacionado con un agente federal de Florida. El momento no podía ser peor, teniendo en cuenta el creciente celo en el análisis de Bulger y Flemmi por parte de los agentes de narcóticos y de la policía de Quincy. Durante los meses restantes de ese mismo año y a principios de 1985, Bulger y Flemmi capearon la Operación Beans con ayuda de Connolly y de Jim Ring, aunque de este, en menor medida. Sin embargo, no había resultado fácil y ese lapso, en el que los agentes federales de narcóticos veían su labor obstaculizada y John Morris empezaba a resurgir, parecía el momento ideal para una reunión. Había llegado la hora de aclarar la alianza secreta ante un opíparo banquete. Debían revisar una serie de asuntos pasados —⁠la Operación Beans⁠—, así como discutir nuevas y acuciantes preocupaciones, tales como el juicio por las actividades relacionadas con el crimen organizado del jefe de la mafia Gennaro Angiulo, tema principal de las cuantiosas grabaciones de las conversaciones mantenidas en el 98 de Prince Street. El juicio —⁠el juicio criminal más importante de Boston durante décadas⁠— debía celebrarse, por fin, en pocas semanas, y Bulger y Flemmi tenían una larga lista de preocupaciones relativas a los registros sonoros.

A medida que fue avanzado la cena, Connolly reveló el hecho de que los jefes de la mafia Jerry Angiulo y Larry Zannino solían hablar con frecuencia de Bulger y Flemmi en esas grabaciones: «Conversaciones —⁠dijo Flemmi⁠— sobre distintas actividades criminales». A Flemmi le preocupaba especialmente el diálogo mafioso sobre su papel en los asesinatos de los tres hermanos Bennett, en 1967. Aunque había muchos más ejemplos. Connolly les proporcionó una descripción completa de las conversaciones entre los mafiosos. «En las cintas se hablaba de los Bennett», dijo Flemmi. Además, John Connolly también «mencionó lo del juego ilegal, si no recuerdo mal, el nombre de unos cuantos corredores de apuestas que estaban (…) con los que estábamos relacionados. Creo que Jerry (Angiulo) comentaba el hecho de que Whitey controlaba todo South Boston, que Stevie controlaba el South End, y que obteníamos una cantidad X de los corredores de apuestas. Mencionó una cifra (…) La que creía que se embolsaba Whitey (…). Cincuenta mil dólares a la semana por los pagos que hacían los corredores de apuestas».

Flemmi y Bulger estaban alarmados. Antes de las escuchas de la mafia grabadas en 1981, esa era precisamente la situación sobre la que ambos habían expresado sus preocupaciones. Aunque evitaran aparecer por el 98 de Prince Street, los jefes mafiosos acabarían hablando de sus intereses comerciales compartidos. Necesitaban la garantía de una promesa que Morris y Connolly les habían hecho al comunicarles su preocupación. A cambio de su ayuda para dar caza a Angiulo, las grabaciones no se utilizarían para imputarlos a ellos.

Mientras Morris se encontraba en Miami, los gánsteres habían hablado del tema con Connolly y le habían preguntado acerca del peligro exacto que todo aquello podía acarrearles. El agente de contacto intentó tranquilizarlos. «Fue cuando nos dijo que no nos preocupáramos», recordaba Flemmi. Pero mejor era confirmarlo con Morris, para corroborar la promesa. «La reunión la organizó John Connolly», apuntó Flemmi. Connolly se puso en contacto con Bulger, y este quedó con Flemmi: «Estábamos disponibles». Escogieron la noche de un día entre semana de principios de primavera. La ciudad resurgía tras la oscuridad del invierno, y la temperatura era agradable, el calor estival ya se anunciaba. Connolly recogió a Bulger y Flemmi en un aparcamiento de South Boston. Dijo que otro viejo amigo se reuniría con ellos, Dennis Condon, el exagente del FBI que había pertenecido al grupo, al principio del pacto, en 1975. En ese momento ocupaba un importante cargo en el Departamento de Seguridad Pública como jefe de la policía estatal. Condon era un personaje ilustre, un auténtico veterano del FBI de la década de 1960. «Se conocían entre ellos —⁠recordaba Morris⁠—, y Connolly y yo creíamos que a Condon le gustaría tener la oportunidad de verlos». Huelga decir que la presencia de Dennis Condon en la reunión confirmaba que el pacto con Bulger seguía teniendo sentido. Condon era exagente del FBI y en ese momento dirigía la policía estatal. Bulger y Flemmi estaban permanente preocupados por el interés que suscitaban en otros cuerpos de policía. ¿Por qué no intentar cubrir todos los frentes posibles?

Tras partir en coche, en plena hora punta, Connolly, Bulger y Flemmi salieron de la ciudad en dirección a su cena con John Morris.

 

Mientras tanto, en la cocina de su casa de Lexington, Morris estaba ocupado con los preparativos. Sazonó los filetes y preparó el resto de la carne para meterla en el horno. Puso la mesa del comedor para cinco comensales. Rebecca, su esposa, no los acompañaría. «Me negaba a cocinar para ellos», admitiría ella más adelante. John quizá estuviera muy animado por la cena, pero su esposa no estaba en absoluto contenta. Cuando coincidían en la cocina, se evitaban mutuamente, con ansia y recelo. Ella no paraba de sacudir la cabeza, volvía a expresar con tono airado su oposición a tener dos gánsteres en su casa. ¿Qué pasaba con sus hijos? John intentó explicarle con calma, una vez más, la necesidad de mantener la confianza de Bulger y Flemmi. Rebecca no sabía nada sobre el dinero de Bulger, ni sobre otras particularidades de la relación de su marido con los jefes del crimen organizado. Pero sí sabía que algo no marchaba bien. Rebecca llevaba muchos años siendo la esposa de un agente del FBI para intuir que existía algún elemento irregular en aquel largo pacto.

Por eso no pensaba aceptarlo. John intentaba atenuar la oposición de su esposa refiriéndose siempre a Bulger y Flemmi como «los malos», una especie de concesión a ella para demostrarle que él no olvidaba quiénes eran los gánsteres y para que tuviera por seguro que sabía exactamente qué hacía al invitarlos. Incluso había intentado decir que en realidad estaba preocupado por John Connolly y por la estrecha relación de este con Bulger. Que él, en calidad de amigo y exsupervisor, tenía el deber de mantenerse vigilante. Pero Rebecca no se dejó engatusar. No quería su presencia ni sus regalos.

Los brotes verdes de los arces del jardín empezaban a salir. Encerrado en la cocina, John Morris estaba haciendo cuanto podía por liberarse de la tensión marital. Al margen de eso, se sentía bastante bien. Se encontraba en un momento profesional álgido gracias a su destino especial en Florida y estaba en vías de redondear su carrera. Morris pensó en todo lo que había hecho en el sur. El agente al que había estado investigando, Dan Mitrione, era considerado un hombre ejemplar: inteligente, siempre en buena forma física, exmarine y veterano de la guerra de Vietnam, perteneciente a una sólida estirpe de miembros de los cuerpos de seguridad del Estado.

Era hijo de un exjefe de policía y funcionario del Departamento de Estado, que había muerto asesinado por un grupo de terroristas en Uruguay, en 1970. A principios de la década de 1980, Dan Mitrione había empezado a trabajar de incógnito como parte de una importante investigación de narcóticos en el FBI. Había logrado ingresar en el círculo de confianza de un potente cártel de cocaína, pero había caído bajo el hechizo del contrabandista jefe, un anciano que empezó a tratar a Mitrione como a un hijo. Mitrione acabó ayudando a los contrabandistas a los que, supuestamente, debía detener. En 1984 empezó a ser investigado.

John Morris estaba al mando de un equipo de agentes del FBI convocados desde todas partes del país y enviados a solucionar el problema. Durante el otoño de 1984, Mitrione había confesado a la Unidad especial de lucha Contra el Crimen Organizado que había aceptado ochocientos cincuenta mil dólares en sobornos de los contrabandistas. Se confesó culpable ante el tribunal federal y fue condenado a diez años de cárcel. En su fallo, el juez federal se mostró a todas luces decepcionado por la decadencia de un agente con una trayectoria tan ejemplar. «La Justicia lleva los ojos vendados, pero hoy asoma una lágrima por debajo de su venda», declaró el juez desde el estrado.

Morris había regresado a su tierra natal para recibir el aplauso de sus superiores por un trabajo bien hecho. Sin embargo, debió de ser una experiencia inquietante. Se marcharía a Florida en cuestión de unas semanas tras haber aceptado vino y mil dólares de Bulger. Sabía que la cantidad de dinero que había recibido era una nadería en comparación con la asombrosa suma de ochocientos cincuenta mil dólares de Mitrione. No obstante, podía imaginar los efectos colaterales de que la cúpula del FBI llegara a descubrir que había encomendado la investigación de un agente corrupto a otro de su misma calaña. Además, existían otros secretos que ocultar, incluido el no contar a Rebecca la aventura amorosa que mantenía con su secretaria, Debbie.

Marido y mujer seguían compartiendo la tensa atmósfera de la cocina de su casa cuando, a eso de las siete de la tarde, sonó el timbre. Los invitados especiales habían llegado. Rebecca se puso en tensión. John echó un vistazo al horno, comprobó cómo iba el asado y se dirigió hacia la puerta. «Tenía la sensación de que mi casa era un lugar muy seguro —⁠dijo Morris refiriéndose al hecho de recibir a los gánsteres allí⁠—. No creía que constituyeran una amenaza directa para mi familia. Más adelante me inquietó que supieran dónde vivía, pero, en ese momento, no me preocupaba la seguridad de mi esposa e hijos». Estaría bien volver a ver a Connolly, Bulger y Flemmi. En la oficina ya le habían comentado que el grupo no estaba muy contento con Jim Ring.

Morris abrió de golpe la puerta de su casa. Saludó con calidez a sus invitados. Todos se estrecharon la mano. El anfitrión no paraba de darles la bienvenida. Los gánsteres no solo habían llevado vino, sino una botella de champán. John Morris y Flemmi entraron en la cocaína para poner el espumoso en hielo. Rebecca Morris estaba frente al fregadero lavándose las manos. En cuanto Flemmi entró, cerró el grifo y salió con brusquedad. Morris se encogió de hombros con gesto de impotencia. Había volcado toda su atención en los invitados, les dedicó una tímida sonrisa y les preguntó cómo iban las cosas.

 

El trío formado por Connolly, Bulger y Flemmi se mostró igual de contento que su anfitrión al volver a verlo. Sobre todo, Connolly: Jim Ring era un hueso duro de roer. Connolly se había esforzado por empezar con buen pie y programar encuentros para que todos se conocieran. («John Connolly acudió a mí y usó la expresión “Los chicos quieren conocerte”», diría Ring más adelante). Sin embargo, Ring había estudiado a Connolly y cada vez estaba más intranquilo por su actitud despreocupada. Se quedó mudo por unos instantes cuando, al final de la cena en casa de la señora Flemmi, «justo cuando estábamos yéndonos, el hermano de Whitey Bulger, Bill Bulger» entró en la cocina para darle unas fotografías.

«¿Qué puñetas está pasando?», espetó Ring a Connolly después de aquello, refiriéndose a las numerosas grietas abiertas en el protocolo de seguridad: la amigable atmósfera de camaradería con los jefes del crimen organizado, la implicación de la madre de un confidente, la aparición repentina de uno de los hombres más poderosos de la política estatal… Ninguno de los presentes se había mostrado sorprendido. Eran una familia feliz. Connolly no entendió la pregunta de Ring. Se limitó a señalar a su supervisor que Bill Bulger vivía allí enfrente, que esa era la única explicación de que el político hubiera pasado por allí.

La preocupación de Ring había culminado con reuniones privadas con la estrella de los agentes de contacto de la oficina de Boston. La lista de agravios realizada por el supervisor incluía todas las normas básicas del FBI o de cualquier otro cuerpo policial relativas a la relación con los confidentes. «Tuve una reunión con John Connolly en mi despacho —⁠diría Ring más adelante⁠— y le dije que había descubierto que su relación con los señores Flemmi y Bulger adolecía de errores más típicos de un agente novato». Ring se lamentaba de que la amistad de Connolly con los gánsteres hubiera superado todos los límites de lo correcto, y que, en lugar de estar tratando a los dos confidentes como delincuentes, los trataba como si fueran compañeros de la oficina del FBI.

Ring se percató de inmediato de que la información no estaba fluyendo por los cauces debidos. Es decir, llegaba a oídos de Bulger y Flemmi. Connolly, según palabras de Ring, «hablaba demasiado. Tal vez intentara reformular sus preguntas. Y uno podía no responderlas. Pero lo que me impactó, y creo que fue en nuestra segunda reunión, es que se presentó en mi despacho y me soltó algo en plan: “Tiene que contarles esto y lo otro y lo de más allá”, con tono de exigencia y no de petición».

Los encuentros en casa de Connolly, en South Boston, suponían un problema añadido. «Era todo una locura», dijo Ring. Ordenó a Connolly que dejara de recibir a los dos gánsteres en su casa. El agente reaccionó como un colegial gamberro que intentaba engañar al serio y estricto director de la escuela. Recurrió a otro agente, John Newton, y le preguntó si podía trasladar las reuniones a su piso de South Boston. Newton, el agente con quien Connolly había trabado amistad desde su llegada a Boston, se mostró encantado de ayudar. Abrió las puertas de su casa a su amigo del FBI y, cuando se presentaban todos allí para los encuentros no autorizados, Newton aprovechaba para sacar a pasear a sus dos perros. El atento Bulger acabó llevándole galletas para sus mascotas.

Connolly informó a Ring de que había acatado sus órdenes y que los encuentros en su casa habían cesado. Pero su jefe se enteró por otros medios de que Connolly se la había jugado y que se había limitado a cambiar de ubicación en la misma zona. «Fue una actitud estúpida y poco profesional. Así no se hacen las cosas entre los agentes del FBI. No estaba contento —⁠se lamentaba Ring⁠—. ¿Por qué hacerlo en un barrio en que esos dos tipos eran conocidos? Se podría haber hecho en Nueva York. Podrían haber ido a Canadá. A cualquier otro sitio. Eran una panda de vagos».

Y eso que Ring no sabía nada sobre las cenas en casa de Nick Gianturco y en la de John Morris. Por otra parte, consideraba que ver a dos confidentes al mismo tiempo —⁠un hecho aceptado a esas alturas de la historia del pacto del FBI con Bulger y Flemmi⁠— era algo de una irregularidad supina. «Si la situación hubiera estado controlada —⁠comentó Ring⁠—, tendrían que haberse reunido con Bulger y Flemmi por separado». Aunque, claro está, el FBI no lo tenía todo controlado.

En respuesta a las críticas de Ring, Connolly desplegó su ya ensayadísima defensa de Bulger y Flemmi como personajes indispensables para la guerra del FBI contra la mafia. Lo cual incluía la historia patentada por Connolly que tocaba la fibra de todo agente de la Oficina Federal de Investigación: cómo ambos gánsteres habían salvado la vida a Nickie Gianturco.

No obstante, Ring tuvo las agallas de poner en tela de juicio aquel episodio de bombo publicitario sobre Bulger. En lugar de creer a pies juntillas las palabras de Connolly, acudió a Gianturco para que le relatara su versión de la historia. «Le pregunté qué ocurrió en realidad. Él lo rememoró todo y me contó que estaba en una operación de incógnito, que tenía concertada una reunión a la que debía asistir, y que, supuestamente, los señores Bulger y Flemmi le habían enviado información para advertirle que no se presentara en el lugar de la cita.

»Le dije: “No ha respondido a mi pregunta. Mi pregunta es: ¿está diciéndome que cree que esos dos hombres le salvaron la vida?”. Y recuerdo que me respondió que el caso estaba cerrado».

Jamás obtuvo una respuesta clara.

Debido a todas esas preocupaciones, Ring mantuvo la cuestión entre Connolly y él. No documentó de forma alguna sus críticas ni compartió sus tribulaciones de la época con ningún otro supervisor del FBI de la oficina de Boston. No sancionó a Connolly. No creía que hubiera castigo «por cometer una estupidez. Lo que pensé era que debía dirigir muy bien a las personas que tenía a mi cargo». Por su parte, Connolly seguía llenando sus archivos personales de asombrosos informes sobre su propio trabajo.

Por ello no sorprendía que, en la primavera de 1985, no estuviera Jim Ring junto a Bulger, Flemmi y Connolly en la cocina de casa de Morris. De hecho, cuando ya estaba a punto de celebrarse la cena, Ring y Connolly ya habían hablado de que «yo no gustaba a los señores Bulger y Flemmi —⁠recordaba Ring⁠—, y mi reacción fue de indiferencia, ya que ellos eran confidentes». Pero a Morris sí le preocupaba no gustar a todo el mundo.

 

«Connolly, Flemmi y Bulger llegaron juntos», comentó Morris. Dennis Condon apareció media hora después, alrededor de las siete y media de la tarde. Había ido en coche hasta allí directamente desde su despacho en el Departamento de Seguridad Pública de Boston. Morris se movía con ligereza entre la cocina y el salón, como ajetreado anfitrión y cocinero.

Los hombres se dirigieron hacia la mesa. Bulger y Flemmi no veían a Condon hacía años. La noche en Lexington era «la primera reunión en la que estaba con Condon desde 1974», recordaba Flemmi. El año 1974 había sido crucial para él. Había regresado a Boston tras casi cinco años a la fuga. Fue una huida obligada, motivada por su imputación en un atentado con coche bomba en 1969 y por el asesinato de William Bennett. Flemmi creía que Condon le había allanado el camino para su regreso desde Canadá, al conseguir que sus dos delitos más graves se vieran eclipsados por un tercero que se había sumado a la lista en cuanto se fugó del país para evitar la condena. Tras el regreso de Flemmi se había producido el reencuentro con Condon en la cafetería. Era parte del proceso por el que Condon pasaba el testigo al útil Connolly. En opinión de Flemmi, Condon había sido el maestro de ceremonias de todo aquel tinglado, y se sentía agradecido. «Llevaba bastante tiempo sin verlo. Le pregunté cómo estaba, cómo se sentía. Le di las gracias por la autorización federal que me habían concedido para viajar en avión. Le pregunté cómo estaba el señor Rico, que era compañero suyo, y le dije: “Si tienes la oportunidad de volver a verlo, salúdalo de mi parte”».

Los hombres ocuparon sus asientos a la mesa. Morris sirvió la carne. Volvieron a llenar sus copas. Durante la primera hora más o menos, estuvieron charlando sobre los viejos tiempos.

«Fue una charla muy relajada», evocaba Flemmi. Bulger recordó anécdotas de sus años en la prisión federal durante la década de 1950, donde cumplía condena por atracos a bancos. «Casi siempre lleva él la voz cantante —⁠decía Flemmi sobre Bulger⁠—. Siempre trata un montón de temas diferentes. Es muy culto, muy inteligente. Capta la atención de su público».

Pero aunque Bulger se mostraba hablador, Condon no lo emuló. El canoso veterano de los círculos de seguridad del Estado en Boston, permanecía allí sentado, jugueteando con la comida de su plato y escuchando con educación. Se sentía presa de una emboscada, según confesó, sorprendido de encontrar a Bulger y Flemmi en casa de Morris. Lo habían invitado durante una llamada recibida a última hora de la tarde, le habían dicho que se pasara a tomar algo de camino a casa. Afirmó que solo le habían contado que Morris y Connolly también irían «y que también asistirían otros dos invitados que querían saludarme».

Estaba claro que se respiraba un extraño compañerismo en la atmósfera. La reunión tenía la apariencia de un simple encuentro de viejos amigos compartiendo copas de vino y batallitas del pasado. Pero bajo aquella fachada de despreocupación, subyacía la acuciante preocupación de Bulger y Flemmi sobre su protección personal. En cierta forma, la presencia de un jefe de los cuerpos de seguridad del Estado en la cena era símbolo de la historia y la auténtica dimensión de la alianza. El pasado, el presente y el futuro, o al menos así lo esperaban, estaban representados en la mesa en las personas de Condon, Morris y Connolly. Sin embargo, Condon, que encamaba a dos cuerpos policiales —⁠el FBI y la policía estatal⁠— no estaba pasando precisamente un buen rato con sus viejos amigos. Morris comentó acerca de él: «Supe por su cara cuando entró (…) que no se sentía muy cómodo».

«Me pareció muy inapropiado que la señora Morris estuviera presente y que yo también estuviera allí; en ese momento, ninguno de nosotros era miembro del FBI —⁠dijo Condon⁠—. Además, me parecía que por el cargo que ocupaba entonces no debía estar en la cena».

Dennis Condon no trasladó sus quejas a nadie, no llevó ni a Morris ni a Connolly a un aparte para exigir una explicación. «Aguanté allí, yo diría que por educación y diplomacia». (Además, mantendría la cena en secreto y no lo compartiría con ningún otro director durante al menos una década). Pero los demás comensales no recibieron un apretón de manos de su parte. En cuanto terminó de comer, Condon se marchó del lugar cuando hacía menos de una hora que había llegado. Flemmi se quedó atónito. En su opinión, Condon «no parecía incómodo», y lamentó verlo partir.

El grupo se había quedado sin un miembro.

Con todo, Bulger y Flemmi seguían contando con la presencia de Connolly y Morris. Se sirvieron más vino y se metieron en faena. John Connolly, según diría Flemmi, facilitó descripciones de última hora sobre a quién debían evitar los dos jefes del crimen organizado durante sus actividades en el mundo del hampa. Les reveló la auténtica identidad de varios confidentes de la policía. La conversación pasó entonces al tema del inminente juicio de la mafia, las grabaciones del FBI, la posible vulnerabilidad de Bulger y, lo más importante de todo, el hecho de que se cumpliera la promesa hecha por los agentes.

«No sé quién sacó el tema —dijo Flemmi⁠—. Nos preocupaba porque creíamos que nuestros nombres saldrían a colación durante las conversaciones en Prince Street, y que se mencionarían en relación con asuntos delictivos.

»En ese momento en particular, yo sabía que en las conversaciones grabadas entre Jerry (Angiulo) y Larry (Zannino) hablarían de Jim Bulger y de mí. Me preocupaba que se usaran esas grabaciones contra nosotros. Se lo pregunté a John Morris y a John Connolly. Y me dijeron que no debía preocuparme porque no iban a imputarme por nada que se oyera en esas grabaciones.

»Mientras hablábamos del tema de las cintas, John Morris nos dijo algo fundamental a Bulger y a mí».

Se trataba de algo mejor que cualquier promesa que Morris y Connolly les hubieran hecho jamás. Morris, copa en mano aunque todavía sobrio, les dijo: «Podéis hacer lo que os dé la gana mientras no os carguéis a nadie».

A Flemmi le gustó lo que había oído.

«Le dije a John: “John, ¿lo sellamos con un apretón de manos?”. Y él va y me dice: “Pues claro”.

»Y nos dimos un apretón, y también estrecharon la mano de Jim Bulger».

Había llegado el momento de descorchar el champán.

 

La cena duró tres horas pero no acabó muy tarde. Bulger, Flemmi y Connolly se marcharon en su coche a las diez y media de la noche. Morris lo recogió todo antes de irse a dormir.

Quizá Condon se hubiera marchado de forma prematura, privándose de disfrutar del momento estelar de la noche, pero Bulger y Flemmi se fueron sintiéndose bastante satisfechos. Los gánsteres consideraban que sus agentes de contacto en el FBI los habían autorizado para hacer lo que mejor se les daba: cometer delitos.

«Así lo interpreté yo —diría Flemmi más adelante sobre la maravillosa vida que le habían prometido⁠—. Salvo en los casos de asesinato. A mí me pareció que nos habían dado esa garantía».

En opinión de Flemmi, los dos agentes habían reafirmado una política de protección del grupo, que incluía toda una variedad de ventajas. A saber: librarse de los problemas antes de que se emprendiera cualquier investigación. Los ejemplos eran numerosos: la denuncia de los ejecutivos de la empresa de máquinas expendedoras Melotone; la extorsión de Frank Green; los numerosos casos de asesinato sin resolver, y la apropiación de la licorería de la familia Rakes. Otro beneficio del pacto afectaba directamente al momento en que informaban a los gánsteres sobre la escuchas que les ponían, tal como habían hecho en el caso del taller de Lancaster Street y, más recientemente, en la Operación Beans de la DEA. Por otra parte, los libraban de las acusaciones que podrían llevar a la elaboración de un caso contra ellos, como había ocurrido en el caso de las carreras hípicas amañadas, llevado por el fiscal Jeremiah O’Sullivan. Por último, si todo aquello fallaba y Bulger y Flemmi debían enfrentarse a una acusación, les proporcionarían una situación aventajada respecto a los demás acusados.

Por lo visto, cumplida la década de su pacto secreto, estaban renovando sus votos. Bulger y Flemmi se levantaron de la mesa con energías renovadas. Ring quizá fuera impredecible y, por tanto, poco fiable, pero sí podían contar con Morris y Connolly. El momento preciso en que sintieron aquella alegría renovada resultó una auténtica casualidad. Aunque en ese instante nadie lo sabía, otro Bulger, su hermano Billy, estaba a punto de requerir la ayuda de un FBI que se mostrara receptivo con el político.

 

Notas del capítulo trece[*].