Causa para matar
Capítulo Doce
Revisó su billetera. Eran cerca de las seis en punto.
El sol aún estaba afuera y la gente estaba por todas partes en el enorme césped.
Se sentó contra un árbol en el parque Killian Court, en el campus del MIT. Fácilmente visible entre las sombras de alto follaje, tenía puesta una capa y anteojos.
Había llegado a su destino sólo unos minutos antes. Unos problemas en la oficina habían causado que tuviera que hacer una planilla de último momento para su jefe. A menudo, le preguntaba al Todopoderoso por qué su jefe no podía ser asesinado, así como todos aquellos a los que consideraba una molestia. Sin decir una palabra, sólo a través de extraños sonidos e imágenes, el Todopoderoso le había hecho saber que sus pensamientos y sentimientos no tenían importancia: todo lo que importaba eran las chicas.
Jóvenes. Vibrantes. Llenas de vida.
Chicas que podían liberar al Todopoderoso de su prisión.
Un templo de chicas, chicas universitarias lista para tomar el mundo, un manantial de floreciente energía potencial fácilmente dada al Todopoderoso, suficiente poder para atravesar su reino interdimensional y llegar a la Tierra como una presencia física. No había más necesidad de apóstoles y lacayos. Libertad. Al fin. ¿Y todos los que lo ayudaron? ¿Aquellos pacientes y fuertes, quienes habían construido el templo para estos jóvenes bocados universitarios con amor y cuidado? ¿Qué pasaría con ellos? Bueno, tendrían asegurado un lugar en el Cielo, por supuesto, como dioses ellos mismos.
Era martes, y los martes por la noche, Tabitha Mitchell siempre iba a la biblioteca del gran domo a estudiar con amigos después de clase.
A las seis y cuarto, él la vio. Tabitha era mitad china, mitad caucásica. Bella y popular, se estaba riendo con amigos. Agitó su cabello oscuro y sacudió la cabeza a algo que dijo alguien. El grupo caminó a través del césped.
No había necesidad de seguirlos. Su destino ya era conocido, de vuelta al dormitorio a cambiarse y luego al Pub de Muddy Charles para el especial de los martes: Noche de chicas. Todas las chicas beben gratis. El martes era su noche favorita para salir.
Tomó un trago de batido, cerró los ojos, y se preparó mentalmente.
* * *
La preparación era su parte favorita, la espera, el deseo, y la casi explosión de su deseo. El amor era una emoción fácil de sentir con estas chicas. Cada una de ellas tenía vivacidad de espíritu y energía y un increíble propósito que todas compartían, más grande que cualquier cosa que hubiesen podido alcanzar por sí solas. Eran princesas en su mente, reinas, merecedoras de adoración y perpetua alabanza.
El renacimiento era difícil para él.
Luego de que habían cambiado, ya no le pertenecían. Se habían convertido en sacrificios para el Todopoderoso, ladrillos en el templo de su eventual retorno, entonces todo lo que le quedaba para recordarlas eran fotografías, y los recuerdos que tenía de un amor floreciente interrumpido demasiado pronto, como siempre demasiado pronto.
Se puso de pie junto al Río Charles y observó las olas en el agua. La noche había llegado y él siempre era más introspectivo a la noche, antes de la inducción. Detrás de él, cruzando la calle Memorial, Tabitha Mitchell caminaba con sus amigos al Pub de Muddy Charles. Se quedarían allí un mínimo de dos horas, sabía, antes de separarse y que Tabitha volviese a su dormitorio, sola.
Las estrellas eran apenas visibles en el oscuro cielo. Encontró una, luego dos, y se preguntó si el Todopoderoso habitaría esas estrellas, o si él era el mismo cielo, el universo. Como una respuesta, vio la imagen del Todopoderoso: una sombra más oscura en medio del cielo que parecía abarcar todo el cielo. Había una mirada paciente, expectante, en el rostro del Todopoderoso. No dijo ni una palabra. Todo fue entendido en ese momento.
Alrededor de las nueve, el asesino regresó al pub y esperó en un pasaje angosto entre el bar, que era en el edificio grande de columnas blancas de Morss Hall, y el edificio Fairchild. El área no estaba bien iluminada. Un grupo de gente deambulaba por allí.
A las nueve y treinta y cinco, ella apareció.
Tabitha se despidió delante del salón. En la base de los escalones, todos tomaron caminos separados. Sus dos amigas giraron en dirección a su apartamento en la calle Amherst, y ella giró hacia la izquierda. Tal cual era su hábito, entró a la zona de paso.
Sin importar la cantidad de gente que había cerca en la calle, el espíritu de un actor se encarnó en el asesino. Se personificó en un borracho y deambuló hasta Tabitha. En la palma de su mano, unida a sus dedos por anillos de plata, tenía escondida una aguja de émbolo casera.
Pasando rápidamente por detrás de ella, le pinchó la nuca mientras simultáneamente agarraba su cuello para inmovilizarla, y la atrajo hacia sí.
"¡Oye, Tabitha!" dijo en una fuerte y familiar acento británico falso, y luego, para bajarle la guardia agregó, "Shelly y Bob me dijeron que estarías aquí. ¿Vamos a hacer las paces? ¿De acuerdo? No quiero pelear más. Tenemos que estar juntos. Sentémonos a charlar."
Al principio, Tabitha se sacudió e intentó liberarse de su asaltante, pero las drogas de rápida acción le adormecieron la garganta. En los segundos que siguieron, los nombres de sus amigos la confundieron. Combinado con la menguante velocidad de su mente y cuerpo, pensó, esperanzada, que sus hermanas de la sororidad le estaban jugando alguna broma.
Era meticuloso con respecto a cómo sostenerla. Una mano alrededor de su espalda para evitar una caída. La otra mano, donde tenía la anestesia, colocó la aguja en el bolsillo derecho de sus pantalones cargo, y luego envolvió su mejilla. De esta forma la sostuvo en sus fuertes brazos y siguió hablando como si realmente fuese una pareja discutiendo a punto de una posible reconciliación.
"¿Estás borracha de nuevo?" declaró. "¿Por qué siempre bebes cuando no estoy? Ven aquí. Sentémonos a charlar."
Al principio, mucha gente en la calle o pasando por el corredor de césped, justo al lado del asesino y Tabitha, creyeron que algo obviamente andaba mal: sus movimientos para nada naturales transmitían eso. Algunos incluso se detuvieron a mirar, pero el asesino era tan experto en su manejo del cuerpo de Tabitha que luego de la inyección inicial y su breve lucha, Tabitha parecía cualquier otra estudiante universitaria intoxicada a la cual estaba ayudando un mejor amigo o novio. Sus pies intentaron caminar. Sus brazos intentaron agarrarlo, no en forma agresiva sino como si estuviese en un sueño y tuviese que espantar nubes.
Gentilmente, amorosamente, el asesino la llevó hacia una pared, se sentó con ella, y le acarició el cabello. Incluso los más atentos y vigilantes transeúntes pronto asumían que todo estaba bien y continuaban con su velada.
"Seremos felices juntos," susurró el asesino.
La besó suavemente en la mejilla. La excitación que sentía era aún más fuerte que con Cindy. Extrañamente enardecido, miró hacia el cielo oscuro y vio al Todopoderoso, mirándolo con una mueca de desaprobación.
"De acuerdo." El asesino palideció.
Con un apretado abrazo atrajo a Tabitha cerca de su cuerpo. Olió su perfumo, apretó sus brazos y piernas. Leves gemidos salían de sus labios, pero él sabía que serían fugaces; las drogas borrarían su mente en apenas veinte minutos.
Dos chicos jugaban al Frisbee Golf junto a ellos. Un grupo de ruidosos estudiantes de primero cantaban canciones. Los autos pasaban rápidamente junto a Río Charles.
En el medio de la populosa zona, el asesino levantó a Tabitha y la colocó sobre sus hombros para llevarla a caballito. Aunque sus pies colgaban, sostuvo sus manos en su pecho y trotó hasta su auto, el cual estaba estacionado en la calle Memorial.
"¡Vamos!" lloriqueó con su acento. "¡Abrázame con tus piernas! Me estás haciendo hacer todo el trabajo. ¿Al menos me ayudas un poco? ¿Por favor?"
Continuó el diálogo junto a la camioneta azul donde la apoyó sobre el auto, abrió la puerta del acompañante, y gentilmente la colocó dentro.
Por unos segundos, estuvo en cuclillas junto a la puerta, no sólo para mantener la farsa del novio preocupado, sino también para observar sus facciones, para observar su pecho levantarse y caer, y preguntarse, como lo había hecho tantas veces, cómo sería besarla, de verdad, y hacerle el amor. El Todopoderoso gruñó desde su posición celestial, y el asesino, con un suspiro, cerró la puerta del lado del acompañante, ocupó su sitio al volante y se alejó conduciendo.
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