Causa para matar

Blake Pierce · Capítulo 17 de 41

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Causa para matar

Capítulo Dieciséis

El departamento de policía se encontraba a sus pies cuando Avery y Finley apareció desde el elevador. Finley se regodeaba en la atención. Hacía reverencias, les aullaba a sus amigos, y gritaba repetidamente: "Soy el hombre, ¿verdad? ¿Ven cómo lo hacemos en el lado Sur?"

"Excelente trabajo." La gente aplaudía.

"¡Lo atrapaste!"

En un lugar oscuro, Avery no escuchaba nada de esto. La oficina era una cápsula con nadie adentro, los sonidos: ruido blanco. Las imágenes giraban en su mente: George Fine, Winston Graves, y el viejo muerto en su enfermizo y retorcido sótano del horror.

O'Malley salió de su oficina a darle un apretón de manos a Avery personalmente.

"Cuéntame," dijo él. "¿Cómo estuvo?"

"El nombre del tipo es Larry Kapalnapick. Trabaja en Home Depot de cargador," dijo Avery. "Por lo que parece, todos los cuerpos en su sótano ya estaban muertos."

"¡Maldito sepulturero!" opinó Finley.

"Debe venir haciéndolo desde hace años," dijo Avery. "La policía de Watertown estimó que había partes de cuerpos de al menos veinte personas distintas allí abajo. La hipótesis más probable es que saca un cuerpo, juega con él un tiempo, y luego lo corta en pedazos y lo almacena en el sótano. El departamento de Henley está enviado todo al laboratorio sólo para estar seguros."

"Hijo de perra," susurró O'Malley.

Finley rio.

"El maldito tenía aromatizadores de pino colgados por todo el techo del sótano."

"¿Qué hay de nuestra víctima?"

"Volvimos a la escena luego de la persecución. El forense y su equipo estaban allí. Randy dijo que fue el mismo perpetrador que el de Cindy Jenkins, mismo modus operandi, y por el olor, posiblemente la misma anestesia. Ella investigará eso aquí."

"O sea que Fine no es nuestro asesino."

"No puede serlo," dijo ella. "Estaba bien encerrado la noche anterior. Es culpable de algo. Pero no de esto. Como precaución, les pedí a Thompson y Jones que revisen la cabaña de la bahía de Quincy. Luego Jones continuará vigilando las calles en búsqueda de la camioneta, y Thompson ha sido asignado a buscar todo lo que pueda encontrar sobre Winston Graves."

"¿Graves? El novio de Jenkins."

"Es poco probable," admitió Avery. "Mientras tanto, Finley se hará cargo del caso de Tabitha Mitchell. Puede comenzar ahora con los amigos y familiares."

"¿Finley?"

"Trabajó muy duro hoy."

Mirando a Finley, agregó: "Recuerda pensar más allá de Tabitha Mitchell. Necesitamos conexiones entre ella y Cindy Jenkins. Historia familiar. Estudios universitarios. Comida favorita. Actividades extracurriculares. Amigos y familia. Cualquier cosa."

Con los ojos encendidos, Finley se golpeó el pecho.

"Soy tu pitbull," dijo.

El capitán asintió.

"¿Qué vas a hacer tú?"

Avery se imaginó a la camioneta azul yendo al oeste desde Boston. Ella creía que el asesino debía vivir en uno de los siguientes condados: Cambridge, Watertown, o Belmont. La población combinada de esos condados totalizaba aproximadamente doscientos mil. Un interminable mar de rostros.

"Necesito pensar," dijo.

* * *

Avery apuntó su Glock 27 a un objetivo distante. Tenía antiparras color naranja cubriéndole los ojos. Sus oídos rellenos con tapones. Se imaginó el rostro de Howard Randall como reemplazo del nuevo asesino sin rostro. Disparó.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

Tres tiros le dieron al blanco prácticamente en el centro.

Pensar siempre había sido su fuerte: un tiempo lejos de un caso para descomprimir y procesar lo que sabía.

Una pared en blanco la recibió esta vez.

Ninguna pista. Ninguna conexión. Tan sólo una pared que la alejaba de la verdad. Avery nunca les había creído a las paredes. Las paredes eran para otras personas, otros abogados, otros policías que sencillamente no sabías como atravesar esas paredes y ver lo que los demás no podían.

¿Qué me estoy perdiendo?

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

Sus balas se desvanecían hacia la izquierda. Al comienzo de su sesión, no le daba a nada menos que al centro. Ahora estaban errando. Igual que tú, pensó. Errando. Esquivando el blanco. Esquivando algo.

No, argumentó mentalmente.

Inhalar... exhalar...

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

Todo al centro.

Howard Randall, pensó.

De pronto, se dio cuenta: Eso es. Una perspectiva fresca.

Estúpida, pensó. Loca. Connelly se volvería loco. Los medios tendrían un día de picnic. A la mierda los medios. ¿Acaso lo haría? Por supuesto que lo haría; estaba segura. Fue a la cárcel por ti. Tiene una fascinación enfermiza por ti. Probablemente ya esté siguiendo el caso. No, juró. No lo haré. No tomaré ese camino otra vez.

Le puso un nuevo clip a su arma.

Disparó.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

Cada disparo se alejaba del centro.

* * *

En la oscuridad de la estación de policía, bien pasada la medianoche, Avery estaba sentada encorvada sobre su escritorio. Había fotografías desplegadas frente a ella: Cindy Jenkins, Tabitha Mitchell, el parque Lederman, el cementerio, y el callejón y las fotos de la camioneta y el asesino.

¿Qué me estoy perdiendo?

Las fotos fueron analizadas meticulosamente.

Finley ya había tomado algunas declaraciones bajo juramento. A juzgar por las primeras impresiones, Tabitha había sido secuestrada desde un lugar muy público, igual que Cindy, probablemente apenas a unos pasos del bar que visitaba cada martes por la noche. Solamente que no había novio ni acosador para interrogar. Según los entrevistados, Tabitha había estado soltera por un buen tiempo. Tabitha estaba en una sororidad, Sigma Kappa, pero las conexiones con Cindy Jenkins terminaban allí. Tabitha era estudiante de primero de economía. Cindy era estudiante de último en contaduría.

Sororidades.

¿Es ese el nexo?

Tomó nota mentalmente de revisar las reuniones de sororidad a nivel nacional.

La película que estaban pasando en el Omni era sobre tres mujeres. Las tumbas apuntaban a tres mujeres. ¿Significa que mata en tercios? La película y las tumbas de las chicas de la Segunda Guerra Mundial fueron comparadas y contrastadas por cualquier pista.

Hizo un sondeo de varias rutas de auto en los alrededores de Cambridge y Watertown y se imaginó dónde podría vivir el asesino, y por qué habría elegido esas rutas. La lista de Chryslers azul oscuro era ahora supervisada por Finley. Ya tenían una lista de dos mil con dueños de autos hechos y vendidos en los últimos cinco años. ¿Y si lo compró hace seis años? pensó. ¿O siete?

Howard Randall seguía invadiendo sus pensamientos. Hasta se imaginó que oía su voz: "Puedes venir a mí, Avery. No muerdo. Hazme tus preguntas. Déjame ayudarte. Siempre he querido ayudar."

Se pegó en la cabeza.

"¡Vete!"

Aún, la imagen vino, y se rio.

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