El refugio de Sandrine
Capítulo 12
12
Sandrine
Noviembre de 1986
Hábleme de amor,
vuelva a decirme cosas bonitas…
Sandrine escuchó con atención la descripción que hizo Françoise de su abuela.
La anciana le habló de su amabilidad, de sus constantes detalles, de sus palabras siempre bondadosas, tanto con los niños como con los adultos. Se acordó de aquel primer día en que, de pie en el embarcadero, esperaban la llegada de los internos. Se sucedieron las anécdotas: los ataques de risa, las noches pasadas allí, después de su jornada en el campamento, tomando vasos de aguardiente que luego estrellaban, a modo de afrenta postrera, contra las paredes de la antigua utopía alemana.
—Esta era su canción favorita —explicó Françoise asintiendo con la cabeza en dirección a la máquina de discos.
—¿De verdad?
—Sí. En su casa había un gramófono y todas las mañanas, cuando pasaba a buscarla para ir al búnker, podía oír la voz de Lucienne Boyer en cuanto cruzaba la puerta.
—¿Tenía algún novio aquí? —se interesó Sandrine.
—No, que yo supiera. Tu abuelo es el único hombre del que me habló.
—¿Y usted?
—Yo estaba colada por Victor… ¿Te puedes creer que ese energúmeno nunca se dignó a darme un beso? ¡Por eso me refugié en Simon! —confesó encogiéndose de hombros.
—¿Simon? ¿El intendente? —dijo sorprendida Sandrine repasando su encuentro con el viejo lobo de mar.
—En aquella época, era el hombre del mantenimiento. Un trabajador hábil con las manos —subrayó mientras le guiñaba un ojo.
—¿Sabía que tenía una hija?
—Por supuesto, no era ningún secreto.
—¿Le habló de mí? —se atrevió a decir la chica.
—¿Y cómo no lo iba a hacer, pequeña? Te imaginaba muy guapa e inteligente. Hubiese querido conocerte… Pero, a veces, la vida es complicada, y no siempre se toman buenas decisiones.
—Hubiera podido escribirme —replicó Sandrine.
—Sé que es difícil de aceptar… Pero te quería, no te quepa duda. Simplemente no podía abandonar la isla… ni comunicarse contigo.
—¡Por el amor de Dios! ¿Por qué?
—Porque tenía miedo —murmuró Françoise como quien menciona un tabú.
—¿Miedo?
—Sí. Un miedo como tú nunca podrás sentir —afirmó en un tono repentinamente serio—. Y ese miedo, como me confesó más tarde, se manifestó por primera vez cuando revisamos las habitaciones de los niños. Tu abuela no era muy habladora, ¿sabes? Probablemente por culpa de la guerra. Nunca hablaba por hablar, por eso enseguida confié en ella.
—Pero ¿miedo de qué?
—Del Rey de los Alisos.
Al oír esas palabras, Sandrine comenzó a dudar de la salud mental de Françoise. Se percató de que esta no dejaba de mirar de soslayo a su alrededor, como si temiese que la oyeran, sin ser plenamente consciente de la realidad —sin embargo, fácilmente asimilable—: ambas mujeres se encontraban solas en la sala del restaurante. Además, todo su rostro parecía bloqueado en una expresión perpetua de fascinación. La sonrisa estirada, las cejas ensanchadas y los pómulos prominentes hacían pensar en la cara de un payaso petrificada para toda la eternidad.
—Estamos como encadenados aquí —prosiguió Françoise—. Todos tenemos miedo aunque nadie se atreva a admitirlo. Porque sobre esta isla se halla una criatura con la que solo nos toparíamos en las pesadillas. Con una diferencia, esta es real. Nos vigila día y noche. Nos impide marcharnos.
Ok, ahí está, la conversación ha dado un giro completo, se dijo Sandrine haciendo como que se concentraba en esas palabras.
—No estoy segura de entenderlo —dijo muy despacio, incómoda al recordar el término prisionero utilizado un poco antes por Victor.
—La gente se refugia detrás de la palabra locura cuando no puede o no quiere enfrentarse a una realidad extraña. No cometas ese error. Tu abuela nunca estuvo loca, mi cielo, solo comprendió las cosas antes que los demás y, por eso, la mató. No te quedes en esta isla, pequeña. Si no, no podrás marcharte jamás…
—¿Qué quiere decir?
Cuando la antigua compañera de Suzanne estaba inclinándose para explicarse, la puerta del hostal se abrió violentamente. Entonces apareció Paul, con los brazos cargados de sacos de provisiones.
—Victor, ¡necesito ayuda! —lo llamó él con voz potente.
El antiguo cocinero del campamento apareció de inmediato, como si hubiese estado escondido en un rincón de la sala desde el principio, como un actor aguardando la réplica que le indicará su entrada en escena.
—Ya va, ya va… ¡Hola, Françoise! —soltó al pasar cerca de las dos mujeres.
—Hola, guapetón —respondió ella sin ni siquiera dedicarle una mirada—. Me tengo que ir, Sandrine, ha sido un placer conocerte.
Obviamente, la irrupción de Paul la había contrariado. Se levantó, con rostro impenetrable, y suspiró mordiéndose los labios (lo que le dejó un ligero resto de carmín en los dientes superiores).
—Espere —dijo Sandrine—, me iba a explicar…
—No puedo hacerlo aquí, ven a verme mañana por la tarde. Mi casa es la que está situada más cerca de la costa. Podremos hablar serenamente.
—Pero…
—No deberías estar aquí, en esta isla, Sandrine.
Luego se volvió, se dirigió hacia la máquina de discos y salió del restaurante sin añadir una palabra. Unos segundos después de que se hubiese cerrado la puerta, la letra de la canción se apoderó de nuevo del silencio.
Hábleme de amor,
vuelva a decirme cosas bonitas…
Dios mío, pero ¿qué es este sitio?, se preguntó Sandrine reflexionando sobre aquella improbable conversación. ¿Qué quería decir aquella mujer? Experimentó unas repentinas ganas de huir. Ignoraba por qué pero, en lo más profundo de su alma, sonaba una alarma interior desde que había puesto un pie en el Lazarus. Un sentimiento extraño y confuso que se había intensificado con cada persona que conocía.
Simon. Victor. Françoise.
En ese instante, ni uno de los isleños le parecía digno de confianza. Cada uno a su manera había instilado en ella algo con que alimentar aquella sensación de extrañeza. La única persona que se libraba de ese juicio era Paul. Pero ¿qué sabía de él exactamente? Vivía en el continente, hacía el trayecto una vez cada quince días para abastecer a los habitantes y atendía sus necesidades. Bastante guapo, de acuerdo, pero, aparte de eso, ¿qué?
—¿Puedo?
Paul apareció como una materialización repentina de los pensamientos de Sandrine. Le sonrió torpemente, se fijó en que tenía dos vasos de cerveza y ocultó su desconcierto apartándose un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Sí… sí, ¡por supuesto!
—¿Se encuentra bien? Parece inquieta.
—No, todo… todo va bien —balbució mientras él deslizaba uno de los dos vasos delante de ella.
—Perdón, es verdad que encontrarse aquí después del fallecimiento de Suzanne… —dijo disculpándose el chico.
—No es por eso —confesó Sandrine.
—Y, entonces, ¿qué es?
—He tenido una pequeña charla con Françoise…
—Ya veo… Tendría que haberla advertido —admitió Paul.
—¿Advertirme?
—Sí. Françoise es un poco… Digamos que no está bien de la cabeza. Puede que por el aislamiento… Y, además, Claude cree que sufre más de lo que se atreve a confesar por la pérdida de la abuela de usted. Estaban muy unidas.
—Sí, me lo ha dicho… y me ha invitado a ir a su casa mañana por la tarde para charlar.
—Ah, ¡es una buena idea! Seguramente le haga bien abrirse a alguien. Ya ve, ¡le había dicho que estaría ocupada! Además, mañana por la mañana, la acompañaré a casa de Suzanne. Tengo una copia de las llaves de todas las casitas.
—Gracias, Paul.
—¡No hace falta que me dé las gracias!
—Por el amor de Dios, somos los dos únicos jóvenes en esta isla, podríamos tutearnos, ¿no?
—Muy bien, Sandrine, entonces espero que tengas hambre.
—Sí, ¿por qué?
Hizo un gesto con la cabeza en dirección a la puerta de la cocina y vio llegar a Victor con las manos cargadas de una olla llena de guiso.
—¡Vamos, jóvenes! ¡Y que no quede ni una miga!
Aquella noche fueron los dos únicos clientes del hostal. La compañía de Paul era agradable. Charlaron de esto y de lo otro, y Sandrine se olvidó hasta de la razón por la que había ido a la isla. Paul le habló de su vida en el continente, de aquella sensación que tenía de no estar en su lugar, le explicó que pensaba seguir trabajando un año o dos allí (no se atrevió a concretar que lo haría hasta que aquellos que vivían en la isla se cansasen de sobrevivir al pasado) y que, luego, planeaba abrir una agencia turística.
—Paseos por el mar —señaló sonriendo—, a lo largo de la costa. En verano, hay muchos turistas y todos cogen los mismos grandes barcos para hacer excursiones sin disfrutar realmente de los rincones más espectaculares. Conozco bien la región. Hay sitios muy bonitos que enseñar.
La normalidad de aquel diálogo dio nuevos ánimos a Sandrine, pero el cansancio y el alcohol vencieron su capacidad de atención. Se disculpó ante Paul, le agradeció aquella agradable velada y luego se dirigió hacia Victor, quien, con un trapo en la mano, secaba los vasos detrás de la barra.
—Muchas gracias por la comida, ¡tengo la impresión de no haber comido tan bien desde hacía años!
—¡De nada! Venga, sígame.
El hostelero se encaminó hacia la recepción, cogió una llave y se la tendió:
—Aquí tiene, es una habitación cómoda, da al océano.
—Gracias otra vez. Mañana tendría que contactar con mi jefe para decirle que he llegado bien. ¿Podría utilizar su teléfono?
—¿Sabe? No tengo teléfono desde hace mucho tiempo, no es que los turistas puedan reservar para pasar unos días. Hay una cabina de monedas justo pasado el embarcadero. Es nuestro único vínculo con el exterior.
—Ah… en ese caso, iré allí por la mañana. Que tenga una buena noche, Victor.
Al subir las escaleras con su equipaje, Sandrine oyó movimiento en el restaurante. Seguramente Paul se marchaba para acostarse también. Pero apenas introdujo la llave en la cerradura de la habitación, la letra rugosa de un disco de vinilo llegó hasta ella…
Hábleme de amor,
vuelva a decirme cosas bonitas…