El refugio de Sandrine

Jérôme Loubry · Capítulo 20 de 67

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El refugio de Sandrine

Capítulo 19

19

 

 

Sandrine

Noviembre de 1986

—Así que ya no tenemos elección…

Todos asintieron en silencio.

Sandrine los observaba sin entender. ¿Cómo podían quedarse tan tranquilos? ¿Y qué significaba aquella frase?

Victor se levantó, caminó hasta la barra, en donde se puso a preparar unas bebidas como si alguien hubiese pedido. Sandrine trató de encontrar una respuesta en los ojos de Paul, pero él tenía la mirada clavada tenazmente en la mesa.

—¿Qué quiere decir que ya no tenemos elección? —acabó preguntándole a Claude.

—Muchas cosas, cariño.

—Pero ¿qué es lo que pasa? ¡Hay que encontrar una manera de alertar al continente! Mierda, ¡imaginen que Victor o cualquiera de ustedes sufren una crisis cardiaca! Tienen que abandonar esta isla y al diablo si los fantasmas de los niños no les perdonan. ¡Tenemos que irnos!

Sandrine ya no podía más, estaba al borde de un ataque de nervios. Le pareció que había llegado el momento de mencionar la conversación que había tenido la víspera con Françoise.

—¿De qué tienen miedo todos? Ayer, Françoise me informó de que tenían miedo de una… de una criatura… El Rey de los Alisos… sí, eso era. También me dijo que él había matado a Suzanne. Y si… ¿y si hubiese un homicida en esta isla? ¡¿Y si se tratase de asesinatos?!

Todos la miraban como a una demente, con una mezcla de malsana curiosidad y temor en la mirada.

—Son suicidios —afirmó Maurice, quien, hasta ese momento, había permanecido en silencio.

—Sí, suicidios, simplemente… suicidios —confirmó el médico.

Los tres hombres asintieron con la cabeza como un jurado que aprobase una sentencia. Con la misma certeza, con el mismo alivio.

—No… no entiendo…

—Mire —añadió con una voz dulce—, esta isla es especial. Es nuestro refugio, nuestra garantía de seguridad. Como todo refugio, si se esconde en él demasiada gente, pierde su valor y se vuelve inútil. Es un equilibrio precario, se lo concedo, pero así funciona. Y debemos protegerlo.

—Quiere decir que los han matado para… ¿mantenerse a salvo?

—No, no es eso. No hemos matado a nadie. Françoise y Suzanne se suicidaron… para mantenerte a ti a salvo, para que abandonases esta isla y recuperases tu libertad.

—¿Qué? ¡Está chalado! ¿Para que recupere mi libertad? Pero ¿de qué está hablando?

Un potente silbido procedente de la máquina de café sobresaltó a Sandrine. Le lanzó una mirada llena de ira a Victor, quien, detrás de la barra, siguió, no obstante, calentando el contenido de una jarra de acero mediante el dispensador de leche. Claude esperó pacientemente a que el silbido se detuviese y luego continuó:

—¿No ha advertido nada singular desde su llegada a la estación hasta hoy?

—¿Es una broma? ¿Algo raro? ¡Usted es raro! ¡Paul es raro! ¡Joder! ¡Aquí todo es raro! ¡Hasta los colores del paisaje han salido corriendo! — gritó.

—Cálmese, es la única manera de salir adelante. En el despacho de Béguenau… —la animó Claude en tono tranquilizador.

—¿En el notario? ¿Su estrabismo? ¿El aspecto inmaculado de su despacho? ¿El reloj que no funcionaba?

—¿Qué hora marcaba?

—¿Perdón?

—El reloj —concretó Claude—, las agujas…

Sandrine rememoró su reunión con el notario. Tener que remontarse en el tiempo para pensar en esos detalles sin importancia la ponía furiosa. Si es una broma, hatajo de enfermos, ¡os lo haré pagar muy caro! El artículo que voy a escribir va a ser vuestro billete de ida al hospital psiquiátrico más cercano…

—¡Eran las 8:37! —recordó—. ¿Y qué?

—No, las 20:37 —la corrigió el médico—. ¿Esa hora no le recuerda nada?

La joven reflexionó a su pesar acerca de la respuesta y le espantó encontrar una correlación con otro de sus recuerdos recientes.

—En el búnker —murmuró—, el reloj que estaba encima de la puerta bloqueada… Marca también las 20:37… ¿Qué significa…?

De repente, Sandrine se quedó paralizada.

Un detalle acababa de estallar en su memoria.

Otro reloj…

Se levantó de la silla sin tener consciencia realmente de ello, como si unos hilos invisibles guiasen sus movimientos, como si se hubiese convertido en el juguete de un destino del cual no pudiese ya escapar. Claude, Maurice y Paul la observaron sin esbozar el más mínimo gesto. La vieron acercarse a la chimenea y rebuscar con la mirada en las imágenes colgadas en la pared.

Ahí.

La foto de la clase.

Los niños de espaldas.

El mapa de Francia en la pared…

… y el reloj…

20:37.

Se echó a temblar. Empezó a perder los nervios. Apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas de las manos y cerró los ojos hasta que le ardieron los párpados. Las cicatrices ocultas bajo su muñequera se inflamaron.

Victor se unió a los demás, cargado con una bandeja llena de tazas de chocolate caliente. Se sentó, le tendió un tazón a cada uno y le sirvió whisky de nuevo a Sandrine.

—¿Qué pasa a las 20:37? —preguntó volviéndose hacia los cuatro hombres.

—Ven, niña, vamos a explicártelo todo.