El refugio de Sandrine

Jérôme Loubry · Capítulo 21 de 67

Páginas del PDF

El refugio de Sandrine

Capítulo 20

20

 

Suzanne

1949

Dos días más tarde, los acontecimientos se aceleraron.

Suzanne ya no conseguía dormir. Cada vez que trataba de conciliar el sueño, le parecía oír un sonido lúgubre y gutural que procedía del bosque, a pocos pasos de su casa. La mayoría de las veces, se levantaba, se sentaba en el salón y encendía el gramófono. Colocaba su disco preferido y cantaba en compañía de Lucienne Boyer mientras levantaba las cortinas para vigilar los alrededores.

Hábleme de amor…

Pero sus inflexiones vocales se entremezclaban siempre con las lágrimas.

Lágrimas de remordimiento y de miedo.

¿Por qué había aceptado aquel empleo? ¿Por qué había abandonado la esperanza de volver a ver a su hija? Ahora estaba segura de que no la esperaba nada en aquella isla, salvo la locura.

La locura sería la finalidad de su aislamiento.

Tan inevitable como la tormenta que brama a lo lejos y que se acerca con determinación.

Tan imperturbable y decidida como los bombarderos alemanes en el cielo de color tinta de las noches parisinas.

Pero Suzanne era una superviviente. Había superado demasiadas pruebas y había sobrevivido a ellas como para dejarse hundir ahora.

Desde que había hablado con los niños, la tutora había estado reflexionando detenidamente. Estaba convencida de que el reloj al que los internos hacían referencia era el situado en el fondo del pasillo de sus dormitorios. Además, el otro reloj del búnker se encontraba en la cocina.

Asimismo, nadie en el turno de día sabía lo que se ocultaba tras la puerta sellada. El director les había prohibido a todos los miembros del personal entrar allí con el pretexto de que aquella parte del edificio todavía no estaba acondicionada.

Suzanne ignoraba lo que descubriría allí.

Pero estaba segura de que cruzar esa puerta respondería a un buen número de sus preguntas.

Que encontraría algo con lo que tranquilizar a los niños respecto a la presencia del Rey de los Alisos y del reloj volante.

Así que elaboró un plan.

Y para tener éxito, necesitaría a Françoise.

 

—¿Que quieres que haga qué?

Françoise hubiese querido no gritar, pero lo que acababa de pedirle su amiga la sorprendió tanto que no pudo contener su perplejidad. Ambas caminaban al borde del acantilado fumándose un cigarrillo, aprovechando la pausa de la mañana.

—Solo unos minutos, lo necesario para entrar en su despacho y coger la llave.

—Pero, Suzanne, ¿no te parece que es… peligroso? Podrías perder tu puesto, ¡solo por unas pesadillas infantiles!

Una potente ola azotó la roca y lanzó espuma a pocos metros de las dos mujeres, quienes ignoraron las finas gotitas que salpicaron sobre su piel.

—Escucha, sé que es difícil de comprender, pero Victor, al igual que nosotras, se ha dado cuenta de los cambios en los niños. Y lo que ha hecho Fabien indica que no se encuentran en un estado normal, y además…

—¿Qué? ¿Qué más pasa? —se preocupó Françoise dando una calada a su cigarrillo.

—Los dibujos. Lo he comprobado esta mañana. Ahora hay en todas las habitaciones. Todos los niños han recibido «visitas».

—¿Y si todo esto no fuese más que un malentendido? No sé… Puede que se trate simplemente de una de las personas del turno de noche que entra en las habitaciones para vigilar si duermen o para apagar las luces que se hayan olvidado…

—¡Puede! Pero tengo que comprobarlo. No me llevará más de diez minutos. Cojo la llave, abro la puerta, echo una ojeada y la vuelvo a dejar en su sitio. Diez minutos —le aseguró Suzanne.

—Durante los cuales debo entretener al director…

—Exactamente.

—Pero no me estás pidiendo que…

—No, por Dios, ¡no! Entretenlo de otra forma, no sé, dile que… ¡Un intruso! Dile que has visto a alguien en el bosque, un hombre que te observaba mientras fumabas. Es lo bastante grave como para que salga de allí.

—Pero Suzie…

—¡Por favor! Después te dejaré tranquila con mis historias de pesadillas.

—¿Por qué no esperas a que le dé clase a los niños? Tendrías más de una hora… —le propuso sin gran convicción, puesto que la determinación de su amiga impedía cualquier otra posibilidad.

—Cierra siempre la puerta cuando sale de su despacho durante mucho tiempo. Tiene que marcharse precipitadamente —argumentó Suzanne.

—Te lo aviso: si perdemos nuestro puesto, ¡te vuelves nadando!

Las dos mujeres se pusieron de acuerdo para llevar a cabo su plan después de comer. Hasta entonces, no hablarían más entre ellas sobre el tema, limitándose a realizar las tareas cotidianas que les incumbían en un silencio lleno de temores y de dudas.

 

Hacia las 14:30, el director se estaba fumando un puro tranquilamente, sentado en su despacho, mientras solucionaba los últimos detalles sobre la excursión al continente. De repente, un grito procedente de la cocina le hizo levantarse de su silla. No le dio tiempo a salir de allí cuando Françoise irrumpió y se quedó paralizada frente a él.

—¡Hay alguien en la isla! ¡Lo he visto! ¡Tenía un fusil!

—¡¿Qué?!

—Venga, ¡rápido!

—¿Está segura? Está prohibido atracar aquí…

—¡Lo he visto! Dios mío, he pasado un miedo…

 

Seguramente, Françoise se había equivocado de profesión. Sus talentos como actriz no dejaron margen a la duda ni un solo instante. El director no perdió el tiempo cerrando la puerta ni siquiera se llevó su puro, que yacía, como las ruinas todavía humeantes de una posición enemiga recientemente destruida, en el cenicero. Acababan apenas de salir de la habitación cuando Suzanne se coló detrás del escritorio para coger la llave.

Recorrió el pasillo de los dormitorios a paso ligero. Los niños sacaron la cabeza de sus habitaciones y la miraron con curiosidad, pero también — Suzanne estaba convencida de ello—, con gratitud. Luego, cuando llegó a la puerta, todos salieron al pasillo y se pusieron detrás de ella, como para darle ánimos, como para hacerle llegar un último mensaje.

Suzanne introdujo una enorme llave en la cerradura.

Se introdujo en el lugar prohibido, buscando a tientas un interruptor, luchando contra las náuseas provocadas por el potente olor a detergente que emanaba de la habitación. Con la mano derecha encontró el interruptor y lo pulsó. De inmediato, unos neones dispuestos a lo largo de un pasillo crepitaron descontentos para finalmente inundar la oscuridad con una luz macilenta. Caminó hasta el extremo del túnel y fue a dar a una habitación tan ancha y profunda como la sala grande. Pero allí no había ningún alegre fresco que recubriese las paredes. Y ninguna mesa acogedora en el centro. Solo tres camas con ruedas pequeñas.

—Camas de hospital —se dijo en voz alta Suzanne.

Inspeccionó la habitación, examinó los utensilios médicos cuidadosamente ordenados en armarios metálicos. Jeringuillas, material de perfusión, tarros de sangre almacenados en un robusto frigorífico, paquetes de gasas, diversos polvos y píldoras, un esterilizador, morfina, un electrocardiograma…

La tutora se acercó a un aparato eléctrico extraño de donde sobresalían, como tentáculos de una medusa, numerosos cables. Leyó la placa de metal fijada en el frontal: electroencefalograma.

Dios mío, ¿qué es todo esto? Pero ¿qué les están haciendo a los niños?

Suzanne se estremeció. Retrocedió, consciente de que era el momento de abandonar el lugar.

Salir de aquí.

Volver a poner la llave en su sitio.

Pedir explicaciones.

Al volver a accionar el pesado interruptor que controlaba la corriente eléctrica, las cortinas blancas suspendidas entre las camas de hospital desaparecieron en la oscuridad para volverse velos espectrales. Suzanne cerró la puerta de acero al salir, echó la llave y luego se volvió.

Entonces, lo vio, inmóvil en el otro extremo del pasillo.

El director.

O, mejor dicho, como adivinaba ahora, Der Erlkönig.

 

—Sígame, Suzanne, ambos necesitamos algunas explicaciones.