El refugio de Sandrine
Capítulo 11
11
Véronique se encontraba en la recepción del hospital cuando vio a Damien traspasar la puerta giratoria de la entrada. Al ver su rostro tenso y decidido, comprendió mucho antes de que abriese la boca que algo grave acababa de producirse.
—¿Inspector?
—Tenemos que hablar.
—¿Ni un saludito primero? ¿Qué pasa? —soltó firmando el papel que le tendía una enfermera.
—Aquí no. ¿En su despacho?
—¡A sus órdenes!
Véronique cerró la puerta y se sentó enfrente de Damien. El policía tenía en la mano un sobre grande que dejó delante de ella sin abrirlo.
—¿Qué es esto?
—¿Dijo que la mejor manera de hacer hablar a Sandrine sería tranquilizarla?
—En efecto, si todavía se siente en peligro, se quedará atrapada en su propia realidad. Para hacer que abandone la isla, hay que demostrarle que ya no hay nada que temer de ese Rey de los Alisos.
—Si por casualidad poseyese la prueba de que su posible agresor ya no se encuentra en condiciones de hacerle daño, ¿bastaría? —preguntó.
—¿Lo ha encontrado?
—Quizás —dijo Damien para ganar tiempo—. Sin declaración de la víctima, no tenemos más que eso, «quizás».
—Si ese hombre es realmente el que le hizo daño, habrá un cambio perceptible. Su refugio se agrietará y luego se desplomará hasta que no tenga razón de ser. Cuidado, ese proceso puede llevar días, semanas e incluso años. A menos que…
—¿A menos que?
—A menos que la prueba sea innegable. Eso aceleraría la toma de conciencia.
—¿Esto, según usted, bastaría?
Damien sacó la ampliación de la foto del cadáver y la dejó encima del escritorio de Véronique. Había pegado un pósit amarillo encima de la cabeza de la víctima. Solo un extenso charco de sangre dejaba entrever la violencia escondida bajo el cuadrado de papel. La joven no manifestó ni asco ni fascinación. Su expresión siguió siendo neutra, profesional. Aquella mujer no era, desde luego, la novata que se había imaginado durante su primer encuentro. Continuó un momento examinando la foto y asimilando lo que aquel cadáver representaba para la víctima.
—¿Quién es?
—Frank Wernst.
—¿El granjero del que habla al comienzo del relato? —dijo sorprendida la psiquiatra.
—Sí. Seguramente una de las «balizas» presentes en los recuerdos de Sandrine.
—¿Ha encontrado más… de esas balizas?
—Por el momento, no. Pero todavía me quedan muchas comprobaciones por hacer.
—Dios mío —susurró Véronique echándose hacia atrás y hundiéndose en la silla—. Esto no augura nada bueno…
—¿Qué pasa?
—La temporalidad es una baliza a menudo importante en la construcción de un refugio. Su utilización puede ser concreta, pero también deformada, desnaturalizada… Por ejemplo, en el relato de Sandrine, la primera fecha es 1949. ¿Estamos de acuerdo en que no puede haber conocido ese periodo, dado que debe de tener unos treinta años?
—En efecto —asintió Damien.
—Ese año 1949 no representa, por tanto, un momento real. Es una temporalidad deformada que tiene por finalidad simbolizar un largo periodo. Ella misma lo repite en varias ocasiones: el tiempo es una noción inestable.
—Por tanto, en su opinión…
—En mi opinión, fue retenida no durante semanas o meses, sino incluso más, seguramente varios años. Si no, su relato no comenzaría en una fecha tan alejada. Y, si ese hombre es la criatura de la que espera huir Sandrine, el hecho de que se halle presente desde el comienzo de la historia nos indica que ha estado a su lado durante ese periodo tan largo…
—Solo he buscado en las desapariciones recientes… —murmuró Damien comprendiendo su error.
—Entonces, debería interesarse por las más antiguas.
—La mayoría de informes desaparecen con el tiempo —le explicó—. Si Sandrine fue secuestrada, pongamos, a los quince años, la justicia clasificaría el caso en la categoría de fuga probable. La ausencia de cuerpo y los problemas de la adolescencia, en general, inclinan la balanza en ese sentido.
—Y, de esta manera, desaparecen muchos niños y se convierten en casos cerrados… Sin sobrecargar el trabajo de la justicia —se lamentó Véronique.
—¿Podemos hacer que hable?
—¿Cómo? ¿Ahora?
Damien sacó otra foto del sobre. En ella se veía el colchón así como la cadena fijada en la pared. No hizo falta ninguna explicación para comprender el significado de un escenario así.
—Tenía razón. Desde el principio. La sangre encontrada en el interior de la anilla metálica es del mismo grupo que la de Sandrine. Y, según usted, esto debía prolongarse desde hacía años.
—Yo… Hay que prepararla, quiero decir, en su estado, mejor será tomar precauciones. Tendrá que firmar una exoneración.
—Lo haré —aseguró el inspector.
—Y tiene que dejarme a mí llevar la conversación —añadió.
—Por supuesto, usted es la loquera.
—Voy a pedir que le preparen una dosis de un calmante —añadió Véronique—. Salir de esa amnesia traumática, abrir la puerta de su refugio puede resultar muy doloroso para ella, incluso destructivo. Su reacción quizá no sea la que se espera. Además, estará presente una enfermera por si hubiera alguna complicación, no debemos correr ningún riesgo…
—No voy a interferir —le prometió Damien—. Solamente quiero que sepa que ya no tiene nada que temer. Voy a hacer una lista de los puntos importantes del relato que podrían ser útiles para la investigación.
—Muy bien, puede quedarse aquí, voy a intentar organizar esto rápidamente.
Véronique salió de su despacho y volvió media hora más tarde. La tensión en su voz delataba su inquietud. Sabía muy bien que se arriesgaban a que Sandrine reaccionase violentamente al choque psicológico con una realidad reprimida. La joven se sentía segura, instalada en un refugio que se había construido de la nada, y, en unos momentos, la iban a arrancar de ese lugar tranquilizador para exponerla a la cruda y gélida realidad. De hecho, al recuperar la memoria, la víctima tendría la sensación de revivir aquello de lo que había huido, abandonando su cerebro a los sufrimientos de los que se había desconectado.
Había que actuar con prudencia. Los medicamentos atenuarían sin duda la conmoción, pero avisó a Damien de que, al más mínimo indicio de peligro, se verían obligados a terminar la entrevista. El policía asintió sin discutirlo y se fio del juicio de la psiquiatra. El tratamiento de un trauma como ese podía durar meses. Pero el comisario había sido claro. Damien se encontraría atrapado entre el tiempo necesario para la terapia y el impuesto por el cierre de la comisaría. Le entregó a Véronique una lista de diferentes temas que había que tratar: la guerra, Suzanne, los niños, los gatos, la canción, las 20:37, el chocolate caliente…
Ideas anotadas deprisa y corriendo, temas sin interés ni significado alguno para cualquiera que se topase con aquella serie de palabras, pero que constituían otras tantas pistas que había que seguir, hilos de los que tirar para desenredar la madeja.
Después de estudiar la lista, Véronique le indicó que Sandrine estaba despierta y que se le había administrado una dosis precisa de sedantes y betabloqueantes con el fin de disminuir su reacción biológica frente al estrés. Aquel estado de conciencia modificado reduciría los riesgos y el sufrimiento de la víctima.
—Necesitamos un testimonio para la autoridad judicial —se justificó Damien acompañando a Véronique hasta la habitación de Sandrine—. No le estoy pidiendo que presione a la víctima, así, porque sí.
—Lo sé —murmuró apretando la mandíbula—, lo sé…
Cuando entraron en la habitación, una enfermera estaba cambiando el agua de las flores que había recogido ella misma en el jardín. Véronique le indicó que no podía quedarse, ya que se trataba de una investigación en curso y, asimismo, el estado de Sandrine no requería de vigilancia visual. La enfermera asintió y se sentó en el pasillo, lista para intervenir si era necesario. La psiquiatra colocó su grabadora en una mesa de formica y sonrió a Sandrine. Esta trató de devolverle la sonrisa, pero su expresión tuvo menos brillo, menos espontaneidad, sin duda anestesiada por los medicamentos. Dirigió luego su atención hacia Damien, quien había situado su silla en segundo plano con respecto a la de la psiquiatra. El inspector fue incapaz de descifrar su expresión. Lo miraba fijamente como se mira un punto en una pared, con una mirada ausente, solo el tiempo necesario para descansar la mente, para guarecerse en alguna parte. Él sonrió con nerviosismo, pensando en todo lo que aquella joven había sufrido y en todo lo que iba a obligarla a recordar mediante aquella entrevista. El sobre marrón que tenía en las manos le pareció entonces tan sumamente pesado como un remordimiento eterno.
—¿Cómo está, Sandrine? —preguntó con dulzura Véronique poniendo su mano sobre la de ella.
Débil asentimiento con la cabeza.
—Si lo desea, vamos a charlar las dos, y, como la última vez, grabaré nuestra conversación. ¿Está de acuerdo?
Un «sí» bastante audible se abrió camino tímidamente entre sus labios. Se puso en marcha la grabación.
—El inspector Bouchard es el encargado de encontrar a quien le ha hecho daño. Se va a quedar con nosotras durante la entrevista. ¿Le parece bien?
Sandrine desvió su atención hacia Damien. Lo observó un instante y luego le sonrió como si acabase de tomar consciencia de que se encontraba allí.
—Le conozco —afirmó al tiempo que sus labios se estiraban en una amplia mueca.
—Sí, hablamos ayer.
—No, le conozco de mucho antes —aclaró la joven.
Su mirada apagada se iluminó de repente. Damien se encontró incómodo frente a ese cambio cuyo extraño origen era él, sin quererlo.
—No… no creo —la contradijo con prudencia, consciente de que cada una de sus palabras corrían el riesgo de distorsionar la entrevista.
—Entonces, debo estar equivocándome —admitió Sandrine antes de volverse hacia la psiquiatra—. Se puede quedar, me gusta.
Véronique se lo agradeció y ocultó la turbación que le habían infundido esas últimas palabras. Decidió reconducir a Sandrine a la razón de la entrevista.
—Me gustaría hablarle del Rey de los Alisos —comenzó diciendo con una voz dulce.
—Mató a los niños.
—Lo sé, Sandrine, ya hemos mencionado ese hecho. El barco se hundió.
—Los ahogó —añadió la joven alzando ligeramente la voz—, estaban demasiado dormidos para nadar.
—Ese Rey de los Alisos era un hombre, ¿verdad?
—Sí, un hombre robusto.
—¿A usted le hizo daño?
—En la isla no, allí me dejaba tranquila.
—¿En qué lugar le hizo daño?
—En el búnker… no, en otro sitio, ya no lo sé…
A Véronique no le sorprendieron las respuestas confusas de la joven. Al contrario, el hecho de que Sandrine sugiriese otro lugar del que no conseguía acordarse indicaba que su memoria trataba de conectar de nuevo con la realidad.
—¿Mucho daño?
—Sí —aseguró bajando los ojos.
—¿Le aliviaría saber que ese hombre ya no existe?
Sandrine alzó la cabeza y miró fijamente a la psiquiatra con incomprensión. La boca se le quedó entreabierta sin que saliese de ella ninguna palabra y por sus mejillas resbalaron unas lágrimas. Murmuró:
—Me llaman todas las noches… Quieren que los libere del agua espesa.
—¿Los niños?
—Sí… Quisiera que se callaran… solo una noche…
—Y… ¿y si atrapamos al Rey de los Alisos —prosiguió Véronique—, los niños la dejarían tranquila?
—Sí, esa es la razón por la que siguen chillando, porque está ahí, porque tienen miedo…
—Sandrine, ¿qué sentiría si pudiese probarle que el Rey de los Alisos ya no está? —le sugirió.
—Alivio.
—¿Se acuerda del señor Wernst?
—Sí, fui a su granja para redactar un artículo sobre sus vacas.
—¿A las que les pintaron los grafitis?
—Sí.
—¿Qué sintió en el momento de partir de aquella granja?
—Miedo. Como si, en realidad, no pudiese abandonar aquel sitio. Como si un hilo invisible me mantuviese prisionera…
—Pero ¿logró marcharse?
—Sí, para ir… a la isla —dijo Sandrine después de un breve titubeo.
—¿Desea continuar esta conversación? —le preguntó la psiquiatra al percibir un ligero cambio en el timbre de su voz.
—Sí, quiero poder dormir en paz.
—El inspector Bouchard cree haber encontrado al Rey de los Alisos. ¿Le autoriza a mostrarle una foto?
—Sí.
Véronique se quedó en silencio un instante, para calibrar la voluntad real de la víctima. Podía suceder que, en ciertos casos, esta ya no desease oír hablar de su agresor, que se negase a tener toda la información que le concerniese con el fin de reconstruirse con más facilidad. Nadie podía ir contra esa voluntad de olvido. La reconstrucción psicológica del paciente siempre era la prioridad.
—Perfecto. Ahora mirará esa foto. Luego no estará obligada a hablar, solamente le pediré que responda a una última pregunta. La entrevista se terminará en ese momento si ese es su deseo. Podremos hablar de ello otro día, no hay obligación alguna, ¿entiende?
—Sí.
Damien se acercó con precaución. Sandrine lo observó sin pestañear, con una curiosidad real en la mirada. Hasta ese momento, la psiquiatra había dosificado las palabras, benévolas, con el fin de establecer un clima de confianza. Mediante preguntas cortas, había infundido de manera progresiva en la mente de Sandrine la idea de que el Rey de los Alisos podía haber sido encontrado. Esa técnica no tenía otra finalidad que preparar a la víctima para lo que iba a experimentar al mirar la foto.
Véronique había avisado a Damien de que ese momento sería el más peligroso. De que al descubrir el cadáver de Wernst en la imagen, la anestesia emocional puesta en marcha para refugiarla podía volar en pedazos y, en tal caso, se corría el riesgo de que todos los sufrimientos adormecidos se despertasen de pronto. Era por esa razón por la que una enfermera aguardaba detrás de la puerta, con una dosis de un potente calmante en el bolsillo, lista para intervenir. Pero eso significaría también el final de la entrevista y el comienzo de una terapia larga y laboriosa en la que nadie más podría interferir.
Por eso, el inspector era perfectamente consciente de la importancia de los próximos minutos. Sandrine permanecía inmóvil en su cama y a él, de repente, le entraron ganas de desandar lo andado, de salir de la habitación y dejar que aquella mujer se recuperase de sufrimientos que no podía más que sospechar. Sentía en su interior la vergüenza de quien dirige hacia el patíbulo a la víctima y no al culpable. El próximo cierre de la comisaría y las órdenes de su superior le parecieron una ridiculez frente a aquella mirada dulce y a aquella inocencia rota para siempre. Con delicadeza, sacó del sobre la ampliación y se la tendió a Véronique. Esta la depositó sobre la manta, justo delante de Sandrine, y luego le pidió con una voz plana y sin emoción:
—¿Es este el Rey de los Alisos que le ha hecho tanto daño?