El refugio de Sandrine

Jérôme Loubry · Capítulo 14 de 67

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El refugio de Sandrine

Capítulo 13

13

 

Suzanne

1949

Solo tres días después de haber descubierto el enigmático dibujo, Suzanne reparó en otros dos, en habitaciones diferentes, con las mismas palabras escritas debajo. Decidió que había llegado el momento de desentrañar el misterio y hablar con Fabien, ese niño que no se comunicaba sino muy raras veces. Aprovechó el que todos los niños se encontrasen en la sala principal disfrutando la ronda de chocolate caliente para llevárselo aparte.

—¿Fabien?

—¿Sí, señora?

—¿Puedes explicarme lo que has dibujado en tu habitación debajo del arcoíris?

El niño bajó la mirada mientras se mordía los labios. Esa actitud tan vista en las calles de la guerra que acababan de vivir, cuando los soldados les mandaban a los transeúntes que mostrasen sus papeles y los niños esperaban a que sus padres lo hiciesen, la alteró profundamente. Tomó consciencia del tono demasiado severo que acababa de emplear. Comprendió que algunas heridas invisibles se podían reabrir a la más mínima torpeza. Se puso en cuclillas frente a Fabien y le sonrió.

—No pasa nada. Puedes dibujar en las paredes de tu habitación, no voy a regañarte. Sencillamente es que he encontrado otras dos caricaturas en las de Julie y de Pierre. ¿Las has hecho tú también?

—Sí, señorita Suzie.

—¿Es un juego?

—No.

—¿Qué significa eso de Erlkeunig?

—Erlkönig —repitió Fabien para corregir su pronunciación—. El Rey de los Alisos.

—¿Y quién es el Rey de los Alisos? —preguntó con dulzura.

—Un hombre malo. Mi padre me solía contar ese cuento. Todos los niños de aquí lo conocen.

—¿Una especie de coco?

—Hummm —asintió Fabien.

—Ya no hay por qué tener miedo —aseguró—. Los monstruos se han ido, han vuelto a Alemania y estoy convencida de que ese Er-como-se-llame se ha ido con ellos. Ese hombre del saco, ¿cómo te hace daño? ¿Sabes? A menudo hablar de esos terrores los hace desaparecer. Yo también, cuando era pequeña, tenía miedo de la noche. Entonces, cerraba los ojos y ¡pum! ¡Ya no había monstruos!

—¡No! —susurró de repente el niño mirándola fijamente—. ¡No hay que cerrar los ojos! ¡Nunca!

—¿Ah, no? ¿Y eso por qué? —le preguntó Suzanne, de repente inquieta por su comportamiento.

—Porque si cerramos los ojos viene a buscarnos. Es lo que hizo con Julie, con Pierre y conmigo. Nos obliga a cerrar los ojos y nos lleva.

—Vamos, Fabien, no es más que tu imaginación…

Tenía la esperanza de que aquellas palabras consolaran al niño, que empezaba a mostrar una cierta agitación. El pequeño se frotaba las manos como presa de un frío glacial mientras que, hasta ese momento, se había limitado a quedarse inmóvil, con la mirada un poco perdida. Fue en el instante en que levantó la cabeza cuando descubrió sus ojeras. Contuvo las ganas de seguir preguntando. No debía ser brusca con él. Tenía que hacerle comprender que ahora estaba seguro, que no había riesgo alguno de que ningún soldado ni ningún monstruo apareciese de pronto en su habitación gritando órdenes ensordecedoras.

Sin embargo, Fabien prosiguió:

—No, señorita Suzie, viene todas las noches, y por eso he dibujado en las paredes de las habitaciones, para recordarle que ya ha pasado por ellas, que ahora nos debe dejar tranquilos.

Esas últimas palabras habían sido pronunciadas con una voz temblorosa. Suzanne detectó un temor real, profundo, que la sorprendió hasta el punto de no poder añadir nada más. Observó como el niño caminaba con paso cansado hacia la mesa grande. Unas sillas más allá estaban sentados los dos compañeros que, según sus palabras, sufrían de igual modo las pesadillas provocadas por aquel Erlkönig cuya existencia, hasta ese momento, Suzanne ignoraba.

Probablemente los soldados propagaron de manera intencionada aquella historia durante la guerra con el fin de espantar a los más jóvenes, se dijo. Después de todo, ¿existe promesa más hermosa de superioridad eterna que la de traumatizar a un pueblo desde su más tierna infancia?

Porque Suzanne, como todo adulto, lo sabía muy bien: los miedos no desaparecen al crecer. Se vuelven más sutiles. Tratan de pasar inadvertidos. Solamente cierran los ojos.

—¿Cómo está, Suzanne?

Claude, el médico, acababa de aparecer delante de ella. Demasiado centrada en mirar a Fabien, no había sido consciente de su presencia hasta que se puso a hablar. Como cada día, vestía un traje elegante y llevaba un monóculo que le proporcionaba un aspecto aristocrático. Su leve calvicie, lejos de afearle, le concedía una gran distinción. A su cabeza simétrica le sentaba perfectamente esa ausencia capilar y le añadía incluso un cierto encanto al que Suzanne no era del todo insensible.

—Ay, Claude, ¡menudo susto me ha dado!

—No sé cómo debo tomármelo —dijo él riéndose.

—No… no es… En cualquier caso, bien, ¿y usted?

—¡No podríamos estar mejor! El director está encantado con la salud de los niños, es decir, ¡encantado con el trabajo de todos nosotros! ¿Sabe? Sus organismos estuvieron privados del alimento necesario para un desarrollo conveniente, dos o tres años más en esas condiciones y la mayoría de ellos hubiese mostrado retrasos físicos y psicológicos irreversibles… No pudieron recobrarse de todas y cada una de esas carencias después de la Liberación. Todavía se pasaban muchos baches en la vida, si se puede decir así; no era fácil alimentarse correctamente.

—En efecto.

Dudaba de que el médico hubiese tenido muchas dificultades para llenar su nevera. Al menos, no tantas como Suzanne. Hasta donde ella sabía, había sido director de un hospital de campaña. Un puesto envidiado, por necesario, y aprobado por los diferentes gobiernos. Había tenido que curar a militares de ambos bandos. Una neutralidad salvífica en esos tiempos inciertos.

—Pero gracias al trabajo de todos nosotros —continuó—, ¡estos niños recuperan peso y energía! Bueno, en mi opinión, repartimos chocolate caliente de más, pero, después de todo, para ellos, ¡esa bebida probablemente sea el sabor del bienestar del Universo!

—¿Doctor?

—¿Sí, Suzanne?

—A pesar de todo eso que dice, tengo la sensación de que algunos de ellos están cansados.

—¿De verdad?

—Sí. ¿Duermen bien?

—Según los informes del equipo de noche, no hay ningún problema en ese aspecto —le aseguró el médico—. ¿A qué niños se refiere exactamente?

—A Julie, Fabien y Pierre. Me parece que tienen mala cara.

Tenían, en efecto, las espaldas un poco más encorvadas que las de los otros internos, les pesaba demasiado la cabeza para mantenerse derechos y, sobre todo, su tez parecía mucho más apagada que de costumbre, tan fría como las paredes desnudas de hormigón que conformaban el exterior del búnker.

—Seguramente un exceso de actividad física —concluyó el médico—. A esta edad, a menudo se corre hasta el agotamiento. Todavía no conocen sus límites. Es un cansancio sano. Pero, a lo largo de la semana que viene, comprobaré todo esto, no se preocupe.

—Gracias, Claude.

—No es nada. ¿Una cerveza en el hostal esta noche? —propuso mientras se alejaba.

—¿Cómo podría dejar sola a Françoise en un sitio en donde hay hombres y alcohol? Sería una irresponsabilidad por mi parte —ironizó sonriendo Suzanne.