El refugio de Sandrine
Capítulo 17
17
Desde entonces, mi maltratador se hizo más discreto. Seguía viniendo a saciar sus pulsiones de hombre, pero de manera más espaciada. A menudo, bajaba al sótano y se contentaba con sentarse y acariciar a los gatos. Luego volvía a subir para desaparecer hasta el día siguiente.
Yo, por mi parte, pasaba el tiempo ocupándome de ellos. Les leía extractos de diferentes libros, les contaba que mi abuela Suzanne también había luchado, que era una mujer que me hubiese gustado conocer más y a la que hubiese deseado hacerle muchas preguntas. Borraba su muerte inventándole una vida, lejos de allí, pero en parte aislada, como la mía, en una isla oculta, y les juraba que nunca hubiese dejado que el Rey de los Alisos se acercase a ellos. Imaginaba que un día me enviarían a su isla para realizar un reportaje y repararíamos la inestabilidad del tiempo pasando largas horas juntas. Los gatitos me hacían preguntas a las cuales respondía con todo detalle. Creaba una historia en la que éramos prisioneros del Rey de los Alisos, pero los tranquilizaba jurándoles que ninguno sucumbiría a sus promesas, ya que Suzanne nos liberaría a todos.
Por la noche, para dormirlos, les cantaba esa canción que a mi madre le gustaba escuchar.
Hábleme de amor,
vuelva a decirme cosas bonitas…
Una vieja canción para luchar contra un viejo poema.
Llegué casi a olvidar mi secuestro. No solo porque había encontrado amigos con quienes hablar, con quienes pasar el tiempo, sino también porque me aislaba cada vez más en las historias que narraba. Las paredes grises de mi prisión desaparecían para dejar sitio a una extensión de rocas y hierbas salvajes. El océano bramaba e inundaba mi mente con un olor yodado. Los gatos se transformaban en compañeros de clase con los cuales jugaba a la pelota, con quienes me paseaba a caballo o coloreaba las paredes de ese sótano con tizas de colores. La habitación se disfrazaba de antiguo búnker directamente salido de un libro sobre la Segunda Guerra Mundial. El paisaje se transformaba en un páramo salvaje trazado por las hermanas Brontë. Y yo me convertía en la heroína de mi propio «diario de viaje».
Hubiese podido pasar el tiempo de aquella manera durante años sin pensar en escapar. Por otra parte, la idea de separarme de mis amigos me resultaba insoportable. Y, además, no eran la única razón por la cual ya no me sentía tan atormentada como antes.
Él también participaba de aquella quimera.
Aquel al que llamaba Rey de los Alisos durante su ausencia solo venía muy raramente a martirizarme. Ya no bajaba al sótano con la misma frecuencia. Sus visitas disminuyeron hasta el punto de desaparecer completamente. Ignoraba la razón. Pero una cosa era cierta, ya no sufría aquel abandono como al principio.
Tenía otras personas que me hacían compañía.
Pero una mañana, la posibilidad de huir se materializó en una simple piedra. Uno de los gatos, una hembra de pelo gris, se había adentrado en el estrecho espacio que separaba la bañera de la pared. Se vio atrapada y maulló para que la ayudase. Tiré de mi cadena y la saqué de aquel escondrijo, regañándola para que no volviera a hacerlo.
Fue entonces cuando vi la piedra.
Una ligera fuga se había filtrado durante años y había debilitado el yeso que sellaba unas piedras con otras. Ignoro en qué momento se había soltado del resto, pero, cuando la sostuve con la mano, me sorprendió su peso. Era pesada, con un extremo puntiagudo, semejante a un sílex de gran tamaño. La volví a colocar en su hueco, temblando ante la idea de que fuese descubierta, luego me volví a sentar en el colchón, con la mente alterada por la posibilidad que ofrecía aquel hallazgo.
Poseía el arma.
Ahora me bastaba con llegar a sentir la ira necesaria.
Y, desgraciadamente, esta se presentó al día siguiente, bajo la forma más repugnante.