El refugio de Sandrine
Capítulo 3
3
El bosque de Meillant se despertaba lentamente. El sol traspasaba con dificultad los densos robles pedunculados mientras la penumbra forestal, tan propicia a las leyendas de la región de Berry, extendía su manto de niebla sobre los frondosos matorrales.
Patrice había participado en el reparto de café mientras Damien proporcionaba un silbato a cada una de las personas presentes. Conocía a la mayoría. Amigos, vecinos, habitantes de Saint-Armand, todos afectados de cerca o de lejos por aquella tragedia. Se había registrado la ciudad sin éxito. Sus calles, los campos de alrededor, las casas abandonadas, el canal, ninguno de aquellos lugares había arrojado un cuerpo o un indicio que pudiese indicar que la niña hubiese pasado por allí. Solo quedaba el bosque como única esperanza.
La batida había sido organizada dos días después de la desaparición de Mélanie. Hubo tantos voluntarios que la unidad tuvo que rechazar a algunos para poder concentrar sus esfuerzos y organizar los grupos.
—Formaremos una cadena humana, luego nos separaremos los unos de los otros unos metros —explicó Patrice a las treinta personas reunidas a su alrededor—. Avanzaremos hacia el norte y haremos balance cada hora. El bosque es grande, pero está bien cuidado, peinándolo así, estamos seguros de que no se nos escapará nada. Si alguno de ustedes cree haber encontrado cualquier cosa, utilice su silbato para alertarnos. Pongámonos en marcha, y gracias a todos por haber venido.
El comisario esperó a que la línea de voluntarios se estirase lo suficiente antes de ordenar que avanzase. Como se había acordado durante la preparación, Damien se colocó en el extremo izquierdo, casi en la linde.
El inspector no había dormido en dos días. Cada vez que cerraba los ojos, oía a su hija que lo llamaba, pidiéndole auxilio. Se culpaba de no haber estado allí, de no haber podido protegerla. Se tachaba de mal padre, lamentaba haberle negado tanto tiempo a Mélanie esos zapatos rojos que quería desde hacía meses, no haberla estrechado entre sus brazos más a menudo.
La comitiva comenzó a moverse. Se adentró en aquel bosque que todos conocían de haberse paseado por él, de haber cazado, pescado, sin imaginarse que un día tendrían que regresar allí para buscar a una niña desaparecida. Durante toda la mañana, los voluntarios recorrieron los senderos del bosque, se introdujeron en sus entrañas, navegando por sus desniveles como los pasajeros de un navío en peligro de naufragio a causa de las olas de un mar impetuoso. A mediodía, se reagruparon para tomarse rápidamente los sándwiches regalados por la panadería del pueblo y reanudaron su búsqueda una hora más tarde.
Pasó el día sin que ningún silbato perturbase la calma aparente. Damien sintió que el corazón se le aceleraba cuando vio que algo se movía en un matorral a unos metros por delante de él. Corrió hacia allí de inmediato, pero un gato vagabundo, alertado por el ruido de sus pasos, salió de allí para escaparse pitando. El inspector observó cómo el animal caminó a través de los helechos, apretando el puño para frenar la desesperanza que lo inundaba lentamente.
A las 18:30 Patrice los invitó a todos a dirigirse hacia la nacional que lindaba con el bosque, en donde se habían previsto unas lanzaderas para llevar a los voluntarios. Todos, con pesar, dejaron el silbato en la caja y entraron en los vehículos. Por el camino, echaron una última mirada hacia el bosque de Meillant, con la esperanza de que sus árboles no se hubiesen cruzado con la silueta asustada de una niña, rezando porque se hubiese refugiado en alguna otra parte, pues consideraban que aquella espesura tenía bastantes leyendas aterradoras como para que se le añadiese una más.
Damien esperó a que los monovolúmenes hubiesen desaparecido para encenderse un cigarrillo. Dio largas caladas y arrojó el humo en dirección al cielo, que se volvía gris.
—Mañana empezaremos de nuevo —le aseguró Patrice—. Ven, vámonos, la lluvia no va a tardar en caer.
—Está por ahí, en alguna parte, lo siento.
—Damien, sé que… sé que no es fácil, pero tienes que volver para descansar. Vas a ponerte enfermo si sigues así. Linda también te necesita.
—Ya no me dirige la palabra, ¿sabes? —le contó mientras aplastaba la colilla contra la carretera—. No lo dice abiertamente, pero sé que me cree responsable de lo que pasa. No estaba obligado a ir a esa formación. Insistí aun cuando me había pedido que no fuese, que disfrutase un poco de nuestra hija, que la fuese a buscar al final de clase para darle la sorpresa.
—No eres responsable de nada. Quítate esa idea de la cabeza —le aconsejó Patrice dándole una palmada amistosa en el hombro—. Vamos a encontrar a Mélanie, estoy seguro.
—Hay una laguna, no muy lejos de aquí —recordó Damien volviéndose hacia el oeste del bosque—. Deberíamos ir…
—Mañana va a venir de Orleans un equipo con perros, y además unos buceadores van a dragar las diferentes extensiones de agua a partir del jueves. Concentrémonos en el bosque y…
—¿Te he contado alguna vez que mi abuelo estuvo en la guerra?
—Sí —sonrió Patrice acordándose de esas largas veladas con una copa, mucho antes de que Damien se casase, contándose sus vidas.
—No hablaba a menudo de ello. Y yo, de crío, solo quería una cosa: oír cosas sobre sus hazañas. Me lo imaginaba corriendo a través de los campos de batalla, zigzagueando entre las balas, disparando a los aviones alemanes… Pero siempre se limitaba a repetirme que la guerra era la más fiel de las parejas. Que, cuando se conocía, era para toda la vida.
—Eso no lo sabía —reconoció Patrice.
—También me confesó haber sentido miedo una sola vez. Fue al final de la guerra, cuando la Wehrmacht abandonaba el país. Patrullaba en el Oise, en busca de soldados desertores. Muchos alemanes se habían vuelto locos por mujeres francesas y se negaban a abandonarlas para volver a su país. Su unidad había recibido la orden de peinar un bosque como este, en Chantilly. Caminaron durante horas antes de ver una magnífica propiedad que pertenecía antiguamente a una familia de chocolateros. Ya no había nadie, estaba desierta. Caminaron por ella, registraron el interior. El lugar era extraño: había cunas para bebés, habitaciones equipadas con infraestructuras médicas, aulas de colegio… pero ningún residente. Entonces se dirigieron hacia el lago que estaba detrás del edificio principal. ¿Y sabes lo que encontraron?
—No…
—Niños. Cuerpecitos que flotaban en el agua como si, simplemente, estuvieran tumbados encima. Había decenas. Los soldados los sacaron uno por uno. Algunos debían de tener cuatro años, otros apenas eran recién nacidos. Ese fue el momento en que pasó miedo. Fue llevando en sus brazos los cadáveres de esos inocentes cuando la guerra lo aterrorizó, mucho más que cuando se encontraba en las trincheras.
—Es una historia horrible… —susurró Patrice dirigiéndose hacia el vehículo.
—Solo quiero comprobar una cosa antes de irnos.
—¿Qué cosa?
—Esa laguna de aquí cerca. Luego, lo prometo, volveré para descansar.
El vehículo de policía avanzó con dificultad por el camino gangrenado con anchas rodadas. Aquella vía de acceso hecha de tierra y piedras se parecía más a una torrentera que a una auténtica vía transitable. La laguna apareció lentamente, desvelando su superficie sombría contra la que la luna llena se contemplaba con orgullo. Las primeras gotas cayeron en el mismo momento en que ambos salieron del coche. Encendieron su linterna y se dirigieron hacia la extensión de agua. La vegetación era más frondosa en esa parte del bosque y, en varias ocasiones, tuvieron que desviarse en su avance para que no los detuviese la densa maleza o se hundiesen en el lodo. Los robles se mezclaron con los alisos de los pantanos hasta formar una masa compacta y opresiva. La noche los envolvió un poco más cuando llegaron al segundo tercio del camino pedestre.
—Tendría que haber pasado más tiempo con ella…
—Damien, no te hagas más daño.
—¿Quién cabalga tan tarde en la noche…?
—¿Qué?
—Es un poema. Tenía un examen el día de su desaparición. La ayudé a repasar, pero no conseguía recordar los últimos versos. Le aconsejé que lo recitase una y otra vez, que lo hiciese suyo hasta el punto de sentir la humedad del bosque, oír la voz espectral del Rey de los Alisos… Parece que nos estoy viendo, a los dos, sentados en el sofá del salón, con ese poema en las rodillas. Creo que es la última vez que la abracé, a la mañana siguiente me marchaba a una formación a París. No un simple abrazo fugaz, no, un buen achuchón, como cuando era pequeña y se refugiaba en mí a la más mínima decepción o temor. Yo también me aprendí esos versos, para mostrarle que era posible, para decirle que nunca había que perder la esperanza. Tendría que haber pasado más tiempo con ella…
—Damien, eres un padre maravilloso, nunca hubieses podido imaginar que un día… ¿Damien?
En el momento en que su mejor amigo se quedó inmóvil, lo comprendió. No necesitó para ello los gritos que siguieron. No necesitó verlo caer de rodillas. El aire se enrareció hasta el punto de que al comisario también le temblaron las piernas. Cerró los ojos para tratar de conservar el equilibrio. Cuando los volvió a abrir, se percató de que los colores naturales habían huido, se habían atrincherado en un lugar desconocido, y que, en lugar del verde, del marrón y de los numerosos matices que ofrecía el bosque no quedaba más que un gris claro, semejante a la ceniza cuidadosamente espolvoreada sobre un mundo que se hundía. Dirigió su mirada hacia la extensión de la laguna. Allí, a pocos metros, el cuerpo desnudo de Mélanie, que la luna y su luz malévola coloreaban con un blanco casi fosforescente, descansaba sobre el suelo. Su busto se extendía fuera del agua, con un brazo tendido hacia donde ellos estaban, como si la joven hubiese utilizado sus últimas fuerzas para salir de la laguna y llegar hasta ellos.
Patrice se acercó con lentitud, ignorando sus lágrimas y su miedo. Sin embargo, no pudo contener el espasmo violento que lo dobló en dos y cayó hacia atrás, sentado frente al cadáver.
Los recuerdos de Mélanie fluyeron en su mente y lo paralizaron.
La primera vez que la vio, en la maternidad.
La primera vez que había pronunciado su nombre.
Sus cumpleaños.
Su sonrisa.
Aquel «tío» con el que ella lo llamaba sin importarle que no hubiese un vínculo biológico que lo autorizase.
Los momentos en que esperaba en la comisaría a que su padre acabase su turno. Se sentaba en su despacho, fingiendo responder a mensajes urgentes, imaginándose que su propia patrulla salía al lugar de los hechos siguiendo sus órdenes.
Mélanie.
—Dios mío —susurró Patrice al descubrir el cadáver.
Tenía la piel diáfana llena de heridas, sin duda causadas por el ansia de los carroñeros. El rostro estaba vuelto hacia el suelo. Se le pegaban al cráneo los mechones de pelo largos y pringosos como algas.
Se incorporó con dificultad, se quitó el abrigo para depositarlo sobre la niña y luego volvió junto a Damien con paso inseguro.
—Lo… lo siento tantísimo… Da… Damien… Tengo que… que avisar a la central… No te muevas, vuelvo enseguida…
Patrice corrió hasta el coche para llamar por radio.
Su mensaje quedó entrecortado por los sollozos. Le costó decir aquella verdad, puesto que una parte de él se negaba a admitirla.
Mélanie.
El oficial de guardia lo escuchó y anotó con una escritura temblorosa el contenido de la llamada. Cuando le pidió al comisario que confirmase la hora del descubrimiento del cadáver, Patrice consultó su reloj mientras la lluvia caía de manera desmesurada contra los alisos de un bosque maldito para siempre.
Eran las 20:37.