El refugio de Sandrine
Capítulo 2
2
Los estudiantes se quedaron sin habla.
Esta historia jamás ha existido.
¿Qué quería decir su profesor? ¿Era otra broma? ¿Otra argucia para llevarlos a reflexionar todavía más? ¿Una prueba?
Todos volvieron la cabeza hacia su vecino en busca de respuestas, pero no vieron más que el reflejo de su propia incomprensión.
Villemin escribió en el teclado de su MacBook y mostró una imagen sobre la pizarra.
—¿Qué estamos viendo?
—¿Un dibujo? —probó a decir un chico.
—Bueno, es un comienzo. En efecto, se trata de un dibujo realizado por un niño. Como pueden ver, representa una isla rodeada por un mar azul. Y ahora, ¿qué ven?
Apretó de nuevo una tecla del ordenador y apareció otra imagen.
—¿Una foto de grupo?
—En efecto, una foto tomada durante el cumpleaños de la niña a quien pertenece el dibujo. Hay, les dejo que cuenten para comprobarlo, diez niños de unos quince años. Y, por último, la tercera imagen.
La estrofa del poema de Goethe apareció en grandes caracteres, visibles para todos. Entonces, los labios de los estudiantes lo susurraron, recitando aquel destino funesto al igual que hiciera Sandrine en la historia que no lograban comprender del todo.
El padre tembló, aguijó a su caballo,
al niño gimiendo tiene en sus brazos;
llega a su casa afligido, angustiado:
estaba muerto el niño de sus brazos.
—In seinen Armen das Kind war tot —dijo el profesor traduciendo el último verso al alemán—. ¿Han descubierto la verdad, ahora que les he mostrado estas tres balizas?
Observó cómo su público trataba de encontrar la clave del enigma que le proponía. Por supuesto, hubiese podido explicarlo todo sin artificio, demostrarles la ingeniosidad diabólica de los refugios y levantar el velo al refugio de Sandrine. Pero ¿de qué servía dar clases que se limitasen a informar y ya no a formar? Villemin quería probarles hasta qué punto la fabricación de un refugio —no una sonrisa ni una mentira, sino un refugio elaborado, una respuesta a una conmoción emocional intensa que la víctima hubiese tardado años en construir para guarecerse para siempre— podía mostrarse difícil de descifrar. A menudo lo comparaba con un palimpsesto. Las palabras del paciente —el refugio— simbolizaban el texto visible, mientras que la verdad, por su parte, se encontraba debajo, fuera del alcance de cualquier oído no atento.
El profesor sabía asimismo que les estaba pidiendo demasiado, que sus estudiantes todavía no poseían las suficientes referencias para diferenciar lo verdadero de lo falso. Él mismo había tardado mucho tiempo en reunir los elementos. Docenas de horas escuchando, haciéndose preguntas, sesiones de terapia largas y agotadoras. ¿Había abandonado la víctima su refugio para aceptar la realidad?
No, lamentó el viejo psiquiatra reconociendo su fracaso, todavía se encuentra allí…
—¿Profesor?
—¿Sí?
—¿Las tres balizas que nos ha mostrado pertenecen a Sandrine?
—No exactamente.
Un ligero estupor cundió por el auditorio.
—¿Fue Sandrine quien hizo el dibujo?
—No. Prosiga, joven.
—Ha aclarado que hay diez niños en la foto de grupo. ¿Sus nombres son los mismos que los de las víctimas del Rey de los Alisos?
—Así es, sí, ha acertado de lleno.
—Pero si esa historia nunca ha existido, ¿por qué mostrarnos un dibujo auténtico y una foto?
—Porque todo se mezcla. Esas balizas perduran a través de la verdad y la mentira para relacionar una con otra. Esas balizas son reales, ¡tampoco me he inventado el poema de Goethe!
—Así pues, ¡pertenecen a otro! —exclamó la estudiante—. Sandrine no es la víctima. No es quien ha sufrido el trauma necesario para la construcción del refugio que nos acaba de narrar.
—Entonces, ¿a quién pertenecen? —sonrió el profesor.
—¿A Véronique? ¿Al comisario? A Wernst, no, ya que está muerto… ¿A uno de los niños que se hubiera escapado?
—Nunca ha estado tan cerca de la verdad. ¿Qué traumas desencadenan con más probabilidad la creación de un refugio?
—Un gran sufrimiento, por supuesto. La violación, el secuestro, los maltratos físicos y psíquicos…
—Se olvida de uno —constató enigmático Villemin.
—No caigo.
—Los refugios en los que las víctimas se encierran llevan en ellos una parte de realidad, pero igualmente una parte de ficción. Y, en la mayoría de los casos, esa ficción protege de un acontecimiento traumático que se desea ocultar. He querido mostrarles, mediante este caso, que no hay que fiarse de las palabras y que es necesario buscar en sus sombras la luz de la verdad. El elemento traumático, esa es la clave. Aquí se trata del duelo.
—¿Del duelo? Pero no hay ningún duelo… La única persona que hubiese podido estar de luto es Damien, pero eso no es posible, no encontraron a Mélanie… Por otra parte, el inspector parece lleno de esperanza. El hecho de no haber descubierto el cuerpo de la hija le permite creer todavía en sus posibilidades de salvarla, aunque sean escasas… Si hubiesen hallado a Mélanie en un saco, de acuerdo, podríamos plantearnos la hipótesis de que sea, en realidad, el refugio de un hombre que hubiese perdido a su hija. Pero no es el caso.
—Pues, en realidad, sí —murmuró el profesor—. Toda esta historia no es el refugio de Sandrine. Esta chica solo es un componente de la auténtica historia, no representa más que un párrafo que recubre el palimpsesto. Porque Mélanie fue encontrada hace mucho tiempo. Y fue su padre quien la vio en primer lugar… De ahí que les haya mostrado la tercera baliza. In seinen Armen das Kind war tot…