El refugio de Sandrine
Capítulo 4
4
Ya no se oyó ruido alguno, ni se vio ninguna mano levantada.
Los estudiantes dejaron que el profesor retomase la palabra, con la voz teñida por una cierta tristeza.
—Esta historia es verdad. Como habrán comprendido, es la verdadera razón del «refugio Sandrine».
»Pocos días después del entierro, Damien entró en una profunda depresión. Trató de suicidarse, una vez, cortándose la muñeca izquierda, esa célebre muñeca izquierda… Fue internado en una institución especializada a la espera de que el tiempo cerrase las heridas y el dolor del duelo se mitigase. Fue en aquel lugar, entre las cuatro paredes de su habitación, la cual se negaba a abandonar, donde se creó un refugio para su pena. El padre de Mélanie permaneció un año allí.
»Luego, una mañana, cuando el psiquiatra fue a examinarlo, le contó la historia de Sandrine tal y como se la he contado a ustedes.
»Se acordó de los dibujos que su hija colgaba en su habitación, como el de la isla que les he mostrado.
»Del poema que se habían aprendido juntos.
»De los zapatos rojos comprados después de semanas de espera.
»De aquella canción de entreguerras que le gustaba tanto.
»De los amigos que habían estado presentes en su último cumpleaños y a los que había fotografiado.
»De la relación tormentosa que mantenía la madre de Linda con su hija, de ese padre que su mujer nunca había conocido.
»De los reproches con que le machacaba cuando Mélanie desapareció.
»De aquella impresión extraña, esa sensación de que su mujer no se dirigía solo a él, sino también al fantasma de su propio progenitor, cuando lo llamaba “mal padre” como seguro que su madre lo había hecho años antes con su marido, reproduciendo así su comportamiento, como Sandrine reproducirá el de su verdugo…
»Numerosos detalles más se convirtieron en otros tantos ladrillos destinados a sostener el armazón de su trauma.
»Fue en ese momento en que el director del hospital, un viejo conocido, me pidió que fuese a estudiar a aquel paciente. Tardé años en desenredar lo verdadero de lo falso, en encontrar las concordancias biográficas, en separar los equívocos y en adivinar las balizas. Le expliqué a Damien cómo se construían los refugios, para que los hiciese más concretos, más comprensibles, sin imaginarme ni por un momento que mis comentarios se volverían a su vez ladrillos que colocaría en su utopía. Deseaba curarlo, ayudarlo a aceptar el duelo, hacerle salir de su refugio.
—¿Lo logró?
—No, joven. Fracasé. Damien, a pesar de los treinta y seis años que nos separan de ese terrible drama, todavía se encuentra en el interior de su refugio. Y creo que está mejor allí.
—Es una historia espantosa.
—En efecto. Pero las sonrisas que ocultan la verdad también lo son. De manera menos dramática, cierto, pero esconden también una parte de tragedia. Para Damien, su hija sigue viva. Logró escapar del Rey de los Alisos. Sigue buscándola, escudriña los periódicos, los sitios de internet… Se dirige todos los días al quiosco de la plaza Carrée, en Saint-Amand-Montrond. Allí Damien se sienta durante horas, ante las miradas a ratos curiosas, a ratos entristecidas de sus habitantes, quienes se acuerdan entonces del inspector y de su hija. Y si le preguntan qué está esperando, les responderá sencillamente que los muertos del antiguo cementerio sobre el que se encuentran le están hablando. Y que ninguno le ha susurrado todavía nunca el nombre de Mélanie…