El refugio de Sandrine

Jérôme Loubry · Capítulo 40 de 67

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El refugio de Sandrine

Capítulo 16

16

 

Sandrine se encontraba en la página 12.

En la sección de «Viajes» de aquellos viejos periódicos. Leí un artículo por azar, porque no sabía con qué alimentar mi aburrimiento. Enseguida, el personaje me atrapó. Se presentaba como una mujer fuerte y autónoma, licenciada en una prestigiosa facultad de periodismo, y recorría el globo escribiendo sus impresiones.

Sandrine Vaudrier.

Me gustó de inmediato y, en cierta forma, me dio envidia.

Gozaba de una libertad que no podía sino imaginar. Me zambullí en sus escritos con tanto fervor como en los libros que ya me había leído y releído. Abrí los periódicos y arranqué todos sus artículos para ponerlos a resguardo bajo el colchón, por si mi carcelero, en uno de sus ataques de ira, en ese momento cada vez más frecuentes, decidiese privarme de la lectura.

Gracias a ella, soñaba. No me había pasado nada desde hacía años.

Ignoro si aquel descubrimiento tuvo un efecto visible sobre mi humor, pero mi verdugo pareció darse cuenta y, a su manera, me felicitó por ello. Seguramente pensó que aceptaba mi suerte, que, por fin, había comprendido que no me deseaba ningún mal, que las cosas eran así, y era preferible plegarse a ellas. Dejó de beber —al menos cuando bajaba, su aliento no apestaba a aguardiente— y siguió trayéndome periódicos viejos y platos cocinados.

Más tarde, una mañana, se produjo un acontecimiento excepcional.

Tras haberme dejado el desayuno, subió la escalera. Pero esta vez, en lugar de cerrar la puerta como era su costumbre, la dejó entreabierta. Estiré el cuello para tratar de ver lo que había detrás, pero no lo logré. Al cabo de unos minutos, un gato bajó la escalera. La naturalidad y la seguridad con las que cruzó la frontera de aquel espacio que, hasta ese momento, solo había visto a dos personas moviéndose en él me desestabilizaron. Su pelaje atigrado ondulaba con cada uno de sus movimientos. Cerré los ojos, pensando que era un espejismo causado por el cansancio, pero el animal estaba todavía allí cuando los volví a abrir, unos pocos escalones más cerca. Con habilidad felina, llegó al pie de la escalera antes de esconderse en un rincón oscuro del sótano y permanecer oculto allí.

Al día siguiente, la puerta quedó de nuevo abierta, y rápidamente Paul salió (como no sabía su nombre, había decidido llamar así al gato, en homenaje a aquel novio de mi antigua vida). Esta vez se dirigió prudentemente hacia mí, con las pupilas dilatadas y al acecho. No me atreví a moverme. Tenía miedo de que el más mínimo de mis movimientos provocara un tintineo de la cadena y que eso lo espantase. El animal siguió avanzando lanzándome miradas temerosas que yo a mi vez le devolvía. Suavemente, me tocó la pierna con el hocico por primera vez, y luego se frotó contra el ángulo de mi rodilla, mientras crecía un ronroneo tímido en aquella burbuja de normalidad que acabábamos de crearnos.

Así, Sandrine y Paul se convirtieron en mis primeros amigos. Mis dos primeros destellos en la oscuridad. Cada uno de ellos marcó el ritmo de mis días durante meses. La mañana estaba consagrada a Paul y a sus caricias. La tarde a la lectura de las aventuras de Sandrine. Por la noche, me evadía gracias a un viejo poema que me servía también de escapatoria.

Mi día a día se organizó en torno a esas costumbres, haciendo las horas menos largas, acelerando el tiempo y alejándome de mi adolescencia.

Mi verdugo se ocupaba de mí. Me cortaba el pelo, me traía regularmente jabón y tampones, y llegaba incluso a soltarme de cuando en cuando la cadena de la muñeca para que pudiese caminar por la habitación y desentumecer las piernas. Me vigilaba, por supuesto, listo a abalanzarse sobre mí al más mínimo paso en falso.

Consciente de que el gato pasaba cada vez más tiempo a mi lado, colocó un bol con croquetas junto a la bañera. A veces bajaba él mismo al animal. Paul ronroneaba despreocupado en sus brazos y luego saltaba de un brinco al colchón para frotarse contra mí. Ver a aquel hombre actuar con tanta benevolencia me hizo dudar de su monstruosidad. Le susurraba al gato palabras reconfortantes, lo acariciaba con ternura, le sonreía, y miraba divertido cómo daba saltos en el sótano.

 

Las estaciones se sucedieron.

Nuevos libros hicieron su aparición.

Alternaba momentos de profunda depresión con momentos en que me resignaba.

Permitía que se escapasen los días sin intentar ya retenerlos. También dejé de llorar. Sin embargo, no había abandonado la idea de escaparme, pero cada vez me hacía más preguntas sobre el mundo que me encontraría al salir de aquella habitación. Paul venía a visitarme todos los días, a veces incluso dormía conmigo. Hablaba con él y me imaginaba sus respuestas. Le contaba historias, le recitaba mi poema. Le decía que me llamaba Sandrine, que era periodista y que estaría encantada de llevármelo conmigo a mi próximo viaje.

Tiempo después, una mañana, apareció otro gato en el sótano. Una hembra, con manchas blancas y negras y el vientre abombado. Bajó la escalera, seguida de Paul, y se refugió debajo de los escalones. Unas horas más tarde, se oyeron los maullidos de unos gatitos y el hombre se presentó allí con una gran sonrisa en el rostro. Afirmó que, a partir de ese momento, me sentiría menos sola.

Le puse un nombre a cada gatito. Hubo diez en total, en dos camadas diferentes. Todos brincaban libremente entre el exterior y el sótano, ya que ahora la puerta se quedaba abierta también por la noche. Así, mis antiguos compañeros de clase volvieron a mi memoria bajo la forma de animales. Yo reproducía las conversaciones que teníamos de niños hablando con aquellas bolas de pelo. Tranquilizaba a Marie, un gatito completamente blanco con una mancha negra en el hocico, afirmándole que podía recitar mi poema sin dudar en la más mínima palabra, y ella me contaba cómo iban sus clases de la universidad. Pierre, Fabien, Julie, Marie… Todos volvieron para hacerme compañía.

 

Todos querían oír los relatos de mis formidables viajes.