El refugio de Sandrine

Jérôme Loubry · Capítulo 53 de 67

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El refugio de Sandrine

Capítulo 9

9

 

Tres días, yaya, tres días… Tardé todo ese tiempo en entenderlo.

Una eternidad.

La primera noche, el día de su llegada, no bajé a ver a la criaturita. Era incapaz de moverme, de hablar. Solo sé que la metió en el sótano y que oía el tintineo de la cadena y del cerrojo al cerrarse.

A la mañana siguiente, sin embargo, fui yo quien tuve que llevarle el desayuno.

Le bajé la bandeja sin pronunciar la más mínima palabra, sin ni siquiera mirarle, como una fiel reproducción de la actitud de mi antiguo verdugo. Me limité a mirar al suelo, dejarle la comida y precipitarme escaleras arriba para rehuir su presencia. Cerré la puerta de la cocina para no oír sus lamentos y luego, apoyada contra el fregadero, cerré los puños hasta sentir que las uñas se me hundían en la carne.

No llores, no te vengas abajo, acuérdate de lo que te ha dicho…

—No será por mucho tiempo, solo unos días, lo justo para que desaparezca mi necesidad… Esa criatura no es apta para la vida. Tú eres diferente, es la vida la que no es apta para tu existencia. Me di cuenta de ello. Nadie hubiese elegido recuperarse después de lo que te hice pasar. Nadie hubiese tenido la fuerza suficiente para perdonar. Eres especial, el mundo exterior no te merece. Esa criatura es lo contrario. Es inútil. Un fuego fatuo efímero que se apagará pronto y del que nadie se preocupará. Está ahí para ayudarnos a vivir juntos. Es el receptáculo de mis necesidades, un simple receptáculo cuyo único interés es liberarme.

«Los primeros días son los más difíciles… Todavía te cuesta aceptarlo, pero pronto, con el tiempo, comprenderás que es la única solución. Cuando sientas una duda, escucha tu canción, la que habla de amor, y piensa en nuestra felicidad. Todo lo que existe fuera de la granja no es más que un mundo que se hunde… Pero nosotros aquí estamos protegidos… Esta granja es nuestro refugio… ¿No es eso todo lo que siempre has deseado, Sandrine? Entonces, ¿qué sentido tiene pensar en la criatura del sótano? ¿Por qué poner en peligro este equilibrio, esta estabilidad que siempre se ha burlado de ti?». Así que seguí sus consejos.

Hábleme de amor.

Docenas de veces. Subiendo el volumen del sonido cuando oía lloros que procedían del sótano, gritando la letra como si fueran órdenes dadas a esa parte de mí que todavía dudaba…

 

Hábleme de amor.