El refugio de Sandrine

Jérôme Loubry · Capítulo 28 de 67

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El refugio de Sandrine

Capítulo 3

3

 

Damien llegó al hospital con aquella idea fija todavía arraigada en él: esa historia no podía ser real. No aquí.

Entró en el vestíbulo y fue recibido de inmediato por Antoine y su tradicional:

—¡Jefe!

Cuando Damien quiso saber por qué se dirigía a él de aquella manera, Antoine le había respondido que «sonaba bien» y había mencionado una película que, por supuesto, Damien no había visto, y cuya acción se desarrollaba en un pueblecito balneario americano semejante a Villers. Al día siguiente, el jefe fue al videoclub para alquilar Tiburón y comprobar la premisa de semejante afirmación. Damien tuvo que reconocer que, en efecto, sonaba bien. Desde entonces, dejaba a su compañero utilizar aquel término con cierto orgullo hollywoodiense.

—¿Está consciente? —preguntó Damien mientras seguía al policía en dirección a los ascensores.

—Sí, jefe.

—¿Has hablado con ella?

—No, no desde la playa. La loquera ha insistido en conocer al responsable de la investigación.

—¿La loquera?

—Sí. Quiere verle antes de dejarnos interrogar a la víctima.

—¿Por qué? —dijo sorprendido el inspector.

—Es la única que se ha entrevistado con ella después de que las enfermeras le hayan hecho toda la batería de exámenes físicos. Por lo visto, han estado juntas un buen rato antes de que se le inyectase un sedante. La tal psiquiatra debe tener información que revelarnos, puesto que ha insistido en encontrarse con usted.

Ambos se dirigieron al tercer piso del hospital, en donde una recepcionista los hizo esperar mientras aguardaban la llegada de la especialista.

—¿Qué pinta tiene? —preguntó Damien mirando al suelo.

—¿La víctima?

—No, la loquera. ¿Es una vieja con gafas?

—No, la verdad es que no, más bien lo contrario, joven, bastante guapa, parece recién salida de la facultad. No debe de ser de por aquí, nunca me he cruzado con ella.

 

Damien rememoró el aspecto de la única psiquiatra que había tenido la desgracia de conocer. Su tez cérea, su cabello gris corto e inmóvil le proporcionaban el aspecto de una estatua salida in extremis del trastero de un museo. Las palabras de la supuesta especialista no habían sido más que murmullos ininteligibles, consejos privados de compasión, viejos preceptos aprendidos años antes que apestaban a escepticismo y a deseo de terminar con aquello lo más rápidamente posible.

Apenas cinco minutos más tarde, se les presentó una mujer joven con bata blanca. Damien tuvo que admitir que su compañero la había descrito a la perfección. Con el cabello rubio, recogido en una coleta, saludó a ambos agentes con una sonrisa juvenil llena de frescura y los invitó a seguirla.

—Mi despacho está por aquí —señaló indicando un pasillo situado en una prolongación de la recepción—. Ay, perdónenme —añadió volviéndose y tendiéndoles la mano derecha—, me llamo Véronique Burel, soy una de las psiquiatras del hospital.

Después de las presentaciones, ambos policías se sentaron y observaron con mirada culpable cómo la silueta delicada de la señora (señorita, pensó Damien) Burel sorteaba la mesa para sentarse a su vez.

—Deseaba hablar con ustedes antes de que vean a la señora Vaudrier — les informó—. Si se trata de su verdadera identidad, claro.

Su manera de hablar precisa, rápida, evidenciaba que estaba acostumbrada a tomar decisiones en situaciones de urgencia y de que obviaba lo superfluo.

—He podido entrevistarme con ella esta mañana, después de su ingreso —prosiguió—. Decir que su relato parece incoherente sería un eufemismo.

—No me cuesta creerla en absoluto —intervino Antoine, quien había oído a la víctima repetir su improbable historia cuando había llegado a la playa.

—O sea que miente —supuso el inspector.

—No… no es tan sencillo, inspector.

No, nunca lo es…, se contuvo de añadir Damien pensando en cómo había acortado las sesiones con su loquera dando un portazo en la consulta después de haberle soltado a la cara que todas sus gilipolleces nunca le devolverían a Mélanie.

—Esta chica presenta varios problemas que tienen todos un punto en común, el de estar relacionados con una experiencia traumática. Estrés agudo, amnesia disociativa, pérdida parcial de la memoria…

—Entonces, ¿piensa que esta mujer ha sufrido una agresión? —concluyó Antoine sin dejarla terminar.

—Esa es, en efecto, mi primera impresión. Aquí pueden ver el resultado de los análisis de la sangre encontrada en su ropa —anunció la especialista deslizando una carpeta hacia ambos hombres—. Acabo de verlos ahora mismo. La sangre no es suya. Y no presenta ninguna herida visible, salvo unos cortes en el interior de la muñeca izquierda.

—¿Indicios de… violación? —pronunció Damien con dificultad.

—Se le han realizado pruebas, pero todavía no tengo las conclusiones.

—Si no hay indicios de agresión y, por el momento, ninguna señal de violación, ¿cómo puede anticipar el hecho de que haya sufrido algún tipo de trastorno?

—Trastorno de estrés postraumático para ser más exactos —le corrigió Véronique—. Son dolencias fácilmente identificables, inspector. Me ha bastado escucharla y observarla para elaborar una lista no exhaustiva.

—No dudo de nada de lo que dice —afirmó Damien—, pero preferiría juzgarlo por mí mismo interrogando a la víctima. Si está manchada de sangre que no es la suya, eso significa que hay en alguna parte una persona herida, y mi prioridad es encontrarla, ya que esta joven, por su parte, está fuera de peligro.

—Lo entiendo, y, para mí, la prioridad es descubrir por qué esta joven solo se acuerda de su viaje a una isla enigmática. Y creo seriamente que las respuestas a las preguntas que ambos nos hacemos se encuentran en ese viaje, ya que, por el momento, no tenemos ningún otro indicio sobre los hechos. Y, sin duda, le va a intrigar, al igual que a mí, su declaración.

 

Véronique Burel abrió un cajón y sacó una grabadora que dejó encima de la mesa, delante de los dos agentes.

—¿La ha grabado? —dijo sorprendido el inspector.

—Por supuesto —respondió ella colocando una cinta en el aparato—. Con su permiso, claro. Es una práctica corriente en nuestro trabajo. A veces hay detalles que se revelan después de varias escuchas. Les propongo que se familiaricen con el contenido de esta cinta, y luego volvamos a los trastornos postraumáticos. Antes de nada, son ustedes las personas encargadas de la investigación, ¿verdad? Porque solo puedo compartir esta grabación con dichas personas.

 

Antoine consultó a su jefe con la mirada. Como inspector, Damien recibía órdenes directamente del comisario. Si bien le había avisado del caso durante la mañana, el comisario se había limitado a pedirle que lo solucionase lo más rápido posible. En ningún momento se había mencionado a su compañero en la cadena de mando.

Antoine percibió de inmediato la incomodidad en los ojos de su superior y se levantó de la silla. Por el momento, no había ninguna necesidad de arriesgarse a cometer un error de procedimiento o a provocar el descontento del jefazo… Y al policía casi le aliviaba abandonar la habitación. Había visto a la víctima en la playa. La sangre. La desesperación. Su actitud asustada, como si una sombra amenazante se escondiese en alguna parte bajo la mesa, dispuesta a enterrarla. Su misión había sido recibirla y acompañarla hasta el hospital. Pero, en el fondo, solo le apetecía una cosa: refugiarse en la comisaría y fingir que estaba viviendo una jornada normal, sin Carrie White, sin Rey de los Alisos ni niños asesinados.

La psiquiatra esperó a que hubiese abandonado la habitación y cerrado la puerta para apretar la tecla de reproducción.

 

Damien oyó cómo la voz frágil y temblorosa de Sandrine comenzaba su relato.