El refugio de Sandrine
Capítulo 6
6
Sandrine
Noviembre de 1986
Sandrine salió de la estación a las 14:30 y cogió un taxi para llegar al centro.
Había dudado durante mucho tiempo. Su abuela nunca se había tomado la molestia de ponerse en contacto con su única nieta, de interesarse por ella, de enviarle una tarjeta de felicitación o de llamarla. Entonces, ¿por qué acudir allí? ¿Qué esperaba encontrar en aquella isla? Su madre le hubiese prohibido ir, lo tenía claro. Hubiese intentado convencerla, hubiese insistido en que el pasado hay que olvidarlo. Pero ella misma no había sido capaz de seguir ese consejo. Nunca había sido lo suficientemente fuerte como para superar la ira y el asco que sentía hacia el padre de Sandrine. Conque ¿qué ganaba haciéndole caso?
Sandrine comprendió que aquel viaje a la isla sería la última ocasión de saber un poco más sobre ella, de añadir otras palabras que no fuesen locura a modo de epitafio en la tumba de Suzanne. Y, además, Pierre había insistido. Se negaba a verla antes de una semana…
Un cielo gris la observó deambular por las calles con una mirada apática mientras las gaviotas se burlaban de su presencia. El océano gruñía con suavidad como una música de fondo, agazapado tras la cacofonía de los coches y de las conversaciones. El restallido de las drizas contra los mástiles resonaba a voluntad del viento, que, esporádicamente, perdía el resuello inflando las velas de los barcos de recreo. Sandrine recibió toda aquella agitación deleitándose en ella. Desde que llegó al pueblo, los ruidos eran lo que más echaba de menos. No la gente, no, los ruidos. Acostumbrada al estruendo de la capital, nunca se había encontrado en un lugar en que el tiempo que pasase entre dos coches se contase no en segundos, sino en decenas de minutos. Cuando se dirigía a pie a la sucursal del periódico, podía caminar sin cruzarse con nadie, ni siquiera oír otro sonido que no fuese el de su respiración. Así que, pasearse por el centro de Villers-sur-Mer le proporcionó una intensa sensación de bienestar, como si los ruidos la tranquilizaran.
Después de diez minutos vagando por las calles, Sandrine se decidió a preguntar por dónde ir. Una transeúnte le indicó una calle situada en el paseo marítimo, no lejos del puerto de recreo.
Poco más tarde, la joven periodista empujaba la puerta del notario.
—¡Señorita Vaudrier!
Jean-Baptiste Béguenau era un hombre bajito, rechoncho y con poco pelo. La recibió en el interior de la notaría, circunspecto, como si todas las guerras pasadas y por venir fueran fruto de sus responsabilidades. Sandrine aceptó sus condolencias, se fijó en un ligero estrabismo que trató —en vano— de ignorar, y luego lo siguió a su despacho. El lugar olía a orden y a trementina. Una amplia estantería, llena de carpetas cuidadosamente alineadas, ocupaba un paño entero de pared, enfrente de un ventanal que daba al océano. Sobre el escritorio no había objeto alguno. Ni fotos de familia, ni taza de café frío ni documentos esparcidos. La única excentricidad del lugar venía de una enorme planta verde soltada en un rincón, a ras del suelo, como si la persona que la hubiese llevado hasta allí no hubiese sabido qué hacer al verse en la habitación con ella. Sandrine tuvo la desagradable impresión de visitar una casa piloto.
—Siéntese, ¡se lo ruego! Le agradezco que haya viajado hasta aquí, señorita Vaudrier. No voy a retenerla mucho tiempo. Hay que echar dos o tres firmas, eso es todo —dijo para tranquilizarla, mientras sacaba de un cajón una carpetilla marrón.
La silla de cuero del notario crujió a causa de sus movimientos. Dispuso los documentos delante de él, examinó una última vez su contenido, acompañando su lectura con murmullos de aprobación, y luego los deslizó hacia Sandrine.
—Una firma aquí y otra aquí bastarán. Tómese el tiempo que necesite para leer todas las líneas. ¡No se deje ni una! —bromeó.
Su risa ahogada resonó unos segundos antes de desaparecer por completo. Razonablemente dosificada para no parecer inapropiada en tales circunstancias, pensó Sandrine. Sin duda trabajada delante del espejo aunque me ha hecho pensar más en un cohete de fuegos artificiales que cae sin estallar que en una risa sincera y consoladora.
Sandrine leyó el testamento rápidamente y firmó en los lugares precisos. No le apetecía eternizarse, y, además, no había tantísimo de lo que enterarse. Algunas pertenencias personales que recoger en la casa de la difunta, un poco de dinero guardado en un banco sin que el importe fuese precisado. Nada más.
—¿Y ahora? —preguntó apartando las hojas.
—Su barco parte en unos treinta minutos —le advirtió el notario—. Este papel le resultará útil.
—¿Qué es?
—Una autorización de tránsito. La isla a la que se dirige es una reserva natural de aves marinas desde 1971 y, por ello, están prohibidos estrictamente los visitantes.
—¿Quiere decir que está… desierta? —dijo inquieta Sandrine.
Vagar por un peñasco con la presencia de los pájaros como única compañía parecía más una pesadilla de una película de Hitchcock que una visita de fervor familiar. Si se paraba a pensarlo, una vida solitaria con el vaivén de las olas como único ruido de fondo y el castañeteo de los picos de cientos de aves podían explicar en parte la locura de su abuela.
—No, no del todo —la tranquilizó—. Todavía hay un puñado de isleños viviendo allí. Su abuela formaba parte de la comunidad. Se instalaron unos años después de la guerra. Y el propietario de la isla no se vio con ánimo para desalojarlos. Tienen derecho a quedarse, pero no se permite ninguna llegada nueva. Salvo en el caso de… fallecimiento, el tiempo indispensable para recoger las pertenencias del difunto y de celebrar una última ceremonia.
Sandrine percibió una ligera incomodidad en la voz del ilustrísimo señor Béguenau. Al apartar la mirada para no cruzarse con su estrabismo, se dio cuenta de que el único reloj presente en la habitación ya no funcionaba. Las agujas marcaban las 20:37, mientras que no debían de ser ni las 15:30. Además, el péndulo ya no realizaba ningún movimiento. No supo por qué, pero aquel péndulo detenido en el tiempo la perturbó más de lo razonable. Se sorprendió de que el notario, cuya morada estaba ordenada con una precisión de orfebre, tolerase aquella anomalía. Pensó en el comentario que el granjero le había hecho la víspera: el tiempo es una noción inestable.
—Se le ha roto el péndulo —no pudo evitar mencionárselo.
—Oh, sí, cierto, no lo había visto. Siempre se me olvida darle cuerda. Como le decía —retomó Béguenau en tono más profesional—, debe mostrar la autorización de tránsito al propietario del barco. Sin ella, no podrá subir a bordo. Si inspeccionaran la embarcación, el capitán tendría serios problemas.
—¿Qué… qué voy a encontrarme allí, en esa isla?
—Por desgracia, no puedo precisarle con exactitud lo que poseía su abuela, en realidad no lo describió en su testamento. Asimismo, la casa no le pertenecía, era de alquiler. Creo que se tratará simplemente de objetos personales, viejas fotos tal vez, joyas, qué sé yo…
El notario extendió una hoja sobre la cual habían dibujado un plano tosco con rotulador negro. La isla tenía forma de pera. En la base inferior, un embarcadero penetraba en el océano. Encima, alrededor de veinte cuadraditos, sin duda casas, ocupaban el espacio. El único camino existente partía del embarcadero y se dividía en dos ramales, de los cuales el izquierdo se desviaba hacia las casas, mientras que el derecho se dirigía hacia un bosque y luego desaparecía por completo. La alquilada por su abuela, marcada con una cruz, y el anexo simbolizado mediante un rectángulo, era la única vivienda de ese lado de la isla, justo antes de que el camino atravesase el bosque.
—Es bastante esquemático, se lo confieso, pero debería bastar —dijo el notario—. La isla no es muy grande, no tiene más de treinta hectáreas, pero su relieve es bastante abrupto, al menos en la parte norte. Tenga cuidado si se decide a darse un paseo.
—¿Fue ella quien le proporcionó este plano? —preguntó Sandrine.
—Sí, la vi una vez, dos días antes del fallecimiento, cuando vino a registrar su testamento.
—¿Qué pinta tenía?
—¿Cómo dice?
—¿Parecía «normal», quiero decir, en su sano juicio?
—Señorita, si por un solo instante hubiese dudado de sus facultades, no hubiese aceptado registrarlo. Primero le hubiese solicitado que volviera con un informe médico que probase su buen… funcionamiento. En nuestro oficio, seguimos unas reglas. En mi despacho puede haber sitio para un reloj que indique una hora errónea, pero nunca lo tendría una cliente que demostrase un problema de tornillos.
—No quería poner en duda su profesionalidad, le pido disculpas, es solo que…
—Su barco la espera, señorita Vaudrier —la cortó mientras se levantaba —, no habrá otro hoy.
El notario la acompañó hasta la salida de la notaría y le mostró el barco en el cual viajaría, una embarcación de unos diez metros de largo, pintada de un verde esmeralda hacía mucho tiempo descolorido por el sol y la intemperie.
—La travesía no durará más de una hora —la tranquilizó—, el mar está en calma. Hasta pronto, señorita Vaudrier, ¡no dude en visitarme a su regreso!