El refugio de Sandrine

Jérôme Loubry · Capítulo 46 de 67

Páginas del PDF

El refugio de Sandrine

Capítulo 2

2

 

Damien se quedó largo rato frente a la pared. Todavía no comprendía todo el alcance de su descubrimiento, pero el simple hecho de encontrar una incoherencia en el relato de Sandrine le helaba la sangre. Recorrió el sótano evitando las etiquetas numeradas, colocadas en el suelo por sus compañeros. Cada una de ellas indicaba un elemento importante que había que analizar. El colchón, la cadena, la bañera, la ubicación del cadáver…

Subió la escalera y llegó a la cocina en donde se habían dispuesto otros conos de referencia. Un olor a croquetas para gato se mezclaba con diferentes efluvios, más misteriosos. Recorrió las habitaciones, vagó sin un objetivo concreto entre la oscuridad y el polvo, porque su mente no lograba salir de aquel sótano sin reloj. Afuera, la lluvia martilleaba la casa sin interrupción. Damien tenía la impresión de que llovía desde hacía años.

¿Por qué habría mentido la víctima? ¿No sería simplemente un olvido, uno de esos recuerdos adormecidos por su cerebro para protegerla? En ese caso, ¿por qué ocultar un detalle tan insignificante como la presencia de un reloj? ¿Cómo podía sentirse amenazada por aquel objeto ridículo?, se preguntó mientras abría los diferentes armarios.

El sitio ya había sido registrado, pero las indagaciones habían sido interrumpidas por la llegada de la noche. Todavía quedaban el granero y los anexos por inspeccionar. Eso debía haberse hecho hoy, pero Damien comprendió que el comisario había considerado más útil ordenarle a los agentes que se ocuparan del traslado de los informes antiguos que ir una vez más al lugar de un crimen que no requería de otras explicaciones que las ofrecidas por la superviviente. Para su superior, Sandrine había sido secuestrada y había logrado huir matando a su maltratador. El caso estaba cerrado. Ahora le tocaba a la justicia hallar o no en ello circunstancias atenuantes.

Damien estaba a punto de marcharse cuando vio varias llaves en la pared colgando de unos simples clavos. Las observó con la linterna y cogió la más pequeña, que imaginó que sería la del buzón.

Nunca se sabe, se dijo al salir bajo la lluvia.

Dejó atrás el sauce llorón y abrió el buzón metálico. Encontró en él dos cartas de la compañía eléctrica y, adherido al fondo, como si un golpe de viento se hubiese deslizado por la rendija para empujarlo lejos de las miradas, un sobre marrón. La dirección de la granja estaba escrita a mano, sin mención del remitente en el reverso. El inspector dudó en abrirlo, consciente de que infringía la ley si lo hacía, pero decidió ignorarla. Además, si se trataba de un correo sin importancia, no sería muy útil comentarle a nadie su existencia…

Sacó una carta de la Confederación Agrícola del Pays de Caux, región de Normandía. Se trataba de una invitación para participar en calidad de expositor en la feria de ganado organizada todos los años.

—Vaya… —susurró deslizando la carta en el bolsillo trasero del pantalón y dejando las otras dos en el interior del buzón—, el bienestar del Universo no se verá alterado por la desaparición de este sobre…

Un movimiento furtivo procedente del lado derecho de la casa atrajo su atención. No había durado más que un segundo, pero Damien estaba convencido de haber visto algo. Se dirigió despacio hacia la puerta de entrada, donde la pequeña forma se había adentrado precipitadamente para protegerse de la lluvia. Al seguir las huellas de patas húmedas hasta la cocina, el inspector se sorprendió de que el animal se moviese con tanta naturalidad y sin temer la presencia de los moradores. El gato se subió al borde del fregadero, lamió la poca agua que estaba estancada en el fondo y saltó para bajar corriendo los escalones del sótano.

 

Este gato está en su casa. Se va directamente a ovillarse en el somier, seguramente tranquilizado por el olor todavía presente de la que lo acariciaba.

Pero ¿no había precisado Sandrine que todos los gatos habían sido ahogados?