El refugio de Sandrine

Jérôme Loubry · Capítulo 16 de 67

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El refugio de Sandrine

Capítulo 15

15

 

 

Sandrine

Noviembre de 1986

Paul y Sandrine bordearon la escarpada carretera que se adentraba hacia el este de la isla. A pocos metros, al pie de los acantilados, el bramido del mar rompía con determinación contra las paredes rocosas, obligando a los dos caminantes a elevar la voz para hacerse oír. Delante de ellos, se iban acercando las siluetas de los árboles, como soldados que avanzasen con cautela por en medio de un campo sembrado de minas.

—¿No te parece que el paisaje ha cambiado? —dijo la chica.

—¿Qué quieres decir?

—Tengo la impresión de que todos los colores primarios han desaparecido para dejar lugar a diferentes tonalidades de grises. Es como si un dios hubiese coloreado esta tierra con lápices malos…

—¿Sabes? Por aquí raras veces el sol traspasa las nubes. Sin embargo, la hierba es verde y el cielo es sin duda azul. Creo que es la ausencia de luminosidad lo que te produce esa impresión. No estás acostumbrada. Es solo eso.

Sandrine comprendió que Paul tenía razón cuando se internaron en el bosque. Todo se volvió todavía más apagado. Los débiles rayos del sol que habían atravesado la capa de nubes perdieron un poco más de su vigor, absorbidos por las numerosas ramas de madera oscura. Por más que se repetía que era por la mañana, el paisaje y la penumbra le volvían a provocar el espejismo de estar al final del día y de un crepúsculo declinante.

—¿Vas mucho al campamento?

—No es la primera vez que me dirijo allí, pero nunca he entrado. Aunque tengo las llaves, por si acaso tuviese que realizar alguna actuación.

—Entonces, ¿por qué ahora sí vas a entrar?

—Por ti, Sandrine. Para animarte y para mostrarte el lugar en donde trabajaba Suzanne. Para mostrarte que tu abuela no estaba loca ni era una inútil.

Después de un buen cuarto de hora de camino a través del bosque, a Sandrine le alivió ir a parar a una espaciosa pradera despejada de todo árbol. Se fijó enseguida en el techo de hormigón del búnker y se quedó sorprendida por sus dimensiones. Se había imaginado una estructura de un tamaño reducido, como esas construcciones que se ven en los libros de historia. La periodista sabía que había algunos más impresionantes, como el inacabado de Éperlecques, en el Pas-de-Calais, pero no se esperaba descubrir uno de este tamaño en una isla tan pequeña.

—¡Madre mía! —dijo entusiasmada.

—Impresionante, ¿verdad? Según he oído, destinaban este búnker al lanzamiento de misiles hacia la costa. A los alemanes no les dio mucho tiempo a utilizarlos; el final de la guerra precipitó su abandono.

 

Dejaron atrás lo que debió de ser una zona de juego. Una canasta de baloncesto oxidada por el paso de los años servía de percha a unos pájaros inmóviles. Aquel vestigio de instalación deportiva le hizo pensar más en una horca que en una construcción lúdica. El círculo metálico se inclinaba hacia el suelo, como un hombre de luto que mirase el suelo llorando a los pies de una tumba. El terreno estaba cubierto de malas hierbas que invadían aquel patio donde antaño el balón podía botar sin miedo a ser desviado.

Paul atrajo su atención hacia otro lugar. Al principio, Sandrine creyó encontrarse frente a un cementerio improvisado. Unos palos gruesos de madera se elevaban hacia el cielo, algunos rectos, otros torcidos, como cruces hechas con ramas. Pero comprendió rápidamente que se trataba de un antiguo huerto. Salían de la tierra unas raíces secas y se retorcían como serpientes petrificadas para la eternidad. Los rodrigones no sostenían ya ningún tomate, pero, por los numerosos cuadrados de tablas colocados sobre la superficie, se podía adivinar lo que había sido un vergel fértil e imponente.

—Este huerto lo creó Maurice —le explicó Paul—. Por lo que cuenta, podía alimentar a todo el campamento. Todavía presume de haber cultivado las mejores frutas y verduras de toda Normandía. Si no fuese demasiado viejo para arrodillarse y cavar, ¡estoy seguro de que vendría todas las mañanas para cuidar esta parcela de tierra!

—¿Se abandonó todo después del naufragio del barco?

—Sí. Todos huyeron de este sitio como de la peste. Al día siguiente de la tragedia, esta puerta metálica se cerró definitivamente y ninguno de los habitantes de la isla manifestó deseo alguno de volverla a abrir.

—Este sitio me pone la carne de gallina —confesó Sandrine.

—Hay que imaginárselo en sus buenos tiempos. Las risas de los niños, los colores del huerto, el ruido de los balones rebotando en el suelo. Había también animales, ¡toda una pequeña granja! ¿Has visto las fotos en el hostal?

—Sí, todas.

—Entonces, tienes una idea de lo que era este campamento. Esas son las imágenes que hay que tener en la cabeza. Venga, vente, vamos a ver el interior.

 

Delante de ellos, se alzaba la fachada de hormigón del búnker. Una puerta de chapa, de tamaño considerable, les impedía entrar. Paul sacó el manojo de llaves de su bolsa e introdujo la más grande en la cerradura. El chasquido de su mecanismo sorprendió al intendente, que no contaba con que funcionase. Oyeron el eco del ruido del pestillo al otro lado de la puerta, y cómo este sonido se apagaba lentamente, mientras trataban de empujarla hacia el interior. Lo intentaron en varias ocasiones, apoyando todo su peso, cogiendo carrerilla para golpearla con el interior del pie… Por fin, la chapa cedió y se abrió en parte, liberando un intersticio lo suficientemente grande como para que los dos «arqueólogos» se colasen en el edificio.

Al principio, no vieron más que oscuridad y humedad. Las paredes de hormigón, abandonadas durante mucho tiempo a las heladas temperaturas, les devolvieron un frío seco y cortante. Paul sacó dos linternas de su mochila y le tendió una a Sandrine. Recorrieron el pasillo con sigilo, barriendo con los haces de luz hasta el último rincón.

—¡Este pasillo es inmenso! —se sorprendió Sandrine.

—Imagino que lo concibieron para poder cobijar a las tropas y su material.

—¡Podría escribir un artículo sobre este sitio! —exclamó Sandrine, excitada por el aspecto misterioso y secreto de la construcción.

—¿Cómo?

—Ah, sí, es verdad… Soy periodista, bueno… No es por eso por lo que estoy aquí, pero ese es mi trabajo allá en tierra firme.

—¿Periodista? ¿Y crees que puedes escribir un artículo sobre la isla y el campamento?

—Sí, ¿por qué no? Estoy atrapada aquí durante una semana, ¡así aprovecho!

—Es imposible.

—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?

—Porque nadie te creerá…

 

Avanzaron todavía unos metros en la oscuridad antes de ir a parar a una inmensa sala iluminada de manera natural por las numerosas troneras militares horadadas en las paredes.

—Se diría… Se diría que los niños se acaban de marchar…

Eso murmuró Sandrine al descubrir la larga mesa situada en el centro de la sala. Se acercó a ella, sin atreverse a tocar los vasos, los cubiertos y los platos todavía colocados encima, todos recubiertos de polvo y telarañas sofisticadas, completamente absorta por aquellos objetos cuya presencia subrayaba dolorosamente la ausencia de quienes los habían utilizado. Rememoró los rostros infantiles observados en las fotos del hostal. Los traspuso allí, alrededor de la mesa. Imaginó sus risas y sus sonrisas. Se los figuró bebiendo, comiendo, charlando, sus debilitadas vidas aureoladas por la presencia benévola del personal. Un ruido sordo sacó a Sandrine de su ensoñación. Paul se encontraba un poco más lejos, en una habitación adyacente.

—¡No ha sido nada! ¡Solo mi torpeza contra una vieja cacerola! —dijo para tranquilizarla—. ¡Mi madre! ¡Esta cocina es inmensa!

Sandrine le lanzó un último vistazo a la gran mesa y luego se dirigió hacia otro pasillo, en el lado opuesto a aquel por el que habían llegado. Encendió de nuevo la linterna e iluminó aquella galería de hormigón. A ambos lados aparecieron ante ella numerosas puertas, todas abiertas. Sandrine contó una decena. Al cruzar la primera, comprendió para qué servía esa parte del búnker: se trataba del dormitorio. Le conmovió descubrir las camitas. Sonrió con tristeza al ver en algunas de ellas un peluche que seguía esperando a su propietario. Las habitaciones eran todas idénticas: una cama, un armario, una tronera estrecha y acristalada, unas paredes llenas de frescos coloridos, como los vestigios de un santuario olvidado. Al contrario que los tonos apagados y sin contrastes de la isla, los arcoíris y demás dibujos habían conservado un aspecto luminoso, como si los colores de aquellas paredes hubiesen absorbido la esencia de la naturaleza para alimentarse. Visitó cada uno de los dormitorios y, cada vez que salía de una habitación, un sentimiento de tristeza le atenazaba el corazón. Llegó rápidamente al fondo del pasillo, se encontró frente a una puerta metálica y giró la manilla. Pero el mecanismo no respondió.

—Ahora este sitio a mí también me pone la carne de gallina —afirmó Paul al acercarse a Sandrine—. No tengo la llave de esta puerta. No es la misma cerradura.

—Los niños dormían aquí —murmuró Sandrine—, es el sitio más triste que he visto nunca.

—Creía que te animaría —se disculpó el intendente—. Tendría que habérmelo pensado un poco más…

—No, al contrario. Estoy convencida de que Suzanne hubiese hecho todo lo posible para adornarme el día a día de sus protegidos. ¿Has visto los dibujos de las paredes?

—Sí.

—Los niños dormían bajo arcoíris —comentó con una ligera sonrisa—. ¿Y te has dado cuenta del pequeño personaje dibujado en cada una de las habitaciones? Tal vez fuese una especie de atrapasueños. Estoy segura de que debían dormir bien…

—Yo también lo creo —admitió Paul sonriendo a su vez.

Sin decir nada más, se dirigieron hacia la sala grande. Antes de abandonar el pasillo, Sandrine se volvió una última vez, como un homenaje postrero a los desaparecidos.

Fue entonces cuando lo vio.

Allí, en lo más profundo.

Colgado encima de la puerta sellada.

Un viejo reloj de pared.

La chica apuntó hacia él con la linterna.

El cristal protector estaba roto.

Las agujas inmovilizadas.

El reloj indicaba las 20:37.