El refugio de Sandrine
Capítulo 23
23
Sandrine
Noviembre de 1986
Sandrine cruzó el bosque a buen paso, mientras el manto de nubes oscuras descendía lentamente y tocaba la copa de los árboles más altos.
La lluvia la asaeteaba con sus espinas heladas, pero solo ralentizó el ritmo cuando llegó a los últimos árboles. Se detuvo para recobrar el aliento, mostró su rostro atormentado al cielo insatisfecho. Avanzó con paso rápido y vio por fin el techo de hormigón del búnker.
Cuando pasaba por el antiguo patio del recreo, Sandrine entrevió una silueta femenina parada al borde del acantilado. Se colocó la mano izquierda a modo de visera encima de los ojos para bloquear la lluvia y comprobó que no se trataba de una roca de curvas engañosas. Pero su primera impresión era buena: sin duda había alguien de pie, inmóvil, frente al mar.
Sandrine se acercó con precaución. Trató de advertir de su presencia llamando a la desconocida, pero el viento, que se había intensificado, mezclado con el estruendo de las olas contra los peñascos, volvió inútil toda tentativa.
Dudó de si ponerle la mano sobre el hombro, pero se contuvo, por miedo a que el efecto de la sorpresa provocase una catástrofe, dado que el borde del acantilado se situaba a tan solo un metro escaso. Cuando llegó a la altura de la mujer, Sandrine se desvió hacia un lado con el fin de acercarse a ella por la derecha.
—¿Señora? —gritó a pleno pulmón en el estrépito de la isla.
No consiguió pronunciar otras palabras. Ni siquiera realizar cualquier otro mínimo movimiento. Sabía perfectamente que era imposible.
Sin embargo, no era otra que Suzanne quien se encontraba allí, contemplando el océano.
Observó a su abuela sin que esta mostrase señal de vida alguna. Estaba de pie, erguida, con la mirada fija y el cabello bailando al viento como los jirones gastados de un vestido desgarrado.
Sandrine echó una mirada en dirección al océano para intentar ver lo que retenía así su atención, pero no distinguió más que olas agitadas que desgarraban la superficie del agua. Observó de nuevo el rostro de color ceniza de Suzanne y esperó una señal, un gesto que justificase que Sandrine se entretuviese junto a una presencia que, sin ninguna duda, no era más que el fruto de su imaginación.
—Ahora me tengo que marchar —le explicó—. No existes, ignoro por qué te estoy viendo, pero no eres real. No sé si me estoy volviendo loca, pero ahora mismo no tengo tiempo para pensar en ti… Debo refugiarme en otro lugar…
Se dio la vuelta para precipitarse al interior del búnker, pero su abuela hizo un breve movimiento de mentón, ordenándole que mirase el mar.
Entonces, los vio.
En las aguas heladas y tumultuosas.
El barco zozobraba a una velocidad vertiginosa, la mitad del casco se encontraba ya sumergida.
Los niños se debatían entre las olas, tratando de mantener la cabeza fuera del agua, gritando palabras que el miedo y la muerte volvían ininteligibles. Los dos únicos adultos presentes en el puente saltaron al agua y se dirigieron directamente hacia las rocas, provistos de sus salvavidas de color naranja, ignorantes de la desesperación de los internos. Cuando estuvieron fuera de peligro, subieron en dirección a una cornisa desde donde alcanzaron la superficie de la isla. Pasaron por delante de Sandrine sin verla, como si ella también se hubiese transformado en un fantasma, y desaparecieron en el bosque.
La joven los oyó a todos. El viento y las olas se volvieron silencio. Las ramas dejaron de entrechocar. Pareciera que la misma isla desease disfrutar plenamente del espectáculo. Percibió sus gritos cada vez más cansados. El crujido de los cráneos cuando se rompían contra las rocas puntiagudas. Los borborigmos funestos. El chasquido de las manos que pretendían repeler el agua como si se tratase de una materia sólida de la que se pudiese salir. Los últimos gritos rabiosos y resignados. Los chapoteos que provocaron sus cuerpos al hundirse en los abismos.
Luego ya no hubo nada.
Ni más barco.
Ni más niños.
Suzanne también había desaparecido.
Solo quedaba Sandrine.
Eso fue lo que pasó… Los niños fueron sacrificados… Ese es, por tanto, el secreto de la isla…
Cayó en el suelo fangoso y golpeó la tierra con ambos puños.
—Sacrificados por el bienestar de la isla… ¡por esta puta isla! —chilló maldiciendo aquel peñasco alejado de las costas.
Se quedó unos minutos así, llorando la suerte de los niños, apretando los puños de ira. Luego abrió la mano derecha. La llave grande todavía seguía allí.
Sacó sus últimas fuerzas para correr hasta el búnker. Recorrió el pasillo, atravesó la gran sala en donde antiguamente los niños habían sido felices y redobló sus lágrimas cuando bordeó las habitaciones de los ejecutados.
Sandrine temblaba tanto que tuvo que respirar hondo dos veces antes de lograr introducir la llave en la cerradura. No se atrevió ni a mirar en dirección al reloj de pared que estaba colgado encima de ella.
Por último, consiguió mover la puerta prohibida.
Y entró en la habitación.