Ella
Capítulo 8
Apenas habíamos llegado a la adolescencia cuando mi gemelo consiguió un amigo. No lo recibí mal, a pesar de que venía a romper nuestro núcleo, esa unión impenetrable que teníamos desde que compartimos espacio en el mismo vientre. Por eso, en lugar de oponerme a él, pensé en incorporarlo, adherirlo a una simbiosis a la que este tercer elemento podía serle beneficioso. Él nos hacía reír, nos alejaba del miedo y la presión. Trató de normalizarnos y nos convenció de que teníamos una vida al margen de ella. Aunque nosotros sabíamos que alcanzar esa vida iba a ser imposible, esa ilusión dolorosa, ese único contacto con la realidad, nos hacía sentir menos miserables.
Aquellos años vivimos a través de él todo lo que los muros de nuestra casa nos impedían. Nunca imaginé que iba a ser él quien, con mi ayuda y la de ella, terminaría por separarnos. Tardé en darme cuenta de que, para mi gemelo, nuestro amigo no solo era un escape de la realidad, sino una manifestación tangible de su verdadera identidad, la prueba de que él podía existir más allá de lo que nos prohibía nuestra madre.
Ella comenzó a sospechar cuando mi gemelo dio las primeras muestras de rebelión. Quizá intuía que, si no actuaba rápido, sería difícil retenerlo. Averiguó qué pasaba. Fue al colegio, interrogó a varios profesores. Todos se lo confirmaron: mi gemelo no solo estaba conmigo, sino también con nuestro amigo. Ella decidió enfrentarme primero. Al principio no le revelé nada de lo que mi gemelo y su amigo hacían a escondidas. No le dije tampoco que algunas veces yo también participaba de sus juegos. Pero luego, cuando ella empezó a abanicarse alegando que le faltaba el aire, sentí miedo y comencé a contarle todo.
—Tu hermano no tiene ninguna capacidad para saber quién es bueno o quién no. Él no tiene ninguna autoridad para decidir con quién debe relacionarse. Eso lo decido yo.
Se sentó en la silla y volteó los ojos. Me asusté porque pensé que se desmayaría y que tendríamos que llevarla al hospital una vez más. Luego, con la botella de suero incrustada en el brazo y su larga uña señalándonos, nos diría que por nuestra culpa pronto terminaría muerta. Me siguió interrogando. Y yo tuve que contarle las muestras de cariño que había entre ellos dos. Muestras de cariño que a mí me parecían normales porque yo también las había tenido con nuestro amigo. Siempre fue normal que los dos hiciéramos y sintiéramos lo mismo. Vivíamos confundidos, no sabíamos si él era yo o yo era él: desde que nuestro padre se fue, nos habíamos convertido en un solo ser que sentía, hacía y pensaba lo mismo. Tanto mi gemelo como yo nos encariñamos con nuestro amigo, y nunca pensé que fuera extraño demostrarlo con gestos, roces, labios, saliva, cuerpo. Nunca pensé que esos gestos tuvieran algo que no fuera inocente. Pero ella no lo entendió así. Se levantó y me volteó la cara con una bofetada. Después tomó un palo de fierro de la chimenea y subió las escaleras buscando a mi hermano. Yo, detrás, la agarré de la falda.
No, por favor. No, por favor. No, por favor.
Ella trepó lentamente cada escalón, como si estuviera decidiendo hasta qué punto iba a llevar su castigo. Después, sin volver a mirarme, entró a nuestro cuarto y cerró la puerta. Yo, inclinada en un rincón del pasillo, me tapé los oídos para no escuchar los gritos. Pero el sonido atravesaba fácilmente mis manos y resonaba fuerte en mi cabeza. Cada grito era un golpe que perforaba también mis costillas.
Perdóname, le dije un rato después, cuando ella había terminado de torturarlo y se había escabullido silenciosamente en su cuarto. Perdóname, repetí con la voz quebrada, mirándolo en el suelo golpeado, con pequeños puntos de sangre que parecían insectos moviéndose por su espalda.
—No importa. Esto es lo mejor que me ha podido pasar.
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