Ella

Jennifer Thorndike · Capítulo 7 de 29

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Ella

Capítulo 6

 

 

El abandono de nuestro padre fue para mí algo inofensivo comparado con la partida de mi gemelo. Aquel hombre había sido una vaga presencia que solo se materializaba cuando ella necesitaba justificar el trato que tenía con nosotros. Ella tampoco parecía especialmente afectada. Daba la impresión de que después de la desaparición de quien fuera su esposo, ella se había esforzado en borrar todas sus huellas de nuestra casa y fingir que nunca había existido. Sin embargo, ahora que estoy de nuevo en su cuarto, recuerdo que esa era una sensación equivocada. Debajo de la cama encuentro acumulada una cantidad de porquerías de las que no quiso deshacerse. Son todas las cosas que pertenecieron a nuestro padre. Ella las guardó en cajitas y las depositó por años debajo de su cama.

Supongo que, cuando llegue el momento, revisaré el contenido de las cajitas y veré si vale la pena quedarme con algo. No lo creo. Él siempre fue una presencia fantasmal, una voz casi silenciosa que mi gemelo y yo escuchábamos con dificultad cada vez que peleaban. Él se fue con lo que llevaba puesto y ella quemó en el patio las sábanas de su cama mientras nosotros observábamos desde la ventana del segundo piso. ¡No miren! ¡Vayan a dormir! Y su llanto nos acompañó toda la noche.

Después de la partida de nuestro padre, ella nos transfirió toda la responsabilidad a nosotros. Se dedicó con más fuerza a educarnos para que ese fuera el único fin de nuestras vidas. Lo primero que cambió fue su tono de voz. Sus reclamos eran cada vez más enérgicos y sus amenazas se volvieron más dramáticas. Nuestro miedo comenzó a incrementarse tanto que sentirnos asustados se convirtió en nuestro estado natural. Por eso, como mecanismo de defensa, mi gemelo y yo nos unimos más que antes. No podíamos separarnos nunca: estar lejos el uno del otro era como si nos faltara una pierna, un brazo o un órgano vital.

Ahora que lo pienso, supongo que fue así desde que estuvimos dentro de ella. Le había costado mucho esfuerzo salir embarazada, pues su edad reproductiva estaba a punto a terminar. Por esa razón debió pasar mucho tiempo en cama. Imagino que ahí empezó a ponernos a prueba con sus reclamos y amenazas. No creo que me equivoque al suponerlo: desde que tengo uso de razón, ella nos contaba la macabra historia de su embarazo y nos recalcaba el sacrificio que había hecho para poder tenernos. Ella nos convenció de que ese sacrificio era una deuda que tendríamos que pagar por el resto de nuestras vidas. Entonces no fue difícil imaginarme a los dos asustados en su vientre, tratando de perforar la placenta que nos envolvía para poder tocarnos y sentir que no estábamos solos ante su presencia. Supongo también que por eso su embarazo fue tan difícil. Imagino todas las veces que se habrá mirado la barriga pensando en arrancársela para terminar con todo de una vez. Me voy a morir sola. Se va su padre, y ustedes, después de tanto sacrificio, después de todo lo que he hecho por ustedes, también me dejan. Las palabras se repiten y se convierten en una letanía mientras desde su vientre agonizábamos los tres. Nosotros odiando su debilidad y ella culpándonos por tenerla.

Mi gemelo y yo siempre fuimos unos excluidos. Ella nos había enseñado a no hablar con nadie o hablar solamente lo necesario porque cualquiera podía hacernos daño, a no jugar ni divertirnos porque eso era perder el tiempo, y sobre todo a no acercarnos demasiado a la gente porque nos contagiarían sus malas hábitos. Su única contradicción era respecto al estudio. No decidía si ser buenos alumnos estaba bien o mal. Era consciente de que nosotros tendríamos que mantenerla económicamente en el futuro, pero si nos dedicábamos a estudiar existía la posibilidad de que nos relacionáramos con más personas y termináramos dejándola sola y eso era inconcebible. Algunas veces nos pegaba por traer buenas notas, otras por traer malas; a veces me castigaba a mí, a veces a mi gemelo. Era imposible saber qué era lo que quería exactamente mientras nosotros permanecíamos confundidos con un desempeño tan irregular que despertaba una gran preocupación en el profesorado.

No nos quedó más que unirnos en el miedo para cumplir la misión que teníamos en la vida. Unirnos en contra de ese mundo exterior que no entendía por qué preferíamos alejarnos del resto. Nosotros no éramos niños normales, sino pequeños adultos responsables de su propia madre. Nosotros nos habíamos unido de esa manera porque no teníamos a nadie más que nos defendiera de su presencia. Dormíamos en la misma cama, los cuerpos unidos uno al lado del otro porque sabíamos que si algo le pasaba, teníamos que despertarnos a la vez y soportar juntos lo que vendría. Sabíamos que nadie podía entenderlo porque solo nosotros vivíamos con ese miedo permanente.

La partida de mi gemelo fue una pérdida irreparable. Al irse rompió la promesa que nos hicimos una noche en que a ella le había dado uno de sus ataques de ansiedad y nos preguntaba una y otra vez, sacudiéndonos los hombros, si nosotros también la íbamos a dejar. Le repetimos que no, pero ella no parecía convencerse. Así que me tomó de la mano y me enseñó su caja de pastillas que estaba llena hasta el tope. Si me las tomo todas me muero. Si ustedes me dejan, yo me las voy a tomar todas y se van a quedar solos. Si me dejan, ¿quién va a tener la culpa de que me muera?

Nosotros, pensé.

Nosotros, pensó mi gemelo.

—¡Nosotros! Nosotros, mamá, pero no lo vamos a hacer. Te lo prometo.

—Guarda la caja, mamá. Guárdala.

Y ella me apretaba más la muñeca mientras mi gemelo trataba de liberarme de esa garra que ya me había clavado sus uñas haciéndome una herida que comenzaba a sangrar. Cuando me soltó, me dejó caer al piso y nos ordenó que nos fuéramos. Mi gemelo le dijo que no, que tenía miedo. Salimos del cuarto con la caja de pastillas y una por una las tiramos al inodoro. Asustados nos miramos a los ojos y prometimos nunca separarnos. Luego jalamos la cadena y los círculos de agua se comenzaron a llevar las pastillas. No nos sorprendió cuando al día siguiente nos ordenó comprar más.

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