Ella

Jennifer Thorndike · Capítulo 15 de 29

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Ella

Capítulo 14

 

Hay un reloj dentro del velatorio. Lo he estado mirando minuto a minuto durante casi una hora. No ha venido nadie más. Estoy sola contigo en este cuarto donde la luz es tenue y el aire asfixiante. Se parece a nuestra casa, con las ventanas que nunca se abren, las cortinas que nos protegen del exterior y las luces que solo se prenden cuando es necesario.

Durante los innumerables años que viviste en esta casa, te acostumbraste a colgar por todos lados letreros que nos recordaban permanentemente que debíamos dejar cerradas con llave las puertas y ventanas. Decías que alguien podía violentar nuestro espacio y llevarse nuestras pertenencias, nuestras pocas cosas de valor, nuestra historia. Hubiese deseado que alguien entrara y transforme nuestra vida en una experiencia un poco más soportable. Pero nadie lo hizo: los candados no permitieron que ningún intruso modificara nuestros días repetidos e interminables.

Mi gemelo llama a cada hora para preguntarme si alguien ha aparecido. La respuesta es siempre la misma: solamente vino su hermana y la boté. Me reclama por lo que, según dice él, es un comportamiento infantil. Después pregunta si estoy segura de que llamé a todos los que tenía que llamar. Lo ignoro y le cuelgo. La misma escena se repite cada cierto tiempo. Se repetirá, supongo, hasta que cierren el velatorio.

Ahora te miro en el cajón. Sigues esperando con serenidad. Quizá no te importa que nadie venga. Todas esas personas nunca te importaron. Tus primas, tus tías, todas las que te encargaste de alejar de nosotros, todas las que nos repetías a cada instante que eran malas, antipáticas, dominantes, soberbias. Creen saber todo cuando no saben nada, nos decías cuando rechazabas sus invitaciones.

Las pocas veces que íbamos a alguna reunión la pasábamos muy mal. Mi gemelo y yo nos alejábamos del grupo y jugábamos solos. Ella nos había prohibido relacionarnos con nuestros primos porque todos tenían algún defecto: este es un vago, a esta no le gusta el estudio, el otro anda con malas juntas. Pero sus padres también hablaban mal de nosotros. Mi gemelo se tapaba los oídos y yo me ponía a llorar porque la manera cómo ellos nos definían no se parecía en nada a lo que nosotros creíamos ser: esos son unos antisociales. No juegan con nadie. No son normales. Son medio retrasados. Yo intuía que nosotros no éramos así, sino que ella, bajo amenazas y advertencias, nos había convertido en esos entes despreciables sin otra realidad que la que ella nos había inventado.

Cuando mi gemelo se fue, todo empeoró para mí. Me convertí en el único blanco de las críticas, en la rara de la familia, en la que nunca hablaba y caminaba con la cabeza gacha, en la que nunca había sido nadie y nunca lo sería. Yo hubiera querido decirles que no tenían derecho a hablar así de mí. Si yo no estudiaba ni salía a la calle no era por decisión propia, sino porque ella no me lo permitía. Hubiera querido que sepan que estar encerrada me había obligado a leer frenéticamente, y que eso me había permitido desarrollar una inteligencia que ellos, supuestamente mejores que yo, nunca iban a conocer. Por eso es que eran incapaces de entender que esa que veían no era yo, sino el invento de ella, un cuerpo inerte que manejó a su antojo.

Nadie tenía derecho a criticarme ni a minimizarme, menos en mi familia: ellos eran para mí los verdaderos fracasados. Si yo hubiera tenido las mismas oportunidades, hubiera llegado a ser alguien. Pero no las tuve. Y acá estoy, incontables años después, a solas contigo, como siempre lo quisiste. Sin ninguna tía, prima o sobrina que me mire y sienta lástima de mi mala vejez y mi fracaso.

Lo único que me gustaría tener de ti es tu cara de serenidad. Una máscara para ser otra o, más precisamente, para ser alguien. Sí, llamé a todos y ojalá que nadie venga, le digo a mi gemelo mientras te miro una vez más. Eso es lo único que aprendí a hacer.

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