Ella
Capítulo 25
Me han trasladado a un espacio blanco con una caja metálica en el medio. Sobre una mesa descansa tu cuerpo ya preparado para entrar a ese compartimiento que terminará con este proceso tan largo. El empleado de la funeraria me pregunta si reconozco ese cuerpo como el tuyo. Sé que lo es, pero no se lo digo de inmediato, sino que me acerco y comienzo a mirarte con detenimiento. Tu rostro ha ido perdiendo la expresión de serenidad y ahora te veo aterrada. Debe ser distinto estar encerrada en una casa a estar encerrada en esa caja metálica que no solo va a recibirte, sino que destruirá a la persona que fuiste: tu piel, tus huesos, tu cerebro, tus intestinos. El cuerpo desintegrado destruye también las ideas, las convicciones, las paranoias que contenía. Por eso tienes miedo, ¿verdad? Sabes que no estarás más, que ni siquiera quedará una lápida con tu nombre que me recuerde que exististe. A mí, en cambio, el horno crematorio no me da miedo. Yo he estado encerrada en mi cuarto casi sin oxígeno durante demasiados años. Yo ya he perdido todo lo que tenía, si es que acaso tuve algo. El día que yo pase por lo que ahora tú estás pasando, el horno no tendrá nada que destruir.
El empleado comienza a inquietarse. Él sabe que es tu cuerpo, no entiende por qué demoro tanto en reconocerte. No entiende por qué necesito hablarte, por qué necesito que sepas todo el daño que me has hecho. No sabe que debo estar segura de que eres tú quien entra al horno crematorio porque, si no eres, te quedarás para siempre vagando por la casa y no me dejarás comenzar una nueva vida. Volverás a cerrar las puertas y las ventanas, volverás a esconder mis llaves, volverás a enumerar los sacrificios que has hecho por mí. Sacarás las cuentas para saber cuánto te debo y repetirás que nunca terminaré de pagarte. Seguirás escribiendo las notas que pasarás por debajo de mi puerta para que yo las siga acumulando. Regresarás a casa como si estos últimos días no hubieran existido.
Por eso me tengo que asegurar. Reviso tus manos, observo tu pelo. Quiero tocarte para ver si de verdad estás ahí. Pero la repulsión que te he tenido siempre me lo impide.
Debo hacerlo, debo asegurarme.
Entonces te toco levemente. Ahora sé que estás ahí, pero no reconozco tu piel porque hace años que ni siquiera te rozo. Te toco otra vez. Cabeza, tronco, brazos, piernas. Siento un mareo. Solo estamos tú y yo, y la sensación de que me quieres poseer me aterra. No puedo moverme y tu rostro me devuelve una sonrisa que solo puede significar que lo has logrado, que ya estás dentro de mí. Entonces caigo al suelo y comienzo a llorar.
El empleado de la funeraria se me acerca y me ayuda a sentarme en una silla. Cree que me he impresionado por tener que reconocer tu cadáver y me acerca un vaso de agua para tratar de tranquilizarme. Pobre, es vieja y está sola. Pobre, es demasiado sensible. Pobre, no tiene nadie que la acompañe.
El empleado le hace una seña a un operario y lentamente me ayuda salir. Pero me detengo: necesito asegurarme de que tu cuerpo es introducido en el horno crematorio. Necesito desaparecer esta sensación que ahora me angustia tanto. Le digo que quiero ver el cuerpo ingresando al horno crematorio y él me lo permite. El operario toma la mesa de metal y lo introduce. Luego cierra la puerta y te deja encerrada ahí. Ahí, de donde nunca más saldrás.
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