Ella
Capítulo 26
Tengo que esperar afuera las dos horas que tardarán en devolverte convertida en cenizas. Me distraigo pensando en la limpieza de la casa, en todo lo que tendré que remover para hacerte desaparecer y no tener que toparme contigo al abrir un cajón o al percibir algún hedor que emane de las paredes. Quisiera usar lejía para desinfectar los pisos, pero ese olor me recuerda a ti. Cuando era chica el aroma de la lejía me causaba náuseas en lugar de crearme una sensación de limpieza. Tu manía por conservar la casa extremadamente limpia te llevaba a impregnar todos los ambientes con ese olor que te representaba, que nos hacía sentir tu presencia por toda la casa. Yo bendecía mis alergias, porque gracias a ellas no tenía olfato buena parte de la mañana y podía librarme de ti por unas horas. Sin embargo, cuando lo recuperaba, ahí estabas tú, mucho más intensa, mucho más clara, mucho más presente. Con los años mi cuarto fue el único espacio libre de las emanaciones de la lejía. Al prohibirte la entrada a él, impedí también el ingreso de la lejía y de tu presencia asfixiante.
Al recordar ese olor y esas escenas de mi vida, tomo consciencia realmente de lo terrible que ha sido haber nacido de ti. Es entendible que no sienta nada ante tu muerte porque los sentimientos de indiferencia, odio y repulsión son tan grandes que se han manifestado incluso en mi fealdad y mi vejez. Y ahora que termines de extinguirte en esa caja metálica, esos sentimientos, que son los únicos que he conocido, comenzarán también a borrarse.
No me quedará nada.
Dejaré de ser una proyección invadida por ti, seré un individuo vacío. No puedo convertirme en otra cosa porque mi verdadero yo nunca ha existido. Mi cuerpo se compone de tus palabras y tus insultos. Mi única versión es la que tú tenías sobre mí. Y si esa versión se extingue al desaparecer tu cuerpo, no existiré más.
Siento que me falta el aire. Quiero levantarme de la silla, pero el empleado de la funeraria me lo impide. Me alcanza otro vaso de agua y me consuela. Pobre vieja. Pobre, tan sola. Pero sus palabras no se escuchan, solo tu voz se escapa de la caja metálica. Tu risa que parece los ladridos de un perro. Ahora siento presión en el pecho. Tengo ganas de gritar. Mi vida también ha acabado, no tengo ningún futuro. Ahora sí soy consciente de lo que está pasando. No he contado los días, los meses ni los años para que seas tú la que desaparezca, sino que lo hecho para encontrar mi propio final. Quizá por eso tú sigues riéndote. Por favor, cállate ya. Tu risa suena satisfecha, suena igual que cuando te tiraste de la estación del metro y al encontrarte te vi sonriendo.
Y tu risa se incrementa y mis lágrimas también. Me tapo los oídos, pero el ruido no disminuye porque está dentro de mí. Siento miedo, pero es un miedo diferente. Es un miedo incrementado que parece succionarme hacia el vacío. Un miedo que supera mi dolor de espalda, mi dolor de cuerpo, que me traspasa una y otra vez hasta dejarme agotada. Un miedo que me tumba al suelo y que no me permite levantarme más. Y tu risa que no para.
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