Ella

Jennifer Thorndike · Capítulo 10 de 29

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Ella

Capítulo 9

 

 

Esa misma noche mi gemelo se fue con nuestro amigo. En esa época ella todavía no tenía la costumbre de cerrar todas las puertas y ventanas con candado, ni de guardar las llaves en su cinto, y por eso él pudo salir de la casa sin problemas. Esa regla la implantó conmigo para hacerme sentir que tenía el control absoluto de mis movimientos y también para recordarme que yo nunca podría hacer lo que mi hermano hizo.

Antes de que se fuera, le limpié las heridas de su espalda extremadamente huesuda. Era increíble lo escuálidos que éramos. Los huesos se marcaban bajo la piel por todas partes. Ella siempre nos alimentó frugalmente para volvernos fantasmas que pasaran desapercibidos, para que nadie se nos acercara o quisiera hablarnos, para que nos tuvieran miedo, asco y repugnancia.

—Prometiste no dejarme sola con ella.

—Lo siento.

Lo ayudé con la mochila. Le abrí la puerta silenciosamente hasta que lo vi alejándose a la carrera. Recuerdo claramente su espalda herida porque mientras se iba, yo podía ver los moretones y sus huesos marcados bajo su ropa. Entiendo que no haya regresado. Regresar por mí significaba tener que recordar una vida de la que huyó, una vida que le habrá tomado muchos años superar y, seguramente, nunca lo consiguió por completo. La culpa impuesta por ella estaba tan enraizada en nosotros que parecía marcada en nuestros huesos.

Ella se dio cuenta de la desaparición a la mañana siguiente. Entró a nuestro cuarto y yo me encogí en la cama, traté de desaparecer porque pensé que se descargaría conmigo. Pero no dijo nada. Revisó el clóset para confirmar lo que sospechaba y después se fue. Creo que prefirió perderlo antes que aceptarlo como era. Asumió que había muerto o que nunca había existido, y ese hecho no la perturbaba demasiado: aún me tenía a mí.

Yo me sentí completamente perdida. Estaba a solas con ella, como si me hubieran quitado una parte del cuerpo, extraviada en una casa que ahora estaba completamente cerrada y oscura, un espacio donde no se podía respirar. Sentía que caminaba entre sombras con el miedo incrementado y no sabía si iba a abrir la puerta de un cuarto y la iba a encontrar desmayada, mutilada, muerta, ensangrentada o cubierta de saliva y vómito con sus pastillas salpicadas por el suelo. Tocaba las paredes con temor de escuchar su voz aún impregnada en la pintura. Tampoco quería encontrar las marcas de sus uñas en la madera o alguna inscripción con lápiz de ojos en el espejo que significara que ella había hecho algo y que yo tenía la culpa por no haberla detenido.

Fue en ese tiempo que comencé a tener pesadillas que, con los años, se volvieron más espantosas e intolerables. Luego me atacaron físicamente. Despertaba sin poder moverme y sentía que era incapaz de regresar a la realidad. En la primera pesadilla que tuve me veía cayendo sin saber cuándo iba a tocar fondo. Desesperada, trataba de aferrarme a algo, una rama, tierra, lo que fuera. Pero no había nada. La superficie de las paredes parecía de piedra lisa y mis dedos resbalaban y terminaba con las uñas partidas o con manchas de sangre. Luego sentía que estaba cerca del fondo, pero no podía tocarlo ni verlo. Seguía cayendo, más perdida, más desolada, y de pronto me rendía y esperaba sentir el golpe fatal para que todo terminara, para que la destrucción de mi cuerpo significara también el final de tanto dolor. Sin embargo, siempre despertaba antes de tocar fondo. Me sentía asfixiada. No podía moverme, me quedaba observando el techo, moviendo poco a poco mis dedos, la cabeza, las piernas, los brazos que no respondían, y yo comenzaba a desesperarme porque debía despertar para darle el desayuno y rogarle que tome las pastillas, para que se sintiera satisfecha al dominarme con esa mirada que me hacía comprender que nunca sería libre. Movía mi cuerpo. Trataba de levantarme porque ya podía escuchar sus pasos que me indicaban que era hora de escucharla. Miraba la cama de mi gemelo vacía. Tiraba las sábanas, me revolcaba y lloraba. Ella lo sabía y no decía nada. Se paraba en el umbral y su mirada me ordenaba que dejara todo como estaba antes, para que él pensara, por si volvía, que todo estaba igual, que esta vida seguía siendo la misma, que nada iba a cambiar nunca. Era verdad: todos los días se parecían tanto el uno al otro que, con los años, dejé de tener conciencia del tiempo, del envejecimiento y de la falta de esperanza. Hasta que comencé a contar los días para su muerte.

Pero ese primer año a solas con ella decidí castigarla. Pensé que morir antes que ella podía ser la única manera de hacerle pagar por todo lo que nos había hecho, por imponernos esa vida que no era nuestra. Comencé a robarle sus pastillas, una o dos por día y esperé juntar las suficientes como para que el efecto fuera irremediable. Cuando me faltaban pocas para alcanzar la dosis necesaria, ella descubrió las pastillas robadas. Se acercó con el mismo palo de metal con el que había marcado a mi gemelo. Con cada golpe me haría reconocer que un hijo suicida es un ser que no merece compasión. Mientras me apaleaba, me miraba como si no estuviera segura de haberme convencido de que debía sentirme humillada. Entonces yo intentaba gritar para rogarle que se detuviera porque sentía que los golpes me romperían los huesos. Ya entendí, detente por favor. Pero no podía hacerlo, las palabras se convertían en gritos de dolor, en saliva que escupía para no ahogarme. Entonces bajé la cabeza para demostrarle mi total sumisión. Ya había comprendido que estaba en mi naturaleza ser desgraciada. Se detuvo, me jaló de los pelos hasta el baño y me hizo escuchar cómo tiraba las pastillas por el inodoro y las dejaba desaparecer por la cañería.

Dos años después, mi gemelo volvió a comunicarse con nosotras. Había salido del país. Nuestro amigo se había convertido en su pareja formal y ambos vivían juntos. Ella solamente le dijo que le habían descubierto una enfermedad rara y que por eso había tenido que dejar los trabajos ocasionales que nos sostenían económicamente. Hacía un año que vivíamos de sus ahorros y el dinero estaba a punto de acabarse.

No me extraña estar enferma. Se llama el síndrome del pánico y

tú tienes la culpa de ello. Supongo que esta enfermedad terminará

matándome. A veces no puedo ni levantarme porque se me paraliza

el cuerpo. Otras estoy caminando y siento que pierdo piso. No tengo

ni para los remedios y tu hermana no puede salir a trabajar porque

tiene que ocuparse de mí. Lo que has hecho no tiene nombre.

Él le había dicho que a partir del mes siguiente comenzaría a mandar dinero para mantenernos. Supongo que no solo lo hizo por la culpa que ella le impuso, sino porque por primera vez fue consciente del daño que me había ocasionado al abandonarme. Fue así como mi gemelo decidió los roles que debíamos cumplir: a mí me obligó a cuidarla y quedarme con ella, mientras él se encargaría de lo económico. Pero no volvería. Con los años fui enraizando un resentimiento inmenso hacia él, mientras él comenzó a rendirse ante su odio. El odio a esa vida que había dejado y que tenía que recordar cada vez que nos depositaba el dinero. El odio al comprender que nunca podría desligarse del todo de nosotras, porque ahí estaba ella para recordarle el miedo y la culpa que se multiplicó y apoderó de su cuerpo. Ahí estaba yo, quien en silencio lo culpaba por no haber cumplido su promesa, por haberme hecho responsable de una vida que debía tocarnos a los dos.

Comenzamos a tratarnos mal. Él quería imponer su voluntad y si no se cumplía, amenazaba con quitarnos el dinero. Creía que mantenernos le daba el derecho de someterme a sus caprichos. Yo comencé a hablarle con indiferencia, como si fuera un extraño, como si nunca nos hubiéramos conocido profundamente ni compartido su vientre. Lo comencé a tratar como un simple proveedor de dinero, como un ser que solo merecía mi repulsión por haber comprado la única libertad que le era posible.

Nuestro lazo se rompió hace tantos años que ahora me parece increíble estar hablando de esa persona y referirme a ella como mi gemelo. Hasta donde yo recuerdo, siempre he estado sola. Él murió o quizá nunca existió. Desde que comenzó esta vida, la he vivido solo con ella.

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