Ella

Jennifer Thorndike · Capítulo 25 de 29

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Ella

Capítulo 24

 

 

Hemos llegado al cementerio y el empleado de la funeraria me informa que debo estar presente cuando el cuerpo se introduzca en el horno crematorio. Debo certificar que el cadáver es el suyo. Es un procedimiento legal. Tengo que hacerlo yo, o en todo caso, una persona que yo asigne.

Miro alrededor pero no hay nadie más. Pero eso no importa: no dejaría que nadie lo hiciera en mi lugar porque quiero comprobar personalmente que es tu cuerpo el que va a ser reducido a esas partículas. Está bien, entro yo. El empleado de la funeraria comenzó a explicarme el proceso, aunque yo ya lo conozco. Lo he imaginado muchas veces. Me dice que tengo que esperar a que preparen el cuerpo. Que para ganar tiempo sería bueno que vaya escogiendo una urna para colocar dentro las cenizas. Me conduce a una oficina donde una señorita me enseña varios modelos. Verlas me recuerda las cajitas que hay debajo de tu cama, esas que guardan las pertenencias de nuestro padre. Te veo arrodillada en el suelo, estirando la mano para alcanzarlas. Te veo abriendo una cajita pequeña que guarda una tijera oxidada, luego una más grande que esconde una bufanda. Hay otras que solo tienen papeles, pedazos de algodón manchados de rojo o máquinas de afeitar usadas. Hay retazos de tela de lo que parece haber sido una camisa o un pantalón. Algunos pedazos parecen haber sido parte de una corbata muy colorida. Tú te encerrabas entre las cajitas. Tratabas de recuperar los fragmentos rotos de ese breve episodio en tu vida. Comenzabas a llorar y revolcarte entre los pedazos de tela, de algodón y de papel. Te escuchaba hasta que te quedabas estática, como muerta. Realmente me asustaba. Llamaba a mi gemelo. ¿Otra vez? Sí, otra vez. Corríamos a revivirte. No despierta, no quiere hacerlo. Mi gemelo se desesperaba. Pero yo aprendí que nada podía despertarte de ese ensueño, que regresarías cuando quisieras hacerlo.

Mi gemelo y yo regresábamos todas esas porquerías a las cajitas. Luego las acomodábamos debajo de la cama, salíamos del cuarto y nos quedábamos en la puerta para vigilar su cuerpo inerte. Normalmente tardaba media hora en despertarse. Si no lo hacía, mi gemelo se desesperaba más y quería hacer algo. Pero nunca tardaba más de una hora. La escuchábamos despertar, desaparecíamos por el pasillo y nos encerrábamos en nuestro cuarto. No queríamos verla yendo de un lado a otro, desolada y perdida. Era un fantasma pálido que flotaba y daba miedo porque parecía que en cualquier momento iba a morirse. Pero luego ella se acercaba a nuestra puerta y nos obligaba a abrirla para que la abrazáramos largo rato.

Con los años, cuando mi gemelo ya no estaba con nosotras, los episodios con las cajitas se tornaron más frecuentes y a mí se me hizo más difícil manejarlos. Como había hecho siempre antes de que él se fuera, observaba su desmayo, guardaba las cosas en las cajitas, esperaba a que despertara y viniera a buscarme para que la abrazara. Y yo, cuando la escuchaba parada tras la puerta cerrada, golpeándola sin parar, sentía una angustia intensa que me paralizaba el cuerpo. Quería detenerla, pero tener que tocarla me producía repulsión. Sentía que el simple hecho de tener contacto corporal conmigo le permitiría poseerme, quedarse dentro de mí para siempre. Por eso me quedaba bajo las sábanas, escuchando cómo sus golpes contra la puerta se intensificaban. Ya no golpeaba solo con los nudillos, sino que utilizaba también la cabeza, el pecho, las rodillas. Quería dañarse y hacerme sentir peor. Y entonces yo iba a abrirle la puerta y la encontraba de pie, con una cajita en la mano. Sabía que esa cajita guardaba la tijera con que siempre amenazaba cortarse. Quería entregármela, y así volverme materialmente la única responsable de su integridad. La recibo, recibo también lo que representa. Debo encargarme, debo protegerla de ese objeto. Ella se acerca para tocarme, pero yo la esquivo, saco la tijera y se la enseño con un gesto amenazante. Entonces ella se aleja porque en el fondo también me tiene miedo, también cree que yo terminaré matándola.

Ahora escojo una urna para sus cenizas. Es bastante sencilla. La señorita trata de convencerme de que elija una más ostentosa. Le digo que no, que esa está bien, que esa cajita se irá con todas las otras. La señorita no entiende lo que digo. Está acostumbrada a tratar con personas en estado de shock, así que supongo que mi comentario no le extraña demasiado. Yo no estoy en shock. Estoy quizá demasiado consciente y por eso sé que de todo este proceso no debe quedar absolutamente nada. Por eso me desharé de todas sus cajitas, incluida la que ahora tengo en mis manos. Debajo de mi cama no habrá ningún recuerdo. No quedará nada de nuestra historia.

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