Ella

Jennifer Thorndike · Capítulo 17 de 29

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Ella

Capítulo 16

 

Aunque la casa nunca ha estado tan vacía, estoy rodeada por tu presencia que es pesada, densa. No se puede caminar con facilidad porque los pies pesan. Se siente algo que los detiene, que me obliga a pensar en tu cuerpo abandonado dentro del cajón. Nunca has dormido fuera de esta casa. Hoy estás sola, verdaderamente sola en ese cajón herméticamente cerrado. Lo siento, no podía quedarme velando tu sueño, no podía quedarme a tu lado por si ocurriera alguna emergencia. Si ahora me llamas, no sé qué podría hacer. Trato de evadir tu presencia para que no reclames, para que no te des cuenta de que estoy aquí y he dejado tu cuerpo sin compañía. Si te das cuenta, comenzarás a insultarme. Siempre has buscado nuevas maneras de torturarme. Te acostumbraste a mencionar el suicidio y las enfermedades, y con eso me has sucumbido en un estado de alerta permanente. Felizmente mi gemelo pudo escapar de ti. En cambio yo me quedé atada por completo.

No pude desvincularme de ti a pesar de haberte quitado la palabra. Tenía que leer esas notas que pasabas por debajo de la puerta todos los días. Temía que alguna de ellas fuera tu carta de despedida. ¿Cuánto tiempo tocabas la puerta antes de dejar la nota? La golpeabas sin parar, y los primeros minutos decías palabras cariñosas para sentir que era yo la que estaba equivocada. Pero no te abría y entonces el tono de tu voz cambiaba y me recordabas todos los sacrificios que habías hecho por mí a lo largo de mi vida. Yo escuchaba moviendo la cabeza y jugando con las manchas de pintura en las paredes. Entonces pasabas a las amenazas. Yo sabía que pronto te marcharías, y que al rato volverías para deslizar la nota. Si tardabas un poco más del tiempo calculado, pensaba que podías estar haciendo algo contra tu vida. Entonces abría la puerta, te buscaba y ahí estabas tú, agazapada en algún rincón. Saltabas a abrazarme, pero yo te rechazaba instintivamente. Tomaba la nota de tus manos y, con una sensación de asco, volvía a encerrarme en mi cuarto.

Las notas siempre eran iguales. Describían lo poco que hacías, me pedían que me encargara de tus problemas inventados, suplicando que cambiara. Era yo quien estaba equivocada, era yo quien no entendía cómo se tenían que hacer las cosas. Por eso, a pesar de que no estás, camino de puntillas para no hacer ruido. Cierro en silencio la puerta de tu cuarto con la esperanza de que esa energía acumulada dentro no siga escapando. Pero siento que tu presencia se quiere colar por debajo de la hendidura. Me voy a mi cuarto y me encierro. Me tiendo en la cama y trato de encontrarme aquí y ahora. Toco mi cuerpo, siento que estoy, pero que algo falta. ¿Será que una parte de mí se ha quedado contigo? La ventana está cerrada y yo siento que estoy en un cajón de muerto, tal como tú. Estoy rodeada de madera, no puedo escapar. Siento lo que tú sientes. Comienzo a morderme las uñas. Cierro los ojos y trato de recordar alguna vez en que me haya sentido un individuo y no una extensión de ti. La única imagen que aparece es cuando estuviste en el hospital. Estás en cuidados intensivos por una operación que no salió bien. Llevas tres meses internada. Enflaqueces, tus ojos se hunden. Tengo que encargarme de todo: cuidarte, hablar con los médicos, velar por la seguridad de la casa. Asumo muchos papeles: el de mi padre, el de mi gemelo, el de hija, el de madre, el de esposo. Intento individualizarme, me busco. Alguno debo ser yo. Tengo que encontrarme y valerme por mí misma, porque tú estás postrada en una cama y la casa no puede mantenerse sola. Soy yo quien hablo, quien dirijo. Se siente bien. Soy yo la que te cuida, la que paga las cuentas, la que tiene voz para preguntar, la que asume el control y toma las decisiones. ¿Esa era yo? ¿Así hubiera sido si no hubiese estado bajo tu dominio? Tú no puedes hablar, la sonda que sale de tu nariz no te lo permite. Estás muda. Te has convertido en mí: en esa que no habla, que evade las miradas, que duerme y se levanta sin otro propósito que no sea servirte. Ahora eres tú quien me sirve para conocer a esa que quizá soy yo. La que puede hablar, mirar y decidir. Esa que por primera vez se da cuenta real y tangiblemente de que existe una vida fuera de tu mundo.

Durante esos tres meses tomaba caminos más largos para demorarme la mayor cantidad de tiempo posible antes de llegar a casa o al hospital. Quería conocer esas calles que no lograba descifrar. Sentía que el momento de comenzar de nuevo, sin ti, había llegado. Cada vez que ingresaba al hospital, tenía la esperanza de que me dijeran que habías empeorado y que tu final estaba cerca. Pero tu condición no variaba. No será tan fácil, parecías decir. Le preguntaba al doctor. Hay que esperar, me respondía. Ya he esperado demasiado.

No quiero esperar más.

He visto lo que hay más allá de ella, de nuestra casa. No quiero

perderlo.

Pero la esperanza no duró demasiado. Poco antes de que cumplieras cuatro meses internada, te quitaron la sonda y con ello recuperaste el habla y liberaste en pocas horas las quejas que en todo ese tiempo te habías callado. Empecé a sentirme asfixiada, y todos los individuos que habían nacido en mí durante esa falsa libertad súbitamente murieron y solo dejaron a la que siempre he sido.

Nunca más volví a esperar que las cosas cambiaran. Ahora estoy encerrada en mi cuarto con tu presencia golpeando a mi puerta. Supongo que estás llorando, que tienes miedo de estar sola en el velatorio. Tienes miedo de que te pase algo y seguramente estás exigiendo que vaya a hacerte compañía. Eso soy, lo que siempre he sido y siempre seré: tu guardián, tu enfermera, tu sirvienta. ¿Cómo es posible seguir viviendo si fuera de ti ya no sirvo para nada? Mi cuerpo está muriendo simultáneamente al tuyo. Siento que mi sangre detiene su fluido, que mis células languidecen y que el oxígeno no llega a mis pulmones a pesar de las bocanadas de aire que absorbo.

Me levanto desesperada, abro la puerta y la ventana. Siento el aire. Necesito vivir, necesito comenzar de nuevo. Por favor. Respiro profundamente y siento que mis sistemas comienzan a activarse a pesar de que tu presencia todavía no termina de escaparse por la ventana que aún permanece abierta.

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