Ella

Jennifer Thorndike · Capítulo 23 de 29

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Ella

Capítulo 22

 

He llegado tarde al velatorio y no hay nadie. Un monaguillo me dice que el sacerdote ha estado esperando para hacer el último rezo. Miro alrededor y supongo que es inútil que alguien aparezca. El monaguillo insiste y me dice en voz muy baja que el sacerdote quiere cumplir con su deber antes de irse a almorzar. Le digo que está bien, que venga.

El monaguillo desaparece por una puerta lateral y yo me acerco al cajón para darte los buenos días. Cuando me acerco, parece que tu rostro ha sufrido una ligera variación. Te veo más vieja y más cansada. Sé que tienes más de noventa años, pero ahora te has secado y comienzas a ser invadida por los insectos. Cada surco de tu rostro parece más profundo que los días anteriores. Lo entiendo. Debes verte así porque me he demorado. Eres maniática de la puntualidad y me extraña que mi teléfono no haya sonado sin parar con tu voz alterada y llorosa preguntándome dónde estoy, por qué estoy demorando, por qué te he dejado sola tanto tiempo.

¿Será que de verdad te estás muriendo?

Me inclino hacia ti para poder escucharte, porque tu voz se está convirtiendo en un murmullo inaudible. ¿Tuviste miedo durante la noche? No hay respuesta. Creo que más que estar muriendo, estás resentida conmigo y no quieres contestarme. Siempre solías hacerlo. Me dejabas de hablar unos días para que yo me sintiera mal y fuera a pedirte disculpas. Pero yo nunca me sentía mal, sino aliviada y como tú lo sabías, tu estrategia cambió: dejaste de hacer ruido para que yo me asustara y pensara que te había pasado algo. Dos, tres, cuatro días aguantabas en silencio total. Caminabas de puntillas, escuchabas el televisor con audífonos, salías de tu cuarto solo por las noches para sacar tu comida del día siguiente mientras yo ya estaba dormida. Te mordías la lengua y los labios para que tu furia contenida no te delatara. Te imaginaba escribiendo las notas de siempre.

Me voy a morir y no te vas a dar cuenta…

Me acerco más al cajón, toco el vidrio. Lo siento. Estuvo mal, ya lo sé, pero habías actuado así tantas veces que no podía imaginar que esta era la verdadera. Tu rostro no cambia, tu voz ya no se escucha. Todo lo que has escrito te define como una madre ejemplar, y a mí me describe como el animal en que me convertirse. Ahora tu resentimiento es justificado, aunque mi indiferencia también lo es.

Escucha: Mi indiferencia también lo es.

Me empiezo a desesperar. Toco el cristal que te cubre, lo toco sin parar porque quiero que abras los ojos y me mires, que entiendas que yo soy así porque tú me obligaste a convertirme en esto. Quiero que comprendas que la única manera de sobrevivir era la indiferencia. Así aprendí a no escuchar tus palabras, a cerrar mi puerta y taparme las orejas para no sentir tus puñetazos contra la madera que finalmente eran golpes sobre mi pecho, sobre mi cabeza, sobre mi dolor. Casi sesenta años de manipulación, de no tener derecho a saber quién soy. De no saber si soy esa que tú describes o si soy la que mi gemelo desprecia o si soy el animal encerrado en su cuarto sin poder hacer nada más que dar vueltas buscando un lugar por donde escapar. O soy otra que nunca he conocido y que jamás llegaré a conocer porque tú no me lo permitiste. Mi indiferencia, como ves, es justificada. Por eso me da gusto que hayas muerto completamente sola y esa haya sido una pequeña venganza de mi parte. No me arrepiento, me parece bien. No siento nada por ti.

Cierro la pequeña ventana del cajón por donde se muestra tu rostro. No quiero verte más. El sacerdote llega. Supongo que le extraña ver el cajón completamente cerrado, pero no dice nada. Me da el pésame y me pregunta si me parece bien que recemos solamente la primera parte del rosario porque ya se ha hecho un poco tarde y pronto vendrán de la funeraria para llevarte al cementerio. Yo le digo que está bien, que no soy creyente y que me da lo mismo. Y que además espero que rezar no tenga sentido alguno, que mejor no haya nada después de la muerte porque así podré estar segura que esto ya ha terminado.

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