Ella
Capítulo 12
Un pasadizo de flores me guía hasta tu ataúd, donde a través del vidrio observo que tu cuerpo transmite una paz desconocida para mí. Tu boca casi sonríe. Ya no tienes esa expresión intranquila, tus párpados y tu mandíbula han detenido su temblor permanente. En todos estos años, no recuerdo tu rostro así de sereno. Quizá tu muerte te ha permitido conocer una tranquilidad que nunca nos transmitiste ni a mi gemelo ni a mí. Una tranquilidad que, ahora que has muerto, espero yo también pronto conocer.
Me acerco un poco más para buscar tu aprobación, pero no dices nada. Siento que quieres que recuerde los momentos en que aparentemente tuvimos una buena relación. ¿Existieron los buenos momentos? Tu rostro parece responderme que sí. Hago memoria. Son cuatro, ¿verdad? Una vez mi gemelo y yo estábamos jugando con unas témperas y nos pintamos la cara, él como un indio piel roja y yo como un payaso. Tú, en lugar de gritarnos como siempre, te uniste a nuestro juego y te pintaste la cara con flores. En otra ocasión nos llevaste al colegio y nos compraste un par de chocolates. Mientras los comíamos en el recreo, mi gemelo trataba de convencerme de que quizá tantas pastillas te habían curado. El tercer buen recuerdo fue cuando me acompañaste a averiguar sobre carreras universitarias. Yo estaba emocionada porque pensé que la partida de mi hermano te había hecho reflexionar, y por eso te habías convencido de que lo mejor sería darme un poco de libertad y dejarme decidir sobre mi futuro. El último buen momento debe ser ahora: tu serenidad me confirma que tengo tu aprobación, y que este ha sido el último paso antes de dejarte ir. Espero que me dejes ir tú también.
No ha venido nadie. Ni siquiera ha llamado mi gemelo. Me imagino que nuestro alejamiento de la familia ahora se traduce en esta ausencia general. Siempre pareció que, más que alejados, estábamos en la clandestinidad. Y eso ahora nos ataca. Lo siento, hice todo lo que pude. El olor de las flores comienza a marearme. De pronto toda la tranquilidad que sentí en los momentos iniciales se desvanece porque percibo tu molestia. No hay nadie, escucho. No, no hay nadie. Nadie vendrá, a nadie le importas. Ni siquiera te importo a ti, ¿verdad? Ya sabes la respuesta. Lo afirmaste en una de tus notas, después de que te comenté que no me parecía necesario que me escribieras a diario. Quería hacerte entender que tus notas me dejaban sin fuerzas. La sola aparición de los papelitos bajo la puerta me lastimaba porque sabía que con cada nota vendrían palabras que me harían sentir mal. Por favor, no pases notas todos los días, no necesito recordar lo desgraciada que soy cada vez que me levanto. Por favor, no me manipules más. No voy a leerlas. Las voy a guardar sin abrir, las voy a romper. Pero no me hiciste caso y, poco después, recibí una nota más.
Si te escribo todos los días es porque tienes que saber cómo
estoy. Tú, al encerrarte y dejar de hablarme, me obligaste a
comunicarme contigo de esta manera. Aunque tú no lo creas, me
preocupas y te extraño. Desearía con toda el alma que me hablaras
o que tuviéramos una relación cercana, cosa que tú me niegas sin
tener una razón. Yo siempre he sido una madre sacrificada y ustedes
no lo han sabido valorar. Quedará en tu consciencia si lees estas
notas o no. Nunca se sabe cuándo tendré una emergencia, y la
única persona a la que puedo recurrir eres tú. Que Dios, la Virgen y
sus ángeles te bendigan y te hagan reflexionar sobre tu
comportamiento. Ojalá te den la sabiduría suficiente como para que
sepas valorar el amor que te tiene tu madre. Yo, por mi parte, te
seguiré escribiendo a diario.
Creo que tienes razón: no soy una buena hija porque he deseado este momento toda mi vida, y porque no verás ni una lágrima durante todo este proceso. Si viene alguien a darme el pésame le diré que no lo haga porque esto es lo mejor que me ha podido pasar. No me importas, nunca me has importado, y aunque la culpa sea tan grande que me agobie, sé que ahora que no estás se irá desvaneciendo, y podré al fin estar verdaderamente tranquila.
Vuelvo a mirarte. Tu expresión no ha cambiado nada, y ahora comprendo que no eres tú quién está tranquila, que no eres tú quien me ha agradecido ni me ha dado su aprobación, sino que es mi tranquilidad la que veo reflejada en tu rostro. No nos volveremos a encontrar. En un tiempo yo moriré y me pudriré y no existiré más, mientras tú vagarás sola como tanto temías. Qué pena, qué desperdicio. Toda una vida evitando la soledad para terminar extraviada y flotando en círculos dentro de ella.
Es por eso que ahora practico mi mejor sonrisa para cuando lleguen los invitados a esta fiesta. Y si no llega nadie, no importa. Acá estoy yo, celebrando y esperando que todo termine para dejarte ir. Y yo, entrando en mis sesenta, comenzaré después a caminar, aunque no sepa bien hacia dónde.
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