Ella

Jennifer Thorndike · Capítulo 21 de 29

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Ella

Capítulo 20

 

Hoy me he levantado y he decidido recorrer por última vez el único camino que conozco, el que lleva de nuestra casa a la avenida principal. Ahí, en cada paso que he dejado todos estos años, están los fragmentos de mi vida y de mi cuerpo, que han ido transformándose y dejando sus restos pegados en la vereda. Siempre hacía el mismo camino de ida y de vuelta para ir al colegio, después solo cuando tú lo necesitabas. Ahora lo recorreré para llegar al velatorio y encontrarte una vez más. Me acercaré al cajón y te diré que he vuelto a ver las mismas casas de siempre, la bodega, la iglesia, el mismo parque, algunas caras conocidas e igual de demacradas que la mía. Ese camino que siempre ha sido más doloroso al transitarlo de regreso. El camino de ida significaba salir de casa, ver la luz, sentir el aire en la cara. Todo esto me hacía creer que estaba viviendo una vida distinta a la mía. Me hacía creer que podía demorarme o ir más lejos del supermercado. En suma, que me era posible la vida de una persona normal. En ese momento me transformaba: sonreía, alargaba la espalda, relajaba mis pasos. Las llaves en mi mano sonaban con libertad, como si fueran mías, como si me hubiera sido posible escapar de tu voz cada vez que así lo hubiese necesitado.

Todo terminaba cuando llegaba a mi destino que normalmente era el supermercado. Entraba por la sección de los perecibles. Ahí estaba la monotonía de siempre: manzanas, naranjas, duraznos y el mismo dependiente sin rostro ordenándolos unos sobre otros. Yo tomo una bolsa transparente y la lleno con la misma cantidad: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. Una fruta para cada día de la semana, solo para ella porque yo no soporto ni siquiera mirarlas. Llego a cerrar la bolsa con un nudo que siempre se enredaba en mi dedo. Luego la entrego al dependiente que parece que nunca va a terminar de ordenar lo que tiene a su alrededor. Ahora solo se detiene para darme el precio, que siempre es el mismo porque no puede variar, porque si lo hace rompería la rutina. Entonces yo meto la bolsa en la carretilla, que sin darme cuenta, empiezo a empujar de manera acelerada.

Toda la fantasía ha concluido. Vuelvo a ser la misma de siempre que empuja una carretilla. Soy controlada repetidamente por unas llamadas de teléfono. El tiempo que tengo permitido va llegando a su fin. Y entonces, me veo otra vez como eso que ella siempre se ha empeñado en recalcar que soy: un monstruo que se ha aprovechado de una anciana enferma que no puede valerse por sí misma. Se me acaba el tiempo, debo irme antes de que ella termine mi transformación y la gente a mi alrededor no pueda tolerar mirarme. Empiezo a correr con la carretilla por los pasillos tratando de completar la lista que ella me ha escrito, que siempre es la misma, que sé de memoria. Compro el pan, la carne, el pollo, las verduras, el jabón, el detergente…

Llego a la caja angustiada, me tapo la cara porque siento que mi transformación casi se completa. Pago con manos temblorosas. El teléfono vuelve a sonar y yo sigo convirtiéndome en el monstruo que ella ha inventado. Comienzo a tener miedo porque la gente a mi alrededor va a asustarse. No le contesto y me apuro más. Salgo a la calle empujando la carretilla. El teléfono suena y esta vez contesto. Su voz me exige que acelere más, y mi cuerpo obedece aunque yo no se lo ordene. Supongo que, después de esta última exigencia, mi transformación está casi completa: sin darme cuenta, ya estoy en tu puerta, ya he sacado la llave, ya he girado la cerradura. He entrado y te he visto con los ojos llenos de lágrimas. Me dices que he demorado demasiado, que te pudo haber pasado algo en este tiempo y yo no hubiera estado para asistirte. Y sigues hablando porque mi transformación no te satisface. Quieres que mi rostro sea lo más parecido a ese monstruo despreciable que tú has moldeado.

Estiras la mano para que te devuelva las llaves. Te las doy con la cabeza agachada porque he notado mis dedos deformes y no quiero que descubras la humillación que siento. Pero tú me obligas a levantar la cara porque en el fondo esa humillación te resulta gratificante. Quieres verme mirándote a los ojos, y así confirmar que tus palabras hicieron efecto. Levantas mi mentón y yo te miro exactamente como tú quieres. Te burlas de mí haciendo sonar el llavero y lo guardas en un cajón cerrado con una llave de tu manojo inalcanzable. Antes de regresar a tu cuarto, me pides que ordene lo que he traído. Mientras lo hago, fruta por fruta, siento desprecio porque detesto no tener una casa a la que quiera volver. Esta no es mi casa, ni mi cuarto, ni mi espacio. Aquí no hay nada más que la monotonía de estas frutas que me recuerdan que no soy más que una presencia sin identidad. Solo manzanas, naranjas, duraznos y mis dedos deformes ordenándolas para ti.

Hoy voy a recorrer ese camino por última vez. Y será solo en una dirección.

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