Ella
Capítulo 13
Sabía que la única persona que no iba a faltar al velorio era su hermana. Por eso no me sorprendí cuando, a mediodía, la vi entrando con una enfermera que la llevaba del brazo. Entró a paso lento y dejó un pequeño ramo de lirios sobre el cajón. Me saludó sin emoción alguna y se sentó a mi lado.
Su hermana era una mujer acabada. Era unos años menor, pero parecía mucho más vieja. Además de mí, era la única persona con quien ella mantenía contacto. Siempre me pareció insoportable. Se esforzaba en mostrarse incapaz de dar opiniones propias y siempre terminaba dándole la razón a ella. Al igual que su hermana, pensaba que los hijos deben ocuparse de los padres hasta su muerte. Así les había enseñado mi abuela y ninguna de las dos pensó jamás que su madre podía estar equivocada. No tuvo hijos y guardaba una admiración secreta por su hermana. Supongo que en el fondo deseaba la vida que ella había tenido. Pero nunca había sido capaz de concretarla, y ser consciente de este fracaso me daba siempre una pequeña alegría. Por eso soportaba con cierta tranquilidad sus visitas. No me importaba su mirada de desprecio ni sus comentarios ofensivos. Qué lástima que a mi hermana le haya tocado una hija como tú. Nosotras jamás hubiéramos actuado así con tu abuela.
Ellas se habían quedado con su madre hasta su muerte. Quizá solo en ese momento se enfrentaron a la certeza de que si no tenían hijos podían morirse solas. A las dos les aterraba terminar en un asilo, pues creían que ese lugar no era otra cosa que un depósito donde se envía a las personas que se intenta desaparecer para olvidar que alguna vez existieron. Pero tuvieron suerte: su madre murió cuando eran relativamente jóvenes y eso les permitió planificar sus vidas y calcular cuánto tiempo les quedaba para formar una familia. Sin embargo, quizá por falta de experiencia o quizá porque les fue complicado adaptarse a su reciente libertad, no reaccionaron con suficiente celeridad: ella estaba a punto de llegar al final de su vida reproductiva antes de tenernos, y su hermana se quedó sin poder concretar sus planes.
Y ahora está a mi lado, esperando en silencio que le hable. Pero yo me mantengo callada y entonces ella le dice a su enfermera que nos deje solas. La enfermera se aleja sin decir nada, está poco convencida de la conveniencia de dejar a su paciente con una mujer tan extraña como yo. Una vez que nos quedamos a solas, me pregunta por mi gemelo. Rápidamente me doy cuenta de que no espera ninguna respuesta. Lo único que quiere decir es que su hermana había actuado bien al echarlo a golpes. Después dice que ella siempre fue una madre entregada en cuerpo y alma, que su único error había sido preocuparse en exceso por unos hijos que nunca la habían merecido.
Yo no la escucho. Pienso en las innumerables razones que tendría para expulsarla del velorio. Esa madre de la que ella habla, no nos enseñó más que el miedo como único sentimiento. Fue una madre que me convirtió en un objeto hecho para cuidarla, que me transformó en un espectro, que hizo que mi piel se agrietara, mi pelo se blanqueara y comenzara a caer, y que volvió insoportables los espejos porque mi imagen arruinada eliminaba cualquier atisbo de esperanza. Fue una madre que enfocó mis pensamientos en un único objetivo: desear hasta el enloquecimiento que pasaran rápidos los días para llegar a este momento tan largamente acariciado.
Sin embargo, aunque el momento ha llegado, ella todavía no me deja en paz. Sé que pronto va a decirme que yo estaba equivocada, que su presencia es demasiado intensa como para poder escapar de ella. Sé que esto todavía no ha terminado ni terminará nunca. Seguiré escuchando su voz en mi cuarto, no dejaré de recibir la nota diaria bajo mi puerta, su olor seguirá impregnando cada rincón de la casa. Las ventanas cerradas con candado y las puertas que nunca se abren sirven para preservar su presencia intacta y recordarme que mi historia se cortó cuando mi padre se fue, y se recortó aún más cuando mi gemelo nos dejó.
Nunca voy a perdonarla.
—¿Perdonarla de qué? Mi hermana tenía razón: tenerlos a ustedes fue lo peor que le pudo pasar.
—Vete, por favor.
La agarré del brazo. Podía sentir sus huesos. Era un esqueleto viviente. Me dio asco y tuve que soltarla. Su enfermera se acercó a la carrera pensando que iba a hacerle daño.
—Llévatela.
Tomada del brazo por la enfermera, la vieja me dijo unas palabras que no escuché mientras salía caminando penosamente por el pasadizo que formaban las coronas de flores. Yo miré su espalda curvada, sus pasos decrépitos, su miseria y su soledad, y la detesté aún más: ella representaba a todas las personas que no entendían mis razones para despreciar a esa mujer que decía ser mi madre. Después de tanto daño es válido no sentir cariño ni compasión. No es inhumano el asco que siento ante ella, es natural mi rechazo para protegerme de su presencia sofocante. Nunca voy a perdonarla. Ni siquiera me dio la oportunidad de no morir sola, oportunidad que ella sí tuvo.
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