Ella

Jennifer Thorndike · Capítulo 22 de 29

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Ella

Capítulo 21

 

Una nueva llamada de mi gemelo me hace notar que estoy saliendo de casa demasiado tarde. Como siempre, desde lejos, él mira con ojos omnipotentes, abre la boca y ordena.

—Ya deberías estar ahí hace rato. Qué vergüenza si alguien va y la encuentra sola.

—No va a ir nadie. Además, tú también deberías estar acá.

—Deja de decirme lo que tengo que hacer. Ustedes han vivido todo este tiempo de mi trabajo. Si sumara toda la plata que les he mandado, no te alcanzaría la vida para pagármelo.

Cuelgo el teléfono. Siento que mi rostro enrojece. Lo odio tanto como a ella. Ella siempre lo ha excusado diciendo que su homosexualidad era una enfermedad que lo había llevado a la locura. Creía que debido a ese mal, él había perdido la consciencia y el contacto con la realidad y por eso nos había dejado solas. No se le podía juzgar como a una persona normal, no se le podía comparar conmigo. Cuando recién se fue, me obligaba a arrodillarme delante de sus santos y rezábamos juntas un rosario completo para pedir que se curase, para que Dios lo hiciera entrar en razón. En cambio, ¿quién rezaba por mí?, ¿quién me amparaba a mí? Supuestamente yo era normal y por eso podía ser medida con toda la fuerza de su severidad. Cada una de mis pequeñas rebeliones, como dejar de hablarle, me convertía en un ser despreciable. Mientras él siempre era justificado por su supuesta locura y por mantener la casa. Ella agradecía que, a pesar de su enfermedad, él tuviera el gesto generoso de mandar dinero para mantenernos. Yo, en cambio, era vista por los dos como una inútil y malagradecida. Nunca entendieron que mi sacrificio, en realidad, fue mucho mayor. Quedarme con ella significaba tener que cuidarla, estar obligada a quererla a pesar de sus maltratos, soportar todas sus manías, ser sumisa y obedecerle aunque no estuviera de acuerdo con nada de lo que me pedía. Ella tenía que ser el centro de atención porque se había sacrificado demasiado por mí y ahora me correspondía hacer lo mismo. Tenía que pagarle entregándole mi vida para que guiara mis pasos a través de un camino que empezaba y terminaba en ella.

Mi gemelo tenía todo muy claro desde que se fue. Él mismo asignó los roles que debíamos cumplir: él alimentaría mensualmente una cuenta en el banco, y yo debía cumplir con todo lo que él pidiera. Su sentimiento de culpa lo convirtió en una persona extremadamente nerviosa y paranoica. Como tenía miedo de que algo le pasara a ella, y eso incrementaba la posibilidad de cargar con la culpa de su muerte, me exigía que la llevara al doctor por lo menos una vez al mes. Si no lo hacía, él llamaba y me recriminaba con mucha severidad.

—Eres demasiado irresponsable. Mi madre se está quejando de dolor de pecho hace varios días y no te importa. Estás encerrada en tu cuarto como si no pasara nada. Hoy mismo la llevas al doctor.

—Si tanto te preocupa, ven tú a llevarla. Y además no le duele nada. Siempre inventa enfermedades para hacerme sentir mal.

Él comenzaba a insultarme. Yo, con el teléfono en la oreja, escuchaba cada una de sus palabras que al principio me volvían vulnerable y después comenzaron a importarme muy poco. Con los años todo se había vuelto insignificante. Toda mi energía estaba concentrada en contar los días que yo creía que faltaban para que ella muriera. Luego eso dejó de importarme. Ya había pasado demasiado tiempo y mis cálculos no servían. Ella no iba a morirse nunca y yo estaba demasiado vieja como para que existiera algo para mí después de su muerte. En cambio, a él la culpa comenzaba a ahogarlo. Yo cada vez cumplía menos sus órdenes, por eso él pensaba que ella moriría en cualquier momento. La posibilidad de su muerte lo atormentaba porque sabía que se sentiría responsable y no podría volver a vivir tranquilo. Y ella, sabiendo que las amenazas de mi gemelo habían dejado de funcionar conmigo, le aseguraba que presentía un desenlace cercano, un infarto o un aneurisma que pronto la llevaría a la muerte en completo estado de abandono. Entonces él volvía a llamarme. Se esforzaba en ser enfático, pero para mí el cambio en su voz no era sino el síntoma de su desesperación. Las palabras le salían entrecortadas. Ella me quitaba el teléfono y le insistía sobre sus enfermedades para que él volviera a presionarme. Le decía además que el dinero que enviaba no le alcanzaba para nada. Yo me encerraba en mi cuarto para no seguir escuchando su discusión, y al rato encontraba bajo mi puerta un correo impreso que él me había enviado a través de ella:

Él me escribía:

¿Me podrías explicar qué le pasa a mi mamá, por qué está tan

desesperada por dinero? ¿Acaso no estás administrando bien lo que

mando? La semana pasada ya le he depositado lo que me

corresponde, y ahora dice que debo enviarle más. Explícame por

qué no le alcanza. Hace demasiados años que las mantengo. ¿Por

qué no te encargas tú de lo que debes y cumples con todo lo que

tienes que hacer para que ella deje de molestarme? Yo no merezco

esto. Yo las mantengo y solo espero a cambio un poco de paz. Si tú

te ocuparas de lo que te corresponde como hija, ella ni siquiera

tendría que dirigirme la palabra. Espero que te encargues de lo que

debes y la controles. ¿O quieres que les corte la plata? Si no quieres

que eso pase, encárgate de lo que te toca.

Al otro lado de la hoja impresa, ella escribía lo siguiente:

Mira lo que manda el desgraciado de tu hermano. Yo sé que tú

no eres así. Felizmente tú eres una buena hija y nunca vas a

dejarme desamparada. Si él no nos manda más dinero, sé que tú

encontrarás la manera de encargarte de mis gastos. Así que no te

preocupes. No necesitamos de él.

Esos correos no me producían ningún sentimiento negativo. Por el contrario, al imaginarlos a los dos llorando, sentía mi dolor transferido a ellos. Sentía el placer de saber que peleaban, que se reclamaban el uno al otro por todo lo que se habían hecho. Y yo comenzaba a reírme como si hubiera perdido la razón. Me echaba en el suelo y sentía que levitaba por la ligereza de mi cuerpo transitoriamente sin culpa. Ahora él estaba desnudo, se había quedado sin la protección de su homosexualidad y de su dinero. Se había convertido en un ser vulnerable a quien también se le podía destrozar. Pero después de ese corto periodo de falsa quietud, todo volvía a la normalidad. Estás enfermo. Voy a seguir rezando para que te cures. Tu enfermedad no te permite entender cómo debes comportarte con tu madre. Ella siempre decía esa frase, y así lo liberaba de toda culpa. La misma culpa que me era devuelta como si yo lo hubiera exigido, como si fuera un derecho irrenunciable. Volvía a ser culpable. Por eso salía de mi cuarto, los hacía callar, le arrancaba el auricular y colgaba el teléfono. Ella fingía desmayarse y yo le gritaba encolerizada para que se levante, pero no se levantaba. Entonces yo iba a la cocina, llenaba una jarra de agua y se le derramaba con violencia en la cara. Ella se incorporaba de inmediato. Demasiado rápido como para haber estado realmente desmayada, y enseguida empezaba a insultarme mientras el teléfono sonaba sin parar. Imaginaba a mi gemelo desesperado con las manos temblorosas apretando insistentemente los botones para volver a llamar, pero yo lo ignoraba al mismo tiempo que sonreía.

Antes de encerrarme en mi cuarto le digo que ha inventado demasiadas enfermedades y que ya no le creeré, que cuando tenga una verdadera enfermedad se va a morir sola.

Ahora el teléfono vuelve a sonar por última vez.

—No me molestes más. Estoy saliendo.

Le cuelgo y salgo a caminar.

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