Ella
Capítulo 27
Hoy mi gemelo ha llamado para decirme que ya depositó el dinero del mes. Yo he tenido que abrir las puertas y he salido a la calle para recoger el envío. No he tardado mucho. Tengo grabados los tiempos que demoro en cada una de las cosas que hago y sé en cuánto tiempo debo estar de vuelta. Sé que, por seguridad, debo cerrar la puerta con candado. Sé que debo asegurar también las ventanas. Estoy sola y cualquiera podría aprovechar y entrar a robar lo poco que hay en esta casa que no ha cambiado, que sigue siendo la misma.
El día que todo iba a terminar, me dieron la urna con tus cenizas. Te cargué hasta el taxi y te puse a un lado con una mano sobre la tapa para que supieras que seguía ahí. Estaba decidida a echar lo que quedaba de ti en algún lugar que no había definido, pero te manifestaste de nuevo, levemente, casi murmurando. Era una canción, era tu voz, éramos mi gemelo y yo, de niños, escuchándote sin entender mientras nos quedábamos dormidos. Qué triste, qué terrible. Esa melodía era como un lamento que, después de más de cincuenta años, dentro de este taxi que me lleva de regreso a casa, comienza a definirse y muestra su verdadero significado.
Niña, cuando yo muera, no llores sobre mi tumba, cántame un lindo son, ay mamá, cántame La Sandunga. No me llores no, no me llores no, porque si lloras yo peno, en cambio si tú me cantas, yo siempre vivo y nunca muero.
Tú la cantaste para mí y en tu voz la resignación se terminó de configurar, y yo la asimilé sin resistencia porque comprendí que solo te tenía a ti. Solo tú eras parte de mi historia y esa historia se quedaría conmigo para siempre. De nada serviría tratar de deshacerme de ti. Sabía que borrarte por completo significaba perder esta identidad que me diste hasta convertirme en nada.
Decidí quedarme contigo y llevar tu urna a casa. Te alegraste y comenzaste a dar indicaciones. Querías que depositara tus cenizas sobre la cama. Querías que las esparciera y que con mis manos fuera dándole forma a tu figura. Querías que no dejara de hacerlo hasta que fuera capaz de reconocer tu cuerpo.
Por unos segundos, controlada por tu voz, pensé que lo haría. Pero luego te ordené callar. Te dije que ibas a quedarte encerrada en la urna, que iba a echarle llave a tu cuarto y que te visitaría una vez por semana para que estuvieras tranquila.
Te quedaste callada. Solo me pediste que no bote las cajas que guardabas debajo de tu cama. Accedí. Entré a la casa contigo en brazos e hice lo que te había dicho. Al día siguiente cobré el dinero del seguro y lo coloqué junto a tu urna. Lo dejé ahí, donde debía estar. Un dinero que parecía inútil, que nunca podría cumplir con el objetivo que había imaginado para él. Nunca podría comenzar una nueva vida. Tú sabías que no era capaz de deshacerme de esta casa, de estos muebles, de esta historia, de ti.
Mi vida no ha cambiado. Mi gemelo manda el dinero, a veces me ordena que haga algunas cosas. En su mayoría las ignoro, pero algunas las hago para que no se moleste demasiado y siga enviando la mensualidad. Tú estás encerrada y te siento levemente a cada momento. Estás tranquila, pero hay días en que te pones insoportable. Ya no puedo darte pastillas, así que lo único que me queda es recordar tu canción y sentarme a tu lado para cantarla. Y funciona. Te calmas porque te das cuenta de que no estás sola, te aseguras de que no me he ido. Te canto para que no me insultes, para que no me reclames. Te canto y tú te duermes como hacíamos nosotros cuando éramos niños.
Lucero de la mañana, el rey de todos los sones, canta La Martiniana, ay mamá, que rompe los corazones. No me llores, no, no me llores, no, porque si lloras yo peno,
en cambio si tú me cantas yo siempre vivo y nunca muero.
Tu presencia en mi vida ha sido tan grande que ni la destrucción total de tu cuerpo podía hacerte desaparecer. Por eso sigo igual que siempre: los mismos temores, la misma actitud, la misma soledad. Esta es la única historia que conozco y que conoceré.
Soy lo que puedo ser.
He comenzado a contar de nuevo, pero con menos desesperación, sin esperanza alguna. Sé que esto terminará el día que tenga que terminar, no hay nada que pueda acelerar este proceso. Ya lo he pasado contigo y ahora cuento sin hacer cálculos. Estoy aquí junto a ti, tal como quisiste. Y me resigno y canto y seguiré cantando hasta que mi voz se extinga y, con eso, el conteo de los días haya finalizado verdaderamente.
OceanofPDF.com