Ella

Jennifer Thorndike · Capítulo 11 de 29

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Ella

Capítulo 10

 

 

He terminado de hacer las llamadas y es momento de arreglarme. Reviso mi ropero solo para confirmar que no tengo nada con qué vestirme. Tengo que entrar a su cuarto para buscar algo oscuro que ponerme. Aunque este es un día de fiesta, así que debería salir y buscar algo en las tiendas. Algo de color vibrante, que hiera los ojos. Unos zapatos bonitos, con tacos que formen ampollas en estos pies encallecidos que me duelen hasta cuando uso zapatillas. Luego debería ir a la peluquería, hacerme un moño, cambiarme el color de pelo, maquillarme. Ella ya no está.

Entro a su cuarto y regreso a la realidad: ella está impregnada en todas las paredes, en las sábanas, en el aire. Sigue aquí. Abro su ropero y veo varios trajes que podrían quedarme. Yo soy más pequeña, mucho más delgada, pero esta falda y esta blusa pueden quedarme más o menos bien. Busco una cartera. Encuentro una pequeña que combina con la ropa. Es negra, como todo en esta casa. Calzamos casi igual, un poco de algodón en la punta y me pongo sus zapatos, me convierto en ella por un momento. Ahí están mis dos hijos. Sonrío porque hoy voy a contarles todos los sacrificios que he hecho por ellos, voy a enumerarlos para que les quede claro cuánto me deben. Vengan, vengan. Caigo en la cama, me quito los zapatos, me pruebo la ropa. He perdido más peso y todo me queda demasiado grande. No tengo tiempo para arreglarla, así que me lo llevo todo y cierro la puerta tras de mí. Me baño. Me miro al espejo para comprobar qué se puede arreglar. Hace tanto tiempo que no lo hago que tengo que cerrar los ojos y abrirlos lentamente para no asustarme. Ahí estoy: fea, ojerosa, arrugada. Desenredo mi pelo con cuidado, ya casi no queda nada de su color original. Duele cada tirón, pero logro dejarlo presentable. Lo amarro en una cola y procedo a minimizar con una pinza los vellos que se disparan en todas direcciones. Ya parezco mujer, pienso. ¿Todavía mi gemelo y yo guardaremos algún parecido? Antes ni siquiera nos podían distinguir, éramos casi iguales a pesar de ser de sexos diferentes. ¿Yo parecía hombre o él mujer? Supongo que éramos una masa indescifrable, única, que ella había moldeado sin identidad y que nosotros, a través de nuestra fusión, habíamos ayudado a terminar de formar. Me visto, me miro al espejo una vez más. No estoy tan mal. Soy algo que, a un tiempo, la representa a ella, a mi gemelo y a mí. La unidad perfecta que ella inventó y quiso mantener para siempre.

He terminado de vestirme y me he sentado en el sillón porque no me siento lista para afrontar la calle. Dentro no te pasará nada, ella repetía siempre después de que mi hermano se fue. No te pasará nada, repetía, no por un miedo real a que me pase algo a mí, sino porque ella podría quedarse completamente sola. Es por esa razón que mis salidas de casa se limitaban a ir al colegio y luego a hacer sus compras o a salir con ella. Cuando todavía no tenía celular, ella calculaba el tiempo que debía demorarme en ir y venir y me decía la hora en que debía estar en casa. Desde que compró el aparato, me llamaba varias veces cada vez que salía a la calle. ¿Dónde estás? ¿Por qué te demoras? Soy una mujer enferma, si me pasa algo tú tienes que estar aquí para ayudarme. A veces no le respondía y dejaba vibrar el teléfono en un ciclo eterno que no terminaba hasta que yo decidiera contestarle. De quince a veinte llamadas perdidas. De cinco a diez mensajes amenazantes. Podría estar pasándome algo y tú no contestas. ¡Yo soy tu madre y tienes que responderme el teléfono! ¡Me dejas angustiada!

Déjame, por favor.

El temor de salir a la calle es, en el fondo, el temor a escuchar su voz diciéndome que me apure, que debo estar a su lado porque no puede morirse sola.

Para eso naciste. Ven, sostén mi cabeza, sostén mis huesos,

sostén mi cuerpo.

Abro la puerta con el manojo de llaves y escucho su voz que me apura y repite que no me olvide de cerrar bien las puertas ni las ventanas. Me acuerdo que he dejado abierta la ventana de mi cuarto y que eso debe molestarle demasiado. No debo dejarla así, lo siento. Entro y cierro todo con candado, como a ella le gusta y vuelvo a salir acosada por su voz que me dice que me estoy demorando demasiado. Camino hacia la avenida por una calle nueva, ancha, ruidosa, y me cruzo con las caras de la gente que parecen máscaras grotescas que se burlan de mí, que me ven como una loca porque aún me preocupo por ella, porque le tengo miedo y me domina aunque ya no está. No entienden: soy la misma, ella es la misma, su voz me persigue a cada cuadra recordándome que nunca debí salir porque algo me va a pasar. Pero debo apurarme porque la he dejado sola demasiado tiempo. Acelero como huyendo. Siento que me persigue, que en cualquier momento va a saltarme encima y morderme para alimentarse de mí y seguir viviendo.

Estiro la mano para detener un taxi. En el asiento del conductor se acomoda un ser con una máscara sin facciones, sin ojos, ni nariz, ni boca, un ser que con señas me dice que puede llevarme hasta el velatorio. Subo y me miro al espejo solo para comprobar que yo tampoco tengo cara y que seguramente tampoco la tienen el de la funeraria, ni el cura, ni mi gemelo: ahora todos estamos a su servicio. Hemos perdido la identidad porque estamos por ella y para ella, y por eso ya no somos individuos, sino esclavos anónimos que tenemos que ayudarla a morir. Y sonrío porque creo que quizá todos están sintiendo por un momento lo que yo he sentido durante toda mi vida. Gracias, le digo al taxista al llegar. Ya estoy aquí.

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