Encuentro en Sebastopol

Katharine Mcmahon · Capítulo 10 de 77

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Encuentro en Sebastopol

Capítulo 3

 

Esa tarde, a mi madre y a mí nos esperaban en la iglesia, donde íbamos a preparar un concurso para la celebración de la Pascua de los niños de la Escuela Dominical. La reunión se auguraba conflictiva porque la señora Hardcastle había sugerido que los niños debían enarbolar banderas turcas, francesas y británicas, idea que había escandalizado a mi madre. La Pascua, había dicho, era un tiempo para la esperanza, no para la guerra.

—Sin duda, la crucifixión de Nuestro Señor y Su resurrección son más pertinentes que nunca este año —había argüido la señora Hardcastle—. La historia de la Pascua nos muestra el triunfo de los justos.

Como había borrasca, pensando en la caminata me envolví en un grueso chal de lana merina, pero no pude resistir la tentación de ponerme el sombrero al que acababa de cambiar los adornos. Cuando bajaba por la escalera, sonó la campanilla de la puerta. La doncella nueva, Ruth, atravesó velozmente el vestíbulo para abrir, mientras yo me quedaba parada con el sombrero sin atar y la mano en la barandilla, esperando a que recibiera a nuestro visitante, que resultó ser un joven alto cuyo espléndido uniforme la dejó sin palabras.

—Capitán Max Stukeley. Noventa y Siete Regimiento de Derbyshire. ¿Se encuentra en casa la señora Lingwood? —preguntó, luego, al verme en la escalera, dio un teatral paso hacia atrás—. Vaya, sin duda tenemos aquí a la señorita Mariella Lingwood.

Le ofrecí la mano, que él aceptó y retuvo.

—¿Sabe?, se parece usted aún más que antes a su prima Rosa, señorita Lingwood. Quizá no en el cabello, pero sí en los rasgos. Es asombroso.

Retiré la mano, mandé a Ruth en busca de mi madre y acompañé a nuestro visitante al salón. La verdad era que me temblaban las rodillas. Había visto a Maximilian Stukeley por última vez cuando él contaba unos dieciséis años y yo doce. Después, Max se había convertido en un pájaro de mal agüero. Ahora era un hombre alto y de espalda ancha con casaca roja y pantalones azul oscuro ceñidos, lleno de galones y botones dorados, y sus oscuros ojos resultaban tan desconcertantemente penetrantes como siempre. En su enorme mano izquierda llevaba una pequeña cesta de prímulas. Mi padre no habría aprobado su elegante bigote de dandi.

Mientras esperábamos a mi madre, mantuvimos una incómoda conversación. Estaba totalmente fuera de lugar en nuestro salón, porque vestía unos colores llamativos, era muy alto y poseía, como yo bien recordaba, una energía contenida que desahogaba permaneciendo siempre en movimiento, con un incesante paseo por el salón y súbitas acometidas para coger un libro o un adorno, para tocar un estrepitoso acorde en el piano, o para lanzarme una intensa mirada con sus negros ojos. El salón, por otra parte, estaba diseñado para gestos pequeños y lentos, decorado en tonos pastel y atestado de muebles delicados.

Me senté, mano sobre mano.

—Así pues, se va usted a la guerra, capitán Stukeley.

Colocó el cesto de prímulas en equilibrio sobre el brazo de una silla, pero no tomó asiento.

—Esta misma noche, si encuentran un barco lo bastante grande para meter en él los caballos, pues ninguno de nosotros aceptará separarse de su montura.

Estuve a punto de preguntarle si tenía ganas de marcharse, pero decidí que no era apropiado y dije:

—Mi padre y yo hemos ido al Palacio de Buckingham esta mañana para ver el desfile de despedida.

—¿En serio? Estoy seguro de que a los soldados les ha complacido sobremanera que se tomaran la molestia.

Cada vez recordaba más cosas de Max. Al fin y al cabo, sus ojos tenían la misma expresión que cuando era un muchacho, peligrosamente inestable, y lanzaba miradas alrededor para asimilar hasta el último detalle, pero de pronto se centraba en mi rostro. Su último comentario, pronunciado con marcada ironía, sugería que sus modales no habían mejorado en absoluto.

—¿Está bien su familia? —pregunté—. En su última carta Rosa me contaba que su padre había sufrido un grave accidente con el caballo.

—¿Un accidente? Ah, sí. Y no se ha recuperado. De hecho, en la familia no hay nadie bien, excepto Horatio, por supuesto. Y por eso estoy aquí. —Echó un vistazo al reloj—. ¿Cree que la señora Lingwood tardará mucho?

—Está vistiéndose. Íbamos a salir.

—Entiendo. —Enarcó una ceja, me lanzó una cálida y súbita mirada y asintió—. Desde luego, ese sombrero es muy favorecedor, señorita Lingwood, sobre todo con las cintas sin atar.

Bajé la cabeza para ocultar el rubor que inmediatamente se extendió por mi cuello.

—Tengo entendido que estuvo en Australia. Es fascinante.

Echó la cabeza atrás y rió, y su recuerdo se me hizo de nuevo más vivido. Aquella extraña risa suya empezaba con una risita entre dientes y luego, si se divertía de verdad u otros se le unían, acababa en carcajadas guturales y prolongadas.

—Fascinante. Absolutamente. No hay otra palabra que lo describa mejor. El cielo y la arena resultan fascinantes, sobre todo después de un par de meses sin ver otra cosa.

En ese momento entró mi madre, tan cargada que topó contra el marco de la puerta con la punta del paraguas y perdió el equilibrio. Llevaba el sombrero en la mano, así como un amplio bolso que contenía el acta de la reunión del año anterior, y también sujetaba los guantes, la capa y un paño para el altar doblado, porque esa semana nos había tocado lavar los paños sagrados de la iglesia. Max se acercó presuroso para ayudarla y se produjo un barullo de risas y movimientos hasta que mi madre logró desembarazarse de todo, aceptó las prímulas con excesiva gratitud y lo miró con timidez.

Acto seguido entablaron una conversación apresurada. Tanto mi madre como él tenían prisa: si nosotras llegábamos tarde, sin duda la señora Hardcastle aprovecharía esos minutos extra para mantener una conversación privada con el párroco, y al tiempo Max se comportaba con la premura de alguien que se disponía a salir corriendo para disputar la guerra sin ayuda de nadie. Permaneció de pie sin dejar de echar ojeadas a la puerta.

—Lo cierto es, señora Lingwood, que mi madrastra me rogó que viniera. Me hizo prometer que no abandonaría Londres sin visitarla a usted.

—Ah, ¿cómo está Isabella? Hace semanas que no sé nada de ella.

—Su hermana no está bien, señora, claro que jamás lo estuvo desde que la conozco. Y ahora tiene un motivo más de inquietud, pues, desde su caída, mi padre sufre de una grave enfermedad del intestino que lo tiene muy debilitado... No espero encontrarlo con vida cuando regrese de la contienda. —Mi madre emitió unos gorjeos compasivos, pero Max se encogió de hombros—. El problema radica en que mi hermano, Horatio, heredará Stukeley y planea casarse pronto, por lo que no habrá sitio para su hermana ni para Rosa. Ha ocurrido todo en el peor momento. De estar yo en casa, haría lo posible por ocuparme de ellas. Dadas las circunstancias, para serle sincero, mi madrastra no confía en que Horatio obre de igual forma y, por una breve conversación que mantuve con él, me temo que los temores de su hermana podrían estar justificados.

—Pero ¿su marido no le dejará nada en el testamento?

—No me cabe duda de que le legará dinero, pero mi padre siempre ha defendido a ultranza que el patrimonio debe mantenerse intacto. El problema está en que la salud de mi madrastra se ha deteriorado tanto que necesita cuidados constantes, y en los últimos meses mi padre apenas ha recobrado la lucidez, por lo que tal vez no sea consciente de sus necesidades y no le deje dinero suficiente. No estoy seguro de que mi padre comprenda en verdad lo desesperada que podría llegar a ser la situación de Isabella, de ahí que me apremiara para que viniera a visitarla a usted.

—Y ¿qué puedo hacer? ¿Cree que debería acudir a su lado? ¿Sería bien recibida? Ahora que sir Matthew se halla enfermo, quizá no habría problema en...—Noté que mi madre había iniciado mentalmente el proceso de cancelar sus reuniones y preparar el equipaje. La noticia de que Maria Lingwood se iba al norte para cuidar de su hermana enferma, por inconveniente que fuera, causaría un gratificante revuelo en los comités.

—Estoy seguro de que su hermana y su sobrina se alegrarían mucho de verla, pero creo que en general su presencia sólo serviría para aumentar la tensión en una situación ya difícil. Por el momento Rosa es indispensable porque, extrañamente, es la única persona a quien mi padre permite acercarse. La doncella de Isabella, Nora, es muy competente y está dispuesta a cuidar de él, pero mi padre le ha cogido antipatía. Como ve, simplemente su cabeza ya no rige. Pero cuando muera... —Max tuvo la cortesía de parecer avergonzado.

—Entonces, ¿qué debemos hacer? —preguntó mi madre.

—Esperen noticias. No es necesario que tomen medidas urgentes, pero me temo que no pasará mucho tiempo antes de que apelen a su buen corazón. He venido a advertírselo, y supongo que también a asegurarme de que aquí al menos Isabella y Rosa, y quizá su doncella, serán bien recibidas.

Nos miró a la cara, se metió el sombrero bajo el brazo y estrechó la mano de mi madre con un aire tan correcto y apuesto que, por un instante, pensé que lo había subestimado. Pero entonces se acercó a mí, juntó los talones y me besó la mano con tal entusiasmo que noté claramente el roce de su ostentoso bigote, la presión de sus labios abiertos y, al prolongarse el beso, la dureza de sus dientes. Cuando alzó la cabeza, me guiñó un ojo.

—Precioso sombrero, señorita Lingwood, mi pobre corazón de soldado se alegra de ver lo guapa que está. Llevaré conmigo su imagen con ese sombrero cuando entre en batalla.

Mi madre se echó a reír, pero yo me enojé. Incluso en la calle, donde el viento hacía revolotear las faldas y llevaba nuestra agitada conversación a través del prado comunal, seguía resentida por la audacia de aquel guiño y el fervor de aquel beso.

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