Encuentro en Sebastopol

Katharine Mcmahon · Capítulo 19 de 77

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Encuentro en Sebastopol

Capítulo 12

 

 

Londres, 1854

Rosa no descansó hasta que hubo visitado el hospital. Convenció a mi madre de que, de hecho, sería una grosería no ir, dado que Henry era el protegido de mi padre. Pero, cuanto más se acercaba el día señalado para la visita, más nerviosa me ponía. A mi madre le resultaba imposible acompañarnos porque, como decía la tía Isabella, se hallaba demasiado ocupada con todas aquellas «desdichadas» institutrices que quizá habrían de esperar ahora hasta septiembre para instalarse en su nueva residencia, debido a otra complicación, esta vez relacionada con el suministro de gas. Mi madre tenía que acudir allí todos los días para dar instrucciones a los obreros.

Era una lástima que nunca hubiera visitado a Henry en el hospital, pues no quería compartir la primera vez con Rosa. En conjunto mis sentimientos se revelaban tan complejos que hubiera preferido quedarme en casa y ensayar mi canción para las institutrices. Me inquietaba que mi ignorancia se hiciera patente y que mostrara sorpresa o asco en lugar de una tranquila aceptación, incluso una impresión de hallarme como en mi casa.

Rosa aseguró que debíamos tomarnos en serio el sufrimiento ajeno y no ponernos en situación de superioridad frente a pacientes y enfermeras engalanándonos con elegantes sedas o muselinas. Teniendo en cuenta que ninguno de sus vestidos podía etiquetarse de frívolo, era evidente que tal decreto iba dirigido a mí. Tanto ella como Barbara Leigh Smith y sus otras severas amigas hacían caso omiso de la moda, lo que yo consideraba una elección por motivos artísticos o intelectuales. En cambio, tuve que revisar a fondo mi guardarropa para encontrar un atuendo adecuado. Las dos nos pusimos sencillos puños blancos y nos recogimos el pelo en apretados moños. Mi prima me pidió prestadas unas enaguas para dar la convencional forma de campana a su vestido y se ciñó la cintura con un estrecho cinturón.

Una vez vestidas, enlazamos los brazos y nos miramos al espejo. El peinado de estilo cuáquero de Rosa ponía al descubierto la fragilidad de su esbelto cuello, y la sencillez de su atuendo resaltaba del modo más favorecedor su luminosa piel y sus ojos brillantes. En mi caso, aquella ausencia de adornos sólo sirvió para empequeñecerme y afearme.

—¡No pareces fea! —exclamó ella—. Jamás digas eso. Eres como una hermosa criatura de los bosques, delicada y salvaje, aunque no te des cuenta. Además, si tú eres fea, entonces yo también lo soy. Nos parecemos muchísimo. —Tal vez en cierto sentido nos asemejáramos, pero las leves diferencias que existían en nuestros rasgos hacían que Rosa fuera guapa y seguramente yo no.

El trayecto para atravesar Londres resultó incómodo porque llevábamos vestidos gruesos en plena ola de calor y porque íbamos a un lugar al que ya no deseaba ir en absoluto. Peor aún, sabía por experiencia que mi compañera de viaje no era en modo alguno de fiar en lo referente a obedecer las órdenes de su madre, que yo en cambio observaría de buen grado: «No te acerques a ningún paciente. No toques nada. No dejes que una de esas enfermeras entable conversación contigo. Huelga decir que deberías visitar únicamente las salas para mujeres, aunque preferiría que te mantuvieras alejada de todos los enfermos en general...»Rosa estaba preocupantemente pensativa, con las manos juntas sobre el regazo y una mirada de tranquila determinación. Como si estuviese a punto de ser admitida en un convento en calidad de novicia. En aquel momento mi prima se hallaba en un plano más elevado, impulsada por fuerzas de su naturaleza que eran más nobles que cualquier sentimiento que yo hubiera experimentado. Era de suponer que su mente se concentraba en el hospital, mientras que yo pensaba tan sólo en el hecho de que, al cabo de una hora, vería a Henry por primera vez desde la noche en que me había besado bajo el cedro. Por supuesto, no iba a tener ocasión de conversar íntimamente con él, pero tal vez surgiera alguna mirada o un roce. Mi mayor temor era no recibir señal alguna de su parte cuando nos viéramos.

Desde el exterior, el Guy's resultaba realmente impresionante, con imponentes pilares en la verja, aguilones en la fachada e hileras de altas ventanas. Parecía un palacio más que un centro para pobres e indigentes, e incluso se me pasó por la cabeza que quizá Rosa había calculado mal y que deberíamos haber puesto mayor esmero en el vestir. Tras las grandes puertas de la entrada principal había un vestíbulo con paredes revestidas de madera y retratos de hombres con papada y rígidas corbatas, que colgaban sobre una amplia escalinata. Pero también se percibía un disimulado olor a cosas desagradables y sonidos de actividades distantes que me alarmaron sobremanera.

Llegamos diez minutos temprano a nuestra cita con Henry y al cabo de un rato mi prima empezó a ponerse nerviosa. De vez en cuando cruzaban el vestíbulo camilleros en mangas de camisa, algunas enfermeras o sirvientas y hombres con levita. Me retiré hacia la escalinata de roble, me recogí las faldas con una mano mientras con la otra me llevaba discretamente el pañuelo a la nariz.

Rosa se paseaba a grandes zancadas. Alzó la vista hacia el reloj. Las doce y diez. Por fin, se aventuró a avanzar por uno de los pasillos que se abrían a ambos lados del vestíbulo.

—Vamos —dijo—. No pasará nada por mirar.

Como no quería quedarme sola, me vi obligada a seguirla. Caminamos por un sofocante corredor y pasamos por delante de varias puertas hasta que llegamos a una sala, donde un vistazo bastó para convencerme de que la tía Isabella tenía toda la razón del mundo y de que jamás deberíamos volver al hospital. El hedor estuvo a punto de hacerme caer redonda. Olía a retretes llenos a rebosar, a vómitos, a cosas peores. Pensé en mi tía, recostada sobre un montón de almohadas con su bandeja de té y un huevo pasado por agua, y en las interminables excreciones de las que había que hacerse cargo, y me pareció que todos aquellos hombres enfermos—¡Dios santo, era un pabellón masculino!— eran una horrible prolongación suya.

Aunque nadie alzaba la voz, salvo por algún que otro grito de los pacientes, de hecho había mucho ruido: las puertas que se abrían y cerraban, las pisadas con calzado pesado que hacían crujir los suelos de madera, el trasiego en el piso de encima, el gorgoteo del agua, el tintineo de los frascos. A primera vista, la sala consistía en una pulcra hilera de camas a ambos lados, pero había suciedad por todas partes, sábanas y vendas manchadas, utensilios deslustrados, hombres despeinados de aspecto vil. Mi mirada se paseó una y otra vez por aquellos horribles pechos desnudos, algunos peludos, otros de piel blanca y flácida. Me vino a la memoria el recuerdo de aquel mismo olor y del asco acompañado de un sentimiento de culpa.

Las enfermeras iban de una cama a otra en un cansino ritual para atender a los pacientes, pero parecían aburridas e indiferentes. Las moscas molestaban a los enfermos y hacía mucho calor porque el sol se filtraba por las persianas rotas. Entretanto, Rosa se acercó sin temor a una enfermera baja y regordeta y le tendió la mano (desobedeciendo así dos más de las normas de su madre).

—Somos amigas del doctor Thewell. Me llamo Rosa Barr. Estoy pensando en ser enfermera.

La mujer realizó una especie de media reverencia y pasó rápidamente por mi lado. Noté que olía a bebida.

La voz sonora de Rosa hizo que varios enfermos levantaran la cabeza de la almohada. Ella se acercó incluso a la cama que tenía más cerca, se inclinó sobre el enfermo y lo tomó de la mano.

—¿Puedo hacer algo por usted?

Me alejé, presa de una horrible sensación de bochorno y repugnancia. Me sentía como si mi prima se hubiera encaramado al escenario en medio de una función. Desde mi anterior posición al pie de la escalinata del vestíbulo, observé cómo se movían las manecillas del reloj durante unos cuantos minutos más. Por fin, Rosa volvió a mi lado.

—Estaba buscándote, pero te habías ido.

—No deberíamos importunar a nadie.

—Estamos esperando al doctor Thewell. Eso no es importunar. Si ninguna persona se tomara el menor interés, este hospital no recibiría fondos. Depende de los donativos públicos.

—Pero no vas a dar nada —reproché, sabiendo que ella no tenía dinero.

—¿Quién sabe lo que donaré algún día? Una enfermera acaba de decirme que hay otro brote de cólera y que esperan que el hospital se llene pronto de contagiados. Ya les han traído cinco casos. Van a vaciar una de las salas del piso de arriba para aislarlos. Afirma que sin duda van a necesitar más enfermeras.

«Cólera.» Los horrores iban acumulándose. Cólera. Entonces íbamos a morir todos. La cabeza me estallaba y notaba los huesos como de mantequilla. Los malignos efluvios del hospital bastaban ya para matarme en unos minutos, por no hablar del cólera si empezaban a llegar enfermos. Me cruzaron por la mente imágenes de mi propio lecho de muerte, de mi madre haciendo un alto en sus obligaciones para cuidarme e infectarse también, y luego mi padre, mi tía y Rosa.

—Tendríamos que irnos ahora mismo —señalé.

—¿Por qué?

—El cólera es muy contagioso. No deberíamos quedarnos aquí en plena emergencia, arriesgándonos al contagio. Sería un pecado ponernos en peligro de esa manera. Podríamos llevar el cólera a Clapham. Tu madre, que está tan enferma, resultaría especialmente vulnerable. —Mi voz era aguda por el pánico. Habríamos de estar en el gabinete, en casa, haciéndole el dobladillo a unas blancas sábanas para las institutrices.

—Siempre hay emergencias de algún tipo en un hospital. ¿Lo comprendes? Por eso tengo tantas ganas de trabajar aquí. Quiero intervenir en la etapa de las vidas de las personas en que más me necesitan.

En ese momento se abrieron las puertas de par en par y una multitud irrumpió en el vestíbulo con una especie de camilla, seguida de un enjambre de curiosos y de una mujer que portaba en brazos a un bebé de un año más o menos, que lanzaba berridos lastimeros. El gentío también trajo consigo una ráfaga de aire cálido y el hedor de las calles londinenses. Nadie vestía con corrección, sino que llevaban prendas harapientas y atadas con cordeles. Rosa y yo nos vimos obligadas a subir unos peldaños de la escalinata para no quedar aplastadas.

En la camilla iba un chico de unos doce años. Una camisa raída le cubría el torso, tenía la tez verdosa y los ojos muy grandes. Peores eran los pies, descalzos, sucios y con las uñas largas, como garras. Y le habían cortado la pernera derecha del pantalón para dejar al aire una espantosa herida en el muslo. El hueso partido sobresalía entre la carne sangrante. Lo vislumbré todo en un par de segundos. Aunque volví la cara, fue demasiado tarde para impedir que la imagen se me quedara grabada a fuego.

—Deberíamos irnos —le insistí a Rosa, tirándole del brazo.

Ella se desasió y ascendió unos peldaños más para poder ver por encima de las cabezas de la multitud. En ese momento apareció Henry con atuendo formal, pero sin guantes ni sombrero. Di un paso adelante al verlo, pero él ni siquiera se fijó en nosotras. Pidió a la gente que se apartara a fin de llegar hasta el paciente, en voz baja dio instrucciones a un ordenanza para que dispersara a la multitud, y solicitó que acercaran una silla para la madre del chico, una pobre mujer menuda, encorvada y con un abultado vientre, demasiado escuálida para llevar un bebé tan grande.

—Lo mandé por leche —explicó—. Siempre andaba por esas cloacas nuevas. Le dije mil veces que no fuera por allí. Siempre ha sido demasiado curioso.

Henry la apartó y quedó inmediatamente debajo de nosotras, junto a la escalinata.

—¿Cómo se llama su hijo?.. Bueno, señora Lee, me temo que no tendremos más remedio que amputar la pierna de Tom. En casos como éste, cuando el hueso traspasa la carne, no queda elección. De lo contrario, la herida se infectará y morirá de gangrena.

La mujer tardó un momento en asimilar la información. El bebé se retorcía entre sus brazos, berreando sin consuelo.

—¡No, no, no le corten la pierna! Oh, no, pobrecito mío. No lo hagan. No. Le encanta correr.

—Y seguirá corriendo. Le haremos una pierna nueva.

—Pero será un lisiado. ¿Qué hará en la vida? Oh, Dios mío, y pensar que esta mañana casi me volvía loca con tanto correr de un lado para otro.

Henry cogió la mano de la mujer entre las suyas.

—Mi querida señora Lee, no deje que la vea asustada. Ármese de valor para poder cuidar de él.

Miró a los ojos a la mujer y siguió sujetándola de la mano hasta que ella se serenó y asintió. Henry alargó los brazos para coger al bebé, que dejó de llorar por el asombro, mientras la madre se inclinaba sobre la camilla y besaba a su hijo en la frente. El chico abrió los ojos y empezó a gemir.

—Yo cuidaré de su hijo —dijo Henry—. Se lo prometo.

El bebé volvió a cambiar de manos, Henry le acarició el pelo al chico y pronunció su hombre, y a continuación hizo una seña con la cabeza a un par de camilleros.

La madre intentó agarrarse a la camilla cuando se la llevaban, pero una enfermera la sujetó. Descubrí que estaba aferrándome a la barandilla con ambas manos, pues nunca había visto a Henry comportarse de una forma tan afectuosa como con aquella mujer. Era como si amara a la madre y a sus hijos más que a cualquier otra persona en el mundo, y había sujetado al bebé con tanta habilidad que éste se había calmado y se había puesto a jugar con la cadena de su reloj. Se me encogió el corazón al pensar que un día llevaría en brazos a sus propios hijos de la misma manera.

Entonces deseé estar también enferma para caer a sus pies y que él me portara en brazos y me iluminara con su compasiva mirada.

—Vamos, vamos —me apremió Rosa, agarrándome.

—¿Adónde vamos?

—Debemos seguir a Henry.

—No podemos. Ya has oído lo que ha dicho. Van a operar al niño.

—Las operaciones están abiertas al público. Vamos. Siempre he soñado con asistir a una operación —aseguró, y me arrastró tras de sí por el pasillo en pos de la camilla y de un grupo de hombres jóvenes que también la seguían.

Pensé que sin duda alguien nos detendría, que jamás nos permitirían entrar a ver la operación, pero todo el mundo tenía tanta prisa que no se fijaron en nosotras. Corría la voz en susurros de que Thewell quería practicar la intervención en siete minutos, la amputación por encima de la rodilla más rápida de la historia. Yo lloraba y repetía por lo bajo: «No, no, no», pero de repente cruzamos a empellones por una puerta baja y nos encontramos en una galería que daba a la sala de operaciones, desde donde vi un montón de cabezas de hombres con levita, y al niño en la camilla. La gente entraba empujando y al final acabamos inclinadas sobre la barandilla.

—Gracias a Dios, las nuevas enfermeras son más guapas que las de la última vez... —comentó una voz a nuestra espalda.

Hacía un calor espantoso. El sol entraba a raudales por una claraboya y el lugar apestaba a carnicería. Me habría desmayado de no ser por el horror que me inspiraba la posibilidad de caerme en la sala de operaciones. Con un esfuerzo, respiré hondo para desconectarme de Rosa, a la que aborrecía con toda mi alma en aquel momento por habernos metido en semejante situación, mientras que ella observaba con avidez cuanto ocurría abajo.

Un agudo gimoteo se sobreponía al murmullo general. Henry había sacado de algún sitio un largo estuche de piel que entregó a un hombre que había detrás de él. Luego se acercó a la mesa, alzó los brazos y los echó hacia atrás como si estuviera nadando braza, de tal modo que el círculo que rodeaba al muchacho se ensanchó, la luz que entraba por la claraboya lo iluminó con mayor intensidad y pude ver lo que ocurría exactamente. El chico se había incorporado, apoyándose en un codo, como dispuesto a bajar de un salto de la mesa de haber podido. Le habían quitado los pantalones y echado una toalla descuidadamente sobre los genitales.

«No mires, Mariella —me dije—. No debes. Si miras, jamás lo olvidarás.»

Pero, por supuesto, no pude evitarlo. Tenía que verlo.

Poco a poco todos enmudecieron y el llanto del muchacho se hizo más audible; era un gañido lastimero como el de un cachorro.

—Bueno, Tom, mi querido muchacho. Tom —decía Henry con una suavidad acariciadora.

Otro médico sujetaba la cabeza del chico. De sus labios brotó un líquido marrón y su mirada se volvió borrosa. El ayudante de Henry abrió el estuche rápidamente y colocó los instrumentos uno por uno por detrás del muchacho, al que ataron las muñecas y el tobillo sano. Y Henry no dejaba de hablarle, incluso mientras se arremangaba y flexionaba los dedos.

—Bueno, me han dicho que tus amigos y tú estabais jugando a la pídola cerca de las obras de Mile End Road, ¿no? Qué mala suerte haberte caído. He pedido a una persona que avise a las autoridades para que cerquen las obras con una valla. Espero que tu madre no te regañe demasiado. Está ahí fuera. La verás dentro de un rato y me temo que recibirás un rapapolvo. Bueno, Tom, ahora quiero que mires a los ojos a ese caballero que tienes al lado. También se llama Thomas, ¿sabes?..

En medio del zumbido de las moscas, el grito estentóreo de alguien que pasaba por la calle y el horror de hallarme simplemente allí, comprendí al fin lo que estaba a punto de ocurrir.

«Dios mío, Dios mío —pensé—, el niño no sabe lo que van a hacerle.»Henry se dirigió entonces a sus colegas con un tono carente de emoción que no le conocía:

—A ver si alguien puede decirme por qué he decidido no utilizar cloroformo con este paciente en particular.

Hubo un silencio. Tom gimoteó.

—Es demasiado joven, señor —sugirió alguien.

—Exactamente. Sería muy difícil administrar una dosis segura a un niño tan menudo. Bien. ¿Todos listos? —Se produjo un momento de gran tensión cuando Henry levantó la cabeza y miró alrededor; noté claramente sus ojos penetrantes fijándose primero en mí y luego en Rosa, y vi que arqueaba levemente una ceja antes de volverse—. Pueden poner en marcha el reloj —prosiguió, y despojó al muchacho de la toalla.

Colocó dos dedos en la entrepierna del niño para tomarle el pulso, extendió la palma y recibió un instrumento brillante, esperó un instante a que acercaran un cesto a la mesa con un leve puntapié y luego se concentró en su tarea. Se me nubló la vista y me tambaleé hacia Rosa. Recordé a la madre del niño, que lo había enviado por leche. Cuando volví a mirar, los ayudantes de Henry se inclinaban sobre el chico y me tapaban la visión, pero oí un ruido que me dejó completamente sin fuerzas para sostenerme. Sólo podía tratarse del chasquido de un hueso. Y luego oí un agudo alarido agonizante. Sobre la sala cayó un silencio sobrecogedor, los hombres que nos rodeaban se apretaron aún más contra nosotras para ver mejor y la voz mesurada de Henry dijo:

—Lo esencial aquí es atar la arteria con la máxima celeridad, dado que nuestra principal preocupación es la pérdida de sangre...

Después, Rosa me sacó al pasillo, me apoyó contra la pared y enlazó mi brazo al suyo.

—...hacen esas dos mujeres aquí. Absolutamente inapropiado... pérdida de concentración —oí decir a Henry, cuya voz traspasó las brumas de mi desmayo.

De repente se encontraba justo delante de nosotras, como una columna negra que olía a sangre. Me erguí cuando me tomó de la mano, aunque sus dedos apenas apretaban los míos y su voz resultaba tan glacial que apenas lo reconocía.

—Mariella. Señorita Barr. Había olvidado que teníamos una cita esta mañana. Discúlpenme. Tenía una urgencia, como han podido ver. Me temo que el momento no es el más propicio. Tal vez otro día podremos acompañarlas en una visita por el hospital.

—Gracias —repuso Rosa—, pero no quiero limitarme a visitarlo. Deseo ser útil.

—Sí, lo recuerdo. Bien, me alegro de que así sea. No hay suficientes mujeres que se interesen por el trabajo que realizamos aquí —dijo, y empezó a alejarse.

—A mí me gustaría hacer algo más, doctor Thewell. —La voz de mi prima, que resonó con claridad, lo detuvo—. Como le expliqué, me gustaría trabajar aquí. Dígame cómo conseguirlo.

—Entiendo —respondió Henry en tono tenso—. La capilla está aquí mismo. Allí hace menos calor y pediré que traigan agua para la señorita Lingwood. Pero me temo que sólo puedo dedicarles unos pocos minutos.

Gracias a Dios, la capilla se hallaba vacía y tenía un aspecto civilizado, con columnas y una galería. Incluso olía a yeso y a flores, como una iglesia normal. Me senté en un banco y fingí beber del vaso de agua, pero en realidad no pensaba ingerir ni una sola gota de nada que procediera del hospital. Tenía una mancha marrón en el guante blanco por encima del dedo índice, seguramente sangre de la mano de Henry.

—¿Qué pasará con el chico? —preguntó Rosa.

—Tal vez sobreviva, pero el final es incierto. Es muy probable que muera por la conmoción, la pérdida de sangre o una infección, o quizá las tres cosas juntas.

—Habla como si no le importara. En realidad, parecían todos más interesados en establecer un nuevo récord que en salvar al chico. ¿No es cierto que la verdadera razón por la que no ha usado cloroformo es porque le habría hecho perder tiempo?

A pesar de mi ofuscación, percibía con claridad que aquel Henry seguía siendo muy distinto del que conocía. Su palidez resultaba extrema y sus ojos, que tan afectuosamente se habían posado sobre el paciente y su madre, eran ahora inexpresivos.

—Es cierto que existen algunos médicos imprudentes que se habrían servido de cloroformo en este caso, pero es un procedimiento poco probado y la última persona con quien yo experimentaría sería con un niño víctima de una conmoción. Sin embargo, cualesquiera que hayan sido las decisiones tomadas por mis colegas y por mí mismo, creo que todos hemos actuado pensando en lo mejor para nuestro paciente. —Se interrumpió—. Debo decir, sin embargo, que me he quedado atónito al verlas a las dos en la sala de operaciones —señaló al fin.

De todas las experiencias vividas esa mañana, la más terrible fue la de darme cuenta de que Henry desaprobaba mi conducta. En cambio, Rosa no se amilanó.

—¿Por qué? Simplemente lo observábamos.

—Me han distraído. Las operaciones son asuntos privados y sólo se permite acceder a ellas a los estudiantes a criterio del cirujano.

—Quería comprobar si podía soportarlo. Si voy a estudiar aquí...

—No lo digo tanto por usted, señorita Barr, como por el paciente. Y por Mariella. Fíjese en ella. Está desmayada, como es normal en una dama. Ha sido una crueldad exponerla a una operación. No sé qué motivos la han inducido a ello.

—¿Motivos?

—¿Está segura de que no iba en busca de nuevas sensaciones?

—¿Cómo se atreve? —También Rosa estaba blanca como el papel y su tono era bajo y vehemente—. Sospecho que se ha enfadado porque no quiere que las mujeres experimenten lo que usted ha visto decenas de veces. ¿Cómo supo que quería ser médico, si no fue viendo lo que hacían los médicos?

—Seguí los cauces pertinentes; estudié durante años; me gané el acceso a la sala de operaciones gracias a mi trabajo con los pacientes y a mis conocimientos de anatomía.

—¿Y qué hay de mí? También deseo seguir los cauces pertinentes, pero no hay ninguno para que las mujeres estudien medicina. ¿Cómo voy a saber si mi vocación está en un hospital si no se me permite descubrir lo mejor y lo peor que hay en él?

Rosa y Henry se miraron con fijeza. Era como si ninguno quisiera ceder un ápice de terreno.

—Lo que dice es incontestable —replicó Henry al fin—, salvo por dos aspectos. En primer lugar, no puedo evitar tener la sensación de que abusó usted del hecho de conocerme. Cuando la invité a venir al Guy's, en modo alguno le di permiso para entrar en las salas privadas. En segundo lugar, se ha llevado a cabo una operación a un niño que tal vez muera. Como mínimo quedará lisiado para toda la vida. La atención de todo el mundo debería haberse centrado exclusivamente en el paciente. Lo esencial en ese momento no era comprobar si usted podía o no soportar semejante visión, sino pensar en lo más conveniente para el enfermo. Por lo tanto, le propongo que hablemos con tranquilidad de cómo puede iniciar usted el trabajo en este hospital, poco a poco, de manera que beneficie a todos. Venga a visitar mi clínica, si lo desea, y le explicaré de qué modo podría ser útil. Pero, por favor, todo tiene su momento. Es una cuestión de respeto.

Por unos instantes, mi prima siguió con la vista clavada en él. Yo estaba convencida de que iba a seguir discutiendo, pero no añadió nada.

—Bien, las acompañaré hasta el carruaje —concluyó Henry, y abrió la puerta de la capilla para cedernos el paso.

Recorrimos en silencio los odiosos pasillos del hospital, manteniéndonos alejados unos de otros. Me resultaba repulsivo aquel edificio donde resonaban los gritos y los pasos apresurados. Me parecía que cada bocanada de aire que respiraba apestaba a enfermedad. No reconocía a Henry en aquel lugar y, cuando me ayudó a subir al carruaje, apenas le rocé los dedos con la mano enguantada.

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