Encuentro en Sebastopol

Katharine Mcmahon · Capítulo 67 de 77

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Encuentro en Sebastopol

Capítulo 8

 

Crimea, 1855

El clima de Crimea era una extraña criatura, a veces de costumbres británicas, con serenos cielos azules y nubes blancas seguidos de lloviznas y ráfagas de viento. Pero se trataba de una mera ilusión a la que habían sucumbido los ejércitos aliados una y otra vez; las noches invernales eran más frías, las tormentas más violentas, los vientos más fuertes y el sol estival más abrasador de lo que nadie esperaba. Y el tiempo era más voluble; una mañana calurosa bien podía acabar en una noche helada, así como un viento huracanado podía arruinar una plácida alborada.

Los vientos de Crimea llevaban sal del mar, polvo de la meseta que dominaba Sebastopol, semillas, malos olores, cólera (según algunos) y, sobre todo, rumores. A veces tenía la impresión de que las noticias no me las contaban en realidad, sino que me entraban en la cabeza con una ráfaga de viento cálido. Sabíamos, por ejemplo, que la guerra se libraba en realidad en tres frentes, y que nosotros no éramos más que uno de ellos. En el Báltico, los aliados habían bombardeado con éxito la ciudad de Sveaborg, en el golfo de Finlandia, y amenazaban por tanto la seguridad de San Petersburgo. Por otra parte, cerca de la frontera oriental de Turquía, los rusos asediaban Kars, ciudad en que había una guarnición británica. Se podía decir, en consecuencia, que en general la situación, como en Sebastopol, se hallaba en un punto muerto.

Sabíamos que el famoso chef francés, Alexis Soyer, estaba reformando las cocinas de nuestros regimientos para que a los soldados no se les diera un trozo de carne cruda por la mañana y esperábamos que hallara el modo de guisarlo para la comida. No ignorábamos que el general francés Pelissier y nuestro nuevo general Simpson seguían sin hablarse si podían evitarlo. Oímos decir que la señorita Florence Nightingale estaba casi restablecida, y que quizá regresaría pronto a Crimea para proseguir con la interrumpida inspección de nuestros hospitales, perspectiva que muchas enfermeras y la mayor parte de los médicos veían con suspicacia. Y yo sabía que el capitán Max Stukeley había pasado seis semanas en Renkioi, en Turquía, en un hospital nuevo prefabricado diseñado por Brunei, lo más moderno por tanto en higiene y confort. Y también que se había negado tajantemente a ser declarado inválido y enviado de vuelta a casa, de modo que estaba de nuevo en Crimea.

Por supuesto, esperaba que visitara a Nora en algún momento. Es posible que incluso me peinara con más esmero por si me encontraba con él. Por lo demás, me negaba a dedicar un solo minuto a especular sobre el estado de la pierna herida del capitán, o sobre la posibilidad de que viniera a vernos. Todas las tardes me sentaba con mi grupo de mujeres a la sombra del almacén de ropa blanca, y les enseñaba las complejidades de plisados y tablas, y el método correcto para insertar una manga en su sitio.

Pero un día, mientras estábamos ocupadas en la delicada tarea de dar la vuelta a un puño, me di cuenta de que todos los ojos se habían vuelto brillantes al mirar por encima de mi cabeza, y de que alguien estaba observándome.

—Caramba, caramba, la señorita Lingwood.

—Capitán Stukeley —dije sin volverme, tirando del hilo con tanta violencia que la tela se frunció.

Estaba furiosa conmigo misma por haberme puesto tan nerviosa que apenas había conseguido girar la cabeza o evitar que me temblara la voz, así que pasé varios minutos demostrando cómo podía usarse un dobladillo invisible para unir el borde del puño con el interior de la manga, siempre que los puntos no tuvieran más de dos milímetros de longitud. Luego clavé la aguja en la tela y me levanté, pero vi a Max charlando con una embobada e insulsa mujer que, a pesar de su falta de habilidad, aceptaba coserle una camisa de vestir a medida para una cena de oficiales que se celebraría la semana siguiente.

Max y yo nos alejamos unos cuantos pasos por el sendero que discurría frente a los barracones del hospital, a la vista de decenas de ojos curiosos. Él estaba increíblemente pálido, con los ojos inyectados en sangre, largas patillas, profundas arrugas en la frente y las mejillas, y la pierna derecha prácticamente rígida. En general, dejando aparte el hecho de que estuviera en pie, su aspecto no era mucho mejor que la última vez que lo había visto en la cama de un hospital.

—Todo el mundo creía que lo enviarían de vuelta a casa —comenté.

—Ah, ¿sí? No iba a permitir que me despacharan sólo por tener la rodilla dolorida. He dejado demasiados asuntos pendientes. Y ha sido providencial que insistiera tanto en regresar; de lo contrario, me habría perdido la inspiradora visión de la escuela de costura para esposas y viudas de la señorita Mariella.

—Estoy segura de que habrá cosas mucho más interesantes en Crimea.

—Muy pocas. Se llevaría una sorpresa. —Al mirarlo desde debajo del velo de muselina de mi sombrero, me alivió comprobar que, a pesar de haber envejecido diez años de golpe, sus ojos seguían teniendo un brillo mordaz—. Pero, señorita Lingwood, creo que estoy en deuda con usted. Mi pierna derecha estaría pudriéndose en una fosa de no ser por su intervención.

—No hice nada.

—Recuerdo que resultó usted muy convincente al recomendarme que insistiera en una alternativa a la amputación.

—Nora me dio la idea y yo sólo le comenté que el doctor Thewell...

—Thewell. Eso es. Tenemos que agradecérselo a él —dijo en un tono tan acre que cambié de tema.

—Ha dicho usted que tenía asuntos pendientes.

—Unos pocos. Primero: la guerra. Segundo: comprobar la salud de mi querida y vieja amiga Nora McCormack, pero la he encontrado al mando de media docena de ordenanzas, así que creo que debe de estar prácticamente recuperada. Tercero: encontrar a Rosa.

Me fijé en que el bienestar de Mariella Lingwood no aparecía en su lista.

—Nos las arreglamos sin usted. No dejamos de preguntar por Rosa.

—Nora dice que vieron a una mujer en el río Tchernaya.

—Fue un irlandés borracho. Pero estuvimos en el Tchernaya después de la batalla y por supuesto no la vimos. Aunque estoy segura de que un soldado herido ruso pronunció su nombre al verme.

—Está relacionado; el río Tchernaya discurre hacia el noroeste, atravesando la aldea de Inkerman hasta el mar. Pero creo que su intuición es correcta y que el irlandés se había dejado llevar por sus cuentos de hadas. —El tono burlón de Max dejaba traslucir cierta rudeza nueva en él, de modo que el placer y el alivio que había sentido al verlo estaban esfumándose a marchas forzadas—. He decidido volver a la cueva cercana a Inkerman donde vieron a Rosa por última vez.

—¿No está demasiado cerca de las líneas rusas? No es posible que ella...

—Señorita Lingwood, ¿le gustaría pasear conmigo hasta la fortaleza?

Me ofreció el brazo y arqueó una ceja. El gesto, acompañado por un brusco cambio de voz, era demasiado rotundo para rechazarlo, y aunque no acepté su brazo por miedo a lo que pudiera pensar la señora Shaw Stewart, avancé unos pasos por el sendero para alejarnos de la última barraca del hospital y que no lograran oírnos.

—Mariella, mientras estaba en el hospital conocí a un soldado que se había pasado muchos meses recuperándose de una herida en el cuello, y que se exaltó sobremanera cuando mencioné a Rosa por casualidad. Me contó que el doctor Thewell lo había tratado de diversas enfermedades y que tenía tal fe en él que había decidido ir incluso hasta Inkerman para buscarlo, aunque en realidad no había llegado a la cueva, porque se encontró con Thewell en la ladera de una colina, congelado y a medio vestir, y delirando acerca de una mujer llamada Rosa. Mi amigo lo condujo al hospital, donde más tarde fui a verlo. Para entonces, como ya le expliqué, Thewell no decía nada inteligible.

—Así que no se ha enterado de nada nuevo...

—Poco después de que Rosa desapareciera, fui a la cueva pero no encontré el menor rastro de que hubiera estado allí. Eché un vistazo dentro y a los alrededores, y seguí ascendiendo por la colina tratando de imaginar adonde podría haber ido. Eso es todo. Durante estas últimas semanas en el hospital, me he maldecido por no haber sido más concienzudo.

—Pero ¿qué espera encontrar ahora? ¿No creerá que Rosa sigue acampada allí?

—No sé qué pensar. —Se mostraba más frío que nunca, y el impecable uniforme y aquella palidez lo volvían aún más distante—. Pero sé cosas de Thewell, cosas que dijo, que me hacen temer lo que podría haber ocurrido.

—Iré con usted —resolví tras mirarlo fijamente por unos instantes, aunque con voz tan vacilante que tuvo que ladear la cabeza para oírme.

—No.

—No sé qué insinúa que le pasó a Rosa. No le entiendo. Pero me gustaría ir a esa cueva, aunque sólo sea porque Henry y Rosa estuvieron allí.

—No tengo intención de llevarla conmigo.

—Entonces, ¿para qué me lo cuenta?

—Para avisarla, para que se prepare para lo peor.

—Iré. No puede impedírmelo.

—Es demasiado peligroso. Además, no me serviría de nada.

—Entonces no debería habérmelo comentado. —Las mujeres de la clase de costura se habían agrupado a lo lejos para presenciar nuestra discusión, así que bajé el tono—. No puede pretender que me quede aquí esperando mientras usted va solo en el estado en que se encuentra.

—¿Y cuánto tiempo cree que le permitirán seguir en este hospital si se hace público que se ha pasado el día cabalgando por Crimea conmigo?

—No tiene por qué enterarse nadie. Además, no me importa.

—Bueno, bueno. Si la señorita Lingwood quiere venir, ¿quién soy yo para negarme? Pero recuerdo haberla visto montando en Stukeley y era algo lamentable. Aun así, supongo que, si no acepto escoltarla, a saber de lo que sería capaz. —Alzó su gorra para saludar con un gesto exasperado, y volvió cojeando hacia nuestro público, que se arremolinó en torno a él mientras avanzaba por el sendero con dificultad.

Esa noche, recibí una nota en que se me comunicaba que debía encontrarme con el capitán Stukeley al día siguiente, a las seis de la mañana, frente a la puerta del hotel British, debidamente ataviada. Me había preparado para los cáusticos comentarios de Nora sobre aquella excursión, pero las dos mujeres con quienes compartía barraca me dejaron atónita al aprobar mi decisión.

—Usted tiene algo que parece haber dado suerte en esta guerra — sentenció Nora—. Tal vez proteja también a Max.

—Yo iría, claro que no conozco a una sola mujer en Crimea que no deseara cabalgar con el capitán Stukeley, tenga las piernas que tenga — confesó la señora Whitehead en un sorprendente arranque de coquetería.

Las tres pasamos media hora reflexionando sobre lo que debía ponerme. Al final, la señora Whitehead me prestó una blusa muy desteñida y un pañuelo, pues pensamos que así podrían tomarme por una campesina o la esposa de un soldado.

—Y tiene que dejar los hombros más caídos si quiere pasar realmente inadvertida.

Nora insistió en que llevara un crucifijo bien visible al cuello.

—Si la atrapan los rusos, la tratarán con mayor benevolencia si creen que es católica. A una católica la respetarán. Y tiene que dejar aquí el anillo y el relicario, por si acaso. No conducirían más que a la tentación.

—No pienso dejarme atrapar por los rusos.

—Nunca puede estarse seguro de nada. Max no está tan ágil como antes. Vigílelo y no permita que se canse demasiado. Y no vaya a fastidiarlo con una de sus jaquecas. No se olvide de beber mucha agua.

Me quité el anillo y se lo entregué a Nora junto con el relicario. La sortija me dejó una pequeña marca en la piel que me froté con timidez.

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