Encuentro en Sebastopol
Capítulo 21
Londres, 1854
Se libraron dos batallas más, la de Balaclava y la de Inkerman, y estos nombres pasaron a formar parte de nuestra conversación diaria, inspirando sentimientos tanto de orgullo como de horror. Deseábamos un final glorioso e impecable para la guerra como el de Waterloo, pero a pesar de las repetidas afirmaciones en los periódicos de que en ambas ocasiones habíamos rechazado heroicamente al enemigo, en realidad no habíamos avanzado en absoluto. Los rusos seguían firmemente atrincherados dentro de Sebastopol y, aunque nuestros ejércitos estaban acampados a las puertas de la ciudad, el asedio no era total, pues seguía burlándolo el suministro de armas y alimentos. Desde luego, Henry no estaría de vuelta para Navidad.
La única chispa de esperanza provenía del grupo de enfermeras de la señorita Nightingale, cuyo avance a través de Francia aparecía documentado con profusión en una prensa fascinada. Había recaído una enorme responsabilidad sobre los hombros de aquellas enfermeras, convertidas en el destello de romanticismo en un relato de la contienda cada vez más desolador y que constituían una fuente inagotable de conversación para nuestro grupo de costura. En opinión de la señora Hardcastle, la inclusión de monjas católicas era una calamidad para cuantos estaban involucrados.
—¿Qué inglés como Dios manda querría ser atendido por una católica? —preguntó—. Seguramente por mujeres irlandesas, además. Si es que puede llamárselas mujeres.
—Tal vez sean las enfermeras más cualificadas de que disponemos — replicó mi madre con el tono falsamente jovial que empleaba cuando se arriesgaba a iniciar una discusión con la señora Hardcastle—. Nora McCormack, la enfermera irlandesa de mi querida Isabella, es excelente.
—La excepción que confirma la regla. Tendrá usted suerte si la tal Nora no bebe a escondidas. Cuando el señor Hardcastle sufrió un nuevo ataque de gota el pasado invierno, contraté a una buena enfermera, como ya sabe. Sobria y honrada a carta cabal. De Devon. Podría haberse ido a la guerra. Me pregunto si pensó en ello.
—Al menos, las monjas estarán capacitadas y serán obedientes.
—Obedientes respecto a los suyos —replicó la señora Hardcastle—. Al Papa de Roma. A ése es a quien obedecen. Y lo que él quiere son almas. Me sorprende que la señorita Nightingale haya caído en una trampa tan fácil. Los católicos no se detienen ante nada con tal de convertir a cuantos los rodean.
Rosa jamás participaba en nuestro grupo de costura porque se había embarcado en una misión que sólo yo conocía. Redobló sus esfuerzos para ser admitida como enfermera hasta que su producción de cartas rivalizó incluso con la de mi madre. Escribió al Ministerio de la Guerra, a la familia de la señorita Nightingale, a nuestro parlamentario y a nuestro vicario, detallando hasta la más nimia tarea relacionada con la enfermería realizada en Stukeley. A las mujeres del comité que la habían rechazado les dirigió una misiva de protesta: «Su crítica más contundente contra mí parecía radicar en que soy demasiado joven. Puede que lo sea, pero estoy decidida. No se trata de un capricho pasajero. Sé lo que hago. He recopilado una lista de mis credenciales como enfermera y creo que pocas mujeres pueden haber hecho más...»Una noche entró en mi habitación con un bulto de ropa, cerró la puerta y me miró con ojos brillantes.
—¡Mariella! No vas a creerlo. Tengo noticias. ¡Oh, Mariella, mira!
Tras desabrocharse el vestido con dedos temblorosos, se lo quitó y se quedó sólo con las finas enaguas y la camisola que llevaba. Luego se puso un horroroso traje de lana gris jaspeada, demasiado ancho en la cintura y los hombros y que terminaba ocho centímetros por encima de los tobillos, y una sencilla cofia blanca. El conjunto, que a mí me habría hecho parecer una lavandera, la transformó a ella en una encantadora doncella de un cuadro holandés.
—Es el uniforme de enfermera que llevaré cuando me vaya a Constantinopla. Me marcho el uno de diciembre. Lo he conseguido. El Ministerio de la Guerra ha decidido que, teniendo en cuenta el entusiasmo de la nación por la señorita Nightingale y sus enfermeras, tenían que enviar más. La señorita Stanley dirigirá el grupo. Es la mejor amiga de la señorita Nightingale y asegura que me recuerda por mi carácter, aunque no sé a qué se refiere. Hoy he ido a Belgrave Square, me han dado esta ropa y he escuchado una charla del señor Sidney Herbert, que ha dicho: «Si se comportan como deben, tendrán la vida resuelta. De lo contrario, será su ruina.» —Se echó a reír complacida—. La ruina. Me gustaría tanto arruinarme la vida en el hospital de Scutari... ¿Crees que ocurrirá? Oh, Ella, por favor, por favor, alégrate por mí.
Traté de sonreír y musité que por supuesto me alegraba. Pero en realidad me sentía más desconsolada que si hubiera partido un mes antes con la señorita Nightingale. Ante la idea de su marcha, me había armado de valor, me había prometido ser valiente, pero al pasar el peligro me había creído a salvo.
Durante los días siguientes proliferaron las lágrimas, sobre todo de la tía Isabella, pues los demás disponíamos de poco tiempo para lamentaciones. El gobierno tenía urgencia en enviar más enfermeras a Turquía porque llegaban noticias de los soldados que morían a centenares en hospitales faltos de personal. Un desastroso huracán se había abatido sobre los barcos de suministros en el puerto de Balaclava y se habían perdido miles de abrigos, botas y víveres, lo que significaba que ahora nuestras tropas sufrían de congelación además de las enfermedades relacionadas con una dieta escasa y el agua sucia.
Nos afanamos en preparar el equipaje de Rosa, aunque había de ser muy reducido y se vería obligada a vestir el uniforme durante el viaje para dejar claro al resto de los pasajeros que formaba parte del grupo de la señorita Stanley. Tuvimos que comprar chanclos de goma y una capa gruesa, y me quedé hasta la madrugada a fin de coserle forros de repuesto para los corpiños, manguitos de muselina largos y cortos, enaguas oscuras, blusas de lana y camisones sencillos cerrados hasta el cuello por si era necesario que vistiera varias capas de ropa para protegerse del frío.
Procuraba no pensar en cómo sería mi vida sin ella, pero, observándola en su rutina cotidiana, cuando hundió la cara en la jofaina de agua caliente por la mañana, se llevó una toalla a la cara con aquellas manos casi translúcidas, se peinó enérgicamente y se trenzó el pelo, y bajamos sin demora a desayunar, no pude evitar los pensamientos lúgubres: «Ésta será la última vez, mañana se habrá ido, pero no puedo conservar este momento. No puedo embotellarlo, ni coserlo y enmarcarlo. Mañana Rosa ya no estará.»
Mis padres y yo la acompañamos a la estación de London Bridge, donde debía tomar el tren que la conduciría hasta Folkestone. Postrada en cama ante la perspectiva de la partida de su hija, la tía Isabella fue incapaz de levantar siquiera la cabeza de la almohada.
Rosa llevaba un severo peinado, con raya en medio y moño recogido en una redecilla, bajo un sombrero negro con forro blanco plisado. Oculto bajo la ropa portaba el relicario del zafiro incrustado, que ahora contenía el mechón de su padre así como uno de cada una de nosotras. Tras mucho discutir, habíamos convenido en que debía llevarlo ella como talismán mientras estuviera fuera.
Inmediatamente fue al encuentro de la señorita Stanley, que parecía presa de un gran desasosiego y sujetaba un fajo de papeles. Rosa ya no nos pertenecía, no hacía más que hablar de la hora de llegada a Boulogne, de los planes para el recibimiento en París y del hecho de que su compañera, una mujer menuda de un rubio rojizo, de la cual me temí que lo pasaría bastante mal en un hospital turco, llevaba demasiado equipaje.
Cuando se volvió hacia nosotros, por un instante vi una fugaz expresión de desapego, pero enseguida recobró su habitual gesto de afecto apasionado.
—Adiós, mi querida, mi queridísima tía Maria. Cuida de mi madre por mí... Aunque ya sé que lo harás. Por supuesto que sí. —Luego abrazó a mi padre, a quien no dijo nada: tan sólo lo miró con ojos llorosos y le dio un prolongado beso en cada mejilla. La última fui yo. Sujetándome con los brazos estirados y mirándome fijamente, dijo—: Te escribiré. Te lo contaré todo. Apenas puedo soportarlo. Sé lo que estoy pidiéndote. Lo sé. Pero pensaré en ti todo el tiempo. —Me cubrió de besos, y a pesar del hollín y el vapor aspiré su perfume.
La besé en sus suaves y altos pómulos.
—Puede que te encuentres con Henry. Oh, Rosa, si lo ves, dile que pienso en él.
La estación estaba atestada de viajeros, el tren resoplaba y echaba humo, había muchos funcionarios, hombres ataviados con chistera y abrigo negro, un grupo de monjas, unas mujeres mayores de aspecto severo y niños que correteaban.
Rosa me echó los brazos al cuello una última vez y abracé su hermoso cuerpo, cálido y flexible. Luego se apartó y cogió sus dos ligeras bolsas de viaje.
—¡Mariella! —exclamó, pero no pudo decir nada más. Echó entonces a correr abriéndose paso entre las faldas de sus compañeras, impulsándolas a subir al tren tras ella. Al cabo de un momento la vimos en el vagón, de pie junto a la ventanilla—. ¡Vete! —decía, riendo entre las lágrimas—. ¡Vete, por favor! —repitió, pero nos quedamos hasta que sonó el silbato y el tren inició por fin la marcha con una sacudida en medio de una humareda apestosa.
El rostro de Rosa se volvió borroso a través de la ventanilla empañada. Entonces di media vuelta y me cogí del brazo de mi padre.
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