Encuentro en Sebastopol
Capítulo 17
Sebastopol
6 de septiembre de 1855
Mi querido amor, mi Mariella: Creo que vas a llevarte una gran sorpresa, primero por
recibir noticias de tu prima Rosa y luego al enterarte de dónde estoy.
Es casi de noche y estoy en un sótano, mi dormitorio en
realidad, al que no le vendría nada mal un toque de Mariella, ya que carece de todas las comodidades en que tú eres tan experta. Una de las enfermeras me ha enviado abajo para que intente dormir. No me atrevo siquiera a discutir con esa mujer, que es la mitad de alta que yo y el doble de gruesa y tiene un carácter endiablado. Estoy sentada al final de un tramo de escalera, sujetando el papel a la luz de las velas. El humo lo cubre todo y escasea la luz de cualquier clase.
Si te envío esto, Mariella, será por debilidad, y lo siento. Te
prometí que te escribiría a menudo, ¿verdad?, y tus cartas me llegaron todas las semanas puntualmente, por supuesto. Pero yo me encontraba ante una difícil disyuntiva: silencio o mentiras.
Me había hecho una promesa: no la preocuparé, no la
molestaré, dejaré que imagine que simplemente me fui convirtiendo en polvo como el resto de los muertos de Crimea. Pero no soporto la idea de que sufras y te enfades conmigo por haber desaparecido sin decir nada. Así que, aquí lo tienes. Esta guerra ha sido un infierno de principio a fin. Y yo fui demasiado audaz en contra de mi propio bien y ahora ya nada puede salvarme. Hay una salida, hemos visto que están construyendo un puente al norte de la ciudad, pero no puedo cruzarlo porque me retiene una y otra vez el impulso de echar otro vistazo desde
lejos al campamento británico. Necesito ver las luces de las fogatas y vislumbrar alguna que otra casaca roja. Me gusta imaginar que, aunque no deseo que lo haga, existe la posibilidad de que el valiente y emprendedor Max me encuentre y me lleve de vuelta a casa.
Vine hasta el fin del mundo y es un final amargo. A pesar de
lo que he escrito antes, lo cierto es que ya no soporto a mis compatriotas. Los británicos se embarcaron con despreocupación en esta guerra sin pensar en las consecuencias, y siguen matando y matando porque es a lo que están acostumbrados. Y aquí estoy yo, viviendo las consecuencias. Nos hemos quedado sin nada, no tenemos médicos ni vendas ni medicinas, pero siguen trayéndonos heridos desde los baluartes y los edificios bombardeados, y no podemos rechazarlos ni ayudarlos de ningún modo. El cólera hace estragos. No dispongo de agua limpia. Sólo soy una mano a la que un hombre se aferra mientras muere.
Se me ha metido en la cabeza la imagen de mi despreciable
hermanastro Horatio inspeccionando su fundición y metiendo sus dedos viscosos en una caja llena de munición. Luego escribe con tinta negra: «sebastopol», cobra por ella un precio abusivo y la envía por barco. Sentada bajo el cielo desgarrado por los bombardeos, pienso que soy Rosa, que no soy nada más que un trozo de carne blanda sobre el que impactará una de las balas de Horatio.
Viniste a la estación y te despediste agitando la mano,
ataviada con tu mejor sombrero y tu sonrisa más valiente. Pero vi cómo se deshacía tu rostro en lágrimas igual que una de mis acuarelas, y cuando el tren abandonó la estación supe que me amabas. Entonces yo era alguien importante.
Pero, hagas lo que hagas, no te entristezcas ni lamentes que
no haya regresado. Recuerda que esto lo elegí yo.
¿Te casaste? ¿Estás cómodamente instalada tras la lustrosa
puerta de roble de tu nueva casa? ¿Te ha hecho feliz Henry, Mariella?
Lo vi en el campo de batalla, tal vez él te lo contara. Había
cambiado. Ojalá pudiera estar segura de que eres feliz. Para
Henry eres una idea fija. Lo sé porque es algo que también me ocurre a mí. Pero ¿es eso lo que quieres ser tú? Te he observado cuando te sulfuras (como en el carruaje cuando volvimos a casa después de visitar el hospital, la mirada que me echaste cuando te revolviste contra mí) y me asusta y emociona a la vez pensar en lo que podría ocurrir. Max lo llamaba el poder de la aguja. Me intimida, decía, porque no sé lo que sería capaz de hacer si empleara sus energías en otra cosa, y tampoco lo sabe ella. Nos cautivaste a los dos, ¿sabes? Por la noche, nos sentábamos en la barraca de Max, bajo el estruendo de los cañones, y tratábamos de evocar tu imagen.
Creo que enviaré esta carta a pesar de todo. Creo que debo
hacerlo. Conozco a un oficial que podría llevarla al otro lado del río y hacer que la manden a Londres. Creía que podría soportarlo, que podría desaparecer sin más, pero no puedo. Es demasiado tarde, Mariella. Extiendo la mano, intento oír tu voz, mas no consigo encontrarte.
Así que me consuelo pensando que tus hábiles dedos
romperán el sello del sobre y sacarán esta misiva, que te sentarás con los pies juntos y la espalda recta, pero inclinándote levemente hacia delante, como haces cuando estás concentrada, con la luz sobre tu cabello cuidadosamente separado por una raya, y cuando termines de leerla, la doblarás sobre el regazo y seguirás cosiendo.
Pero yo seguiré existiendo un poco más, creo, en cada una
de tus inmaculadas puntadas.
Rosa
OceanofPDF.com