Encuentro en Sebastopol

Katharine Mcmahon · Capítulo 52 de 77

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Encuentro en Sebastopol

Capítulo 15

 

Crimea, 1855

Tras haber logrado pasar inadvertida durante cinco días para aquellos que dirigían el hospital, se me acabó la suerte y recibí la visita de una mujer desaliñada, seguramente la esposa de algún soldado, que me transmitió el encargo de que la jefa de enfermeras, la señora Shaw Stewart, deseaba verme en su oficina.

Para entonces mi ropa estaba tan arrugada y tenía el mismo aspecto lamentable que los de los demás, hacía más de una semana que no me lavaba el pelo y mis cofias no poseían el menor apresto. Sin embargo, me puse el sombrero y los guantes y me encaminé a mi cita temblando.

La señora en cuestión se hallaba sentada tras un escritorio en una barraca muy parecida a la nuestra, salvo que en la suya sólo había una cama, una mesa pequeña, un par de sillas y un montón de papeles. Siguió escribiendo cuando llamé a la puerta, así que permanecí en el umbral ensayando disculpas.

Sin duda, la señora Shaw Stewart era una dama: su negro vestido de lana merina conseguía resultar elegante incluso con aquel calor, la piel de su ancha frente era blanca y fina, y sus manos esbeltas constituían una prueba incontestable de su alcurnia, como habría dicho la señora Hardcastle. Yo había pensado en establecer un vínculo común mencionando a lady Mendlesham-Connors, pero cuando la señora Shaw Stewart me indicó por fin que me sentara, su primer comentario disipó de golpe toda posibilidad de una conversación cortés.

—Tengo entendido que Rosa Barr era su prima y que el doctor Thewell es su prometido. Por supuesto, conocí a la señorita Barr. Ella y yo vinimos juntas con la señorita Stanley. Al principio estuvimos en el hospital de Koulali y en enero nos trasladamos ambas aquí para trabajar en el Hospital General. De hecho, sentía gran afecto por ella y admiraba el brío con que realizaba su trabajo —señaló, lo que me dejó estupefacta—. Nada hay que pueda justificar el comportamiento de la señorita Barr —prosiguió —. Créame, señorita Lingwood, se nos ha encomendado una tarea casi imposible aquí, en Balaclava. Los médicos se empeñan en ponerme obstáculos en el camino como si estuviéramos disputando una ridícula partida de ajedrez en lugar de compartir la misión de curar a los enfermos; tengo constantes problemas con las monjas, que intentan repartir sus dichosos panfletos católicos a diestro y siniestro; la querida señorita Nightingale estuvo a punto de morir y la pusieron bajo mis cuidados, cuando apenas disponía de un vaso de agua clara y mucho menos de alojamiento para una gran dama como ella. Sólo nos faltaba que su prima Rosa se comportara de aquella manera.

—¿Y cómo se comportó? Señora Shaw Stewart, estoy impaciente por...

—Antes de venir aquí, me preparé en hospitales de Alemania y Londres. Sé lo que es la disciplina. Y tengo mis creencias. Pero esas otras señoras, por así llamarlas, llegan a este lugar impulsadas por una especie de celo misionero, de tal modo que la señorita Nightingale y yo apenas disponemos de un puñado de mujeres histéricas para atender a un millar de soldados heridos, cuando los médicos no nos permiten sacar ni un huevo o un bote de agua de colonia de los almacenes a menos que ellos hayan firmado primero media docena de impresos. Su prima Rosa Barr quería ser la salvadora personal de todos los soldados con que se encontraba. Y cuando digo todos me refiero a todos. No dejaba de repetir que no debíamos dar prioridad a nuestros propios soldados por encima de los prisioneros rusos, si éstos se hallaban más necesitados de ayuda. No se atenía a las normas. No comprendía por qué la reputación de una señorita se veía comprometida si pasaba la noche velando sola en una barraca repleta de soldados. Existen ciertos límites, señorita Lingwood, y su prima no quería aceptar ninguno. Por consiguiente, no puedo decir que me sorprendiera lo que le ocurrió, aunque lo siento muchísimo, por supuesto. Pero para mí eso supone disponer de un par de manos menos y tener que redactar varias cartas muy complejas cuando por fin descubramos la verdad.

—¿Qué cree usted...?

—No tengo tiempo para especulaciones, pero, si he de serle sincera, según mi experiencia, cuando ciertas chicas se encuentran entre miles de hombres y tan lejos de casa, acaban mal seguro. A su prima Rosa ya no podía ayudarla nadie desde el momento en que se fue a vivir al campamento para tratar con los hombres en las trincheras. Se colocó a sí misma en una situación vulnerable, ¿comprende?, y perdió todo sentido de la decencia. Lo siento, señorita Lingwood, sé que está usted prometida al doctor Henry Thewell, así que debe de resultarle especialmente doloroso... Pero una relación entre una de sus enfermeras y un miembro de la profesión médica era lo que la señorita Nightingale temía por encima de todo. Tuvimos que luchar mucho para acabar con los prejuicios de los médicos, y ahora pasa esto.

—Señora Shaw Stewart, mientras mi prima trabajaba todavía para usted, ¿cómo le pareció que se encontraba en...?

—Parecía completamente abrumada, como todos los demás. Primero hay hambre, y luego un festín. Primero no hay camas o son camas incompletas, sin colchón o patas, y después disponemos de tantos lechos que hemos de apilarlos a cientos, privándonos de espacio. Un día no podemos comer nada más que carne salada y galletas rancias, y al día siguiente hay tanta mantequilla y venado en conserva y pudín de ciruelas que corremos el riesgo de que a los hombres les siente mal. Eso me recuerda la mermelada.

—Yo...

—Mermelada, sí. Se ha descubierto que falta un tarro de frambuesa del estante en la barraca de la señora Whitehead donde están alojadas usted y su doncella.

—Bueno, sí, yo...

—Señorita Lingwood, dos cosas. Primero: debemos rendir cuentas de todos y cada uno de los artículos que salen de las reservas de «regalos» que nos mandan las buenas gentes de Inglaterra; de lo contrario, el sistema entero se vendría abajo. Ya hemos tenido que enviar de vuelta a casa a dos mujeres por sisar. Segundo: los tarros que se dejan abiertos constituyen un riesgo. Usted lo dejó entreabierto bajo la cama, aunque por suerte se encontró antes de que la barraca entera se viera infestada de cucarachas.

—Lo siento. Yo...

—Lo que me lleva a la última cuestión. Acepté a Nora McCormack porque recordé que Rosa Barr hablaba muy bien de ella cuando estuvimos juntas en Scutari. Ella misma había aprendido muchas prácticas excelentes observando el trabajo de la señora McCormack. Sin embargo, no ignoraba que era un error permitir que colaborara aquí una mujer sin referencias, y por supuesto fui castigada por mi falta de cautela, pues inmediatamente cayó enferma.

Sabía lo que vendría a continuación e incluso pensé en volver a interrumpirla, pero ella alzó una mano para impedirlo.

—Éste no es lugar para usted, señorita Lingwood. Entiendo y hasta cierto punto aplaudo la preocupación que siente por su prima, pero no puede quedarse. Todo el mundo sabe que hay una gran ofensiva en marcha y que es inminente, y en ese caso el hospital pronto se llenará de heridos y usted no supondrá más que un estorbo. Le doy de tiempo una semana para marcharse, pero mientras tanto puede usted continuar con la costura. Todo en Crimea se deshace, así que no le faltará el trabajo.

—Por supuesto. Gracias. Lo haré con gu...

—Y no debe relacionarse con las monjas católicas si se cruza con ellas. La señora Whitehead, por el contrario, es perfectamente válida. De la Iglesia de Inglaterra. Su padre era clérigo, aunque de segundo orden. Y manténgase alejada de los soldados convalecientes o de los heridos que puedan andar. Aunque un hombre se halle a las puertas de la muerte, sus pensamientos siempre serán sospechosos. —Tras estas palabras volvió a empuñar la pluma, lo que tomé como signo de que podía retirarme—. Por cierto, señorita Lingwood —continuó—, puede que le interese saberlo... — Hizo una pausa cargada de significado mientras yo esperaba en la puerta oyendo los lejanos cañonazos y el ruido de utensilios de metal en un barracón cercano—. Ésta es la cabaña donde permaneció la señorita Nightingale mientras estuvo enferma. Durante semanas su vida pendió de un hilo en este mismo lugar. Ésa era la cama en que descansaba su cabeza, y en el otro lado había un pequeño catre de campaña en el que dormía su devota enfermera, la señora Roberts, siempre que le era posible. Ésa es la mesa plegable que, como puede ver, sirve también como bandeja, sobre la que la señorita Nightingale escribía no— las y cartas, incluso cuando deliraba, tal era su dedicación. A diario se presentaba un mensajero en la puerta para recibir un informe sobre su salud que después transmitía a las tropas. Lord Raglan en persona vino a visitarla mientras se hallaba enferma. Incluso la reina le envió un mensaje. Tal es la estima que despierta su nombre entre todos los soldados de Crimea, sean del rango que sean, y entre nuestros queridos amigos de la patria. Por eso, señorita Lingwood, las enfermeras de la señorita Nightingale deben conducirse en todo momento de una manera absolutamente irreprochable, porque la reputación de los grandes hombres y mujeres depende de nuestro éxito.

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