Encuentro en Sebastopol
Capítulo 9
La mañana del 2 de mayo, Featherbridge apareció con una carta en la bandeja. La dirección del sobre estaba escrita con una caligrafía desconocida y se había sellado en Italia una semana antes. Subí con la carta a mi dormitorio, cerré la puerta y me senté al tocador.
Por supuesto, sabía que la misiva sólo podía ser portadora de malas noticias. Habría sido una estupidez por mi parte esperar otra cosa. Durante todo el invierno, allá adonde fuéramos aquéllas impregnaban el ambiente como efluvios malignos. Todo el mundo temía contagiarse. Cuando me miré en el espejo, me vi mortalmente pálida.
La primera hoja de papel, que se superponía al resto, la había escrito un desconocido.
Casa de la signora Critelli
Via del Monte Narni
24 de abril de 1855
Señorita Lingwood: Le escribo para comunicarle la triste noticia de que el
doctor Thewell se halla gravemente enfermo. Llegó aquí tras sufrir un colapso y, aunque mejoró levemente, su salud es en verdad precaria. Sabiendo que estoy en Italia y que soy un especialista en este tipo de casos, un colega me escribió preguntándome si podía ocuparme de él.
Encontré la carta que se incluye, dirigida a usted, entre sus
pertenencias, junto con los demás fragmentos. Dadas las circunstancias, supuse que desearía usted saber dónde está y me decidí por tanto a escribirle.
Puedo asegurarle que seguiré procurando a mi paciente
todos los cuidados posibles.
Mis disculpas por lo que debe de haberle parecido una
extraña y turbadora intromisión.
Quedo a su servicio
Doctor R. Lyall
A continuación venía un sobre arrugado sin sello, dirigido a mí con la letra de Henry.
Abril
Mi querida Mariella: Me encuentro en otro barco, navegando con el mar en
calma.
No fue decisión mía. Me embarcaron casi sin que me diera
cuenta. No me siento bien sabiendo que estoy en el Mediterráneo en lugar del Mar Negro, lejos de la guerra.
¿Por qué lo llaman Mar Negro cuando lo he visto gris,
verde, azul y marrón, pero jamás negro? Por los piratas, me explicaron; antiguamente existía siempre el temor de topar con ellos.
Mientras escribo, un pequeño destacamento de soldados al
mando de Canrobert Hill está cavando otra fosa para enterrar a los muertos de esta noche, y en el hospital Castle un cirujano está amputándole el pie a un hombre al que alcanzó una bala rusa. Y yo me hallo tumbado bajo un toldo a rayas blancas y azules en este barco lleno de oficiales ricos que ya no son aptos para la guerra, además de turistas y hombres de negocios que regresan a casa. Contemplo un jirón suelto de la lona mecido por la brisa. En el horizonte hay una única nube, muy consistente y plana por debajo.
Un colega me recomendó ir a Italia, país al que me lleva el
barco. Me recibirá un médico inglés que me buscará alojamiento. Te enviaré mi nueva dirección.
Henry
Por cierto, vi a Rosa. A tu prima Rosa.
Fue todo muy raro. Increíble, de hecho. Hace de eso algún tiempo, cuando aún me permitían trabajar en las trincheras. Tal vez lo mencionara en otra carta. No lo recuerdo. Una mañana, al alba, salí como de costumbre tras una abundante tanda de disparos desde las baterías rusas. Hacía días que no nos encontrábamos bajo un fuego tan intenso. Sospecho que, pasado el frío del invierno, las manos rusas cargaban los rifles con mayor agilidad. Igual que nosotros.
Durante los períodos de tregua, nos apresuramos a recoger a los heridos. Nos mezclamos con los rusos para repartirnos los soldados. Dos para ti, uno para mí. Un hombre se retuerce. Me agacho. Es ruso. Sólo ha perdido un brazo. Podría sobrevivir. Hago señas a los camilleros rusos y ellos vienen y lo retiran del campo de batalla.
Sigo andando. No ha dejado de lloviznar en todo el día. Veo algo que resplandece sobre uno de los soldados heridos. Es el pelo rubio de una mujer. Lleva un abrigo grande militar y la mayor parte del pelo recogido en un pañuelo de punto azul que también se ha anudado al cuello. Está arrodillada junto a un hombre cuya cabeza yace en medio de un charco de sangre y restos. Mira fijamente a la mujer. Sin duda, ella sabe que el soldado va a morir, pero le sujeta la mano igualmente, acariciándosela. De pronto, repara en mí y alza la vista. Es nada menos que tu prima Rosa. No entiendo qué hace aquí. No puede ser cierto. No. Tal vez sea una ilusión o un espejismo. La lluvia le azota el rostro. Está delgada y con la nariz roja por el frío. No lleva guantes, tiene sabañones en las manos y las puntas de dos dedos completamente amarillas. Debería cuidarse más. En serio. Si hiciera un poco más de frío, correría peligro de congelación.
«Doctor Henry Thewell —dice muy lentamente, como si recordara el nombre poco a poco. Luego niega con la cabeza—. Sus servicios no son necesarios aquí.»
Los dos observamos al joven soldado, que posee la mirada perdida de los moribundos. Rosa acerca el rostro al suyo. Le oigo murmurar palabras de consuelo.
Luego alguien grita mi nombre. Me necesitan a veinte metros de distancia, donde quizá haya esperanza para otro herido, si llego a tiempo. Me dirijo hacia allí. Cuando vuelvo a buscarla, ella ya no está.
Y finalmente, unos fragmentos de papel que se desparramaron sobre mi regazo como confeti.
Querida mía, querida niña: No puedo verte. No puedo tocarte. Escríbeme, por favor. Sólo para convencerme de que eras real. No lo sé. No
recuerdo qué es verdad y qué no.
Sin noticias de ti. Estaba seguro de que me escribirías. Si no
lo haces, moriré. Si no recibo carta tuya pronto, puede que sea demasiado tarde.
Lo único que tengo son los libros de Keats. Estás en ellos,
en todos sus poemas. No me había dado cuenta hasta ahora.
Ojalá pudiera volver junto a ti. Al jardín de Clapham. O a
tu casa, con la luz de la lámpara reflejándose en tu cabello.
A veces me aterra tu absoluta lealtad. Me das una lección
de humildad. Tengo el íntimo convencimiento de que serás leal hasta el día en que te mueras.
... Still, still to hear her tender taken breath,
And so live ever — or else swoon to death.
(Quieto, quieto, para su suave respiración oír y vivir así por siempre, o desfallecer hasta morir.) Escribe. Creo que tal vez sea ya demasiado tarde.
No abandoné mi habitación durante el resto del día. Releí el contenido del sobre hasta que las palabras de las últimas notas garabateadas por Henry se convirtieron en parte de mí. Busqué en los libros de Keats para encontrar el soneto Bright Star, cuyos dos últimos versos había citado, y a mediodía me lo sabía ya de memoria.
Luego me acomodé en el asiento de la ventana y observé el sol de mayo que ascendía en el cielo, las sombras que se acortaban, el nuevo follaje del cedro que resplandecía mecido por el viento, la naturaleza cambiante de la luz en mi dormitorio.
A las cuatro en punto oí la campanilla de la puerta. Después las voces del señor Shackleton y de mi tía bajo mi ventana, cuando salieron a la terraza, y luego el tintineo de las tazas de té.
A medida que avanzaba la tarde, la luz se tornó más cálida y el jardín se sumergió en la calima primaveral que iluminaba flores y hojas. Todo cambiaba bajo aquella capa dorada. Desde mi ventana no veía gran cosa más allá del cedro, salvo el inicio de los arbustos y los límites del huerto, donde el nuevo horticultor se agachaba y se erguía una y otra vez.
Hacia el anochecer, me vestí para cenar. Cuando abrí la puerta de la habitación, me di cuenta enseguida de que toda la casa aguardaba expectante. Nora apareció en lo alto de la escalera.
—Ha tenido noticias —dijo.
Asentí.
—¿De Rosa?
—Del doctor Thewell. Está muy enfermo.
—¿La menciona?
—Sí. La vio, pero hace tiempo.
Nora dio un paso hacia mí y sus ojos brillaron al decir:
—Espero que ahora hagamos algo.
Durante la cena no tomé parte en la conversación. Por una vez, mi padre cenaba en casa, y también mi tía, aunque al borde del llanto a causa de su hija. Mi madre rellenó los silencios con la noticia de que habían encontrado un terreno para construir una segunda residencia de institutrices en Fulham; sólo se necesitaban setecientas libras, pero la señora Hardcastle dudaba de la conveniencia de embarcarse en semejante proyecto, dado que estaba a punto de emprender su viaje por Europa.
Mi padre nos acompañó al salón en cuanto nos levantamos de la mesa. Demasiado alterada para coser, mi tía se recostó en el sofá con las manos enlazadas bajo el pecho, dándoles vueltas a los pulgares. La corriente que entraba por una ventana abierta agitaba el volante de su cofia. El reloj de pie se preparó con sonido sibilante para dar la hora. Eran las nueve. La pluma de mi madre rasgaba el papel. Mi padre volvió la hoja del Times, pero no mencionó la guerra. Yo cosía una sencilla colcha de retales para una de las institutrices, porque no era capaz de hacer más que simples costuras.
A pesar de la frialdad de nuestra relación, mi tía no había perdido del todo la costumbre de hablar de mí, más que conmigo.
—Por lo visto, al fin Mariella utiliza la franela de rayas —comentó—. Maria, ya veo que tu hija hace caso omiso de nuestro consejo. Esa franela no durará mucho, la vieja camisa de Philip se lavó demasiado.
La pluma de mi madre se detuvo y ella sonrió atentamente, pero se notaba que no estaba escuchando.
—Me sorprende que haya tela suficiente incluso para ocho cuadrados pequeños. Bueno, espero que deje más de medio centímetro para las costuras. Me fijé en que el señor Shackleton lleva...
Me levanté y la colcha cayó enrollándose a lo largo de mi falda hasta el suelo. Después descubrí que todavía apretaba la aguja entre el índice y el pulgar de la mano derecha.
—Voy a ir a ver a Henry —anuncié, pero mi voz no era más que un susurro y en ese momento entró Featherbridge con la bandeja del té, que colocó sobre la mesa delante de mi madre—. Necesitaré algo de dinero — añadí cuando hubo salido—. Preguntaré a los Hardcastle si puedo ir a Italia con ellos.
Temblaba tanto que mis rodillas chocaban realmente una contra la otra.
—Remueve el té antes de que se cueza, hermana. No sé de qué está hablando esta niña. María, ¿entiendes lo que dice tu hija...?
Mi padre dejó caer el periódico en el regazo y mi madre hizo a un lado la pluma, porque yo, de pie junto a la mesa del té, proseguí con voz quejumbrosa:
—Así que, padre, me preguntaba si podrías darme unas libras para el viaje.
—¿Viaje? —exclamó mi madre—. ¿Adónde vas?
—Con Henry. Tengo que verlo.
—Oh, vaya —dijo mi tía—. Ya tenemos a otra que quiere hacer las maletas y abandonarnos.
—Sígueme —ordenó mi padre, y me condujo a su estudio, una estancia en la que apenas había entrado, aunque de niña se me permitía acceder y coger prestadas sus gruesas gomas para dibujar, o echar un vistazo a las líneas impecables trazadas a lápiz sobre los planos extendidos en la mesa de dibujo.
Me senté en la butaca y rompí a llorar mientras él se paseaba de un lado a otro.
—¿Qué pasa, Ella? ¿De qué estás hablando?
—Henry se encuentra muy enfermo. Está en Italia. Puede que esté muriéndose. Debo ir con él. —Le tendí las cartas y me cubrí el rostro.
Mi padre no dijo nada durante un buen rato, pero oí el leve rasgueo del papel cuando colocaba cada una de las hojas sobre su mesa.
—Mi querida niña —dijo al fin—, no sé qué decir. Éste no parece Henry. No le habría creído capaz de algo tan...
—¿Cómo no voy a acudir a su lado, padre?
Me miró. Luego carraspeó, dobló cada hoja dos veces y me las devolvió todas.
—Y por lo visto se encontró con Rosa, pero hace tanto tiempo que no nos sirve de nada. Podría habérnoslo dicho antes. Mariella, ¿qué opinas de esta incertidumbre sobre Rosa? Y luego está la cuestión de la carabina. ¿Quién te acompañaría?
Me quedé boquiabierta, con las lágrimas mojándome el pecho, porque había sucedido algo extraordinario: mi padre analizaba los obstáculos en lugar de prohibirme siquiera pensar en marcharme.
Ni por un instante se me había ocurrido que me permitieran emprender el viaje.
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