Encuentro en Sebastopol
Capítulo 5
Constantinopla
17 de diciembre
Mi queridísima Mariella: Te escribo esta carta a bordo del navío Egyptus, donde
lamento decirte que llevamos días encerradas. En un Bósforo muy picado y a la vista del hospital Barrack, donde se encuentra la señorita Nightingale, su grupo de enfermeras y un millar de soldados heridos a quienes sin duda les vendrían bien nuestros cuidados. Todos los días llega un nuevo barco de Crimea en el que sabemos que viajan más soldados moribundos, pero no podemos acercarnos a ellos. Esperamos con diversos grados de paciencia, metafóricamente arremangadas para empezar a trabajar, pero al parecer existe un problema.
El problema es sencillo.
No somos bienvenidas. Hemos viajado hasta aquí creyendo
erróneamente que íbamos a formar parte del equipo de la señorita Nightingale, pero resulta que ella no había pedido que viniéramos; de hecho, había explicado con toda claridad que no quería más enfermeras, así que ahora que hemos llegado no desean saber nada de nosotras. La señorita Stanley nos llamó aparte y nos dijo que no entendía qué le ocurría a la señorita Nightingale, su queridísima amiga, y que el malentendido se resolvería en cualquier momento. Pero me di cuenta de que el peinado de la señorita Stanley está menos cuidado que antes y de que su sonrisa se ha vuelto forzada. En realidad, sonríe siempre que la veo, lo que me preocupa.
Algunas estamos indignadas y los culpamos a ella y a
Sidney Herbert por no informar a la señorita Nightingale de que íbamos a venir. Otras echan en cara a ésta su ingratitud. Algunas
(por favor, no le cuentes a la señora Hardcastle que hay un numeroso grupo de monjas católicas a bordo) se retiran a una parte seca del barco y pasan las cuentas de sus rosarios. A veces estamos indignadas, en ocasiones lloramos o contamos chistes, algunas beben, otras hacen excursiones turísticas, aunque yo no, porque temo no hallarme aquí en el momento preciso en que me necesiten.
La señorita Nightingale no nos quiere y, en mi opinión, eso
es mala señal. Recuerdo cada vez con mayor claridad mis encuentros con ella en las fiestas de Lea Hurst. Cuando las otras mujeres me preguntan «¿Cómo era?», les respondo: «Encantadora. Muy rica. Muy ecuánime.» Sin embargo, no les digo que no había forma humana de conmoverla. Recuerdo que intenté lograr que se interesara por mis humildes esfuerzos con los aldeanos, pero me fue imposible captar su atención para una causa que no fuera la suya propia.
Estoy aterrada porque circula el rumor de que tal vez nos
envíe una remesa de camisas para remendar. Nadie me preguntó si sabía coser cuando solicité venir.
Además, nuestro dinero desapareció. ¿Dónde está? ¿Te suena desesperada esta carta? Casi estoy desesperada,
pero no del todo.
Me dedico a esto, cariño mío: a imaginarte en casa, en
Clapham. Te veo nítidamente en el recodo de la escalera, sosteniendo una lámpara que alarga mucho tu sombra y te ilumina el mentón y la frente. Llevas la luz a tu dormitorio y la depositas sobre el tocador. Luego te quitas las horquillas y tu pelo se desparrama lacio de un modo que detestas, pero que a mí me parece milagroso, y coges el cepillo e inicias la tanda de cien pasadas. Pronto ambas entramos en trance. Tú, sumida en el letargo de la rutina familiar, porque eso es lo que has hecho cada noche de tu vida, y yo embelesada por la belleza de tu mano y las ondas que refleja la luz en tu cabello y un mechón o dos que se separan del resto y se quedan pegados al cepillo. Esa imagen tuya me hace casi feliz porque sé que, de encontrarte en mi lugar, buscarías un sitio tranquilo, sacarías tu aguja y confeccionarías
algún objeto útil y exquisito, y la idea de tu serena resignación consigue que me tranquilice.
Por cierto, a menos que sea demasiado tarde, ¿puedo
rogarte por favor que no le cuentes al doctor Thewell que me uní al grupo de la señorita Stanley ni dónde estoy ahora? Puede que él se sintiera en el deber de buscarme y me muero de vergüenza sólo de pensar que me encontrara atrapada en este barco apestoso en el Bósforo. Desaprobaría nuestra empresa de principio a fin, y no soportaría la desaprobación de nadie más.
Pero escríbeme pronto, Ella, aunque no tengas nada que
contarme.
Feliz Navidad, querida.
Tu prima,
Rosa
OceanofPDF.com